Antes de acercarme a mi conclusión, tal vez sea conveniente revisar ciertas teorías secundarias que hasta ahora no he tocado en mi exposición, porque se apartan de su argumento.
Existe todo un grupo de teorías históricas y de otro tipo sobre la situación de los judíos que o bien implican que no hay ningún problema, o que si lo hay no se puede resolver, o incluso que si existe un problema es de una índole que no necesita solución, porque dicha solución carecería de valor práctico.
En primer lugar, figuran aquellas teorías sobre la posición internacional de los judíos que son francamente no racionales, y que varían desde aquellas que pueden defenderse con cierta apariencia de razón a partir de la historia del pasado, hasta aquellas que son totalmente imaginarias. Ninguna de estas, aun cuando alguna de ellas fuera cierta, puede encontrar gran cabida aquí porque ninguna se presta a la discusión.
Así existe la concepción de una maldición; la concepción de que Israel debe, hasta su conversión, sufrir una peregrinación perpetua y una hostilidad perpetua. Es una afirmación ligada a esa otra profecía popular de que en los últimos días Israel se reconciliará con la Iglesia Universal.
Aquellos que tienen estas ideas en el fondo de sus mentes (son más numerosas de lo que el pensamiento moderno quisiera admitir), en el fondo desconfían de cualquier solución y no intentarían impulsarla con ninguna esperanza de éxito. Dicen: «El asunto está predestinado y debe continuar».
Pero incluso ellos, creo, deben admitir que, así como la filosofía admite una paradoja de determinación y libre albedrío, el esfuerzo político debe admitir una paradoja de fracasos previstos y nuestro deber, a pesar de ellos, de apuntar a un bien político.
Ya sea verdaderamente cierto o no que la reconciliación es imposible y que a la larga la disputa deba prolongarse, es sin duda profundamente inmoral contemplar el espectáculo sin intentar mitigar sus males.
Existe de nuevo la teoría (que menciono de pasada y dejo a sus adeptos) de que los británicos y los judíos están de algún modo misteriosamente aliados por la Providencia, de modo que cualquier solución que no dé la más completa satisfacción a Israel (sin importar a qué costo para el pobre Jafet) es una traición.
Esta gente considera místicamente a Gran Bretaña como la sierva de los judíos, y hay un sector de ellos que además considera a sus propios compatriotas como las diez tribus perdidas. Tengo en mi biblioteca algunos ejemplares de su literatura.
Existe una teoría opuesta y, para mí, detestable (pero debo mencionarla porque existe), según la cual el antagonismo que hasta ahora se ha hallado perpetuamente, ya sea latente o activo, entre este pueblo y el mundo que los rodea, es el uso del uno como un opresor necesario y divino del otro.
A quienes sostienen tal teoría solo puedo responderles que a ese juego pueden jugar dos, y ciertamente eso exime a aquellos a quienes pretenden oprimir de cualquier obligación de buscar una solución por su parte. Si un hombre cree que puede hacer daño a Israel deliberadamente, sin sufrir los reproches de su propia conciencia, está en un error; y confieso que, de sopesar la libertad (como no la tengo en un libro de debate y argumentación) de entregarme a la mera afirmación, estaría inclinado a decir que aquellos que se proponen este notable objetivo se llevarán una buena sorpresa.
Existe la teoría contraria de que aún se ejerce una protección especial y divina, no solo para la conservación de los judíos, sino para el juicio sobre sus enemigos. Esa teoría, creo yo, subyace tras muchas acciones judías en la historia y de gran parte de la política judía actual.
No racional, de origen religioso, es, me imagino, para muchísimos miembros de la raza que tanto ha sufrido, un consuelo y un apoyo.
Ahora bien, todas estas teorías no racionales (uso la palabra sin ninguna connotación negativa: la actitud no racional —lo que a menudo se llama de manera inexacta mística— ante cualquier problema bien puede ser más práctica que el enfoque racional del mismo) las dejo a un lado por considerarlas inadecuadas para la discusión racional.
He oído sostener de nuevo, por ambas partes en este debate, que la presencia de una fuerza ajena, migratoria, intensa, llena de tradición, experiencia y cohesión, era esencial para la altura y la actividad de nuestra propia civilización.
Estos no se conforman con descubrir casos individuales de excelencia judía en la masa que los rodea, ni con extender la fama del genio judío individual. Les preocupa más bien la proposición general de que cierto flujo de este tipo es necesario para el pleno funcionamiento de una cultura alta y diversa.
