No dijo nada. Tomó opio. Los niños decían que se había teñido la barba de amarillo con aquello. Quizás.
Lo que para ella era evidente era que el pobre hombre era infeliz, venía a ellos todos los años como una vía de escape; y, sin embargo, todos los años sentía lo mismo: él no confiaba en ella.
Ella dijo: «Voy al pueblo. ¿Te traigo sellos, papel, tabaco?» y lo sintió estremecerse. Él no confiaba en ella.
Fue obra de su esposa. Recordaba aquella iniquidad de su esposa hacia él, que la había hecho volverse de acero y de diamante allí, en la horrible salita de St. John’s Wood, cuando con sus propios ojos había visto a esa odiosa mujer echarlo de la casa.
Iba desaliñado; se le caían cosas en la chaqueta; tenía la pesadez de un viejo que no tiene nada en el mundo que hacer; y ella lo echó de la habitación. Dijo, a su manera odiosa: «Ahora, la señora Ramsay y yo queremos charlar un poquito a solas», y la señora Ramsay podía ver, como si lo tuviera ante los ojos, las innumerables miserias de su vida.
¿Tenía suficiente dinero para comprar tabaco? ¿Tenía que pedírselo a ella? ¿Media corona? ¿Dieciocho peniques? Oh, no podía soportar pensar en las pequeñas indignidades que ella le hacía sufrir.
Y ahora siempre (no alcanzaba a adivinar por qué, salvo que tal vez viniera de aquella mujer de algún modo) él se apartaba de ella. Jamás le contaba nada.
Pero ¿qué más podría haber hecho ella?
- Había una habitación soleada destinada para él.
- Los hijos se portaban bien con él.
- Jamás dio muestra alguna de no quererlo.
De hecho, hacía todo lo posible por ser amable. ¿Quieres sellos, quieres tabaco? Toma un libro que podría gustarte y cosas por el estilo.
Y después de todo —después de todo (aquí, de manera imperceptible, se encogió de hombros, físicamente, al cobrar conciencia de su propia belleza, como tan raras vez le ocurría)—, después de todo, por lo general no le costaba ninguna dificultad hacer que la gente la quisiera; por ejemplo, George Manning; el señor Wallace; por muy famosos que fueran, venían a verla por la noche, sin hacer ruido, y charlaban a solas junto a su chimenea. Llevaba consigo, no podía evitar saberlo, la antorcha de su belleza; la llevaba en alto en cualquier habitación en la que entrara; y al fin y al cabo, por mucho que la velara y por mucho que esquivara la monotonía que le imponía portarla, su belleza era evidente. Había sido admirada. Había sido amada. Había entrado en habitaciones donde había gente de luto. Habían corrido lágrimas en su presencia. Los hombres, y las mujeres también, soltando la multiplicidad de las cosas, se habían permitido con ella el desahogo de la sencillez.
Le dolía que él se apartara. Le hería. Y, sin embargo, no de forma limpia, no de manera recta.
Eso era lo que le importaba, al sumarse a su descontento con su esposo; la sensación que tenía ahora, cuando el señor Carmichael pasaba arrastrando los pies, limitándose a asentir ante su pregunta, con un libro bajo el brazo y sus zapatillas amarillas, de que era sospechosa; y de que todo este deseo suyo de dar, de ayudar, era vanidad.
¿Acaso era por su propia autocomplacencia por lo que deseaba tan instintivamente ayudar, dar, para que la gente dijera de ella: «¡Oh, la señora Ramsay!, ¡la querida señora Ramsay!… ¡La señora Ramsay, por supuesto!» y la necesitaran y la mandaran llamar y la admiraran?
¿No era secretamente esto lo que quería y por eso, cuando el señor Carmichael se alejaba de ella encogido, como lo hacía en ese momento, huyendo a algún rincón donde hacía crucigramas sin fin, no se sentía meramente rechazada en su instinto, sino consciente de la pequeñez de una parte de ella, y de las relaciones humanas, de cuán imperfectas son, cuán despreciables, cuán egoístas, en su mejor momento?
