Dije en mi última carta que la antigua solución de ignorar o negar el problema judío estaba condenada a fracasar y había fracasado, lo que equivalía a decir que el problema persiste. Pero dije que uno debe ir más lejos y exponer la verdadera naturaleza de ese problema tal como se presenta en este momento antes de poder intentar una solución práctica.
No basta con decir que una persona que se cree inmortal e inmune a las enfermedades está, de hecho, gravemente enferma, y que el deterioro de su salud ha desmentido su teoría. Hay que seguir adelante para averiguar exactamente qué le pasa y, de ser posible, cuál puede ser la cura para su mal.
El problema judío en su sentido más amplio lo he definido en el primer capítulo de este libro, y tal como creo que lo define todo el mundo, incluidos los muchos judíos que han debatido el asunto. Es la presencia dentro de un organismo político de otro organismo político en fricción con él: las tensiones generadas por un estado de cosas tan antinatural; el riesgo de desastre para el cuerpo menor y de daño para ambos si esto no se remedia. La verdadera solución, por tanto, solo puede hallarse en alguna política que alivie permanentemente la tensión y restablezca las relaciones normales. El fin de tal solución debe ser el funcionamiento, en la medida de lo posible, de ambas partes, con comodidad y sin que ninguna perturbe a la otra.
Pero esta declaración general del problema —que radica en la presencia de un cuerpo extraño para cada parte y la consiguiente irritación y fricción en cada una— no basta.
Debemos profundizar más en él y desarrollarlo con mayor detalle, describiendo cómo la fricción y la irritación van en aumento: insistiendo en que incluso se han convertido en una amenaza.
Solo entonces podremos proponernos descubrir, en la medida de lo posible mediante el análisis, qué carácter exacto reviste la enfermedad y por qué tiene este carácter. Solo después de todo esto podremos explorar un remedio.
Cuando miramos en torno al mundo moderno, digamos que en los últimos veinte años, descubrimos, en lugares muy dispares, entre intereses muy diversos y en caracteres de lo más variopinto, la presencia de lo que para muchos es un nuevo sentimiento político: va de la irritación a la exasperación, de la queja a la invectiva; está dirigido en todas partes contra los judíos.
Una actividad tras otra, en las que los judíos tienen alternativamente razón o no, o son indiferentes, ha suscitado hostilidad en grados diversos —pero crecientes— y, aunque los puntos de peligro siguen estando, como he dicho, separados en lo fundamental, ya empiezan a unirse y a formar grandes zonas hostiles a Israel.
Se objeta del judío en las finanzas, en la industria, en el comercio —donde es ubicuo y poderoso fuera de toda proporción respecto a su número— que busca, y ya casi ha alcanzado, la dominación.
Se objeta que actúa en todas partes en contra de los intereses de sus anfitriones; que estos se ven interferidos, guiados, manejados en contra de su voluntad; que está presente un poder que actúa ya sea con indiferencia hacia lo que amamos o en activa oposición a lo que amamos.
Notable especialmente es que se dice que es indiferente a, o se halla en activa oposición contra, nuestros sentimientos nacionales, nuestras tradiciones religiosas y la cultura general y la moral de la Cristiandad que hemos heredado y deseamos preservar: ese poder es Israel.
Estos sentimientos crecieron a medida que llegaba un ejemplo tras otro de la fuerza judía, de la cohesión judía, para alimentarlos. Cuán violentos habrían de volverse podía verse tomando como un ejemplo especial su forma extrema, llamada «antisemitismo». Cuando lleguemos, más adelante en este libro, a examinar ese fenómeno moderno, descubriremos que no solo es una prueba de la insistencia y la gravedad del problema que intentamos resolver, sino también cierta explicación de su naturaleza.
Sobre un mundo ya de por sí exasperado, y en algunos sectores importantes exasperado hasta llegar a lo irracional —pues la campaña antisemita era, y es, rebosante de sinrazón—, cayó repentinamente el doble efecto de la revolución bolchevique: una revolución que golpeó tanto a los bienintencionados que no querían oír mal alguno de los judíos, como a aquellos que hasta entonces los habían protegido u obedecido por considerarlos identificados únicamente con los intereses del gran Capital.
Fue un golpe de flanco bajo el cual se tambalearon tanto los partidarios de la neutralidad judía como los dependientes de las finanzas judías.
La vieja política liberal seguía oficialmente vigente; pero cuando se produjo esta demoledora explosión, exigió atención. El bolchevismo planteó el problema judío con una violencia y una insistencia tales que ya no podía ser negado ni por el más ciego de los fanáticos ni por el más resuelto de los mentirosos.