Nos dicen que, de no ser por el judío, la civilización de Europa se habría vuelto torpe, se habría instalado en un cauce fijo, incapaz de cambio y de progreso creador. El judío, según esta teoría, es considerado como una especie de principio activador que, ya sea como irritante en el peor de los casos, o como inspiración en el mejor, mantiene toda nuestra vida europea en vilo y es necesario para su continuo devenir.
Estos también tienden a ver al judío en el origen de todo gran movimiento del pensamiento europeo. Ven que este produjo indirectamente la vasta transformación del Imperio romano de un estado pagano, no ciertamente en judío, sino en cristiano, es decir (a sus ojos), en una disposición oriental. Ven al judío en la raíz de la gran filosofía revolucionaria que brota del siglo XI y alcanza su culminación en los grandes escolásticos del siglo XIII. Insisten en el nombre de Averroes (Ibn Roshd), el filósofo del siglo XII, el cadí de Córdoba: el intérprete de Aristóteles, el expositor —al que los judíos conservaron—; y en el gran Moisés ben Maimón, nuestro Maimónides.
Estos también sitúan a Nicolás de Lyra en el origen de la Reforma: "Si Lyra non lyrasset Luther non saltasset." Pero puedo recordarles que el carácter judío de este hombre es al menos dudoso, que pertenecía a las órdenes religiosas de la Cristiandad.
Estos también atribuirán con certeza y con cierta razón a la influencia judía la gran revolución económica del siglo XVII, a la que ha seguido una expansión tan vasta de la riqueza y de la población, aunque apenas de la felicidad humana.
Ahora bien, en favor de todo esto hay sin duda algo que decir como aspecto de la verdad histórica. Hasta qué punto puede hacerse extensivo para abarcar, como sus defensores pretenderían que abarcase, todo el campo histórico, es algo que puede debatirse, pero pediría a mis lectores que consideren qué cambio habríamos visto en el desarrollo de Europa si mediante algún instrumento mágico la influencia judía hubiera sido eliminada en una fecha determinada. Es una teoría fascinante, en cierto modo aplicable y llamativa. No es, en cualquier caso, una tontería.
Es particularmente cierto que algo en el continuo ejercicio del análisis por parte de la inteligencia judía estimula perpetuamente a la inteligencia europea a la acción. Las grandes disputas de la Alta Edad Media fueron, en gran medida, o bien disputas directas con judíos o disputas provocadas por la actitud intelectual del judío; y el judío, bajo el famoso nombre de Spinoza, se encuentra en el origen de esa interpretación puramente natural, de cuño lucreciano, del mundo, que continuó a través de Descartes hasta su gran expansión en la actualidad. Hallas ese elemento tanto en la economía como en la filosofía, en la ciencia política del mismo modo que en la economía; y, hablando de economía, no debe olvidarse que el nombre más importante en la fundación de la ciencia económica moderna es el nombre de un judío, Ricardo, mientras que el nombre más destacado en el desarrollo de su aplicación directa más prominente es también un nombre judío: el nombre de Karl Marx.
No carece de significado que cualquiera de estos nombres recuerde, junto a su origen judío, un alejamiento de la comunidad general de los judíos. Esa comunidad, creo que es justo decirlo, abandonó a Spinoza; Ricardo y, según creo, Karl Marx fueron ajenos a la religión nacional, y este último se casó fuera de su pueblo y ejerció su enorme influencia de manera ajena a la sangre de la que su familia procedía.
Pues aunque es verdad que la dirección, el estado mayor del Comunismo es judío, sus adeptos convencidos son, en masa, de nuestra sangre.
Y a este respecto me viene a la memoria otra teoría o hecho vinculado a la historia de Israel, que es que la independencia intelectual del judío ha sido tan notable a través de los tiempos como su solidaridad.
Muchos hay, bien lo sé, de esa nación que consideran tales excepciones como caprichos y casi las condenan como traidoras; sin embargo, no son un pequeño activo para la reputación de su pueblo y sus nombres, por muy repudiados que sean por sus compatriotas, arrojan lustre sobre el conjunto del que proceden.
Estos incluyen (que se recuerde) no sólo a los filósofos «escépticos», no sólo a los materialistas, sino también a esas extraordinarias excepciones que han prestado el vigor, la tenacidad y el lustre del intelecto judío al servicio de la Iglesia Católica.
Me atrevo a decir que en ninguna otra de las fes ha habido mayor devoción que en aquellos que, como Ratisbona (y no fue sino uno entre muchos), han puesto tales cualidades al servicio de lo que han descubierto que es lo único divino. Un cínico podría añadir a san Pablo, pero, a decir verdad, todo el origen de la Iglesia estuvo entremezclado con los intensos esfuerzos individuales de tales hombres.
