CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The JewsPublic
EspañolEnglish
Page 16 of 20
Table of Contents

CAPÍTULO XII NUESTRO DEBER

La solución que propongo, que creo que podría hacerse estable, y que además considero que es la única estable, exige un esfuerzo mayor, más necesario por nuestra parte que por la de nuestros invitados.

Es el hombre común quien debe cumplir con su deber en este asunto, y sobre él recaerá la responsabilidad si volvemos a emprender esa desgraciada secuencia de malestar, persecución y reacción que ha marcado tantos siglos.

Somos la gran mayoría, somos el organismo dentro del cual se mueve esta pequeña minoría. Somos, o podríamos serlo si así lo deseáramos, los creadores de nuestras propias leyes, y sin duda somos los creadores de nuestros propios estados de ánimo políticos.

Sé que es costumbre echar toda la responsabilidad sobre la otra parte, idear perpetuamente instrumentos para su guía que pronto se convierten en instrumentos para su opresión, y en general imaginar un problema en el que el papel del europeo es puramente negativo y todo el trabajo lo tiene que hacer el extraño judío.

Esa actitud no solo es falsa, sino sumamente indigna.

Cuando los hombres acusan a alguien más débil que ellos de interferencia, e incluso de adquirir poder sobre ellos, se condenan a sí mismos.

En gran medida es culpa nuestra que rara vez se haya alcanzado un equilibrio en todas estas sesenta generaciones de debate. Porque por muy ajeno, por muy irritante que sea el cuerpo extraño, somos nosotros quienes tenemos en nuestras manos el disolvente de ese irritante y la capacidad de aliviar la tensión que provoca.

Aquí permítanme recordar, a riesgo de incurrir en la repetición (pues la repetición es necesaria para la lucidez en tales argumentos), el proceso lógico con el que inicié este ensayo.

Digo que la gran mayoría, la raza fija a través de la cual, de forma fluida y nómada, Israel se desplaza de siglo en siglo, no es libre de eludir su responsabilidad mediante ninguna de esas soluciones intentadas que he condenado.

Ningún hombre, confío, tendrá el cinismo de decir que la mera persecución, por no hablar de su horrible extremo, es o debe ser una solución. Ningún hombre puede predecir lo mismo del exilio tampoco. Ningún hombre puede eludir nuestra responsabilidad fingiendo que cualquier solución a la que se llegue debe ser únicamente para nuestro bien y puede ignorar el de aquellos que viven entre nosotros.

Es una afirmación que se oye con bastante frecuencia, a saber, que los dueños de casa son los únicos que deben decidir lo que se hace bajo su techo: que el intruso, el elemento ajeno, no tiene ninguna posición ni derecho a quejarse de las medidas que se tomen para la protección del hogar.

Lo que así se enuncia suena plausible. Es esencialmente falso. Es comparable al argumento aplicado a la propiedad privada: que dado que la propiedad privada es un derecho, y que dado que un hombre «puede hacer lo que le plazca con lo suyo», por lo tanto puede usarla en perjuicio manifiesto de los demás.

Además, la analogía es falsa; pues cuando se habla de que «el amo de la casa» tiene derecho en su hogar a decidir su propia forma de vida y de tratar a sus huéspedes, se está considerando una unidad muy pequeña dentro de una gran comunidad; su hogar en el conjunto de la nación: un pequeño cuerpo que, si despide o trata de cualquier otra manera a algo ajeno a sí mismo, no infligirá un gran daño a ese cuerpo extraño, ya que existe todo el mundo para que este se dirija hacia afuera.

Pero en las relaciones entre el judío y la Cristiandad, o el judío y el Islam, el paralelismo falla. Es precisamente porque no hay un «afuera» al que el exiliado pueda recurrir que se nos impone un deber.

Es verdad, en efecto, que cuando una minoría pequeña y ajena pretende dictar la política del resto, atender únicamente a sus propias ventajas y subordinar a ellas la vida de todos, la pretensión es grotesca y debe ser rechazada.