Tales eran, en sus líneas generales, la secuencia histórica reciente que condujo al estado de cosas en el que nos encontramos ahora.
Rastreemos esa secuencia con más detalle y desde un poco más atrás.
Hace una vida, cuando se fundó la política liberal y las condiciones eran propicias para su establecimiento, el populacho aún podía alimentar su tradicional antagonismo hacia el judío, pero en Europa occidental su número era muy limitado (solo unos pocos miles en Francia e Inglaterra juntos, y apenas otros tantos en Italia).
Pertenecía en su mayor parte a las clases que no entraban en competencia directa con los pobres de las grandes ciudades. Del campo estaba ausente. No había intentado gobernar a sus anfitriones como político, ni, en gran medida, adoctrinarlos a través de la prensa.
El rápido declive de la religión en aquella época derrumbó una barrera, y la transformación de las clases gobernantes, de los antiguos señores territoriales a la plutocracia moderna, derrumbó otra.
La convención de que el judío era indistinguible de los ciudadanos del país en el que por casualidad vivía, o, en cualquier caso, de aquel en el que había vivido por último, se vio fomentada además por la ruptura de aquella sociedad aristocrática cosmopolita que había caracterizado al siglo XVIII, y que podía observar y registrar los movimientos de individuos prominentes de una nación a otra.
Las nuevas fortunas industriales y las nuevas finanzas internacionales contribuyeron al mismo fin, al tiempo que el judío también comenzó a competir con éxito en todas y cada una de las profesiones liberales, sin llegar a dominar ninguna de ellas por el momento. No habían surgido conflictos entre la raza judía y los intereses nacionales de ningún pueblo europeo, a excepción tal vez de los polacos; y estos estaban sometidos y silenciados.
Durante todo este tiempo, desde los años posteriores a Waterloo hasta los años que siguieron inmediatamente a la derrota de los franceses en 1870-71, el peso y la posición del judío en la civilización occidental aumentaron de forma insospechada y, sin embargo, sin causar conmoción, y casi sin llamar la atención.
Entraron en los Parlamentos de todas partes, en la nobleza inglesa también, y en las Universidades en un número muy elevado.
- Un judío llegó a ser Primer Ministro de Gran Bretaña, otro un dirigente principal del resurgimiento italiano; otro encabezó la oposición a Napoleón III.
- Estaban presentes en número creciente en las principales instituciones de cada país.
- Comenzaron a ocupar puestos como profesores (fellows) de todos los colegios mayores importantes de Oxford y Cambridge; contaban mucho en las literaturas nacionales; las familias Browning y Arnold, por ejemplo, en Inglaterra; Mazzini en Italia.
- Entraron por primera vez en la diplomacia europea.
Los ejércitos y las armadas eran los únicos que aún no se veían afectados por su influencia.
Había rastros de ellos incluso en las familias reinantes.
La institución de la masonería (con la que están tan estrechamente aliados y cuya ritualística es enteramente de carácter judío) creció muy rápida y enormemente. El auge de una prensa anónima y de un sistema comercial cada vez más anónimo amplió aún más su poder.
Es una ilusión creer que todo este gran cambio tuvo un origen judío. El judío no lo creó, flotó sobre él, pero funcionó manifiestamente en su favor, y lo encontramos al final del mismo representado en las instituciones de gobierno de Europa occidental en una proporción cincuenta o cien veces mayor de lo que le correspondía según su número. Los judíos se casaron por todas partes con las principales familias y, antes de que apareciera ningún indicio de que se había producido un cambio de marea, ya habían alcanzado esa posición en la que ahora son atacados y para desalojarlos de la cual se están preparando tan enérgicos esfuerzos.
Tal vez el primer acontecimiento que truncó este ascenso ininterrumpido fue la derrota de los franceses en 1870-1. No es que sus efectos fueran inmediatos en este ámbito, sino que una nación derrotada es más propensa a plantear un agravio, real o imaginario; al buscar una causa para las desgracias sociales que siguen a sus desastres militares, se fijará naturalmente en una razón internacional más que nacional, y culpará a su población extranjera antes que a la propia.
Además, la fecha de la derrota francesa fue también la fecha en que se derrocó el poder temporal del Papado. En esto también los judíos habían desempeñado su papel. Ello les dio la oportunidad de desempeñar un papel aún mayor en el futuro inmediato de la nueva Italia.
En pocos años, Roma iba a ver a un alcalde judío que apoyaba con todas sus fuerzas la descristianización de la ciudad y, especialmente, de su sistema educativo.