En este sentido, también cualquier hombre sabio admitirá que no hay mayor error que exagerar la conciencia de la acción judía, ya sea que el error provenga de quienes la admiran o de quienes la detestan.
Al oír hablar a sus oponentes modernos, uno podría imaginar que el pueblo judío forma un pequeño club en el que cada miembro conoce a todos los demás, mientras cada uno trabaja en la sintonía de un cuerpo disciplinado. De esa aberración me he ocupado más de una vez en páginas anteriores.
La verdad es que ninguna nación sobre la tierra presenta tantas excepciones sorprendentes a su acción general como esta nación, y que ninguna nación sobre la tierra, cuando se mueve en una dirección general, como a menudo lo hace, es movida por un motivo común menos consciente.
Quienes nos encontramos fuera del cuerpo judío podemos señalar su cohesión, y lo señalaremos, espero, para su honor; pero sus propios miembros se quejan más bien de su falta de cohesión. Les he oído quejarse —no sé cuántas veces— de la forma en que los judíos más adinerados abandonaban su sociedad por la de un cuerpo ajeno, se burlaban del conjunto de Israel y permanecían indiferentes al clamor común de la raza.
Es esta inconsciencia en la acción, este frecuente reemplazo del motivo por el instinto, lo que explica lo que todos los observadores han notado, especialmente en tiempos de persecución: me refiero al desconcierto de los oprimidos ante la acción de sus opresores.
Recuerdo una vez haber escuchado un discurso de lo más elocuente pronunciado en el curso de un debate en el que, con esa larga memoria que es característica de su pueblo, un israelita declamó apasionadamente la gratitud de ese pueblo hacia san Bernardo, quien salvó de la furia popular a su remanente a orillas del Rin.
Recuerdo también cómo otro, en un debate (pues he asistido a muchos de estos a lo largo y ancho del país y he escuchado desde tantos aspectos como es posible cuál es la actitud judía hacia nosotros), declaró simplemente, en respuesta a mi descripción de la situación financiera judía en este país después de la Conquista: «Su catedral, sus abadías y hasta sus castillos fueron construidos con nuestro dinero».
La frase era reveladora de cómo aquello que la comunidad inglesa de la época consideraba un abuso tolerado —aquellas fortunas que ellos jamás pensaron que fueran judías en absoluto, sino dineros injustamente arrancados de forma temporal al pueblo en general— era visto en la judería contemporánea como propiedad privada legítimamente adquirida y poseída en su totalidad.
Quisiera a este respecto que algún judío culto redactara una Historia de Europa desde el punto de vista de su pueblo: quiero decir, un breve libro de texto destinado a nuestro consumo; para mostrarnos a nosotros mismos desde un punto de vista muy distinto al nuestro.
Puede que tal libro exista. Estoy seguro de que sería más útil que esos ataques indirectos (porque son ataques) contra la tradición cristiana que fingen un espíritu de imparcialidad, pero que no por ello dejan de ser hostiles a dicha tradición en cada línea.
Preferiría mucho más leer la historia de Europa tal como la veía un erudito judío practicante que un relato llamado imparcial y agnóstico que presenta grotescamente a la Iglesia como algo ajeno al cuerpo de Europa e incluso enemigo de ella.
A este respecto también deberíamos tener (lo que ahora nos falta), a saber, una visión de conjunto de la acción judía en la Cristiandad y en el Islam combinados.
Somos conscientes de la tolerancia, o más bien del favor, que los mahometanos de España dispensaron a sus súbditos judíos. No fue ni universal ni continua.
Lo que no oímos lo suficiente, lo que tenemos que reconstruir a partir de alusiones fortuitas, es la conexión entre los judíos moros, antes y durante la Reconquista, y sus correligionarios del norte.
Antes de dejar estas notas superficiales y esporádicas sobre lo que he llamado las «teorías» acerca de nuestro problema, debo mencionar una que, por desgracia, parece haber adquirido un amplio apoyo hoy en día y que es sin duda la menos satisfactoria de todas —aún menos satisfactoria que la ya moribunda ficción que pretendía que la nación judía no estaba presente entre nosotros, sino que consistía únicamente en una masa de individuos ya absorbidos por su entorno extraño—.