Pero debemos recordar, por otra parte, que solo exagerando sus pretensiones puede una minoría sobrevivir. Es solo mediante la insistencia tenaz en su derecho a sobrevivir como se garantiza su supervivencia.

Podemos alcanzar la justicia en este asunto mediante el proceso de ponernos en el lugar de aquellos con respecto a quienes nos proponemos actuar.

Ponte en el lugar del judío y pregúntate cómo se vería ante ti esta doctrina de «hacer lo que a uno le plazca con lo suyo» y ser «el amo de su propia casa».

Un ejemplo público que con toda justicia causó revuelo pocos meses antes de que se publicara este libro, puede servirnos de texto. Un judío culto y distinguido, el Dr. Oscar Levy, un hombre que constituía un valor para cualquier comunidad, fue expulsado del país en circunstancias que muchos de mis lectores recordarán.

Alegó con absoluta justicia que, como judío, tal exilio lo dejaba sin hogar; que el país de origen del cual era nominalmente ciudadano (bajo la ficción ya venida abajo de que los judíos pueden ser alemanes, o austriacos, o lo que sea, y dejar de ser ellos mismos) no lo aceptaría; que sus intereses, su sustento lo habían unido a este país; nunca había ocultado su verdadera nacionalidad ni cambiado su nombre, ni utilizado ninguno de esos subterfugios que, aun cuando sean excusables, resultan peligrosos y despreciables en muchos de sus compatriotas.

No había ninguna razón concebible por la cual se debiera usar tal rigor contra este hombre, salvo de hecho el que era judío.

Ponte en su lugar y mira cómo se ve la cosa.

No hay nación a la que hubieras podido regresar: no hay sociedad que te reciba como miembro de ella. No se te permite permanecer en la atmósfera con la que te has familiarizado, en los entornos que se han convertido en los de tu vida posterior, y cuya consonancia contigo es ya demasiado tarde para que la cambies.

¿Podría haber una crueldad mayor o una injusticia mayor?

Es el meollo mismo de todo el problema que en alguna parte el judío debe ser acogido, y por lo tanto a uno de nosotros se le debe plantear la pregunta: «¿Lo acogerás tú, y si es así, bajo qué condiciones?». Si cada hombre responde: «No, no lo haré», entonces todos colectivamente se convierten en opresores.

No es respuesta decir: «Estos hombres no son de los nuestros y, por tanto, pueden conspirar contra nosotros», o «Sus intereses son divergentes de los nuestros y, por lo tanto, pueden chocar y chocan con los nuestros».

Todo eso está concedido. Eso es simplemente plantear el problema, no resolverlo.

¿Qué decimos en la vida diaria de los hombres que se limitan a exponer sus quejas, machacan sobre ellas y no hacen ningún esfuerzo por remediarlas?

¿Qué pensamos de los hombres que se quejan perpetuamente de algo naturalmente más débil que ellos, no hacen ningún esfuerzo por comprender sus necesidades y solo intentan librarse de la molestia sin considerar el deber recíproco y las relaciones mutuas?

Lo mismo deberíamos pensar de aquellos que actúan así hacia la comunidad judía entre nosotros, la cual, a pesar de toda su dominación y su exagerado poder moderno, está en última instancia a nuestra merced, siendo mucho más débil que nosotros en número y situación.

Sin más preámbulos sobre lo que debería ser un principio político y moral obvio, consideremos nuestra parte en la tarea.

Consiste, según creo, en dos resoluciones muy diferentes: dos líneas de conducta muy diferentes pero aliadas a las cuales debemos comprometernos.

La primera, hasta hace poco la más difícil, es la resolución de hablar del pueblo judío con tanta franqueza, con tanta continuidad, con tanto interés y con un examen tan riguroso como hablamos de cualquier otro cuerpo extranjero con el que entramos en contacto.

La segunda, que tal vez sea el deber más difícil de practicar en el futuro, será evitar, en el reconocimiento público e individual de aquellos con quienes debemos vivir, toda ira fútil y toda mera reacción.

