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nydus/The JewsPublic
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Chapter IV. The General Cause of Friction

La causa inmediata de la nueva gravedad que se advierte en el problema judío es la Revolución en Rusia. El rasgo completamente nuevo de discusión abierta que ahora se le adhiere (algo que en Inglaterra habría parecido increíble hace veinte años) es el liderazgo que los judíos han asumido en el conflicto económico del proletariado contra el capitalismo.

Por lo tanto, la mayoría de las personas, al ser preguntadas por la causa de la fricción entre los judíos y sus anfitriones en este momento, responderán (en Inglaterra, al menos) que radica en la propaganda antisocial que ahora circula libremente por toda la Europa industrial.

«Nuestra disputa con los judíos», se oirá decir en cien fuentes distintas, «es que están conspirando contra la civilización cristiana y, en particular, contra nuestro propio país, bajo la forma de revolucionarios sociales».

Semejante respuesta, aunque es la respuesta casi universal del momento en este país, es de lo más imperfecta.

La fricción entre los judíos y las naciones entre las cuales están dispersos es mucho más antigua, mucho más profunda, mucho más universal.

Durante toda una generación antes de que surgiera la crisis actual, el número comparativamente pequeño de hombres que bregaban constantemente con el problema judío, intentando provocar su debate e insistiendo en su importancia, se ocupaba principalmente de un aspecto completamente distinto de la actividad judía: el aspecto de las finanzas internacionales controladas por judíos.

Antes de que ese aspecto hubiera adquirido su gravedad moderna, el reproche contra los judíos era que su posición internacional atentaba contra nuestras tradiciones raciales y nuestros patriotismos. Antes de eso, a su vez, había existido el reproche de una religión diferente y, en particular, de su antagonismo hacia la doctrina de la Encarnación y todo lo que de esa doctrina se derivaba. Y había existido incluso, antes de esa gran disputa, el reproche de que eran malos ciudadanos dentro del Imperio romano pagano, perpetuamente en rebelión contra este y culpables de masacrar a otros ciudadanos romanos.

En otra civilización distinta a la nuestra, en la del Islam, había surgido otra serie de reproches, o más bien otra especie de desprecio y opresión. Tras largos períodos de paz llegaba, en regiones particulares, la opresión más violenta. En los últimos años, por ejemplo, a un judío en Marruecos se le trataba como si apenas fuera humano. Tenía que volver el rostro hacia la pared cuando pasaba cualquier magnate. Tenía que vestir de una manera particular para distinguirlo como algo degradado entre sus semejantes. No se le permitía cruzar a caballo la puerta de una ciudad, sino que tenía que desmontar. Había veinte acciones normales de la vida cívica en la ciudad marroquí que le estaban prohibidas al judío.

Todo esto equivale a decir que la fricción entre los judíos y aquellos entre quienes viven está siempre presente, y siempre ha estado presente, ora latente, ora aflorando furiosamente a la superficie, ora rezongando a través de largos períodos de paz incierta, ora desbordándose en todos los males de la persecución; lo que equivale a decir que esta fricción entre el judío y el no judío, si bien encuentra diferentes excusas para su actuación en distintas ocasiones, ha sido una fuerza permanentemente activa en todas partes y en todo momento.

¿Cuál es la causa de ello?

¿Cuál es su naturaleza?

El asunto es muy difícil de abordar, porque no tratamos con cosas susceptibles de prueba positiva.

Se puede demostrar por el registro histórico que la cosa ha existido. Se puede mostrar sus terribles efectos, recurrentes sin cesar a lo largo de toda nuestra historia.

Pero otra cosa muy distinta es analizar las fuerzas invisibles que los producen, y dicho análisis no puede ser más que un intento.

Supongo que las causas de esta fricción, con todos sus lamentables resultados, son de dos tipos. Hay, en primer lugar, causas generales de ella, con lo que quiero decir aquellas causas que están siempre presentes y son inerradicables. Su efecto puede resumirse en la verdad de que todo el tejido de la nación judía, su tradición corporativa, su mente social, entra en conflicto con la gente entre la que vive. Hay, a continuación, causas especiales, con lo que me refiero a acciones y expresiones sociales que conducen a la fricción y podrían modificarse, cuyas dos principales son el uso del secreto por parte de los judíos como método de acción y la expresión abierta de superioridad sobre sus vecinos que el judío no puede evitar sentir, pero que hace mal en enfatizar.

Me encargaré de estos por orden, y consideraré primero las causas generales; aunque debo admitir de entrada que un mero resumen de ellas no es una explicación suficiente del fenómeno. Parecería haber algo más profundo y aún más misterioso en ello.

Pues se concederá universalmente que, si bien son posibles la mayor intimidad y el respeto entre individuos de las dos razas opuestas, en el momento en que se trata de grandes grupos, y especialmente del instinto popular en la materia, se hace patente la fricción más grave.

Es un asunto demasiado hondo como para explicarlo por meras diferencias de carácter. Es como si hubiera alguna fuerza interior que llenara a los hombres de ambos bandos, no ciertamente de una hostilidad necesaria —contra dicha necesidad está escrito todo este libro—, sino ciertamente de fines en conflicto.

Debe señalarse en primer lugar que la mayor parte de las acusaciones formuladas contra los judíos por sus enemigos, y la mayor parte de las muy acertadas refutaciones de dichas acusaciones presentadas por los judíos y sus defensores, no dan en el blanco porque intentan plasmar en forma abstracta algo que en realidad es sumamente concreto. Y esto es igualmente aplicable a los elogios prodigados a los judíos, a las virtudes especiales que se les atribuyen y a las negativas de estas virtudes.