Me refiero a la teoría de que es posible continuar en una especie de atmósfera latente de represión parcial, en la que se trata al judío como a algo ajeno y hostil, pero su presencia se tolera incesantemente. Esa parecería ser la conclusión imperfecta implícita, si no declarada, en un centenar de panfletos y debates modernos, cuyos autores rechazan el nombre de antisemitas aunque aparentemente simpatizan con acciones aún menos lógicas que la política del antisemita.
No existe tal equilibrio posible, aun si su establecimiento fuera tan moral como de hecho es inmoral. Si no se encuentra una solución franca, no se puede establecer nada firme. Todo lo que estableceremos será una fluctuación violenta y sucesiva. Es imposible mantener una actitud permanentemente hostil hacia el prójimo y a la vez contar con que esa hostilidad permanezca permanentemente reprimida. Uno cae inevitablemente por la pendiente de tal tendencia en esos excesos que deberían ser nuestro único objetivo condenar, prever y prevenir.
No podéis continuar, como tantos hombres modernos parecen desear, a juzgar por su conversación, con la igualdad política por un lado y un espíritu vivo de enemistad por el otro.
No podéis alcanzar la paz dando una mera definición legal al estatus de una minoría, que es también necesariamente vuestro prójimo, y rechazando una acción social consonante con dicha definición legal.
Si tratáis de hacer eso, estáis intentando hacer dos cosas, una de las cuales destruirá a la otra. Nadie puede dudar de cuál resultará victoriosa en un conflicto entre un motivo vivo y consciente y una mera definición de derecho público.
Una actitud ante la cuestión que he escuchado con bastante frecuencia en boca de judíos y que he visto en sus escritos es algo parecido a esto:
«Nuestros asuntos no tienen nada que ver con las personas ajenas a nuestra nación. Este debate sobre lo que llamáis "el problema judío" es una impertinencia por vuestra parte. Sí que hay un problema judío, pero es un problema doméstico, y os pedimos (con cierta aspereza) que os ocupéis de vuestros propios asuntos».
Si esta actitud fuera acertada, la búsqueda de lo que he llamado una solución, aunque pudiera satisfacer a la inteligencia, constituiría una infracción de la moral cívica. De igual manera, constituiría una infracción de la moral cívica que yo elaborara una solución para la disputa entre el señor Jones y su suegra, a ninguno de los cuales he conocido jamás ni con los que tengo relación alguna, y que luego impusiera dicha solución a las partes contendientes.
Pero el defecto de esta actitud radica en que el problema involucra esencialmente a dos partes: los judíos y los no judíos. El problema que intentamos resolver es un problema expresado en términos de ambos. Algunos incluso dirían que apenas hay una cuestión doméstica dentro de la nación judía que no repercuta en la sociedad exterior a ella, y en la cual no sea asunto de esa sociedad exterior inmiscuirse.
Eso sería llevar las cosas demasiado lejos. Pero el problema principal concierne íntimamente a ambas partes y tanto a la una como a la otra. Es verdad, en efecto, que las consecuencias de una solución falsa, o de eludir la solución por completo, serían más agudas para el judío que para nosotros; pero ambos sufriríamos, e incluso por nuestra parte el sufrimiento sería grave.
Aun si no se planteara la cuestión del sufrimiento en el sentido ordinario del término, aún quedaría la cuestión de la justicia.
Los judíos que se resentirían ante la formulación del problema y un intento de resolverlo no le están haciendo ningún bien a su propio pueblo y, al mismo tiempo, nos niegan el derecho a poner en orden nuestros propios asuntos, negación que es, por supuesto, intolerable: pues la posición de los judíos en nuestros grandes Estados y en la sociedad islámica es algo que esos Estados y esa sociedad tienen que determinar.
No pueden dejarlo en el aire. A alguna conclusión deben llegar, y pronto, y de la naturaleza de esa conclusión depende su paz.
Dos teorías, procedentes de estados de ánimo muy diferentes, opuestos el uno al otro, pero ambos excluyentes de cualquier solución, brotan de la idea fundamental de que hay algo inexorablemente maligno en las relaciones entre el judío y su entorno.
En una de sus formas, esto adopta el aspecto de afirmar que el desafortunado judío es invariablemente maltratado por sus malvados anfitriones y que siempre será maltratado de ese modo.
En la otra, adopta la forma de sostener que el malvado judío siempre estará conspirando e intentando hacer daño a sus buenos y amables anfitriones, y que siempre estará conspirando de ese modo.
En cualquiera de los dos casos, no sirve de nada intentar hallar una solución, pues se afirma que el pleito está en la naturaleza de las cosas.