Entiendo por mera reacción, la reacción ciega. El rechazo instintivo contra algo que nos presiona, el golpe de devolución no calculado y animal, cuyas consecuencias, ya sea para nosotros o para los demás, no se sopesan en el momento de asestarlo; la queja fútil, la rabia fútil, la crueldad fútil.

A menos que esos dos deberes se emprendan conjuntamente, a menos que la determinación de practicar ambos tenga el mismo peso, la solución que propongo fracasará.

Discutir el problema que plantea la presencia del pueblo judío, hablar de él como se hablaría de cualquier otro, abierta y francamente, interesarse por su historia y por sus quehaceres actuales: todo esto no sirve más que para agravar el problema si empleamos ese trato abierto con el propósito de hacerles daño, o si, en el transcurso del mismo, nos permitimos (meramente por irritación o contraste, por el sentimiento que todos deben tener de oposición a las cosas ajenas) reaccionar contra ellos sin considerar las consecuencias inmediatas y últimas no solo para ellos, sino para nosotros.

Por el contrario, la determinación de tener en cuenta sus intereses y de evitar toda ocasión posible de conflicto, de mantener una justa medida con ellos, es totalmente inútil si falseamos toda la relación mediante el secretismo y la falsa convención.

En el momento en que eso entra, entra también una insatisfacción secreta con uno mismo y con toda la situación. La postura se falsifica, la semilla de la animosidad se estimula en gran medida, el peligro del desprecio mutuo se vuelve inevitable.

Ahora examinemos estas dos ramas de lo que tenemos que hacer en este asunto, y veamos qué dificultades se interponen en el camino.

En el camino de reconocer francamente, examinar y tomar un interés abierto por la minoría judía que se encuentra entre nosotros, yacen tres obstáculos muy poderosos:

  • Primero, la convención heredada de la sociedad educada;
  • segundo, y con mucho el más poderoso, el temor;
  • y tercero, el muy respetable deseo de evitar ofensas.

La primera de ellas, el miedo a la convención, tiene muchas raíces: la necesidad de armonía en una vida ociosa, es decir, el deseo de evitar el rozamiento aun a costa de la verdad, el mero impulso de un hábito tranquilo, el temor al malentendido que puede surgir de que una parte ridiculice a la otra, que puede ofender a la persona a quien hemos malinterpretado, o hacernos ridículos a sus ojos y a los de nuestro público.

Existe también, por supuesto, como causa más poderosa que cualquier otra, la fuerza que subyace a toda convención, la fuerza que hace que un hombre se quite el sombrero en una iglesia, que le prohíbe andar descalzo por la calle el día más seco, es decir, la presión de la práctica general.

Pero lo que hay que comprender es que, bajo esta forma —quiero decir, distinta de cualquier sentimiento de miedo o de caridad—, el asunto es una convención y nada más que una convención. Por difícil que sea romper con las convenciones, a menos que esta convención se rompa de una vez por todas, el problema judío seguirá entre nosotros, sin resolver y creciendo en agudeza y peligro.

Puedes encontrarte con un irlandés y discutir con él sobre la situación de su nación. Puedes preguntarle a un italiano cuándo estuvo por última vez en Italia, o felicitar a un francés por su dominio de tu idioma o decirle que le resulta difícil comprender tus propias costumbres: pero bajo la ficción liberal —a la que he dedicado tanto espacio en la primera parte de este libro— surgió la convención de que hacer cualquiera de estas cosas tan naturales en el caso de un judío es monstruoso.

Tu audiencia se escandaliza si le preguntas a algún judío culto en una mesa pública acerca de su literatura o historia nacional. Constituye un solecismo aludir siquiera a su nacionalidad, salvo tal vez de vez en cuando en términos de elogio necio —nueve de cada diez veces un elogio fuera de lugar y no deseado por quien lo recibe—. E incluso al elogio hay que acercarse con muchísimo tiento.

No le puedes preguntar a un judío en Londres, por muy vivo que sea tu deseo de información, si tenía primos en Lituania o Galitzia que le hayan hablado de la situación de esos países oprimidos. No le puedes preguntar cuándo llegó su familia a Inglaterra ni, si es un recién llegado, qué opina del país. Todo el asunto es un tabú.