Dordrio y ajada, y presumiblemente ya no (tenía las mejillas hundidas, el cabello blanco) un espectáculo que llenara los ojos de alegría, más le valdría dedicar su mente al cuento del pescador y su mujer y aquietar así a ese manojo de sensibilidad (ninguno de sus hijos era tan sensible como él) que era su hijo James.
—El corazón del hombre se sintió agobiado —leyó en voz alta—, y no quiso ir. Se dijo a sí mismo: «No está bien», y sin embargo fue. Y cuando llegó al mar, el agua era de un púrpura intenso y azul oscuro, y gris y espesa, y ya no tan verde y amarilla, pero seguía estando en calma. Y se detuvo allí y dijo—
La señora Ramsay habría deseado que su esposo no hubiera elegido ese momento para detenerse. ¿Por qué no se había ido, como había dicho, a ver a los niños jugar al críquet? Pero no habló; miró; asintió; aprobó; continuó su camino.
Resbaló al ver ante sí aquel seto que una y otra vez había acotado alguna pausa, significado alguna conclusión, al ver a su esposa y a su hijo, al ver de nuevo las urnas con los geranios rojos colgantes que tantas veces habían decorado procesos de pensamiento, y llevaban, escritos entre sus hojas, como si fuesen trozos de papel en los que uno garabatea notas en el fragor de la lectura—resbaló, al ver todo esto, suavemente hacia la especulación sugerida por un artículo de The Times sobre el número de estadounidenses que visitan la casa de Shakespeare cada año. Si Shakespeare nunca hubiera existido, se preguntó, ¿se habría diferenciado mucho el mundo de lo que es hoy? ¿Depende el progreso de la civilización de los grandes hombres? ¿Es la suerte del ser humano medio mejor ahora que en la época de los faraones? ¿Es la suerte del ser humano medio, sin embargo, se preguntó, el criterio por el cual juzgamos la medida de la civilización? Posiblemente no. Posiblemente el bien mayor requiere la existencia de una clase de esclavos. El ascensorista del metro es una necesidad eterna. El pensamiento le resultó desagradable. Sacudió la cabeza. Para evitarlo, encontraría algún modo de desacreditar la supremacía de las artes. Argumentaría que el mundo existe para el ser humano medio; que las artes son meramente una decoración impuesta en la cúspide de la vida humana; no la expresan. Tampoco Shakespeare le es necesario. Sin saber con precisión por qué quería denigrar a Shakespeare y salir en rescate del hombre que permanece eternamente en la puerta del ascensor, arrancó una hoja del seto con gesto brusco.
Todo esto tendría que servírselo a los jóvenes de Cardiff el mes que viene, pensó; allí, en su terraza, solo estaba rebuscando y merendando (tiró la hoja que había arrancado con tanto desdén) como un hombre que se estira desde su caballo para coger un ramo de rosas, o se llena los bolsillos de nueces mientras cabalga a su aire por los senderos y campos de una comarca que conoce desde la infancia.
Todo le resultaba familiar; esta curva, aquel tranco, aquel atajo a través de los campos. Horas enteras las pasaba así, con su pipa, al atardecer, recorriendo de arriba a abajo y de un lado a otro los viejos y conocidos senderos y terrenos comunales, que estaban salpicados por la historia de tal campaña aquí, la vida de este estadista allá, con poemas y anécdotas, con personajes también, este pensador, aquel soldado; todo muy vivaz y claro; pero al fin el sendero, el campo, el terreno comunal, el frutal nogal y el seto en flor lo conducían a esa curva más lejana del camino donde siempre desmontaba,ataba su caballo a un árbol y proseguía a pie y en solitario.
Llegó al extremo del césped y contempló la bahía de abajo.