Errados están porque intentan expresar en términos de una categoría lo que debiera expresarse en términos de otra. Hacen lo que un hombre que compara dos cuadros por su contorno cuando, de hecho, el interés de estos radica en el color, o cuando afirma algo de una melodía cuyo punto fundamental no es en absoluto la tonada, sino los instrumentos con los que se interpreta: como quien dijera que «God save the King» era «chirriante» porque lo oyó tocar en un pito o «atronador» porque lo oyó tocar en un violonchelo.

El verdadero punto a tener en cuenta no es que los judíos nos parezcan poseer (o nosotros a ellos) ciertas cualidades y defectos abstractos, sino que, en su caso, cada cualidad o defecto tiene un carácter especial, un timbre nacional especial del que carece en el nuestro.

Así oiréis a los judíos acusados por sus enemigos de tres vicios tales como la cobardía, la avaricia y la traición —por tomar tres de las acusaciones más comunes.

Examináis sus acciones y encontráis innumerables ejemplos del más alto coraje, de la mayor generosidad y de la lealtad más devota: pero un coraje, una generosidad y una lealtad de índole judía, dirigidas a fines judíos y marcadas con un sello judío sumamente distintivo.

El hombre que acusa a los judíos de cobardía quiere decir que no disfrutan de un combate de su índole, ni de una pelea librada a su manera. Todo lo que ha descubierto es que el valor no se manifiesta bajo las mismas circunstancias, ni por los mismos fines, ni de la misma manera. Pero si la palabra valor significa algo, no puede, tras una reflexión, negarlo a acciones de las cuales se podría hacer un catálogo interminable incluso solo a partir de la experiencia contemporánea.

¿Es cobardía en un joven sacrificar su vida deliberadamente por el bien de su propio pueblo?

¿Mostró cobardía aquel joven judío que mató al primer ministro ruso, el antagonista de su pueblo, tras la primera revolución posterior a la guerra ruso-japonesa?

¿Fue cobardía caminar hacia el centro de un teatro abarrotado, rodeado por todos los enemigos de su raza, y disparar contra su líder en medio de ellos?

¿Es cobardía enfrentarse a la vasta mayoría alienígena, y hacerlo una y otra vez, tal vez a lo largo de toda una vida, insistiendo en cosas que son sumamente impopulares para esa mayoría y corriendo el riesgo constante de sufrir violencia física?

Uno encuentra a judíos que adoptan esa actitud por toda Europa.

¿Puede pensarse que es la cobardía lo que ha permitido a los individuos de esta nación mantener su tradición ininterrumpida a través de dos mil años de tortura intermitente, expoliación y muerte violenta?

Planteada así, la cuestión resulta ridícula, y es evidente que quienes hacen semejante acusación están confundiendo su propia forma de valor con el valor como atributo universal.

Ellos piensan que, puesto que los judíos muestran valor en otras circunstancias y de otra manera distinta a la suya, correspondiente, por decirlo así, a otro apetito, por consiguiente ya no es valor: pensar así es confesar que uno es muy limitado.

Puedo dar testimonio personal de un sinfín de actos de valor que he visto realizar por judíos. No aludo a actos de valor en la guerra, de los cuales hay amplia prueba, sino a actos de una índole en la que nuestra raza no habría mostrado la misma cualidad o timbre de valor. Citaré un caso.

Hace poco más de veinte años, cuando la pasión por el caso Dreyfus estaba en su punto álgido y la del ejército francés en particular al rojo vivo, me encontraba en la ciudad de Nîmes, por la que en aquel momento pasaba un destacamento de tropas.

El café en el que estaba sentado se llenaba de jóvenes sargentos. Aparte de mí, apenas había civiles presentes.

Entró en el local un judío anciano, muy bajo de estatura, fuertemente marcado por los rasgos físicos de su raza, un judío inconfundible. Iba algo encorvado bajo el peso de los años, con ojos ardientes y una entonación de voz singularmente vibrante. Vendía pasquines de la especie más violenta, todos ellos insultos contra el ejército.

Entró en este café con las hojas en la mano para que todos pudieran ver las grandes letras mayúsculas de los titulares, y dio lentamente la vuelta a la concurrencia ofreciéndolas irónicamente a los muchachos de uniforme con el sable al costado, pues eran de caballería.

Todo el mundo conoce el carácter francés en tales ocasiones: un silencio absoluto que puede transformarse en cualquier momento en algo muy diferente.

Un sargento tras otro lo apartó amablemente y lo pasó de largo. Recorrió a todos ellos, mirándoles a los rostros con sus ojos penetrantes, luciendo todo el tiempo una sonrisa irónica de insulto, describiendo a intervalos la naturaleza de sus mercancías, y cuando hubo hecho eso, salió ileso.

Era un espectáculo asombroso. He visto muchos otros tan asombrosos y vívidos, pero en cuanto a valor nunca lo he visto superado.

Aquí había un hombre, viejo y frágil, miembro de una minoría muy pequeña que sabía que era odiada, y particularmente odiada por la gente a la que desafiaba.

Porque consideraba que uno de los suyos había sido agraviado, asumió este riesgo tremendo y llevó a cabo esta tarea autoimpuesta con una especie de placer en ese riesgo.

Podéis llamarlo insolencia, ofensa, lo que queráis; pero no podéis negarle el título de valor. Era valor de la más alta calidad.

Lo repito: podéis ver indicios de esa clase de valor en la acción judía a lo largo de todo el mundo y en todas las época; tenéis el inicio de ello en el Sitio de Jerusalén; mañana, si el temor que ahora todos abrigamos resultara por desgracia bien fundado, lo volveremos a ver a la misma escala.

Tomemos la avaricia. Cuando los enemigos acusan al judío de avaricia, le están atribuyendo ese vicio en una forma de la que ellos se saben capaces, que ellos mismos practican, que comprenden a la perfección, pero que él nunca practica a su manera.