Más que esto: usted debe, se espera de usted (o se esperaba hasta hace muy poco) que enfatice de la manera más extravagante la completa identidad de su huésped judío con el pueblo entre el cual vive.

No me ofendo si algún conocido casual, al notar mi apellido francés, me habla de Francia y se interesa por mi experiencia como soldado conscripto hace mucho tiempo en ese país. El señor Redmond no se sintió insultado cuando aquellos a quienes conoció en Londres debatieron con él sobre asuntos irlandeses, desde la dificultad más aguda en política hasta la alusión más general al Teatro Abbey. El director de una revista italiana que visita Inglaterra no se escandaliza si le preguntas cuándo salió de Florencia, ni quienes te rodean se horrorizan ante la mala educación de tu pregunta.

Pero en el asunto del judío existe esta convención que le aparta a usted de cualquier forma tan directa y sencilla de tratar a un semejante. Esa convención, insisto, debe ser derribada si hemos de obtener algún resultado y establecer una paz duradera.

La cosa no carecía, desde luego, de un origen totalmente irracional. Ninguna costumbre lo tiene. Podía justificarse por varios motivos.

Primero, estaba el hecho de que se sabía que muchas personas albergan una hostilidad tan fuerte hacia los judíos que enfatizar el carácter judío de cualquiera de los presentes podría despertar dicha hostilidad.

Luego estaba la peculiar y rápida transición tanto de los movimientos judíos como de las fortunas judías. En el caso que he sugerido, de preguntarle a un judío londinense si tenía parientes en Galitzia o Lituania, uno podría estar topándose con parientes mucho más pobres que él en el East End de Londres; o bien, podría parecer que estaba enfatizando el carácter nómada de la raza y, con ello, enfatizando también el contraste entre esta y la nuestra.

Pero la excusa de más peso para la convención era la idea bien fundada de que su práctica complacía a los propios judíos. Se evitaba la mención directa de la nacionalidad judía porque se sentía que tal mención directa era casi un insulto. Era algo que el judío en cuya presencia uno se encontraba deseaba que se mantuviera en un segundo plano; y aunque tal vez no entendiéramos por qué lo deseaba, respetábamos su deseo como respetamos el de cualquiera con quien deseamos mantener relaciones armoniosas.

La mayoría de los hombres, por ejemplo, son indiferentes, digamos, al asunto de fumar. La mayoría de los hombres se sienten bastante cómodos cuando se les pregunta si fuman o no, y si lo hacen, si prefieren esta o aquella marca de tabaco. Pero de vez en cuando uno se tropieza con un hombre que, debido a alguna peculiaridad en su educación (como, por ejemplo, un hombre cuya madre lo crió pensando que fumar era un pecado mortal), no le gusta que se le aluda al tema.

Yo mismo conozco el caso de un hombre de la más alta cultura y de considerable posición social a quien no se le puede decir nada sobre los cerdos, ni en relación con la agricultura ni con la comida; pues sus simpatías son mahometanas.

En estos casos excepcionales, cuando conocemos el deseo particular de nuestro huésped, cedemos ante él por aras de la armonía y de la buena convivencia. Así ocurre en esta cuestión de la antigua norma que prohibía aludir a la nacionalidad judía o a los intereses judíos de cualquier forma.

Si los judíos fueron prudentes o no al atenerse a dicha norma, como sin duda lo hicieron, no concierne a esta parte de mi argumento. Estoy hablando de nuestro deber y no del de ellos. Pero digo que, a menos que la norma se suavice y finalmente se disuelva, no se podrá hacer nada.

Ambas partes deben saber que esto solo causa daño. Vuelve artificiosas y absurdas todas nuestras relaciones; fomenta esa sospecha de secretismo en la que he insistido como el principal irritante en dichas relaciones, y crea un sentimiento de excepción, de rareza, que es el peor servicio que podría rendirse a los propios judíos.

