en las tabernas? Un hombre que premedita un crimen así calla y se lo guarda para sí. Sí, pero hablaba de ello antes de haber concebido un plan, cuando solo tenía el deseo, solo el impulso de cometerlo. Después habló menos de ello. La tarde en que escribió esa carta en la taberna Metrópolis, contrariamente a su costumbre, estuvo callado, a pesar de haber estado bebiendo. No jugó al billar, se sentó en un rincón, no habló con nadie. Es verdad que echó a un dependiente de su asiento, pero eso lo hizo casi inconscientemente, porque jamás podía entrar en una taberna sin armar alboroto. Es cierto que, tras haber tomado la decisión definitiva, debió de temer haber hablado demasiado de su propósito de antemano, y que esto pudiera llevar a su arresto y posterior enjuiciamiento. Pero ya no había nada que hacer; no podía retirar sus palabras, pero su buena estrella le había servido antes y le volvería a servir. ¡Ya saben que creía en su estrella! Debo confesar también que hizo mucho por evitar la catástrofe fatal. «Mañana intentaré pedir prestado el dinero a todo el mundo», como escribe en su peculiar lenguaje, «y si no me lo dan, habrá derramamiento de sangre»”.
Aquí Ippolit Kirílovich pasó a una descripción detallada de todos los esfuerzos de Mitia por conseguir dinero. Describió su visita a Samsonov, su viaje a Liagavy. «Hostigado, objeto de burlas, hambriento, tras vender su reloj para pagar el viaje (aunque nos dice que llevaba mil quinientos rublos encima: ¡vaya historia creíble!), atormentado por los celos al haber dejado en la ciudad al objeto de sus afectos, sospechando que ella iría a ver Fiódor Pávlovich en su ausencia, regresó por fin a la ciudad para descubrir, con alegría, que ella no se había acercado a su padre. La acompañó él