Un factor pequeño pero significativo en todo el asunto de estos años 70 y principios de los 80 —el comienzo del último cuarto del siglo XIX— fue el ascenso al monopolio de los agencieros de noticias internacionales judíos, entre los cuales destacaba Reuters, y la presencia de judíos como corresponsales internacionales de los distintos grandes periódicos, siendo el ejemplo más destacado Opper, un judío bohemio, que ocultó su origen bajo el falso nombre de «de Blowitz» y actuó durante años como corresponsal en París de The Times, un periódico que en aquellos días gozaba de influencia internacional.
La primera manifestación de la reacción que se avecinaba iba a hallarse en diversos escritos marcadamente antisemitas que aparecían en Alemania y Francia, más perceptibles en este último país.
Su efecto fue al principio leve, aunque contaban con la gran ventaja de una amplia documentación. La gran mayoría de los hombres cultos se encogían de hombros y pasaban por alto tales cosas considerándolas extravagancias de fanáticos; pero estos fanáticos no por ello dejaban de sentar las bases de una acción futura al citar una inmensa cantidad de hechos que no podían dejar de permanecer en la mente incluso de aquellos que mostraban mayor desprecio por la nueva propaganda.
En estos libros se insistía especialmente en exponer lo que los propios judíos llaman «criptojudaísmo», es decir, la presencia en todas partes, a lo largo y ancho de Europa occidental, de hombres en puestos públicos importantes que se hacían pasar por ingleses, franceses o lo que fuera, pero que en realidad eran judíos.
En muchos casos (ya he citado al poeta Browning y a la distinguida familia Arnold) estas personas no ocultaban su religión, sino que simplemente se habían alejado de la comunidad judía original de la que sus antepasados habían formado parte, pero en la mayoría de los demás casos había presente en mayor o menor medida un elemento de secreto consciente.
Era evidentemente el objetivo de quienes produjeron la literatura que estoy describiendo atacar ese secreto en particular y deshacer sus efectos; y, como he dicho, incluso allí donde su fanatismo era más ridiculizado, la vasta serie de hechos que desplegaban no podía dejar de surtir efecto en la memoria de sus contemporáneos.
A continuación apareció una serie de acciones internacionales directas emprendidas por las finanzas judías, la más importante de las cuales, por supuesto, fue la incorporación de Egipto al sistema europeo, y en particular al sistema de la Gran Bretaña.
De más efecto sobre la opinión pública fue la agitación del caso Dreyfus en Francia e, inmediatamente después, de la guerra sudafricana, en Inglaterra.
Lo característico del caso Dreyfus no fue la discusión sobre la culpabilidad o la inocencia del desgraciado hombre de quien toma su nombre, sino el inmenso clamor internacional con el que estuvo rodeado. Este asunto local se convirtió en un asunto de todo el mundo, y los hombres tomaron un interés tan apasionado en él en los rincones más remotos de la civilización como si hubieran sido los principales implicados.
Semejante fenómeno no podía menos que asombrar a la masa de espectadores que hasta entonces no le había dedicado ni un pensamiento a la cuestión judía, y cuando a esto se añadió la gran prueba de la Guerra de Sudáfrica, abiertamente e innegablemente provocada y promovida por intereses judíos en Sudáfrica, cuando esa guerra se prolongó de manera tan inesperada y resultó tan inesperadamente costosa en sangre y dinero, un segundo elemento se sumó al sentimiento creciente —que aún no era, en verdad, de antagonismo hacia el poder judío (la mitad de la Francia culta era dreyfusarda, y mucho más de la mitad de Inglaterra favorecía la Guerra de los Bóeres en sus inicios)—, sino de interés en la cuestión judía, de curiosidad, por parte del ciudadano medio que hasta entonces no había oído hablar de ella.
La minoría original que había empezado a oponerse al poder judío, con su ala extrema izquierda de antisemitas y su núcleo de hombres cuya disputa era más con el control financiero del mundo moderno que con cualquier problema racial, tendía a crecer. Como siempre sucede con un movimiento en crecimiento, los acontecimientos parecían amoldarse a ese crecimiento y promoverlo.
Los escándalos de Panamá en el Parlamento francés ya habían alimentado el movimiento en Francia. Los posteriores escándalos parlamentarios en Inglaterra, el de Marconi y los demás, ofrecieron un paralelo tan asombroso con el de Panamá que la similitud fue objeto de comentarios universales. Podrían haber pasado por cosas aisladas una generación antes. Ahora se les relacionaba, a menudo injustamente, con la inquietante sensación de una conspiración financiera general. Estaban, en cualquier caso, vinculados a una atmósfera esencialmente judía en su carácter.