El judío es audaz con su dinero. Es un especulador, un comerciante. Es también un hombre que piensa en él en términos exactos. Nunca es romántico al respecto. Pero casi invariablemente es generoso en su uso.

Nuestra raza, cuando cede al vicio de la avaricia, es tacaña, hermética, desprendida de la caridad. Él es implacable y astuto en la acumulación. Es vociferante en su insistencia sobre los términos exactos de un pacto acordado. Es también tenaz en la persecución de cualquier cosa que se haya propuesto, entre el resto, la acumulación de dinero. Es casi fanático en su apetito por el éxito en cualquier cosa que haya emprendido, entre el resto, la acumulación de dinero.

Pero decir que el dinero, una vez acumulado, no se usa generosamente, es un sin sentido. No hay uno solo de nosotros que no pueda citar al instante una docena de ejemplos de generosidad judía a una escala que nos hace sentir vergüenza.

Tampoco es verdad decir que esta generosidad tiene por raíz la ostentación, o, como suele llamarse, el "rescate". Aunque el amor por la magnificencia es sin duda una gran pasión en el carácter judío, no explica la mayor parte de su generosidad. Es una generosidad que se extiende a toda clase de relaciones privadas, y si tomáis el testimonio de aquellos que han estado al servicio de los judíos y no son judíos ellos mismos, ese testimonio es casi universalmente favorable a sus empleadores, si dichos empleadores son hombres de grandes medios.

Te dirán que se sintieron humillados al servir a un judío; que las relaciones nunca fueron fáciles; que siempre hubo distancia. Pero no suelen decir que los trataron con mezquindad. Justo lo contrario. Por lo general ha estado presente una generosidad espontánea.

El mismo argumento se aplica al clamor del «rescate». Es cierto que algunas de las fortunas judías más escandalosas han levantado defensas contra la ira pública mediante la devolución de una pequeña proporción en forma de donaciones públicas: es una acción y un motivo que no les son exclusivos.

Pero eso no explica la masa de beneficencia privada y anónima de la que todos podemos dar fe y que es tan común en el judío de clase media como en el adinerado. Aquí, al igual que en la cuestión del valor, se trata de una cuestión de tipo.

Los de nuestra raza que dan la casualidad de ser generosos (son raros) no calculan. A menudo olvidan o confunden las sumas de las que se han deshecho, como si se tratara de mero despilfarro. El judío conoce la medida exacta de su sacrificio, su proporción respecto a su patrimonio total. ¿Es, por tanto, menos generoso? En absoluto. Es, a escala, más generoso, pero de un modo diferente.

Podría argumentarse que esta generosidad del judío es una consecuencia de la forma en que considera el dinero. Este va y viene con él porque es un especulador y un errante.

Se ha dicho que ninguna gran fortuna judía es permanente; que ninguno de estos millonarios ha llegado a fundar una familia. Esto no es del todo cierto; pero sí es verdad que, si se considera la larga lista de grandes fortunas judías que han jalonado todo el progreso de nuestra civilización, resulta asombroso cuán pocas hanE arraigado.

Pero aunque esta concepción del dinero pueda ser un elemento en la generosidad del judío, no la explica por completo, y en cualquier caso esa generosidad está ahí, y contradice rotundamente la acusación de avaricia. En efecto, la acusación general de avaricia fracasa: y eso es lo que la convierte en una especie de chiste permanente permitido incluso allí donde los judíos son más poderosos. Es una broma que ellos mismos no resienten porque saben que está fuera de lugar.

La acusación de traición está en el mismo plano, salvo que resulta aún más «sesgada» que las otras citadas. No hay ninguna raza que haya producido tan pocos traidores. No es traición en el judío ser internacional. No es traición en el judío trabajar ahora para un interés entre aquellos que no son de su pueblo, y luego para otro. Solo se le puede acusar de traición cuando actúa en contra de los intereses de Israel, y no hay ni ha habido jamás una nación en la que la solidaridad nacional fuera mayor o la debilidad nacional en forma de traidores fuera menor.

En efecto, esa es la misma acusación que sus enemigos les hacen: que son demasiado homogéneos; que se mantienen demasiado unidos y son demasiado feroces en su autodefensa; y no se puede unir esa acusación con una acusación de traición.

Lo cierto es que el judío se presta a un grupo no judío en su acción contra otro. Servirá a Francia contra los alemanes, o a los alemanes contra Francia, y lo hará con total indiferencia, ya sea como residente en el país al que beneficia o en el país al que hiere: pues es indiferente a ambos.

En el momento en que estalla la guerra, los servicios de inteligencia de ambos bandos confían en el judío; y confían en él no solo debido a su indiferencia hacia el nacionalismo, sino también a causa de sus múltiples idiomas, sus viajes y la presencia de sus parientes en el país enemigo. Y esto es cierto no solo en tiempos de guerra, sino también de paz armada.

Pero es evidente que en todo esto hay ejemplos de lo que en nosotros sería traición. En él tales acciones no son traiciones, pues no traiciona a Israel. Pero todas ellas tienen una atmósfera repugnante para nosotros. Son cosas que, si las hiciéramos (o cuando las hacemos), nos degradan. No degradan al judío.

Uno podría continuar la lista de tales acusaciones indefinidamente, y en cada una de ellas descubriría que la raíz del pleito no es la presencia de un defecto en particular, sino la presencia de una diferencia de circunstancias, temperamento, carácter: un color y un gusto diferentes en la cualidad o el defecto en cuestión.

Es eso lo que ofende. Es eso lo que causa los malentendidos y lo que conduce a las tragedias.

Si bien esto es cierto en cuanto a las acusaciones hechas contra el pueblo judío, es desgraciadamente igual de verdadero en lo que respecta a las cualidades correspondientes que ellos y sus defensores esgrimen en la réplica.

