uno de los asuntos en disputa— aquellos defensores del mismo que tienen pretensiones de filósofos se han visto obligados a abandonar la idea de que este discierne lo que es bueno o malo en el caso particular que se tiene entre manos, tal como nuestros otros sentidos disciernen la vista o el sonido que están presentes de hecho. Nuestra facultad moral, según todos aquellos de sus intérpretes que merecen el nombre de pensadores, solo nos proporciona los principios generales de los juicios morales; es una rama de nuestra razón, no de nuestra facultad sensitiva; y es a ella a la que hay que acudir en busca de las doctrinas abstractas de la moralidad, y no para su percepción en lo concreto.
La escuela de la ética intuitiva, ni más ni menos que la que puede denominarse inductiva, insiste en la necesidad de leyes generales.
Ambas coinciden en que la moralidad de una acción individual no es cuestión de percepción directa, sino de la aplicación de una ley a un caso particular. Reconocen también, en gran medida, las mismas leyes morales; pero difieren en cuanto a su evidencia y a la fuente de la que derivan su autoridad.
Según una de las opiniones, los principios de la moral son evidentes a priori, y no requieren más para obtener el asentimiento que comprender el significado de los términos.
Según la otra doctrina, lo correcto y lo incorrecto, al igual que la verdad y la falsedad, son cuestiones de observación y experiencia.
Pero ambas sostienen por igual que la moralidad debe deducirse de principios; y la escuela intuitiva afirma con tanta fuerza como la inductiva que existe una ciencia de la moral.
Sin embargo, rara vez intentan elaborar una lista de los principios a priori que han de servir como premisas de la ciencia; aún más raramente hacen