Mientras tanto ya había comenzado uno de esos grandes movimientos migratorios de los judíos que han diversificado la historia durante dos mil años y que son casi siempre el preludio de cada nueva perturbación en el equilibrio de los judíos y de cada nueva resucitación del problema judío en su forma más aguda.
El gran depósito de la raza judía era, por supuesto, ese país de Polonia que había socorrido tan noblemente a los judíos durante las persecuciones de la baja Edad Media. Polonia se había convertido en un asilo para todos los judíos que quisieran acudir a ella y ahora, tras la infame partición inaugurada por Prusia, seguía albergando a algo así como la mitad de los judíos del mundo.
El odio hacia los judíos que albergaban todas las clases de rusos, las persecuciones que padecían debido a que Rusia, desde la partición, gobernaba aquella parte de Polonia donde eran más numerosos, dieron inicio al nuevo éxodo. El movimiento fue de carácter occidental, dirigido principalmente a los Estados Unidos, pero surgió también en relación con él un nuevo crecimiento de grandes guetos en las ciudades industriales inglesas, más particularmente en Londres, mientras que Nueva York se transformaba lentamente, pasando de ser una ciudad tan libre de población judía como lo habían sido en el pasado Londres y París, en una en la que una buena tercera parte o más de sus habitantes se convertían en judíos, ya fuera en su totalidad o en parte.
Esta inmensa inmigración, que se encontraba en pleno apogeo justo antes del estallido de la gran guerra, y que estaba añadiendo un fermento tan activo a la creciente efervescencia, que incluso había plantado los cimientos de un gueto en París y que estaba afectando a todo Occidente, se vio complementada por un factor más de primera importancia.
El capitalismo moderno, del que el judío se había beneficiado en gran medida, pero que no había creado y en el cual aparecían tan entremezclados nombres judíos destacados, aunque pocos, tuvo como contraparte y reacción el movimiento socialista.
Tampoco este fue creado por los judíos, ni dirigido por ellos en un principio; pero pronto cayó cada vez más bajo su control.
La familia de Mordejai (quien había adoptado el apellido Marx) produjo en Karl a un expositor potentísimo de dicha teoría. Aunque no hizo más que copiar y seguir a sus instructores no judíos (especialmente a Louis Blanc, un franco-escocés de genio), presentó en forma completa la teoría íntegra del socialismo: económica, social y, por implicación, religiosa; pues postulaba el materialismo.
Tras Karl Marx llegó una multitud de sus compatriotas, que condujeron al proletariado industrial a la rebelión contra el creciente poder del sistema capitalista, y comenzaron a organizar una revuelta decidida.
Antes de la Gran Guerra se podía decir que todo el movimiento socialista, en lo que respecta a su personal y dirección, era judío; y mientras que en Occidente adoptaba esta forma puramente económica, en Oriente —en el Imperio ruso— adoptaba también una forma política, y la creciente fuerza revolucionaria en ese imperio era igualmente judía en su dirección y su fuerza propulsora.
Tal era la situación en la víspera de la Gran Guerra. Los hombres empezaban a ser plenamente conscientes de lo que significaba el problema judío.
La vieja seguridad se disipó para siempre; pero todavía solo una minoría, aunque ya grande, estaba preparada para afrontar ese problema y discutirlo abiertamente.
Todo lo que era oficial, y en particular la prensa, con su vasta influencia, se había negado hasta entonces en todos los ámbitos a afrontar las realidades de la situación. La convención que prohibía aludir públicamente a la cuestión judía seguía siendo muy fuerte.
En la superficie parecía como si la vieja política liberal siguiera firme y, de hecho, inquebrantable. Los judíos ocupaban todos los lugares de privilegio:
- enseñaban en las universidades de toda Europa;
- estaban por todas partes en la prensa;
- por todas partes en las finanzas.
Se les encontraba continuamente en los puestos más altos del gobierno y en las cancillerías de la Cristiandad habían adquirido un poder dominante que nadie podía cuestionar.
Pero el desafío contra esta situación antinatural operaba necesariamente contra grandes adversidades, seguía siendo privado y tenía grandes dificultades para encontrar expresión.
No obstante, se extendió y para 1914 se había vuelto grave.
La inmensurable catástrofe de la guerra —con la que los judíos no tenían nada que ver y que sus representantes financieros más importantes hicieron todo lo posible por evitar— recayó sobre Europa. Al principio pareció como si, ante esa tragedia abrumadora, aquello que había estado creciendo tan rápidamente —me refiero al debate y al conflicto sobre las reivindicaciones judías— fuera a silenciarse.
Los judíos lucharon con valor en todos los ejércitos. Sus servicios fueron generosamente reconocidos, aunque apenas se comprendía la cruel ambigüedad de su situación.