  • El judío es esencialmente patriótico: eso es cierto.
  • Pero no patriótico para nuestros fines ni a nuestra manera.
  • Es esencialmente digno.
  • Pero no digno para nuestros fines ni a nuestra manera.

Una obligación personal que no puede cumplir, un contrato personal e íntimo en el que pueda incurrir en mora, especialmente con alguien de su propio pueblo, le resulta aborrecible al judío; pero no a nuestra manera. No tiene nuestra vergüenza de la bancarrota, por ejemplo, sino mucho más que nuestra vergüenza de contraer deudas personales.

La embriaguez, un vicio de lo más ofensivo para la dignidad humana, es para él el más raro de los vicios: para nosotros, el más común. Pero carece de nuestro sentido de la dignidad en el reposo, ni tampoco siente nuestro sentido de la dignidad ofendida en la farsa.

Su tenacidad, que todos conocen y en cierto modo admiran, y que es muy superior a la nuestra, es también una tenacidad más estrecha, o en todo caso una tenacidad de otra clase. Él perseguirá un solo fin donde nosotros seguiremos muchos. Su maravillosa lealtad hacia todas las relaciones familiares nos es conocida; pero no la valoramos porque queda fuera de nuestro propio círculo.

Hasta sus dotes intelectuales, que se ven menos afectadas por esta cuestión de timbre, tienen algo ajeno a nosotros. Son innegables, pero sentimos que se emplean para otros fines que los nuestros: se usan fríamente cuando los nuestros se usan con entusiasmo; se usan con intensidad cuando nosotros los usamos con descuido.

Si abandonamos el terreno polémico y nos ocupamos de una apreciación de las cualidades judías, al margen de que nos gusten o no y al margen de su diferencia en la textura íntima, por decirlo así, respecto a la nuestra, pueden resumirse, creo yo, del siguiente modo:—

El judío se concentra en un solo asunto. No dispersa su mente. Y esta concentración conlleva tanto fuerza como debilidad. Se ha dicho a este respecto (todos estos términos son metafóricos) que su mente no es elástica. Pero este es un gran elemento de su éxito.

He observado que el judío, una vez que ha emprendido una tarea particular, muestra una indiferencia hacia otras tareas que, desde nuestro punto de vista, es maravillosa. ¡Cuántos casos no se podrían citar de dos hermanos judíos, el uno ocupado en las finanzas, el otro en la ciencia, o el uno en la política, el otro en la música, y cuán claramente vemos en esos casos la completa indiferencia del judío hacia las cosas ajenas a la esfera que ha emprendido!

Cuán notable es a nuestros ojos su resistencia a cualquier tentación que pueda alejarle de su fin.

  • El judío que se dedica a la ciencia, por ejemplo, permanece completamente indiferente a las oportunidades de enriquecimiento que esta ofrece.
  • El judío que se dedica a la filosofía (¡y qué grandes nombres puede mostrar en esta esfera a lo largo de los siglos!) vive en la pobreza y está perfectamente contento de vivir así.
  • El judío dedicado a cualquier ideal particular de cambio social se dedica por entero a este, y termina su tarea a menudo más poderoso, casi nunca más adinerado, y casi siempre mucho más pobre que cuando la comenzó.

Por encima de todo, se niega a ser distraído ni por un momento de su objetivo.

Otro rasgo afín a este primer personaje principal del judío parecería ser la lucidez de su pensamiento. El argumento del judío nunca es confuso. Esa es una de sus principales bazas, no solo en toda discusión, sino en toda acción. Es también, si bien una causa de fortaleza, una causa de la enemistad que despierta; o (para usar mi término más moderado) de la «fricción».

Pues un proceso de razonamiento construido con exactitud, del cual no hay escapatoria, tiene (para los menos capaces de seguirlo) algo de matón.

Un hombre puede sentir que la conclusión es falsa; tal vez sepa que es falsa. Le falta la facultad de expresar sus razones. Puede que no sepa cómo formular los principios que su adversario ha pasado por alto, o cuándo introducirlos en el debate, y siente la férrea lógica que se le ofrece como una pistola apuntada a la cabeza de su mejor juicio.

Pero tanto por su fuerza como también por su debilidad, la lucidez es el sello distintivo de la mente del judío. Traslada esa lucidez hasta en los más mínimos detalles de cualquier cosa que emprenda.

A todo esto hay que añadir una cierta intensidad de acción muy perceptible y que vuelve a ser causa de fricción entre él y quienes le rodean.

Escuchad hablar a un judío, especialmente a un judío que habla desde la tribuna revolucionaria, y fijaos en el alto voltaje al que funciona la corriente.

La energía que despliega no es la energía de una gran llama, sino la de un soplete bien dirigido: un chorro de calor. Está totalmente absorto, no en su propia expresión, y sí en penetrar activamente en la mente de sus oyentes.

Y aquí se encuentra de nuevo esa diferencia de cualidad a la que he aludido. Podría decirse indistintamente que el judío nunca es elocuente o que siempre lo es cuando habla de aquello que le posee el alma. No es elocuente a nuestra manera; pero en cualquier caso resulta asombrosamente eficaz a la suya propia.

El judío tiene esta otra característica que se ha vuelto cada vez más perceptible en nuestra propia época, pero que es probablemente tan antigua como la raza: a saber, una capacidad corporativa para ocultarse o para hacerse publicidad a voluntad; un poder de «impulsar» lo que toda la raza desea que avance, o de reprimir lo que toda la raza desea suprimir. Y esto también, por legítimamente que se utilice, es una causa de fricción.

Los hombres tienen la sensación de un enjambre ante semejante acción. También tienen la sensación de estar siendo engañados: y eso engendra rencor.

En cuanto al uso deliberado del secreto, me ocuparé de este personaje en mi próximo capítulo, pues considero que en ese aspecto constituye una causa particular de fricción que puede eliminarse.