La gente le dirá a uno: «¿Por qué intentar cambiar algo que no se puede cambiar? ¿Por qué hablar de vuestro material como algo distinto de lo que es? Los gatos siempre se pelearán con los perros, y si queréis evitar una pelea, lo único que hay que hacer es mantener separados a los perros y a los gatos de vuestra casa».
Es precisamente porque no creo que ninguna de las dos formas de esta idea sea verdadera por lo que he buscado una solución. No creo que ninguna de las dos formas de la doctrina sea verdadera porque las pruebas están en contra. Esas pruebas están a mi alcance y pueden ser examinadas por mis propias facultades, sin ayuda ajena, del mismo modo que pueden ser examinadas por cualquier otra persona en nuestra sociedad moderna.
No puedo recordar ni un solo caso entre los cientos de judíos con los que me he cruzado —ni uno entre la veintena a los que puedo considerar íntimos— que haya mostrado señal alguna de este odio maligno.
He oído muchos arrebatos de exasperación que, si pensamos en el pasado, son de lo más naturales; pero de algún deseo persistente y malvado de hacer daño a aquellos entre los que viven, de algún deseo instintivo desconectado del sufrimiento pasado y que actúa como una especie de instinto, no he visto rastro alguno.
Si tal cosa se descubriera en algún judío excepcional dentro de un amplio círculo de conocidos, deduciría que podría ser cierto en una pequeña minoría, pero el sentido común y la experiencia cotidiana bastan para demostrar que no afecta a la masa.
De las causas de fricción, incluso de aguda fricción, que he enumerado en páginas anteriores, está el hábito del secreto, está el mutuo desprecio, surgido en cada uno a partir de un sentimiento de superioridad sobre el otro; está el conflicto entre lo que es nacional y lo que es internacional, entre lo que es nuestro y lo que es ajeno.
Hay, en una palabra, abundantes elementos que sugieren un antagonismo accidental, pero de antagonismo intrínseco no hay pruebas —no hay pruebas, quiero decir, de que los judíos todavía desearan destruir una sociedad en la que se sintieran a sus anchas—.
Y, si nos examinamos a nosotros mismos, nos convenceremos igualmente de que por nuestra parte no existe un deseo correspondiente de inferir un daño al judío. Nosotros también estamos exasperados por el recuerdo de insultos en momentos de disputa, de acciones internacionales contrarias a nuestros intereses nacionales y de fricción entre lo nativo y lo ajeno; pero eso es muy distinto de un antagonismo permanente y necesario.
Sé muygetKey bien que lo que se llama «pensamiento moderno» le concede a la parte inconsciente del hombre un lugar importante y reduce, tanto como puede, el campo de la razón. No puedo estar de acuerdo con ello. Me parece que el hombre es esencialmente racional; y sus relaciones políticas pueden disponerse de manera consonante con su moral consciente y su lógica consciente.
De todos modos, si no pueden, se acaba toda habilidad política y toda acción política útil, incluso en los detalles.
A continuación, están las dos actitudes opuestas ante la cuestión que ciertamente están afectando, la una a un público cada vez mayor de nuestro lado y la otra tal vez a un público interesado aunque secreto del otro; me refiero a esas dos teorías opuestas según las cuales, por un lado, existe la idea mesiánica de que el judío terminará controlando el mundo, y por el otro, un temor extremo a esa idea y la creencia de que se está persiguiendo activamente hasta la destrucción de nuestras instituciones y nuestra religión.
Puedo comprender que, con las tradiciones de su raza a sus espaldas y con el tono de sus escritos sagrados resonando en sus oídos, un judío se incline en cierta medida hacia tal concepción, o que al menos algunos judíos se inclinen hacia ella.
Ciertamente, ante el poder ridículamente exagerado de los judíos en los últimos tiempos (que ahora está declinando, pues el secreto era de su esencia y ahora ha sido llevado al ámbito de la discusión abierta), era natural que los hombres cayeran en la exageración del pánico.
Veían al judío, una pequeña fracción de la mayoría de las comunidades, no más de un vigésimo de cualquier comunidad, ejerciendo un poder completamente desproporcionado respecto a su número o, en verdad, a su capacidad; y veían ese poder dirigido hacia fines que eran fines judíos y, por tanto, hostiles o indiferentes al resto de la humanidad.
Pero mi razón para rechazar no solo las exageraciones de esta idea, sino su implicación fundamental, es que me parece prácticamente imposible. Connota capacidades por parte judía, una voluntad continua por parte judía, ambas ausentes de manera evidente.