Si se considera que no tenían ningún interés nacional en la lucha, debió de parecerles una pura demasía, una crucifixión inútil de su nación. Pues Zangwill expresó muy bien el asunto al decir que aquellos que se sumaron con entusiasmo y espontaneidad al primer reclutamiento (y estos fueron numerosos) lo hicieron «por el honor de Israel».
El sacrificio no careció de fruto. Ante él se callaron muchas quejas y se reveló mucho que, de no ser por él, habría permanecido inexplorado.
La familia cristiana en su duelo vio a su lado a un vecino judío que había perdido a su hijo en algo que no concernía a su raza; el sacerdote cristiano fue testigo de la agonía del joven soldado judío.
El defensor de las naciones occidentales vio a su lado no solo al conscripto judío (que nunca debió ser llamado), sino al voluntario judío. Así, el primero en alistarse de los Estados Unidos fue un judío, ascendido más tarde, a quien tuve el placer y el honor de conocer en el estado mayor de Mangin en Maguncia. Ojalá pueda ver estas líneas.
Parecía como si ante un sufrimiento tal, que los judíos compartían con nosotros, la creciente disputa entre ellos y nosotros fuera a aplacarse.
Hombres que se habían destacado no solo por sus debates sobre el problema judío, sino por su antagonismo directo y abierto hacia el poder judío e incluso hacia las más legítimas de las reivindicaciones judías, se veían ahora obligados a guardar silencio.
La reconciliación flotaba en el aire... cuando, en lo más álgido de la lucha, surgió aquel factor, de incalculable importancia, que ahora lo domina todo; me refiero al factor de eso que se llama bolchevismo.
Este nuevo movimiento judío cambió por completo el panorama y, viniendo a sumarse al resto, ha transformado el problema para toda nuestra generación.
En adelante había de debatirse abiertamente. En adelante solo podría convertirse, cada vez más, en el principal problema de la política y dar lugar a esa situación amenazante de cuya solución depende la seguridad de nuestro futuro.
Porque el movimiento —o más bien la explosión— bolchevique fue judío.
Que esa verdad puede confundirse tan fácilmente con una falsedad que debo, desde el principio, hacerla exacta y clara.
El movimiento bolchevique fue un movimiento judío, pero no un movimiento de la raza judía en su conjunto. La mayoría de los judíos le eran completamente ajenos; muchísimos de hecho, y de los más típicos, lo aborrecen; muchos lo combaten activamente. La atribución de sus males a los judíos en su conjunto es una grave injusticia y proviene de una confusión de pensamiento de la cual yo, al menos, estoy libre.
Con tanto dicho, permítanme volver al asunto.
Lo que se llama «Labor», es decir, la dirección de la revuelta proletaria contra las condiciones capitalistas, había estado, como hemos visto, dirigida principalmente por el judío. Su energía, su cualidad internacional, su devoción a un plan establecido, prevalecieron. Todo esto no era exclusivo de Rusia, sino que estaba presente en todas las zonas industrializadas de Occidente.
Por la palabra «dirigido» no me refiero a ningún plan consciente. Quiero decir que los judíos, con su perpetuo desplazamiento de un país a otro, con su natural indiferencia hacia el sentimiento nacional como fuerza contraria al sentimiento de clase, con su pensamiento lúcido y su pasión por la deducción, con su tenacidad e industria intelectual, se habían convertido naturalmente en los principales exponentes y en los líderes más capaces.
Formaban, sobre todo, el cemento que unía el movimiento en todo el mundo. Fueron ellos, más que ningún otro, quienes insistieron en una solución tajante según las líneas que su compatriota Karl Marx había copiado de sus contemporáneos europeos más importantes, y que hizo definitiva en su famoso libro sobre El Capital.
Pero había un abismo entre este liderazgo intelectual, esta organización del socialismo por parte de judíos cuando el socialismo aún seguía siendo una mera teoría, y el control y la gestión real del mismo en un gran Estado cuando este pasó de la teoría a la práctica.
Las palabras «revolución social» no eran todavía en 1914 más que palabras y los hombres no las tomaban demasiado en serio.
Pero cuando en 1917 una revolución socialista se consumó de repente, de un solo golpe, en un gran Estado, y cuando se vio que sus agentes, directores y amos eran una cofradía cerrada de judíos con solo unos pocos acólitos no judíos (cada uno de estos controlado por los judíos mediante una u otra influencia), la cuestión cambió por completo.
El asunto se había vuelto real. La amenaza a las tradiciones nacionales y a toda la ética cristiana de la propiedad era inmediata.
Más importante que todo lo demás, en lo que al problema judío se refiere, muchos de los que habían permanecido en silencio al respecto debido a la convención, la avaricia o el miedo, se veían ahora obligados a hablar.