Hace algún tiempo, la convención llegó al extremo de que incluso la mención, una mención neutral —más aún, laudatoria— de cualquier cosa judía en una reunión general provocaba una incomodidad inmediata. Los hombres miraban por encima del hombro, las mujeres dirigían miradas hacia abajo a diestra y siniestra. Se iniciaba una especie de cacería para ver si alguien de los presentes podía sentirse ofendido, ni que fuera de forma remota, por el monstruoso acto. Si un hombre decía: «¡Qué poeta era Heine y cuán profundamente judía es su ironía!» y lo decía en una sala llena de gente, el adjetivo «judía» actuaba como un pistoletazo; ¡se podía imaginar algo más absurdo! Sin embargo, así era.

Pero el punto que señalo no es contra lo absurdo de esta convención, sino contra su peligro. Es un obstáculo para todo manejo correcto de lo que se está convirtiendo cada día en una dificultad más y más insistente y aguda.

Es evidente que la abolición de tal convención no ha de llevarse a cabo por métodos violentos, ni de manera inmediata.

Pero nuestro deber es acelerar su declive y, dentro de lo razonable, ampliar cada oportunidad de tratar la nacionalidad judía exactamente como se trata a cualquier otra. Me refiero exactamente como se trata a cualquier otra en la conversación o por escrito.

Todos conocemos al tipo insensato al que le encanta romper una convención simplemente porque es una convención, y sin duda tendremos que estar en guardia contra este tipo de persona en un futuro próximo, a medida que esta convención en particular empiece a desmoronarse.

Pero sin fomentar tales excentricidades, hay amplio margen para una mayor naturalidad en el reconocimiento de lo que, después de todo, sabemos que es una realidad, una realidad que requiere un debate abierto por el bien de todos nosotros.

El peligro es que incluso este obstáculo puramente convencional, debido a una resistencia demasiado prolongada, restrinja por la fuerza a las corrientes que tienden a derribarlo y, por tanto, que cuando sea derribado, admitamos el otro extremo del libertinaje, con su consiguiente oportunidad para el insulto y el daño.

Eso es lo que ha ocurrido en el caso de otras convenciones victorianas mucho más razonables, y no debemos permitir que ocurra en el caso de la convención que durante tanto tiempo nos prohibió admitir que un judío era un judío o mostrar un interés abierto, cuando él estaba presente, en las cosas que él mismo considera las más interesantes de todas.

Y si alguien responde que la convención es necesaria, no sea que tras su declive sobrevenga la abierta hostilidad, solo puedo decir que esto equivale a desesperar por completo de cualquier solución equitativa. Pero toda mi tesis en este libro es que aún no hay que desesperar de semejante solución.

Queda una cosa más por decir en este asunto del viejo tabú.

Por mucho que pueda perdurar en la pequeña clase culta, ha desaparecido para siempre entre las masas, y es con el instinto popular con el que tendremos que lidiar principalmente en los tiempos difíciles que tenemos por delante.

La población de este país habla de los asuntos judíos con una franqueza que asombraría a los salones elegantes, y así lo ha hecho durante toda una generación, desde que la gran afluencia de judíos pobres comenzó a inundar nuestras ciudades.

No solo habla así abiertamente con los judíos y de ellos en su propio nivel, sino que es plenamente consciente de la presencia y el poder de los judíos en el gobierno.

Aquellos que piensen que la continuación de la convención puede posponer la necesidad de una solución se desengañarían si pasaran unos días al este de Aldgate y se mezclarán allí con sus conciudadanos.

Aliado a este obstáculo de la convención está el obstáculo muy real de la caridad.

Ahora no nos ocupamos de una caridad positiva, sino de una negativa y de una forma de caridad inusualmente parecida a la desidia.

El hombre que piensa sinceramente que cualquier alusión a las razas judías en el arte, la historia o las letras contemporáneas en presencia de un judío es ofensiva y, por tanto, debe evitarse, por bondad de corazón, y que además practica la misma virtud en lo que respecta a cualquier otro extranjero, es ciertamente muy raro.

Los hay, pues se pueden encontrar hombres de una bondad excepcional unida a una estupidez excepcional. Pero la excusa de la caridad, tal como se plantea generalmente, no es del todo ingenua.