Y no hay más que mirar la historia para ver que, mucho antes de que las cosas lleguen a algo parecido a una lucha por la supremacía, es el judío quien más sufre por la sospecha de albergar tal designio, no nosotros. En verdad, ese es uno de los elementos importantes de la peligrosa situación que se ha creado hoy en día.
Ese numeroso y creciente sector de hombres que temen tanto la dominación judía, y que reaccionan con vigor contra los judíos bajo la influencia de ese temor, tiene muchas más probabilidades de terminar cometiendo una injusticia contra el judío que de caer en una actitud de servilismo hacia él. De este ambiente han surgido las grandes desgracias del pasado. Es fundamental para cualquier solución que este estado de ánimo sea exorcizado tanto por un lado como por el otro.
Hay otra teoría sobre la cual he leído en más de un tratado judío erudito y que ha sido repetida (después de que los propios autores judíos la lanzaran) por muchas sociedades e historiadores no judíos, en el sentido de que la supervivencia misma de los judíos, su misma existencia como comunidad separada, se debía a condiciones comunes en el pasado, hoy ya desaparecidas, y que, por lo tanto, las dificultades actuales pueden dejarse con seguridad en manos del tiempo.
Esto es, por supuesto, afirmar en general que la raza judía puede ser absorbida, y que la absorción es la solución. Esa conclusión la rechacé sumariamente en las primeras páginas de este libro basándome en la historia, pues se han dado las circunstancias más favorables para el éxito y, sin embargo, siempre ha fracasado. Pero en el caso particular expuesto se presenta un argumento propio y que requiere un examen muy especial; es este:—
Aquellos que defienden esta teoría nos dicen que por muy favorables que hayan sido las oportunidades de absorción en el pasado, no son nada comparadas con las oportunidades del presente y del futuro, y que, por lo tanto, el argumento basado en la historia no es válido.
En el pasado (nos dicen) los judíos fueron exclusivos y hasta hicieron de su exclusividad una religión. Ellos, por su parte, se mezclaron lo menos posible con el mundo que los rodeaba y nosotros, por la nuestra, mantuvimos esa exclusión mediante una insistencia equivalente en la diferencia entre nosotros y ellos.
Teníamos en aquellos días, se sostiene, una religión basada en la Encarnación y, por consiguiente, aborrecible para el judío; esa religión está muerta o agonizante, y con ella ha desaparecido la tendencia a la exclusión desde fuera; mientras que por parte judía hay también un gran debilitamiento del antiguo vínculo religioso, menos del viejo dogma mesiánico, y por ambas partes el enorme crisol3 que propicia la absorción con una intensidad y rapidez totalmente desconocidas en el pasado.
Una cosa era absorber al judío cuando se tardaba un mes en ir como viajero ordinario de Londres a Roma, y otra muy distinta cuando se tarda tres días. Una cosa era absorber al judío cuando en la mayor parte de los casos existía una barrera para la mezcla de las razas, basada en las fibras de la religión, y otra bien distinta es absorber al judío cuando esas fuerzas emocionales tan poderosas han desaparecido, y así sucesivamente.
Ahora bien, las razones que me llevan a rechazar esta teoría son dobles.
En primer lugar, creo que exagera el contraste entre el pasado y el presente.
En segundo lugar, sé que en el mundo real que tengo ante mí y precisamente bajo aquellas condiciones en las que la fusión, la acción del «crisol», debería ser más completa, se observa la reacción más violenta contra la absorción.
En cuanto al contraste entre el pasado y el presente, creo que se basa en una aprehensión imperfecta de lo que ha sido nuestro pasado. Surge de esa «compresión» de la historia a la que aludí en otro contexto en mi segundo capítulo.
La larga historia de nuestra carrera entre la ocupación romana de Judea y la moderna fase industrial, local y efímera de las grandes ciudades modernas no se divide en dos capítulos: el pasado extraño y el presente comprensible. Es prácticamente lo mismo.
Los constantes desarrollos que hoy nos asombran en la ciencia física, por ejemplo, no son más notables que los vastos nuevos desarrollos en la arquitectura y la filosofía que marcaron los siglos XII y XIII.
La perturbación del pensamiento que puede llamarse «escepticismo moderno» no es en absoluto un cambio espiritual tan importante como esa tremenda revolución que llamamos la conversión del Imperio romano. El área del escepticismo no es hoy más grande de lo que ha sido en muchos periodos especiales del pasado.