Desde ese momento, a principios del 17, se convirtió en el principal problema político de nuestro tiempo: coincidente con el gran conflicto económico al que ahora se injertaba, íntimamente mezclado con él, pero superior a este en todas sus implicaciones.
La historia puede contarse brevemente. El Estado ruso, mal equipado para la guerra moderna, había atravesado a finales del año 1916 por una tensión que había resultado intolerable. La sociedad rusa, tras las pérdidas mortales sufridas, estaba en vísperas de la disolución, y el formidable movimiento revolucionario que durante años había dejado su dirección y organización en manos judías estalló, por tercera vez en nuestra generación: pero esta vez con éxito.
Tras fases de aceleración rápida, se estabilizó en la situación que ha perdurado desde principios de 1918 hasta el día de hoy.
En las ciudades, el Parlamento libremente elegido fue repudiado y se declaró una «Dictadura del Proletariado».
Los talleres pasarían a ser administrados en el futuro por comités, a la usanza de los «Sóviets» rusos, y organizaciones similares debían controlar la agricultura en las aldeas, donde los campesinos ya se habían adueñado de la tierra y regresaban en masa desde los ejércitos disueltos hacia sus hogares.
En la práctica, por supuesto, lo que se estableció no fue un Gobierno proletario, y mucho menos algo tan imposible y contradictorio en los términos como una "dictadura" de proletarios.
La cosa fue llamada "La República de los Obreros y Campesinos". De hecho, no era nada de eso.
Era el puro despotismo de una camarilla, cuyos líderes habían sido lanzados especialmente sobre Rusia bajo dirección alemana con el fin de destruir cualquier posibilidad de un renacimiento del poder militar ruso, y todos esos líderes, sin excepción, eran judíos, o estaban controlados por los judíos a través de sus relaciones familiares, y todo lo que siguió se hizo directamente bajo las órdenes de judíos, el más prominente de los cuales era un tal Braunstein, que se disfrazaba bajo el nombre supuesto de Trotsky.
Se instauró un terror bajo el cual fueron masacrados innumerables rusos de las clases gobernantes, de modo que toda la estructura del Estado ruso desapareció. Entre estos, por supuesto, hay que destacar especialmente a un gran número de clérigos, contra los cuales los revolucionarios judíos guardaban un particular rencor.
Se hizo borrón y cuenta nueva de toda la antigua organización social, y bajo el despotismo de esta camarilla judía se invirtió el antiguo orden económico. Los alimentos y todas las necesidades fueron controlados (en las ciudades) y racionados, recibiendo el obrero manual la mayor parte; y ninguno recibió parte alguna a menos que trabajara bajo las órdenes de los nuevos amos.
La tierra agrícola había sido en teoría nacionalizada, pero en la práctica los Comités Judíos de las ciudades fueron incapaces de imponer su dominio sobre ella, y esta volvió a la condición natural de la propiedad campesina.
Pero los Comités Judíos de las ciudades eran lo suficientemente fuertes como para saquear grandes áreas de producción agrícola para su propio sustento y el de sus tropas y sus dependientes en las ciudades, quienes habían estado al borde de la inanición debido al colapso del sistema social.
Lo que sobrevino después es de todos conocido: los intentos de contrarrevolución, acaudillados por rusos dispersos y otros líderes militares, fracasaron todos porque los campesinos creían que sus granjas recién adquiridas corrían peligro y se ofrecieron como voluntarios con entusiasmo para defenderlas; la miseria enormemente acrecentada de las ciudades, el lento declive de la producción industrial (a pesar del más rígido despotismo, que imponía el trabajo forzoso) y la deliquescencia general de la sociedad.
Si se analizaran los motivos de los hombres que de este modo llevaron a la ruina a todo un Estado cristiano en pocas semanas, cabría suponer que descubriríamos algo por el estilo:
- su principal motivo era la persecución de los ideales políticos y económicos de los cuales eran portavoces y que ya tantos de sus compatriotas, los judíos, en el resto de Europa, habían abrazado: el comunismo en lo que respecta a la propiedad;
- la doctrina marxista de la producción y la distribución socialistas;
- la doctrina socialista impuesta mediante arreglos arbitrarios y despóticos, favoreciendo a aquellos que en el pasado habían sido los menos favorecidos.
En este grupo económico y político de motivos, el motivo principal era probablemente suficiente: la doctrina del comunismo en la que estos hombres, en su mayor parte, creían sinceramente.