Pero la capacidad general y el instinto del judío para la acción corporativa en la «promoción» de lo que quiere que se «promueva» y la «atenuación» de lo que quiere que se «atenúe» son inerradicables. Siempre seguirá siendo un irritante permanente en su efecto sobre aquellos a quienes se aplica.

La mejor prueba de ello es que tras la «promoción» más violenta, tras habérnoslas gritado, señalado e iterado hasta dejarnos a todos sordos —los talentos de algún judío en particular, o el descubrimiento científico de otro, o las desgracias de otro, o el error judicial en contra de otro—, se produce una reacción inevitable, y los mismos hombres que estaban medio hipnotizados en el estado de ánimo deseado sienten náuseas ante ello y se niegan a una repetición de la dosis.

Lo contrario es cierto. Los hombres que descubren que se ha ocultado algún asunto importante, algún escándalo grave en el Estado o alguna maniobra mercantil porque los judíos deseaban que se ocultara, se ponen pronto en alerta. No soportarán la maniobra tan tranquilamente la segunda vez como lo hicieron la primera. De hecho, más bien tienden a volverse demasiado suspicaces. De cualquier modo, en ambos casos este hábito racial inerradicable, causa tal vez de la supervivencia judía y ciertamente elemento de la fuerza judía, es también causa de una fricción aguda entre ellos y nosotros.

Pero una mera categoría de esta índole es, como he dicho, inútil para explicar la cualidad fundamental, la raíz oculta, del incesante conflicto entre el alma misma del judío y el alma de la sociedad que lo rodea.

Todos estos puntos no son sino manifestaciones de algún poder profundo, de alguna fuerza subterránea de contraste cuyo valor no podemos abarcar, pero cuyos efectos son más que evidentes. Y persiste en las mentes de quienes más confían en esta raza y de quienes más la sospechan la sensación de un abismo infranqueable entre ellos y nosotros.

Es el reconocimiento, la admisión de tal contraste, el decir la verdad al respecto, el obrar sobre ello como una condición necesaria, lo que debe constituir el fundamento de cualquier solución a la que podamos llegar.


Hay un aspecto en la actitud del europeo hacia los judíos que debe tratarse de manera especial, y es la falsa impresión de que el conflicto entre nosotros y ellos es principalmente una disputa por su riqueza.

Esa impresión se ha debilitado enormemente por la reciente actividad revolucionaria del judío que surge de las profundidades, aparece en la superficie y produce la gran conmoción en Rusia, y los intentos de conmoción en otros lugares.

Pero aunque el nuevo movimiento revolucionario judío ha sacudido la antigua insistencia en la riqueza judía, es difícil erradicarla. Ha estado presente a través de los siglos, y permanecerá en el fondo de las mentes de la gente tal vez para siempre, porque los pocos judíos que sí se concentran en amasar grandes fortunas se concentran en esa tarea de manera tan absoluta.

Sin embargo, la impresión es falsa y es la causa fecunda de los peores malentendidos.

Pues los judíos no son una nación rica, y el mismo hecho de que en la mente popular —y especialmente en la mente de los ricos en tiempos de corrupción— representen la riqueza, es un ejemplo de la forma en que se les malinterpreta y de cómo surge la injusticia hacia el judío.

Los judíos son una nación pobre. Un enemigo diría que son pobres porque no trabajan, pero esto de nuevo sería una injusticia, porque el judío trabaja muchísimo y a menudo en el pasado ha trabajado, y sigue haciéndolo hoy en muchos lugares, muy duro, no solo en la negociación y el comercio, sino con sus propias manos.

Vemos a los judíos en la Edad Media monopolizando importantes ocupaciones manuales en algunos distritos —la tintorería y la construcción naval, por ejemplo—.

Y hay muchas partes de Europa Oriental donde hoy trabajan la tierra.

Los judíos son una nación pobre porque son una nación extranjera y porque sus actividades están condenadas en su mayor parte a marchar a contrapelo, en una sociedad que no es la suya. Pero que sean una nación pobre no solo es verdad, sino que resulta abundantemente evidente para cualquiera que haya viajado y observado sus diversos asentamientos con cierta simpatía.

Ahora que han llegado en tan gran número a Occidente, la gente está empezando a comprender esto. Ya hemos visto cómo, hace una generación, cuando los judíos de Occidente (me refiero especialmente a Francia, Inglaterra y América) eran un pequeño grupo de comerciantes y financistas, la gran riqueza de un número muy reducido de entre ellos no se veía contrarrestada en nuestra experiencia por la extrema pobreza de la masa.

Pero hoy podemos comprobar por nosotros mismos cuán cierto es que, una vez que se descartan las fortunas excepcionales y una clase media comparativamente pequeña, la nación judía no es más que millones de familias sumamente pobres.

Aquellos que los han observado fuera de Occidente, aquellos que los han visto en sus grandes comunidades orientales donde todavía reside la mayor parte de la raza, en las Marcas de Rusia, estarán plenamente de acuerdo.

Nos ayuda a comprender el problema judío comprender el hecho de que una gran parte de la queja judía contra nosotros es precisamente esta pobreza a la que está condenada la mayor parte de los judíos.

Está muy bien burlarse de la queja judía sobre la persecución y la opresión y citar irónicamente, cada vez que surge, las inmensas fortunas de unas pocas familias como los Rothschild y los Sassoon, los Mond, los Samuel y el resto.

Desde el punto de vista del judío medio, las cosas no se ven así en absoluto. Lo que nota, y nota con razón, es que no tiene parte en esa riqueza bien distribuida, sólida, permanente y heredada que es el sello de una comunidad europea sana.

Además (un punto importantísimo ya mencionado de pasada), estas grandes fortunas son efímeras.