El sentimiento de fuerte emoción religiosa que prohíbe esta o aquella acción sigue presente entre nosotros, a veces vinculado a sus objetos más antiguos, a veces (como en la moda de la prohibición) a algún objeto novedoso.
La indiferencia que encontrarán hacia la barrera religiosa particular entre judío y no judío no es exclusiva de nuestros tiempos. Ha ido y venido en el pasado; tras una ola de tal indiferencia se ha dado una ola de la reacción más aguda, y creo que hoy están observando una ola de dicha reacción.
Tampoco veo de qué manera la rapidez de las meras comunicaciones físicas afecta al asunto, ni siquiera cómo el volumen de la emigración afecta al asunto.
Puedes trasladar un millón de judíos de Lituania a Nueva York —una distancia de 5.000 millas— en menos tiempo de lo que podías trasladar un millón de judíos del valle del Rin a Polonia hace unos siglos; pero el millón de judíos parece seguir siendo judío exactamente igual bajo las condiciones modernas que en el pasado.
En verdad, la tolerancia hacia los judíos, su acogida amistosa y, por tanto, las oportunidades para su asimilación eran infinitamente mayores en la Polonia medieval de lo que lo son en la Norteamérica moderna.
Me parece que toda esta parte de la argumentación se basa en esa visión imperativa de la historia que proviene de leer nuestros pequeños manuales modernos: y nuestros pequeños manuales modernos son pura basura.
Es una visión que surge de ese énfasis absurdo en todo lo que es contemporáneo. Se considera que el avance moderno de la ciencia física ha transformado por completo el mundo tanto en su interior como en su exterior.
Basta con que miremos el mundo moderno y lo comparemos con dos periodos distantes y específicos que conozcamos, para descubrir que la diferencia entre cualquier par de estos tres es igualmente llamativa.
En muchos aspectos, el mundo moderno se parece mucho más al mundo de los antoninos que al mundo de Inocencio III.
En muchos aspectos, el mundo de Inocencio III se parece mucho más al Imperio romano que el mundo moderno.
En muchos aspectos, el mundo de Inocencio III y el nuestro tienen más en común que cualquiera de los dos con el Imperio romano pagano.
La lección general es, por lo tanto, que nuestra época, con todas sus singulares peculiaridades, no es más que un espécimen entre un gran número igualmente individual, y ciertamente no hay nada en ella, ni en el escepticismo religioso que derriba las viejas barreras religiosas, ni en la rapidez de comunicación, ni en ningún otro factor fundamental, que sugiera de manera especial la absorción del judío.
Por ejemplo, los judíos se mezclaron con mucha mayor facilidad, en un plano mucho más igualitario y con mucha menos fricción entre los mahometanos en determinados períodos durante la ocupación islámica de España de lo que lo hacen incluso hoy en Inglaterra.
Sin embargo, no fueron absorbidos allí, del mismo modo que no lo fueron en Polonia. No fueron absorbidos en aquel mundo romano pagano, más antiguo, tolerante y muy desnaturalizado, donde tan a menudo tuvieron plenos derechos civiles y donde incluso manejaban, como manejan hoy, las finanzas de la comunidad.
En cuanto a la decadencia de la exclusividad por su parte, no veo indicios de ella.
Pues dicha exclusividad no procede tanto de una observancia particular que pueda relajarse en un período y endurecerse en otro, cuanto de una invariable tradición nacional que fluctúa en intensidad, pero nunca cae tan bajo como para poner en peligro la continuidad del pueblo.
Si pasamos de la argumentación a la observación, la falsedad de la teoría nos salta a la vista. No tenemos más que tomar un punto, aquel donde la metáfora del «crisol de razas» más se aplica (y al cual se aplicó originalmente), la ciudad de Nueva York.
¿Cuál ha sido el efecto de esta gran afluencia de judíos a Nueva York, de esta transformación de Nueva York en una ciudad un tercio judía ante nuestros ojos y en tan corto espacio de tiempo? Como todos sabemos, el efecto ha sido el surgimiento, en esa atmósfera otrora indiferente, de un sentimiento contra los judíos que nos asombraría si lo viéramos en el Viejo Mundo. Está al rojo vivo.
Es una reacción intensa que se manifiesta con cada día mayor violencia; y el espíritu de esa reacción no puede expresarse mejor que con una frase que debemos, creo, al señor Ford y a su famosa propaganda contra los judíos, a través de su periódico el «Dearborn Independent».
«Está muy bien hablar del crisol de razas —dice—, pero lejos de fundirse los judíos en ese crisol, parece como si quisieran fundir el crisol mismo».