A esto hay que añadir un odio igualmente sincero hacia el sentimiento nacional, salvo, por supuesto, cuando se trataba de la nación judía. La concepción de un sentimiento nacional ruso les parecía ridícula a estos nuevos líderes, como, en verdad, la concepción de un sentimiento nacional debe parecerle ridícula a sus compatriotas en todas partes; o, si no ridícula, subsidiaria de los motivos más importantes de la ventaja individual y de la reparación de aquellos agravios inmediatos que el individuo pueda sentir. La religión cristiana, como era natural, la atacaban, pues era aborrecible para su teoría social.
También latía en todas sus acciones un cierto ideal cruzado, o propagandista: el deseo de propagar el comunismo mucho más allá de las fronteras de lo que una vez fuera el Estado ruso. Es esto lo que los ha llevado a intrigar en favor de la revolución por toda Europa Central, e incluso en la Occidental.
Aunque estos eran los motivos principales, otros motivos debieron de estar también presentes.
Es imposible que los comités formados por judíos y que de repente se encontraban en posesión de tales nuevos poderes no hayan deseado beneficiar a sus semejantes.
Es igualmente imposible que hayan renunciado a un sentimiento de venganza contra aquello que había perseguido a su pueblo en el pasado.
No pudieron dejar de mezclar, en la destrucción de Rusia, el deseo de beneficiar al ruso pobre individual con el deseo de tomar venganza sobre la tradición nacional en su conjunto; incluso se ha dicho —pero se ha negado, y no sé dónde reside la verdad— que los judíos estuvieron entre los culpables del peor incidente que ahora conocemos en todos sus repugnantes detalles: el asesinato de la familia real rusa —padre, madre e hijas, y el desafortunado y enfermizo heredero, el único varón.
Además, es imposible que, estando los comités judíos de este modo al control del tesoro ruso y de los medios de comunicación rusos, no hayan sentido cierta simpatía hacia sus compatriotas, quienes controlaban en gran medida las finanzas occidentales. Por muy sincero que sea su aborrecimiento del capitalismo (pues probablemente en la mayoría de ellos esta opinión se sostiene con suficiente sinceridad), está en la naturaleza de las cosas que alguien de su sangre y de su misma condición, por muy equivocado que puedan juzgarlo, les resulte más afín que alguien de los nuestros.
Y es esto lo que explica la semialianza que se encuentra en todo el mundo entre los financistas judíos, por un lado, y el control judío de la revolución rusa, por el otro. Es esto lo que explica la tibieza de la defensa contra el bolchevismo, la protesta comercial perpetua, las negociaciones continuas, el reconocimiento del Sóviet por parte de nuestros políticos, el clamor del «Laborismo» a favor del industrialismo judío alemán y en contra de Polonia: todo lo que ha ocurrido allí donde las finanzas judías son poderosas, particularmente en Westminster.
Pero, sea como fuere, la tremenda explosión que llamamos bolchevismo llevó la discusión del problema judío a un punto crítico. Las dos fuerzas que hasta entonces habían frenado el debate sobre dicho problema eran, en primer lugar, esa ficción liberal que había imperado durante más de una generación, según la cual era indecente siquiera mencionar la palabra judío o sugerir que existía alguna diferencia entre el judío y aquellos que lo acogían; y, en segundo lugar, el hecho de que los judíos fueran considerados erróneamente por la mayoría de la gente acomodada en Occidente —es decir, por la mayoría de quienes controlaban la prensa y, por consiguiente, toda expresión pública— como dueños de tanta riqueza que eran al mismo tiempo los guardianes naturales de la propiedad y se hallaban en una posición tal que cualquier ataque contra ellos ponía en peligro la riqueza del crítico. El hombre que había entrado en la City, o que se había pasado la vida en la Bolsa de París, o que negociaba cualquier gran empresa capitalista, que tenía que ver, bajo cualquier concepto, con la gestión de los grandes bancos o con los medios internacionales de comunicación por mar y tierra, incluso el hombre que se ganaba la vida de forma precaria escribiendo: todos y cada uno de ellos habían sentido hasta entonces que guardar silencio público sobre el problema judío era necesario para su bienestar privado.
Aquellos que reconocían la gravedad del problema se habían visto movidos hasta entonces por el miedo a guardar silencio al respecto, al menos en público, aunque en privado solían mostrarse bastante locuaces.
Quienes lo reconocían en menor medida también se habían visto afectados por el mismo temor.
Por último, estaba la gran clase que no tenía necesidad de contenerse, ya fuera por miedo o por cualquier otra causa, pero que se conformaba plenamente con dejar las cosas como estaban mientras recibiera su salario o sus dividendos regulares, y que estaba profundamente convencida de que cualquier interferencia con el judío pondría en peligro dichos dividendos o dicho salario.
