esa voz, su prenda más viva De esperanza en temores y peligros —oída tantas veces En los peores extremos, y en el borde peligroso De la batalla cuando bramaba, en todos los asaltos Su señal más segura— pronto recobrarán Nuevo valor y revivirán, aunque ahora yagen Postrados y tendidos sobre aquel lago de fuego, Como nosotros hace un momento, estupefactos y atónitos — ¡No es de extrañar, caídos desde tan perniciosa altura!»
Apenas hubo cesado, cuando el supremo Demonio se encaminaba hacia la orilla; su pesado escudo, de temperamento etéreo, macizo, grande y redondo, arrojado a su espalda; la amplia circunferencia pendía de sus hombros como la luna, cuyo orbe a través del catalejo el artista toscano contempla al atardecer desde la cima de Fésole, o en Valdarno, para descifrar nuevas tierras, ríos o montañas en su globo manchado.
Su lanza—junto a la cual el pino más alto cortado en los montes de Noruega para ser mástil de alguna gran nave almirante no sería más que una vara— la llevaba para apoyar sus pasos inseguros sobre la marga ardiente, no como aquellos pasos por el azul del cielo; y el clima tórrido le golpeaba con fiereza además, abovedado de fuego.
No menos lo sufrió, hasta que en la playa De aquel mar encendido se detuvo, y llamó A sus legiones, formas de ángeles, que yacían hechizadas Espesas como hojas otoñales que alfombran los arroyos En Vallombrosa, donde las sombras etruscas Bajo altas bóvedas forman ramaje; o juncos dispersos Flotantes, cuando con fieros vientos armado Orión Ha azotado la costa del mar Rojo, cuyas olas derribaron A Busiris y su caballería menfis, Mientras con pérfido odio perseguían A los moradores de Gosén, quienes contemplaron Desde la orilla segura sus flotantes cadáveres Y rotas ruedas de carros: tan espesos, esparcidos, Abyectos y perdidos, yacían estos, cubriendo el abismo, Bajo el asombro de su horrible mudanza.