Ahí tenéis, en Nueva York, si es que en alguna parte, una oportunidad para que la teoría de la asimilación demuestre su valía.
Tenéis presentes en el terreno una veintena de razas diferentes, incluidas grandes masas de una raza tan totalmente distinta a la nuestra como la negra. Tenéis una cierta proporción pequeña de chinos y contáis con una variedad indefinida de estirpes europeas, la mayoría de ellas en gran número.
Tenéis no sólo en los establecimientos locales o incluso tan sólo en la teoría cívica, sino en la práctica real —en la práctica entusiasta— una completa igualdad y un orgullo positivo en la recepción de cualquier elemento de inmigración, sin importar cuál sea, en la certeza de que todos pueden moldearse rápidamente a la forma estadounidense.
La mayoría de estos elementos fueron absorbidos, y absorbidos con rapidez; donde no fueron absorbidos, reinaba al menos la paz entre ellos.
Entonces llega el judío y surge de inmediato una situación totalmente nueva. Una situación de desafío, de provocación, de exclusión admitida, de debate violento e incluso de clamor: pero ni rastro de asimilación. En presencia de todos los elementos que deberían propiciar la asimilación, la diferencia y el odio entre el judío y el no judío crecen en Nueva York con la vitalidad de una planta tropical.
Hay todavía otra teoría que, de no estar tan extendida y de no haber sido propuesta por tantos judíos mismos, dejaría de lado por considerarla algo cómico, algo inaceptable para una discusión seria. Pero ha sido propuesta y debe ser rebatida. No es otra que la teoría de que no existe tal pueblo como los judíos, que todo esto es una ilusión.
Esta monstruosa afirmación se basa, huelga decirlo, en un examen «científico» del asunto: pues esa palabra, «científico», ha llegado a asociarse con toda clase de sinrazón.
Se ha encontrado a hombres, especialmente hombres judíos, que afirman del modo más solemne que han medido cráneos, tomado muestras de cabello, catalogado los colores de los ojos, establecido ángulos faciales, analizado la sangre y aplicado no sé cuántos trucos más, ¡con el resultado de que no se pudo descubrir ningún tipo judío!
Las personas que pueden razonar así no parecen apreciar la disputa fundamental entre el nominalismo y el realismo, ni haber oído hablar de la vieja broma filosófica sobre la definición de «una cosa».
Sabemos que un caballo es un caballo, una manzana es una manzana, un chino es un chino, o un judío es un judío por algún proceso sobre el cual los filósofos pueden debatir, pero de cuya virtud ningún hombre cuerdo duda y sobre cuya correcta acción basamos toda nuestra vida.
El químico podrá decirme que el análisis químico de un trozo de carbón da el mismo resultado que el análisis químico de un diamante, a lo cual cualquier hombre capaz de usar un mínimo de razón responderá que basándose en una gran cantidad de otras líneas de análisis, color, tacto, combustibilidad, dureza y blandura, valor económico, prevalencia (y así indefinidamente), los dos no son lo mismo.
Ningún análisis es completo, y si no hubiéramos hecho ningún análisis consciente en absoluto, aún podríamos percibir de inmediato que un trozo de carbón no es un diamante.
Es exactamente lo mismo con estos intentos pseudocientíficos de refutar la verdad evidente. Proliferan y son todos igualmente ridículos porque deducen a partir de datos insuficientes.
La existencia y diferenciación del pueblo judío como raza étnicamente y como nación políticamente es un hecho tan indiscutible como la existencia del carbón o de los diamantes. Son una nación políticamente porque actúan como nación, porque sus miembros individuales sienten y ejercen una función corporativa.
Sabemos que son una raza separada porque podemos ver que lo son. Cuando te encuentras con un judío, ya seas su enemigo o su amigo, te encuentras con un judío. Tiene cierta expresión, cierto modo de ser, ciertas características físicas que tal vez no puedas analizar en el momento en que lo ves, pero que te dan la impresión y la certidumbre de que estás tratando con algo particular, a saber, la raza judía.
Es verdad, por supuesto, que el tipo, como todos los tipos generales, se desvanece en los márgenes, y siempre habrá casos en los que puedas tener dudas sobre si estás tratando con un judío o con un no judío, pero hay un tipo central marcado en torno al cual se edifica el tipo racial judío. Eso es tan cierto como que existe un tipo mongol, o un tipo negroide, y así sucesivamente.
No tomo muy en serio la objeción. Solo la menciono porque ha sido planteada, y puede surgir en el curso de cualquier discusión sobre este grave asunto político.