desnudaras, seguro que le encontrarías rabo, largo y liso como el de un perro danés, de una vara de largo, de color pardo. … Aliosha, tienes frío. Has estado en la nieve. ¿Quieres té? ¿Qué? ¿Está frío? ¿Le digo que traiga un poco? C’est à ne pas mettre un chien dehors. …»
Aliosha corrió al aguamanil, mojó la toalla, persuadió a Iván para que volviera a sentarse y le colocó la toalla húmeda alrededor de la cabeza. Se sentó a su lado.
—¿Qué me decías hace un momento sobre Lise? —volvió a empezar Iván. (Se estaba poniendo muy hablador).
—Me gusta Lise. Dije algo desagradable de ella. Fue una mentira. Me gusta... Tengo miedo por Katya mañana. Le tengo más miedo a ella que a nada. Por culpa del futuro. ¡Mañana me abandonará y me pisoteará! ¡Ella cree que estoy arruinando a Mitya por celos a causa de ella! ¡Sí, eso cree! Pero no es así. Mañana la cruz, pero no la horca. No, no voy a colgarme. ¿Sabes?, nunca podré suicidarme, Aliosha. ¿Es porque soy vil? No soy un cobarde. ¿Es por amor a la vida? ¿Cómo sabía yo que Smerdyakov se había ahorcado? Sí, fue él quien me lo dijo.
—¿Y estás completamente convencido de que ha habido alguien aquí? —preguntó Aliosha.
—Sí, en ese sofá del rincón. Lo habrías espantado. Lo espantaste: desapareció cuando llegaste. Me gusta tu rostro, Aliosha. ¿Sabías que me gusta tu rostro? Y él soy yo mismo, Aliosha. Todo lo que hay de bajo en mí, todo lo ruin y despreciable. Sí, soy un romántico. Él lo adivinó… aunque es una infamia. Es rematadamente estúpido; pero le sale a cuenta. Tiene astucia, astucia animal: sabía cómo enfurecerme. No paraba de reprocharme