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nydus/To the LighthousePublic
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VI

¿Pero qué había pasado?

Alguien se había equivocado.

Partiendo de su cavilación, le dio significado a palabras que había considerado carentes de sentido en su mente durante un largo período de tiempo. «Someone had blundered»⁠ (Alguien se había equivocado). Falsos y cortos de vista, clavó los ojos en su marido, que ahora se le venía encapotado encima, y lo miró fijamente hasta que su proximidad le reveló (el estribillo se acopló en su cabeza) que algo había sucedido, alguien se había equivocado. Pero ni por su vida logró recordar el qué.

Él se estremeció; tembló. Toda su vanidad, toda su complacencia en su propio esplendor, cabalgando funesto como un rayo, fiero como un halcón a la cabeza de sus hombres por el valle de la muerte, se había hecho añicos, destruida.

Atacados por balas y metralla, con valor y bien cabalgamos, cruzamos veloces el valle de la muerte, entre descargas y truenos—directo hacia Lily Briscoe y William Bankes.

Él tembló; se estremeció.

Por nada del mundo le habría dirigido la palabra, al comprender, por los signos familiares —los ojos desviados y cierta extraña contracción de su persona, como si se envolviera a sí mismo y necesitara intimidad para recuperar el equilibrio—, que él estaba indignado y angustiado.

Acarició la cabeza de James; le transmitió lo que sentía por su esposo y, mientras lo veía pintar con tiza amarilla la camisa de vestir blanca de un caballero en el catálogo de los Army and Navy Stores, pensó en el gran placer que le causaría que él llegara a ser un gran artista; ¿y por qué no habría de serlo? Tenía una frente espléndida.

Luego, al levantar la vista cuando su esposo pasó junto a ella una vez más, sintió alivio al ver que la ruina estaba velada; la domesticidad triunfaba; la costumbre tarareaba su ritmo consolador, de modo que cuando él, deteniéndose deliberadamente junto a la ventana al llegar de nuevo su turno, se inclinó con aire burlón y caprichoso para hacerle cosquillas a James en la pantorrilla desnuda con una ramita de algo, ella le reprochó en broma haber despachado a «aquel pobre joven», Charles Tansley.

Tansley había tenido que entrar a escribir su tesis, dijo él.

—James tendrá que escribir su tesis algún de estos días —añadió con ironía, sacudiendo su ramita.

Hating his father, James brushed away the tickling spray with which in a manner peculiar to him, compound of severity and humour, he teased his youngest son’s bare leg.

Intentaba terminar estas tediosas medias para enviárselas mañana al hijito de Sorley, dijo la señora Ramsay.

No había la menor posibilidad posible de que fueran al Faro mañana, soltó el señor Ramsay con irascibilidad.

¿Cómo lo sabía? preguntó ella.

El viento a menudo cambiaba.

La extraordinaria irracionalidad de su observación, la insensatez de la mente de las mujeres le indignó. Había cabalgado por el valle de la muerte, había quedado destrozado y hecho añicos; y ahora ella desafiaba los hechos, hacía que sus hijos abrigaran esperanzas de algo totalmente fuera de lugar, en efecto, decía mentiras.

Pateó el escalón de piedra.

«Que te den», dijo.

Pero ¿qué había dicho ella? Sencillamente que tal vez haría bueno mañana. Bien podría ser.

No con el barómetro cayendo y el viento directo al oeste.

Perseguir la verdad con tan asombrosa falta de consideración hacia los sentimientos ajenos, desgarrar los delgados velos de la civilización de forma tan gratuita, tan brutal, era para ella un ultraje tan horrible a la decencia humana que, sin responder, aturdida y ciega, inclinó la cabeza como si dejara que la granizada de afilados pedriscos, el chaparrón de agua sucia, la salpicaran sin derecho a réplica.

No había nada que decir.

Él permaneció junto a ella en silencio. Muy humildemente, al cabo, le dijo que iría a preguntar a los guardacostas si ella quería.

No había nadie a quien venerara como lo veneraba a él.

Estaba muy dispuesta a creerle bajo su palabra, dijo. Solo que entonces no hacía falta cortar sándwiches, eso era todo. Acudían a ella, naturalmente, por ser mujer, a todas horas con esto y aquello; uno queriendo esto, otro aquello; los hijos iban creciendo; a menudo sentía que no era más que una esponja empapada de emociones humanas. Luego él dijo, Que te den. Dijo, Tiene que llover. Dijo, No va a llover; y al instante se abrió ante ella un Cielo de seguridad. No había nadie a quien reverenciara más. No era digna ni de atarle los cordones de los zapatos, sentía.

