Donde se han hallado causas positivas para un mal, es obvio que la cura de ese mal consiste en la eliminación de las causas, en la medida en que puedan ser eliminadas.
En el caso particular de la fricción entre la comunidad judía y sus anfitriones, las causas de dicha fricción son el hábito necio y peligroso del secreto y la irritante expresión de superioridad. Las causas que el judío puede eliminar si lo desea. El asunto está en sus propias manos: nosotros no podemos hacer nada; él puede hacerlo todo.
Pero más allá de este deber negativo que incumbe a los judíos si quieren alcanzar un desenlace pacífico a los peligros que amenazan su futuro, hay también una acción positiva que les incumbe.
Deben fomentar, deben incluso proponer, instituciones que los distingan mejor de una sociedad que no es la suya y les devuelvan la dignidad de una nación.
Sostendré en el último capítulo de este libro que la política que conduzca a una solución debe basarse no en leyes directas de nuestra propia invención, no en reacciones que casi con toda seguridad resultarán opresivas y casi con toda seguridad serán evadidas, sino en un espíritu general que reconozca la nacionalidad separada de los judíos.
Pero aunque esto es verdad para todos los Estados cristianos occidentales en los que se encuentran, no lo es para su propia nación. Ellos, por su parte, bien pueden presentar propuestas que tienen la capacidad de hacer, porque sabrán cómo formularlas (como nosotros no podemos) de un modo compatible con su propia dignidad y su propia tradición.
Ya existen comienzos de estas cosas en las escuelas judías, en los tutores judíos y en la considerable organización separada que los judíos han establecido abiertamente para su comunidad en este país. Estos comienzos solo tienen que ampliarse.
Quienes se muestran abiertamente hostiles hacia los judíos dirán que cualquier propuesta que provenga de su parte ocultará una trampa.
«Este pueblo (dicen) siempre sugerirá cosas que parecerán bastante inocentes y que al parecer no hacen más que definir su posición claramente para el futuro; pero nos hallaremos atrapados en una obligación y los judíos serán más nuestros amos que nunca. Continuarán (dicen estos opositores) tal como son hoy, y mientras reclaman todo privilegio como comunidad separada, también exigirán la plena ciudadanía, lo cual es incompatible con esta actitud. Veremos que, cualesquiera que sean las instituciones que les pidamos que formen, dichas instituciones funcionarán no solo a su favor, sino también fuertemente en nuestra contra».
Lo dudo. Las instituciones judías especiales que ya están funcionando no producen tal efecto. Por el contrario, ya están aliviando la tensión. Una de esas instituciones, por ejemplo, es la prensa judía: los periódicos dedicados especialmente a los intereses judíos y que actúan como portavoces de las ideas judías.
No siempre son tan educados como cabría esperar. Yo mismo he tenido que presentar a veces una queja por la forma en que han tratado los esfuerzos sinceros por resolver nuestras dificultades y un intento honesto de encontrar una salida. A veces han dado pie a sus enemigos con una pretensión demasiado insistente o, como esos enemigos la llamarían, demasiado arrogante, y de vez en cuando escriben como si nosotros, la gran mayoría, no tuviéramos derechos y lo único que mereciera consideración fuera el avance de su propia gente.
Pero, al fin y al cabo, sería absurdo esperar otra cosa. Una pequeña minoría que lucha enérgica por su propia causa debe exagerar sus pretensiones; un organismo que se defiende contra una presión exterior muy fuerte no puede menos que parecer agresivo, y siempre mantendré que la presencia de una institución abiertamente judía que hable en pro de los intereses judíos, por insistente que sea, es algo excelente. Presenta un sano contraste con el intento contrario de exponer argumentos judíos bajo el disfraz de la neutralidad, y de difundir ideas judías de forma anónima a través de agentes que están muy lejos de ser neutrales.
Si se me pregunta qué instituciones tengo en mente, solo puedo repetir que corresponde a los propios judíos hacer la primera propuesta, pero sugiero una ampliación del sistema, que ya existe en germen, por el cual los litigios entre judíos sean arbitrados ante un tribunal judío.
No solo su ampliación, sino también su confirmación a petición de los propios judíos, podría ser algo bueno. Tampoco sería una mala idea si —más adelante, cuando las condiciones estuvieran maduras para el cambio— las disputas entre judíos y no judíos pudieran juzgarse en tribunales donde el carácter especial de tales disputas, la diferencia distintiva entre estas y los litigios entre los conciudadanos del país en el que viven, fuera sometido a tribunales de carácter mixto.
Intentar esto hoy en día sería, por supuesto, una novedad muy grande en los procedimientos, en verdad revolucionaria, y no hay perspectivas de ello en mucho tiempo; pero con el creciente número de judíos entre nosotros y su creciente influencia, creo que, cuando por fin llegue, será ventajoso para ambas partes.
- Sería fatal si se les impusiera.
- No sería aceptado.
- No funcionaría.
Pero si fuera sugerido por la comunidad judía de forma espontánea, y puesto en marcha y desarrollado por ella, tendría éxito. Y añadiría un gran alivio al que ya se experimenta por el funcionamiento de las otras instituciones que he mencionado.
Queda poco más que decir al respecto. Aparte del deber de actuar con franqueza y de esta política específica de fomentar instituciones separadas, no tenemos ninguna otra pretensión que hacer valer.
Toda la parte principal del deber mutuo recae de nuestro lado. Por tanto, le he concedido el espacio que parece merecer y he limitado a no más que estas pocas líneas las sugerencias correlativas para aquellos que, después de todo, no nos deben cuentas por sus acciones y pueden resentir legítimamente la exposición de nuestras opiniones sobre los detalles domésticos de su organización ajena.