En las naciones europeas tenéis una masa de grandes fortunas mucho mayor en número, e incluso en total, que las fortunas financieras judías. Pero esas grandes fortunas han sido en el pasado y siguen siendo, allí donde nuestra sociedad está sana, permanentes. Atraviesan la historia europea bajo la forma de las grandes familias, bajo la forma de la nobleza.

Las grandes familias territoriales de este país han sido ricas durante siglos y siguen conservando una riqueza establecida, y lo mismo ocurre en lo fundamental con las grandes familias italianas; es evidentemente cierto en el caso de las grandes familias alemanas y, a pesar de los grandes cambios del último siglo y medio, sigue siendo en gran parte cierto en el de las viejas familias francesas.

No ocurre lo mismo con las familias judías. Las vastas fortunas judías que han marcado la historia surgen de repente y se disuelven de nuevo casi con la misma rapidez. Un judío comenzará de manera muy modesta —como prestamista en Liverpool, por ejemplo, o como un muy pequeño librero en Fráncfort—. Hallaréis que su hijo es un gran banquero, su nieto tan rico como para dominar la política durante una generación, y entonces (si observáis el proceso en el pasado —tomar un ejemplo moderno inconcluso es, por supuesto, engañoso) por fin, y pronto, el nombre vuelve a desaparecer, y desaparece para siempre*.

¿A quién tiene usted representando hoy a las pocas grandes fortunas judías de la alta Edad Media en Inglaterra? Todas fueron arruinadas antes de finales del siglo trece.

¿A quién tiene usted representando a las grandes fortunas judías posteriores del Rin, las fortunas del siglo dieciséis y principios del diecisiete? Han desaparecido por completo.

¿A quién le queda representando a las considerables casas judías de la Venecia medieval? ¿de Génova? ¿de Roma?

Las causas de esta rápida fluctuación son numerosas. Todas ellas están ligadas a la peculiar posición, así como al peculiar carácter, del judío. Las hallamos en parte en la pasión por la especulación que la inteligencia judía alberga de manera natural. Las hallamos aún más, a mi juicio, en la oposición instintiva hacia el judío que su entorno extranjero despierta perpetuamente.

Sin embargo, es importante recordar este último punto. Desde nuestro punto de vista, el judío, cuando llega a enriquecerse, parece volverse demasiado rico y enriquecerse con demasiada rapidez, y ejerce muchísimo poder a través de su riqueza; pues lo consideramos en todo momento como a un extranjero sin derecho a posición alguna.

Pero el judío lo ve bajo una luz muy distinta. Desde su punto de vista, su esfuerzo por acumular riqueza está siempre fuertemente obstaculizado. Cuando triunfa, solo lo hace gracias a su propia tenacidad y a la cooperación patriótica de sus semejantes, y siempre posee su recién hallada riqueza en condiciones de inseguridad. Lo que a nuestros ojos parece la ruina de una fortuna judía por causa de la especulación, le parece al judío el resultado funesto y recurrente de una oposición incesante.

En relación con la ilusión de una raza judía adinerada, tenéis, por supuesto, el asunto que mencioné brevemente más arriba, la conexión entre nuestras clases más adineradas, y por lo tanto gobernantes, y la riqueza judía del momento.

Una gran parte de la ilusión, como he dicho, se debe al hecho de que la aristocracia de todas las época entra en contacto con el judicio únicamente como un hombre rico, y es el capital vicio moderno de nuestra propia aristocracia, su pasión por la mera riqueza y su subordinación a ella, lo que ha explicado en gran medida este peligroso malentendido.

Mire a su alrededor hoy en Europa Occidental y vea a qué se refiere la gente con esta historia de la riqueza judía. Vea quiénes son las personas que aluden continuamente a ella y propagan su idea. Son los europeos ricos que, en su servilismo hacia la riqueza grosera, en su hábito de medirlo todo por esa riqueza y de someterse a casi cualquier indignidad con el propósito de obtener más riqueza, casan a sus hijas con judíos, sirven a los intereses judíos y, mientras se mofan perpetuamente del judío a sus espaldas, lo llaman en su propia cara por su nombre más íntimo y aprovechan al máximo su hospitalidad.

¿Cuál de ellos conoce jamás a un judío de clase media, por no hablar de un judío pobre? ¡Vaya, la mayoría de ellos ignora por completo el hecho de que esta masa de judíos pobres siquiera exista!

Sirven al judío cuando es rico y solo cuando es rico. Lo envidian vilmente como hombre rico y solo como hombre rico. Prostiyuyen su dignidad, venden a sus compatriotas europeos, no por un afecto genuino hacia la raza judía —en efecto, no hay ninguna clase en la comunidad, por muy estrechamente entremezclada que esté con los judíos, que sienta la fricción con más intensidad que la nobleza—, sino simplemente por una sed de dinero, que casualmente ven en manos de unas pocas familias judías en grandes masas.

Es de destacar que otros aspectos de la actividad judía permanecen sin ser aprovechados por la clase adinerada, la alta burguesía —y por consiguiente por el Estado—.

Si sería prudente utilizarlos o no, es otro asunto. En cualquier caso, el motivo para dejarlos sin utilizar es el hecho de que no están conectados con la riqueza.

La inteligencia judía, que tan a menudo podría haber servido a la política de un hombre de Estado, se deja en gran medida sin aprovechar. La posición cosmopolita del judío, cuando se utiliza, se emplea para poco más que el espionaje; y esa fuerza profunda, la memoria histórica del judío, se descuida casi por completo.

Con este descuido va de la mano un resultado natural y nefasto: la incapacidad por parte de las clases gobernantes europeas, especialmente hoy en día, de salvaguardar a la comunidad contra los problemas que indudablemente han de surgir del choque de intereses entre los judíos y los pueblos entre los cuales habitan.