Ya avergonzado de aquella petulancia, de aquel gesto con las manos al lanzarse al frente de sus tropas, el señor Ramsay hincó el codo con algo de timidez una vez más en las piernas desnudas de su hijo y luego, como si contara con su permiso, con un movimiento que a su esposa le recordó extrañamente al gran león marino del zoo dando una voltereta hacia atrás tras tragarse el pescado y alejándose con torpeza de modo que el agua del estanque se agita de lado a lado, se adentró en el aire vespertino que, ya más ralo, iba despojando de sustancia a hojas y setos pero, como en compensación, devolviendo a las rosas y a los claveles un brillo que no habían tenido durante el día.

—Alguien se había equivocado —volvió a decir, alejándose a grandes zancadas de un lado a otro de la terraza.

¡Pero qué extraordinariamente había cambiado su tono! Era como el cuco; «en junio pierde el tino»; como si estuviera probando, buscando tentativamente alguna frase para un nuevo estado de ánimo, y teniendo solo esta a mano, la usara, por muy rota que estuviera. Pero sonaba ridículo: «Alguien se había equivocado», dicho así, casi como una pregunta, sin ninguna convicción, melódicamente.

La señora Ramsay no pudo evitar sonreír y pronto, efectivamente, paseando de un lado a otro, lo tarareó, lo dejó caer, se quedó en silencio.

Estaba a salvo, había recuperado su intimidad. Se detuvo a encender la pipa, miró una vez a su esposa y a su hijo en la ventana, y así como uno levanta los ojos de una página en un tren expreso y ve una granja, un árbol, un grupo de casitas como una ilustración, una confirmación de algo impreso en la página a la que uno regresa, fortalecido y satisfecho, así, sin distinguir claramente a su hijo ni a sua esposa, la visión de ambos lo fortaleció, lo satisfizo y consagró su esfuerzo por llegar a una comprensión perfectamente clara del problema que ahora ocupaba las energías de su espléndida mente.

Era una mente espléndida. Pues si el pensamiento es como el teclado de un piano, dividido en tantas notas, o como el abecedario ordenado en veintiséis letras bien dispuestas, entonces su mente espléndida no tenía la menor dificultad en recorrer esas letras una por una, con firmeza y precisión, hasta llegar, digamos, a la letra Q. Llegó a la Q. Muy poca gente en toda Inglaterra llega jamás a la Q. Aquí, deteniéndose un momento junto a la urna de piedra que contenía los geranios, vio, pero ahora muy, muy lejos, como niños que recogen conchas, divinamente inocentes y ocupados con pequeñas naderías a sus pies y de algún modo totalmente indefensos ante una perdición que él advertía, a su esposa y a su hijo, juntos, en la ventana. Necesitaban su protección; él se la brindaba. ¿Pero después de la Q? ¿Qué viene a continuación? Después de la Q hay una serie de letras cuya última apenas es visible a los ojos mortales, pero brilla tenuemente en rojo a lo distancia. A la Z solo llega un hombre una vez por generación. Aun así, si pudiera llegar a la R, ya sería algo. Al menos aquí estaba la Q. Se plantó firmemente en la Q. De la Q estaba seguro. La Q podía demostrarla. Si la Q, por tanto, es Q—R—Aquí sacó la pipa, dándole dos o tres golpes resonantes contra el cuerno de carnero que hacía las veces de asa de la urna, y continuó. «Entonces la R…» Se preparó. Se encendió.

Cualidades que habrían salvado a la tripulación de un barco expuesta en un mar abrasador con seis galletas y un frasco de agua⁠—la resistencia y la justicia, la previsión, la devoción, la habilidad, acudieron en su ayuda. R es entonces⁠—¿qué es R?

Un párpado, como el de cuero de un lagarto, parpadeó sobre la intensidad de su mirada y oscureció la letra R. En aquel destello de oscuridad oyó a la gente decir —que era un fracasado— que la R estaba fuera de su alcance. Jamás llegaría a la R. A por la R una vez más. R⁠⸺⁠

Cualidades que en una desolada expedición a través de las gélidas soledades de la región polar le habrían convertido en el líder, el guía, el consejero, cuyo temple, ni optimista ni abatido, contempla con ecuanimidad lo que ha de ser y le hace frente, volvieron a acudir en su ayuda. R⁠⸺⁠

El ojo del lagarto parpadeó una vez más. Las venas de su frente se hincharon. El geranio en la urna se volvió sorprendentemente visible y, expuesta entre sus hojas, pudo ver, sin desearlo, aquella vieja, aquella obvia distinción entre las dos clases de hombres:

  • por un lado, los constantes de fuerza sobrehumana que, laboriosos y perseverantes, repiten todo el alfabeto en orden, veintiséis letras en total, de principio a fin;
  • por el otro, los dotados, los inspirados que, milagrosamente, agrupan todas las letras en un solo destello⁠—el camino del genio.