Donde sí lo es, nuestra respuesta actual debe ser que, aun a riesgo de una incomodidad ocasional, hay que correr el peligro de ofender; pues a menos que lo hagamos, existe el peligro creciente de una ofensa mucho mayor contra la justicia.

Por cualquier razón que se elude la discusión abierta, incluso por razón de caridad, no hacemos más aplazar el día fatídico, y la caridad así empleada puede compararse con la caridad que se niega a actuar en cualquier otro problema crítico de creciente gravedad.

La caridad que duda en controlar los gastos de un derrochador, o en librar una guerra defensiva en una causa justa, o en defender a un oprimido a riesgo de pelearse con su opresor, es una caridad mal dirigida.

Pero, como he dicho, en la gran mayoría de los hombres que aducen este motivo, si tan solo examinaran su propia conciencia, se descubriría que el argumento es falso. Y la prueba de su falsedad se hará evidente cuando la convención decaiga.

Cuando ya no sea convencional evitar toda mención a los judíos, ¿cuántos permanecerán en silencio meramente por amor al prójimo? Uno podría ir más lejos y decir que, cuando la convención haya desaparecido, cualquier necesidad de este tipo de caridad desaparecerá con ella.

Hay una excepción, por supuesto, en el caso del hombre cuya animadversión hacia los judíos es tan violenta que teme perder el control si da rienda suelta a su lengua. Esa manía es excepcional; pero donde se presente, sin duda su víctima hará bien en guardar silencio.

Si un hombre no puede mencionar el alfabeto hebreo sin una mueca de desprecio, o la economía de Ricardo sin delatar su mal sentimiento hacia el linaje de Ricardo, entonces sin duda es mejor que calle cuando hay judíos presentes. Así también, un francés que arremete contra los ingleses haría mucho mejor en no debatir sobre la Constitución británica o el genio de Newton en ninguna sociedad donde pueda haber un inglés presente.

Queda el principal obstáculo: el del miedo.

No cabe duda de que la fuerza más poderosa que aún frena la expresión de hostilidad hacia el judío es el miedo.

En cierto sentido, por supuesto, existe un «temor» a romper con la convención, pero eso es temor solo en sentido metafórico. Me refiero no a esto, sino al pavor muy real a las consecuencias: la sensación de que una expresión de hostilidad hacia el poder judío puede acarrear males definidos al individuo culpable de ella, y un pánico ante la posibilidad de que esos males recaigan sobre él. Cuán fuerte es este sentimiento puede atestiguarlo cualquiera que haya explorado, como lo he hecho yo, este más insistente de los males políticos modernos; y, sin duda, la mayor parte de mis lectores no judíos recordará ejemplos al respecto.

Es el temor a dos consecuencias, social y económica, o incluso a ambas combinadas. Los hombres temen que la hostilidad hacia la dominación judía los haga caer en las garras de algún poder mundial desconocido pero sospechoso —algunos lo llamarían una conspiración— capaz de destruir al individuo que sea tan imprudente como para desafiarlo.

Algunos tal vez hayan llegado al extremo —al extremo demencial— de leer la palabra «destruir» en su sentido literal y de temer por sus vidas. Tal ilusión es ridícula.

Pero muchos más se ven afectados por la concepción razonable de que tendrán en su contra, si la provocan, una acción inteligente y combinada a la que no pueden hacer frente porque no hay ninguna organización de su lado:

  • porque es internacional;
  • porque hay tras ella una gran intensidad de sentimiento;
  • porque a través de las finanzas controla las maquinarias políticas de todas las naciones;
  • porque es todopoderosa en la prensa, y así sucesivamente.

Temen, digo, las consecuencias sociales. Temen también (y esto con mayor definición y sentido) las consecuencias económicas. Reconocen (también exageran) el control del judío sobre las finanzas. Piensan que si hablan serán arrastrados, sus empresas arruinadas, su crédito disipado. Y ese es el instrumento más poderoso que puede ponerse en juego.