Era su sino, su peculiaridad, lo quisiera o no, salir así a una lengua de tierra que el mar va devorando lentamente, y quedarse allí, como un ave marina desolada, a solas. Era su poder, su don, desprenderse de repente de todo lo superfluo, encogerse y empequeñecerse de modo que parecía más desnudo y se sentía más magro, incluso físicamente, sin perder sin embargo ni un ápice de su intensidad mental, y plantarse así en su pequeño saliente frente a la oscuridad de la ignorancia humana, a cómo no sabemos nada y el mar devora el suelo en que nos apoyamos; tal era su sino, su don. Pero habiendo deshechado, al desmontar, todo ademán y fruslería, todo trofeo de frutos secos y rosas, y habiéndose encogido de tal modo que no sólo la fama sino incluso su propio nombre le eran ajenos, conservaba aun en aquella desolación una vigilancia que no perdonaba fantasma alguno ni se complacía en ninguna visión, y fue bajo este aspecto como inspiró en William Bankes (a intervalos) y en Charles Tansley (con pleitesía) y ahora en su esposa, cuando levantó los ojos y lo vio de pie en el extremo del césped, una profunda reverencia, y piedad, y gratitud también, tal como una estaca clavada en el lecho de un canal sobre la que se posan las gaviotas y golpean las olas inspira en las alegres barcazas un sentimiento de gratitud por el deber que ha tomado sobre sí de señalar el canal allá afuera en medio de las inundaciones, a solas.
“Pero el padre de ocho hijos no tiene opción... ”
Murmurando a medias, de modo que se interrumpió, se dio la vuelta, suspiró, alzó los ojos, buscó la figura de su mujer que le leía cuentos al niño pequeño; cargó su pipa.
Se volvió de contemplar la ignorancia humana y el destino humano y el mar devorando la tierra en que nos hallamos, lo cual, de haber podido contemplarlo fijamente, lo habría conducido a algo; y halló consuelo en fruterías tan leves en comparación con el augusto tema que hacía un momento tenía ante sí que se inclinaba a pasar por alto ese consuelo, a menospreciarlo, como si ser sorprendido feliz en un mundo de miseria fuera para un hombre honrado el más despreciable de los crímenes.
Era verdad; era por lo general feliz; tenía a su esposa; tenía a sus hijos; había prometido dentro de seis semanas decir «algunas tonterías» a los jóvenes de Cardiff acerca de Locke, Hume, Berkeley y las causas de la Revolución francesa. Pero esto y su placer en ello, en las frases que acuñaba, en el ardor de la juventud, en la belleza de su esposa, en los tributos que le llegaban desde Swansea, Cardiff, Exeter, Southampton, Kidderminster, Oxford, Cambridge—todo eso tenía que ser menospreciado y ocultado bajo la frase «decir tonterías», porque, en efecto, no había hecho lo que podría haber hecho.
Era un disfraz; era el refugio de un hombre temeroso de admitir sus propios sentimientos, incapaz de decir:
Esto es lo que me gusta—esto es lo que soy,
y resultaba bastante antipático y lamentable para William Bankes y Lily Briscoe, quienes se preguntaban por qué serían necesarios tales ocultamientos; por qué necesitaba siempre elogios; por qué un hombre tan audaz en el pensamiento era tan tímido en la vida; cuán extrañamente venerable y ridículo resultaba a un mismo tiempo.
Enseñar y predicar está más allá del poder humano, sospechaba Lily. (Estaba guardando sus cosas).
Si uno es ensalzado, de algún modo tiene que darse un tropezón. La señora Ramsay le dio lo que pedía con demasiada facilidad.
Entonces el cambio debe de ser muy desconcertante, dijo Lily. Entra de sus libros y nos encuentra a todos jugando y diciendo tonterías. Imagínese qué cambio respecto a las cosas en las que piensa, dijo.
Avanzaba directo hacia ellos.
Ahora se detuvo en seco y se quedó mirando en silencio el mar.
Ahora había vuelto a dar la espalda.