No tenía genio; no reclamaba para sí tal cosa: pero tenía, o pudo haber tenido, el poder de repetir cada letra del alfabeto de la A a la Z con precisión y en orden. Mientras tanto, se atascaba en la Q. Adelante, pues, adelante hacia la R.

Sentimientos que no habrían deshonrado a un líder que, ahora que la nieve ha comenzado a caer y la cima de la montaña se cubre de bruma, sabe que debe tumbarse y morir antes de que llegue la mañana, se apoderaron de él, descoloriendo el tono de sus ojos, otorgándole, incluso en los dos minutos que duró su paseo por la terraza, el aspecto marchito de la senectud.

Sin embargo, él no moriría tumbado; encontraría algún risco de piedra, y allí, con los ojos fijos en la tormenta, intentando hasta el final rasgar la oscuridad, moriría de pie. Nunca llegaría a R.

Se quedó completamente inmóvil, junto a la urna de la que desbordaban los geranios.

¿Cuántos hombres de entre mil millones, se preguntó, llegan por fin a la Z?

Sin duda, el líder de una empresa desesperada puede hacerse esa pregunta y responderse, sin traicionar a la expedición que lo respalda: «Uno tal vez».

Uno en una generación.

¿Se le puede culpar entonces si no es ese uno?, ¿siempre y cuando haya trabajado honradamente, dado lo mejor de sus fuerzas, hasta no tener ya nada más que dar?

¿Y cuánto dura su fama? Está permitido incluso para un héroe moribundo pensar antes de morir en cómo hablarán los hombres de él en el futuro. Su fama dura tal vez dos años mil. ¿Y qué son dos años mil? (preguntó el señor Ramsay irónicamente, mirando fijamente el seto).

¿Qué son, en verdad, si uno mira desde la cima de una montaña hacia los largos y yermos abismos de las eras? La misma piedra que uno patea con la bota sobrevivirá a Shakespeare. Su propia pequeña luz brillaría, no muy brillantemente, durante uno o dos años, y luego se fundiría en alguna luz más grande, y esta en otra aún mayor. (Miró hacia la oscuridad, hacia la complejidad de las ramitas).

¿Quién podría culpar entonces al líder de aquel grupo desamparado que, al fin y al cabo, ha subido lo suficiente como para ver el desierto de los años y la extinción de las estrellas, si antes de que la muerte le entumezca las extremidades impidiéndole todo movimiento, alza un poco y conscientemente sus dedos entumecidos hasta la frente, y endereza los hombros, para que cuando llegue la partida de búsqueda lo encuentre muerto en su puesto, la gallarda figura de un soldado?

El señor Ramsay enderezó los hombros y se quedó muy erguido junto a la urna.

¿Quién ha de culparlo si, estando así por un momento, se detiene en la fama, en los grupos de búsqueda, en los túmulos erigidos por seguidores agradecidos sobre sus huesos?

Finalmente, ¿quién ha de culpar al líder de la expedición condenada si, habiéndose aventurado hasta el confín, y habiendo usado sus fuerzas por completo hasta la última onza y habiéndose quedado dormido sin importarle mucho si despierta o no, percibe ahora por un cosquilleo en los dedos de los pies que vive, y en conjunto no se opone a vivir, sino que exige compasión, y whisky, y alguien que le cuente la historia de su sufrimiento de inmediato?

¿Quién ha de culparlo?

¿Quién no se alegrará en secreto cuando el héroe se quita la armadura, se detiene junto a la ventana y contempla a su esposa y a su hijo, que muy distantes al principio, se acercan gradualmente más y más, hasta que labios, libro y cabeza están claramente ante él, aunque todavía encantadores y desconocidos por la intensidad de su aislamiento y el yermo de las eras y la destrucción de las estrellas, y finalmente guardándose la pipa en el bolsillo e inclinando su magnífica cabeza ante ella⁠—quién ha de culparlo si rinde homenaje a la belleza del mundo?

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