Cuando los motivos sobrenaturales desaparecen, el motivo más fuerte que queda, después del apetito, es la avaricia; y la avaricia es más universal que el apetito y más continua. Y no es solo la avaricia la que obra aquí, sino también el respetable deseo de seguridad.

Hay hoy en día innumerables hombres que expresarían públicamente sobre los judíos lo que expresan continuamente en privado, pero que ocultan sus sentimientos por miedo a que sus salarios se pierdan o sus modestas empresas naufraguen, sus inversiones disminuyan y su posición quede arruinada. Por encima de ellos hay un número menor, igualmente convencido de que sus grandes fortunas correrían peligro si obraran de ese modo.

La característica de todo este sentimiento es doble.

En primer lugar, como parecería ser el caso con la convención, aunque en un grado mucho mayor, contiene y aumenta enormemente la fuerza latente de la cólera contra el poder judío, tanto real como imaginario.

Es como la acumulación de una reserva de agua cuando se obstruye el valle de un río, o como la introducción de resistencia en una corriente eléctrica. La supresión del resentimiento —aunque dicha supresión sea obra de los hombres que sienten el resentimiento y no directamente de sus oponentes— es un irritante feroz y explica la alta presión con la que se desata el ataque una vez que se libera.

Hablo solamente de la hostilidad y del ataque, pues es en estos ejemplos menos racionales donde se halla la fuerza de tal cosa. Pero se aplica también a la mera discusión.

Apenas hay hoy nadie que no desee discutir como un problema político urgente la posición actual, el poder actual, las incapacidades actuales, las pretensiones actuales de Israel. Pero por uno que discuta esto abiertamente, hay diez que, en grados diversos, se prohíben a sí mismos una libertad de expresión tan llana por temor a las consecuencias que pudieran seguirse.

Tiene, como todo pánico, un elemento ridículo. Está nutrido por las más absurdas ilusiones; sufre de imaginaciones grotescas y fantasmas. En algunos, este temor al poder judío ha rebasado muy claramente la línea que separa la mente estable de la inestable, e incluso la cordura de la locura.

Pero no deja de ser un elemento formidable en nuestro problema. Este obstáculo, mucho más que el de la convención, reviste un carácter de rigidez. Funciona durante cierto tiempo, luego se quiebra y libera un torrente.

Por eso las primeras expresiones de hostilidad en nuestro tiempo fueron tan exageradas y desproporcionadas. Por eso muchas de ellas resultaron francamente demenciales. Este mismo carácter de exageración, esta misma desmesura en la proporción, hizo que aquellos contra quienes se dirigía el ataque los desdeñaran más de lo debido.

Los precursores del movimiento actual —quiero decir, del movimiento hostil a Israel— no estaban concebidos para despertar el respeto de su oponente ni siquiera para arrastrar a los hombres de su propio bando. Carecían de ese «sentido» común que es la cualidad primera del liderazgo. Porque el poder de liderazgo implica un alma en común con aquellos a quienes se dirige. El entusiasta puede liderar de forma permanente, pero el extravagante jamás lo hace por mucho tiempo.

Digo que estos primeros ataques fueron por ese motivo despreciados: fueron indebidamente despreciados por aquellos a quienes amenazaban.

Quedaba latente, tras toda la exageración y la locura, una gran masa de opiniones muy distintas; la opinión de hombres normales en su apreciación de los valores y de la proporción, no dados a «ver cosas», plenamente en contacto con la realidad; hombres que saben que hasta entonces solo habían guardado silencio por la acción del miedo, que se desprecian a sí mismos por ello y que están tanto más dispuestos a actuar.

Porque el sentimiento del miedo no solo degrada, sino que enfurece: al menos en nuestra raza. El europeo que admite ante sí mismo que ha reprimido un instinto no por religión, ni por un sentido general de la justicia, sino por cobardía, siempre está enfadado consigo mismo y aguarda el momento en que pueda tomarse su propia revancha de su propio pasado y absolverse del reproche ante sus propios ojos.