El movimiento bolchevique judío puso fin a ese estado de ánimo. Las gentes que hasta entonces habían guardado silencio por avaricia, convencionalismo o miedo, se encontraron ahora entre la espada y la pared.
Hasta entonces, al menos habían creído que guardar silencio era asegurar o promover su posición económica. Ahora descubrían, levantándose de repente en el flanco de esa posición, una nueva y formidable fuerza judía decidida a la destrucción de la propiedad.
Ya no había razón alguna para guardar silencio. Había una necesidad creciente de hablar. Y aunque el viejo hábito, el viejo secreto, seguían pesando fuertemente sobre ellos, la necesidad de combatir el bolchevismo judío era aún más fuerte.
Por toda Europa, el carácter judío del movimiento se hizo cada vez más evidente. Los líderes del comunismo en todas partes proclamaron esa verdad al adoptar la política estúpida de fingir que la revolución era rusa y nacional; intentaron —demasiado tarde— ocultar los orígenes judíos de sus creadores y directores, y realizaron un esfuerzo infantil para fingir que los nombres rusos presentados con tanta inocencia eran auténticos, cuando los nombres reales estaban en boca de todos.
Sin embargo, al mismo tiempo recibían dinero y valores de las víctimas a través de agentes judíos, joyas arrancadas a los muertos o sustraídas de las cajas de caudales de hombres y mujeres asesinados.
En un caso concreto, la promesa de un subsidio a un periódico comunista en Londres se rastreó hasta esta fuente; se probó que el inglés implicado era un mero títere y que las conexiones judías de la familia por vía matrimonial eran los verdaderos agentes en la transacción.
En otro, se anunció pomposamente una Delegación Comercial bajo nombres rusos, que al ser inspeccionada resultó estar compuesta, en cuanto a su primer miembro, por un hombre dedicado toda su vida al servicio de una empresa judía, y en cuanto al otro, ¡por un judío que era en realidad cuñado de Braunstein!
El agente diplomático nominado y parcialmente aceptado por el Gobierno británico para representar la nueva autoridad de las ciudades rusas fue de nuevo un judío, Finkelstein, sobrino político de un destacado judío en este país. Operaba bajo el nombre de Litvínov.
Así fue a lo largo de todo el movimiento, en cada capital y en cada gran ciudad industrial.
No debemos pasar por alto la verdad tan evidente de que en todo esto había abundante leña para el fuego. El proletariado industrial de todo el mundo estaba igualmente disgustado e igualmente dispuesto a la revuelta. El liderazgo del movimiento podrá ser judío, pero su corriente no fue creada por el judío. Imaginar tal cosa es caer en los más infantiles errores del «antisemita».
El flujo de influencia surgió de los sufrimientos y del ardiente sentimiento de injusticia que el capitalismo industrial había impuesto a la masa desposeída de asalariados. A ellos les importa (y les importaba) naturalmente poco si aquellos a quienes esperan que sean sus salvadores provienen de Palestina, Moscovia o Tombuctú. Les interesa la libertad económica: la doctrina del socialismo y sus resultados, no la personalidad de quienes los guían.
Su postura es bastante comprensible; pero mi punto es que la minoría dirigente del capitalismo de Europa occidental, que hasta entonces había guardado silencio sobre los problemas judíos por los motivos que he descrito, se encontraba ahora liberada; eran libres de decir lo que pensaban, y comenzaron a hacerlo.
El volumen de su protesta no puede sino aumentar. El gato, como suele decirse, está fuera de la bolsa, o, para decirlo en un lenguaje más digno, el debate ya no podrá ser silenciado jamás.
Se admite que el liderazgo revolucionario es mayormente judío. Se reconoce tan claramente ahora como se ha reconocido desde hace mucho tiempo que las finanzas internacionales eran mayormente judías; y aun aquellos que tolerarían el silencio sobre un peligro, ciertamente no lo tolerarán sobre el otro.
El peligro, en efecto, no ha pasado. El debate tendrá lugar —eso no es un peligro, sino un bien—; el peligro es más bien que, a medida que se elimine gradualmente la restricción, el antagonismo natural hacia la raza judía, sentido por casi todos aquellos que no pertenecen a ella y entre los cuales vive, pueda adoptar una forma irracional y violenta, y que podamos estar al borde de una más de esas catástrofes, de esas tragedias, de esos desastres que han jalonado la historia de Israel en el pasado.
Para evitar esto, para descubrir alguna solución al problema mientras aún hay tiempo, para prevenir actos que nos avergonzarían y causarían sufrimiento a esa pequeña minoría entre nosotros, debería ser el objetivo de todo hombre honesto.