Puede parecer paradójico, but es verdad, que si los hombres de Estado de Europa, y las familias hereditarias de las naciones europeas que todavía participan tanto en la dirección de esas naciones, hubieran pensado menos en el poder del dinero judío y más en los judíos en su conjunto, habrían beneficiado a ambas partes de un modo muy diferente.

Hemos visto la protección artificial de los judíos de Europa oriental porque los hombres de Estado individuales se han mostrado serviles ante los mandatos de banqueros judíos individuales muy ricos. Pero el asunto se ha manejado de forma torpe. Solo ha servido para irritar a las nacionalidades independientes del Este, notablemente a los polacos, los rumanos y los húngaros, que tienen experiencia de las dificultades inseparables de una minoría extranjera. Nuestros políticos han tratado todo el asunto de manera externa y mecánica, obedeciendo meramente órdenes sin intentar comprender.

El resultado final de semejante injerencia por parte de nuestros políticos occidentales es lamentablemente seguro. El último estado de los judíos en Europa Oriental será peor que el primero. Sus sufrimientos serán mayores que en el pasado, y ello porque, en lugar de actuar desde una comprensión intentada y una comprensión compasiva de las dificultades judías, los políticos, que han actuado como sirvientes de unos pocos judíos ricos, se han limitado a obedecer las órdenes de estos hombres ricos y lo han hecho con la repugnancia secreta que siempre acompaña a la rendición ante un salario.

¿No es evidente, al repasar la historia, que el poder permanente del judío o, en cualquier caso, la celebridad de su nación es totalmente distinta de esas acumulaciones fortuitas de riqueza que unos pocos individuos deben a la pasión nacional por la especulación y a una posición cosmopolita?

Uno tras otro, los llamativos nombres judíos de la historia son los nombres de judíos que han perseguido ardientemente alguna tesis moral o intelectual; la mayoría de ellos —casi diría que todos ellos— fueron hombres pobres y, en su mayor parte, hombres deliberadamente pobres porque preferían, como está en la naturaleza judía preferir, la labor inmediata entre manos a cualquier otra consideración.

Son estos nombres los que perduran y son permanentes y constituyen la gloria de la raza judía.


Hay un aspecto de esta riqueza judía sobre el que dudo si incluirlo entre las causas generales o entre las particulares de la fricción entre esa nación y sus anfitriones.

Cae ciertamente entre las causas generales en el sentido de que está conectado con el carácter judío en su conjunto y no con ningún método especial en la acción de ese carácter.

Está conectado, quiero decir, con su propia naturaleza, y no pueden cambiar esa naturaleza.

Por otra parte, podría situarse entre las causas particulares debido a su carácter bastante moderno y probablemente efímero: es, por así decirlo, una causa particular de la fricción procedente de las causas generales de carácter que acaban de enumerarse, y esta causa de fricción es la presencia del Monopolio Judío.

Es un punto sumamente peligroso en la situación actual. No creo que los judíos tengan una apreciación suficiente del riesgo que corren con su desarrollo.

Ya existe algo así como un monopolio judío en la alta finanzas. Hay una tendencia creciente al monopolio judío sobre los escenarios, por ejemplo, el comercio de fruta en Londres y, en gran medida, el comercio de tabaco. Existe el mismo elemento de monopolio judío en el comercio de la plata y en el control de varios otros metales, notablemente el plomo, el níquel y el azogue.

Lo que es más inquietante de todo es que esta tendencia al monopolio se está extendiendo como una enfermedad. Una provincia tras otra cae bajo su dominio y actúa como un irritante muy poderoso. Quizás resulte ser la causa inmediata de esa explosión contra los judíos que todos tememos y que los mejores de nosotros, espero, estamos tratando de evitar.

Se aplica, por supuesto, a una diminuta fracción de la raza judía en su conjunto.

Uno podría meter a los judíos que controlan el plomo, el níquel, el mercurio y el resto en una habitación pequeña: ni esa habitación contendría especímenes muy agradables de su raza.

Uno podría sentar a los grandes banqueros judíos que controlan las finanzas internacionales alrededor de una gran mesa, y conozco mesas que los han visto a casi todos en un momento u otro.

Estos monopolistas, en posiciones estratégicas de control universal, son un puñado insignificante de hombres de entre los millones de Israel, al igual que las grandes fortunas que hemos estado discutiendo pertenecen a una proporción insignificante de esa raza.

Sin embargo, esta pretensión de ejercer un monopolio atrae el odio sobre los judíos en su conjunto.

El asunto es justamente aborrecido por ser sumamente antinatural y sumamente tiránico. Sería tiránico incluso para uno de los nuestros retenernos el suministro de las cosas que nos son esenciales. Resulta intolerable en un pueblo que nos es ajeno.

Cuando pasemos a discutir, en el próximo capítulo, el desafortunado uso del secreto por parte de los judíos (la más potente, quizás, de las causas particulares que los han conducido a su peligro actual) comprenderemos mejor otro rasgo odioso de este monopolio moderno de control, que es la forma en que se extiende de manera subterránea y fuera de la vista, dejando al mundo en general ignorante de que este, aquel y el de más allá individuo judío es su amo en el asunto de alguna cosa esencial que él controla.

Para decirlo sin rodeos, hay que poner fin a estos monopolios.

Antes de la Gran Guerra solo había uno del que Europa en su conjunto era consciente, y era el monopolio financiero. Sin embargo, aquí el monopolio era mucho menos perfecto que en el caso de los metales.

La Gran Guerra puso a miles y miles de hombres educados (que asumieron funciones públicas como funcionarios temporales) frente al estremecedor secreto que nunca habían sospechado: el control absoluto ejercido sobre cosas absolutamente necesarias para la supervivencia de la nación por media docena de judíos, a los que les importaba por completo un bledo si nosotros o el enemigo salíamos con vida de la contienda.