He aquí el peligro que semejante estado de cosas entraña para Israel. Pero con eso no me concierne tratar aquí. Solo me concierne su efecto sobre nosotros mismos.

Mientras nos degrademos, mientras nos humillemos por nuestra propia cobardía, mientras eludamos todo debate razonable, por no hablar de toda expresión de hostilidad, por temor a las consecuencias a manos de nuestros opositores, mientras tanto estarán presentes con intensidad creciente dos cosas perniciosas:

  • primero, la postergación de la solución correcta;
  • segundo, la transformación de una política razonada en mero odio con todas las consecuencias que de semejante emoción maligna se desprenden.

Cuanto más tiempo mantengamos lo que queda de esa barrera a la libertad de expresión (que por fortuna ya se está desmoronando), más tiempo produciremos los dos resultados fatales de posponer la justicia y crear enemistad.

La destrucción de esa barrera, el despojarnos del miedo en este asunto, es, como ocurre siempre en el ejercicio de esta cosa cobarde, una cuestión de esfuerzo individual.

Como dice el refrán, «Alguien tiene que ponerle el cascabel al gato», lo que es otra forma de decir que si cada hombre espera a su prójimo, las cosas no harán más que empeorar.

Corresponde a cada uno en su lugar, antes de que sea demasiado tarde, abordar el problema judío y discutirlo abiertamente; preceder dicha discusión con un interés sincero y una expresión general sobre todas aquellas cosas de la minoría que conciernen directamente a sus relaciones con la mayoría; tratar a la nación judía exactamente como se haría con cualquier otra.

Solía ser un dogma entre quienes abogaban hace ya toda una vida por la crítica abierta de las Escrituras, que «la Biblia debe ser abordada como cualquier otro libro».2

El resultado no augura nada bueno para mi presente argumento y más bien temo el paralelismo; pero como la frase es bien conocida, la usaré como modelo. Ya es hora, digo, de dejar de tratar a la nación judía como algo cerrado, misterioso y secreto. Tratémosla «como a cualquier otra nación».

No es de extrañar que los hombres, movidos únicamente por un odio ciego, sientan cierta vacilación ante las consecuencias de ese odio. Pero estoy convencido de que si nosotros, por nuestra parte, nos libramos de este absurdo miedo moderno, tomamos al judío en sus justas proporciones, despejamos nuestra mente de toda exageración a su respecto —especialmente de la idea de cierta habilidad deshumana capaz de llevar a cabo un complot de ingenio y magnitud diabólicos—, seremos correspondidos desde la otra parte.

Los judíos no son la única fuerza internacional ni la única fuerza internacional cuyo temor ha perturbado el juicio de los hombres.

No son la única fuerza internacional que posee cierto grado de organización y cohesión. Si deseáis dar rienda suelta a vuestra aversión activa hacia los escoceses o los irlandeses, debéis estar preparados para una cierta dosis de hostilidad escocesa o irlandesa.

Os toparéis con cierta forma de organización y sufriréis las consecuencias; pero si acariciáis la idea de una vasta fuerza subterránea, escocesa o irlandesa, que os observa con un poder maligno y es capaz de vuestra destrucción, os encontráis, a mi parecer, fuera del mundo real.

Si deseas desahogar tu activa animadversión hacia la Iglesia católica, encontrarás oposición en todas partes. Pero si concluyes a partir de esto que estás luchando contra un monstruo, entonces estás desconectado de la realidad.

Así ocurre, sin duda, con este temor al poder judío, que ha manchado la mente de tantos hombres, pospuesto la discusión correcta del problema y alimentado el malestar en todas partes.

Si simplemente actuamos como si ese temor fuera despreciable como cualquier otro temor, y recurriremos a un debate perfectamente abierto de todo el asunto, incluso a una expresión abierta de hostilidad allí donde la hostilidad sea merecida, saldremos ganando.

En cualquier caso, es nuestro deber para con nosotros mismos y para con el Estado librarnos del miedo en este asunto, pues hasta que nos hayamos librado de él no se podrá avanzar hacia una solución.

NOTA A PIE DE PÁGINA:

SU DEBER

16