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Registro once

No, no puedo; ¡que sea sin encabezados!

Atardecer. Hay algo de niebla. El cielo está cubierto de un tejido blanco dorado, y no se alcanza a ver qué hay ahí, más allá, en las alturas. Los antiguos «sabían» que el más grande y aburrido de los escépticos —su Dios— vivía allí. Nosotros sabemos que allí hay una Nada cristalina, azul, desnuda e indecente. Ya no sé qué más hay ahí. He aprendido demasiadas cosas últimamente. El conocimiento, el conocimiento engreído que está seguro de ser infalible, es fe. Yo tenía una fe firme en mí mismo; creía que lo sabía todo sobre mí. Pero entonces.⁠ ⁠… Me miro en el espejo. Y por primera vez en mi vida, sí, por primera vez en mi vida, veo con claridad, con precisión, conscientemente y con sorpresa, me veo a mí mismo como a un «¡él!». Soy «él». Cejas oscuras, rectas y fruncidas; entre ellas, como una cicatriz, hay una arruga vertical. (¿Existía esa arruga antes?) Ojos gris acero rodeados por la sombra de una noche en vela. Y detrás de ese acero⁠ ⁠… lo entiendo; jamás antes supe qué había detrás de ese acero. Desde ahí (¡este «ahí» es al mismo tiempo tan cercano y tan infinitamente distante!) me miro a mí mismo⁠—a «él»⁠—. Y sé con certeza que «él», con sus cejas rectas, es un desconocido, que lo encuentro aquí por primera vez en mi vida. El verdadero yo no es él.

No. Punto. Todo esto es un absurdo. Y todos estos sentimientos necios no son más que delirio, el resultado del envenenamiento de anoche.⁠ ⁠… ¿Envenenamiento con qué? ¿Con un sorbo de aquel veneno verde o con ella? Poco importa. Escribo todo esto meramente para demostrar cuán extrañamente la precisa y aguda razón humana puede llegar a confundirse. Esta razón, lo suficientemente fuerte como para hacer comprensible —mediante— el infinito que tanto temían los antiguos.⁠ ⁠… El conmutador zumba: «Número R-13». Bueno, hasta me alegro; a solas yo debiera.⁠ ⁠…

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