A propósito, la riqueza de estos pocos y muy ricos judíos ha aumentado escandalosamente a través de la guerra precisamente por esta razón. Y en el momento en que escribo, la prensa francesa, que tiene una experiencia más larga en la libre discusión de la cuestión judía que cualquier otra, está denunciando el abominable incremento en el valor de las minas de plomo de los Rothschild, un incremento debido principalmente al uso del plomo para matar hombres.

Pero el plomo es solo uno de los monopolios, como ya he dicho. Todo un grupo ya existe y la extensión del sistema avanza tan rápidamente como una epidemia.

No solo debe cesar esto antes de que se pueda intentar cualquier solución de la cuestión judía, sino que el proceso debe invertirse. Si los distintos gabinetes nacionales no interfieren para proteger estos monopolios, entonces adiós a cualquier intento de justicia para el judío. En la ira legítima contra unas pocas docenas patéticas de entre los peores especímenes de la nación, Israel en su conjunto será sacrificado.

Hay en esta formación de monopolios, como en las actividades más respetables de la nación, incluso en sus actividades más justamente famosas, incluso en sus glorias, ese elemento de carácter racial que nunca está ausente en ninguna acción judía. Y por eso he colocado este punto, por moderno y efímero que sea, entre las causas generales de conflicto.

La razón por la cual estos monopolios generales son formados por judíos es que el judío es internacional, tenaz y está decidido a llegar hasta el final mismo de su tarea. No se siente satisfecho en ningún oficio hasta que este se halla, en la medida de lo posible, bajo su completo control, y cuenta para la extensión de ese control con el apoyo de sus hermanos en todo el mundo. Posee al mismo tiempo el conocimiento internacional y la indiferencia internacional que favorecen aún más sus esfuerzos.


Pero aun si los monopolios bastante recientes en los metales y otros oficios fuesen arrebatados, como deberían serlo, a estos pocos amos extranjeros de los mismos, quedaría ese monopolio parcial (no es en absoluto un monopolio completo) que unos pocos judíos han ejercido no solo hoy, sino de manera recurrente a lo largo de la historia, sobre las altas finanzas: es decir, sobre el crédito de las naciones y, por consiguiente hoy, como nunca antes, sobre todo el campo de la industria mundial.

Si ese monopolio financiero parcial permanece sin corregir, producirá una hostilidad suficiente contra los judíos como para precipitar, por sí mismo, el próximo ataque general contra ellos.

Se puede argumentar que este temor carece de fundamento porque el control ya dura desde hace mucho tiempo. Ha durado el tiempo equivalente a toda una vida, incluso en su forma actual, apenas completa; y es seguro porque sus operaciones están alejadas de la observación general y porque se halla entremezclado con los intereses de todas las clases más adineradas.

Temo que estos argumentos no se sostengan. Aunque el control judío de las finanzas no es algo que afecte al público en general, todos los hombres cultos, hasta un estrato social comparativamente bajo, son plenamente conscientes de ello, y todo hombre que lo sabe se indigna. La masa de judíos pobres lo resiente casi tanto como los no judíos, pero de un modo diferente.

Nuevamente, aunque este monopolio financiero no afecta directamente a la vida económica del ciudadano particular, este empieza a comprender cada vez más cómo le afecta de manera indirecta. Le afecta, por ejemplo, a través de su patriotismo.

No aceptará que se le diga que, para conveniencia de estos banqueros extranjeros, deba renunciar a los derechos de la victoria y permitir que algún enemigo a quien ha castigado justamente escape a las consecuencias de dicho castigo. Con mayor urgencia aún negará el derecho de los banqueros judíos a interferir en la reparación nacional que se le debe por los daños causados caprichosamente en el curso de las hostilidades.

Nuevamente, las finanzas internacionales no viven separadas de las actividades privadas. Toca por fin a una masa de empresas individuales, y a través de esas empresas individuales su acción es cuestionada y examinada por una multitud de ciudadanos privados.

Una vez más, los judíos que así controlan las finanzas internacionales están operando en muchas otras capacidades.

Por ejemplo, algunos de ellos están detrás de esos grandes planes de seguros industriales que son tan detestables para la masa del pueblo. La acción contra estos puede surgir en cualquier momento. Si tal acción llega, se puede tener la certeza de que el individuo atacado será recordado en su calidad de financista internacional tanto como en su calidad de explotador de las primas caídas de los pobres.

Tarde o temprano, el carácter de este monopolio —hacia el cual los hombres de hace una generación eran indiferentes por ignorancia, pero del cual hoy toda la parte educada de la comunidad es consciente y se muestra profundamente resentida— será comprendido e igualmente resentido en un nivel todavía inferior.

Cuando la sociedad esté suficientemente llena de indignación contra él, entonces se producirá la explosión. Si esa explosión solo afectara a los judíos ricos directamente implicados, nadie lo lamentaría demasiado. Habría poco daño hecho. Pero el problema es que casi con seguridad afectará a toda la nación a la que esos individuos pertenecen.

Se me podrá decir que poner fin a este estado de cosas es imposible en tanto que el gobierno parlamentario, con su profunda corrupción, perdure; que la única fuerza capaz de lidiar con el mal plutocrático del monopolio extranjero a esta escala es un rey; y que un rey no lo tenemos entre las naciones modernas.

A lo que respondo que el sistema parlamentario no durará para siempre. Ya se encuentra en activa disolución entre nosotros y severamente golpeado en otras partes. El rey tal vez no esté tan lejos como la gente cree.

De todos modos, de un modo u otro aquello cesará, y probablemente cesará en medio de la violencia. El peligro es que, si cesa en la violencia, un vasto número de inocentes se verá envuelto junto con los culpables.

LAS CAUSAS ESPECIALES DE FRICCIÓN

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