Unas pocas palabras más y dejo la pluma para siempre.
Pero ¿por qué no he de abandonarla ahora? Todo lo que he dicho es preparatorio para esta escena, y mis dedos, temblorosos y fríos como mi corazón, se niegan a cualquier otro esfuerzo.
Esto no debe ser. Que mis últimas energías me sostengan en la conclusión de esta tarea. Entonces reclinaré mi cabeza en el regazo de la muerte. Acallados quedarán todos mis lamentos en el sueño de la tumba.
Todo sentimiento ha perecido en mi pecho. Hasta la amistad se ha extinguido.
Tu amor por mí me ha impulsado a esta tarea; pero no habría accedido si no hubiera sido un lujo regodearme así en mis pesares.
He calculado con justicia lo que me queda de fuerzas. Cuando deje la pluma, la bujía de la vida expirará: mi existencia terminará con mi relato.
Ahora que me quedé a solas con Wieland, los peligros de mi situación acudieron a mi mente. Era razonable predecir que este acceso terminaría en estragos y furia. La primera sugerencia de mis temores había sido refutada por mi experiencia.
Carwin había confesado sus ofensas y, sin embargo, había escapado. La venganza que yo había abrigado no había sido admitida por Wieland, y, sin embargo, los males que yo había sufrido, en comparación con los infligidos a mi hermano, no eran nada.
Anhelaba su sangre y me atormentaba un apetito insaciable por su destrucción; sin embargo, mi hermano se mantuvo impertérrito y lo había dejado marchar a salvo. Ciertamente tú fuiste más que un hombre, mientras que yo he caído por debajo de las bestias.
¿Hice una recta interpretación de la conducta de Wieland? ¿Era el error que lo indujo a engaño tan fácil de rectificar? ¿Eran unas visiones tan vívidas y una fe tan firme tan proclives al desvanecimiento y al cambio? ¿No había razones para dudar de la exactitud de mis percepciones? De imágenes como estas estaba mi mente atestada, hasta que el comportamiento de mi hermano reclamó mi atención.
Vi sus labios moverse y sus ojos alzados al cielo. Luego escuchaba y miraba hacia atrás, como si esperara la aparición de alguien.
- Tres veces repitió estas gesticulaciones y esta plegaria inaudible.
- Cada vez la niebla de la confusión y la duda parecía oscurecerse más y asentarse en su entendimiento.
Adiviné el significado de estas señales. Las palabras de Carwin habían sacudido su creencia, y él se ocupaba en convocar al mensajero que antes había hablado con él, para dar fe del valor de esas nuevas dudas.
En vano se repitió la convocatoria, pues sus ojos no encontraron más que el vacío, y ningún sonido saludó su oído.
Se acercó a la cama, contempló con avidez la almohada que había sostenido la cabeza de la difunta Catharine, y luego regresó al lugar donde yo estaba sentado.
No tuve fuerzas para alzar los ojos hacia su rostro: dudaba de sus intenciones; tales intenciones bien podían apuntar a mi vida.
¡Ay de mí! Nada sino la sumisión al peligro y la exposición a la tentación puede mostrarnos lo que somos. Por esta prueba fui probado ahora, y hallado cobarde y temerario. Los hombres pueden desatar deliberadamente el hilo de la vida, y de esto me había creído capaz; sin embargo, ahora que me encontraba al borde del destino, que el cuchillo del sacrificador apuntaba a mi corazón, me estremecí y recurrí a cualquier medio de escape, por monstruoso que fuera.
¿Puedo soportar pensar —puedo tolerar relatar— el ultraje que mi corazón meditaba? ¿Cuáles eran mis medios de salvación? La resistencia era inútil. Ni siquiera la energía de la desesperación podía ponerme a la altura de esa fuerza que su terrible instigador le había otorgado a Wieland. El terror nos permite realizar hazañas increíbles; pero el terror no era entonces el estado de mi mente: ¿dónde estaban entonces mis esperanzas de rescate?
Me parece demasiado.
Me aparto, por decirlo así, de mí mismo; estimo mis propios merecimientos; me debo un odio inmortal e inexorable. Escucho mis propias súplicas y las hallo vanas y falsas: sí, reconozco que mi culpa supera a la de toda la humanidad; confieso que las maldiciones de un mundo y el ceño fruncido de una deidad son inadecuados para mis deméritos.
¿Hay algo en el mundo digno de infinita abominación? Ese soy yo.
¡Qué diré! Fui amenazado, según creía, con la muerte y, para eludir este mal, mi mano estaba lista para infligir la muerte al amenazador. Al visitar mi casa, había tomado precauciones contra las maquinaciones de Carwin. En un pliegue de mi vestido llevaba oculta una navaja abierta. La tomé y la saqué. Estaba fuera de la vista; pero ahora veo que mi estado de ánimo habría hecho el acto inevitable si mi hermano hubiera levantado la mano. Este instrumento de mi preservación se habría hundido en su corazón.
¡Oh, insoportable recuerdo! escóndete de mi vista por un momento; ¡escóndete de mí que mi corazón fue lo suficientemente negro como para meditar el asesinato de un hermano! ¡un hermano tan supremo en la miseria; tan imponente en la virtud!
Probablemente ignoraba mi propósito, pero al momento se retiró. Este intervalo bastó para devolverme a mí mismo. La locura, la iniquidad de aquel acto que me había propuesto acudieron a mi mente con fuerza. Por un momento me quedé sin aliento por la agonía. Al momento siguiente recuperé las fuerzas y arrojé el cuchillo con violencia al suelo.
El sonido despertó a mi hermano de su ensoñación. Miró alternativamente hacia mí y hacia el arma. Con un movimiento igualmente solemne, se agachó y la levantó. Colocó la hoja en distintas posiciones, examinándola minuciosamente y guardando, al mismo tiempo, un profundo silencio.
De nuevo me miró, pero toda esa vehemencia y elevación de espíritu que hacía tan poco habían caracterizado sus facciones, habían vuelo. Músculos caídos, la frente contraída en arrugas, los ojos empañados por gotas involuntarias y una penosa expresión de aflicción que ninguna palabra puede describir, eran ahora visibles.
Su aspecto despertó en mí las mismas simpatías, convertidas en energía, y prorrumpí en un torrente de lágrimas. Esta pasión fue refrenada rápidamente por el miedo, que ahora tenía por objeto, ya no mi propia seguridad, sino la suya. Observé su conducta en silencio. Al fin habló:
—Hermana —dijo con acento melancólico y suave—, he desempeñado mal mi papel en este mundo. ¿Qué piensas? ¿No lo haré mejor en el siguiente?
No pude responder. La suavidad de su tono me asombró y me dio ánimos. Continué mirándolo con ojos anhelantes y llenos de inquietud.
—Creo —reanudó él—, que lo intentaré. Mi mujer y mis pequeñuelos se han adelantado. ¡Felices desdichados! Os he enviado a reposar, y no debo demorarme atrás.
Estas palabras tenían un significado suficientemente inteligible. Miré el cuchillo abierto en su mano y me estremecí, pero no supe cómo impedir el acto que temía. Él notó rápidamente mis temores y los comprendió.
Extendiéndome la mano, con un aire de creciente mansedumbre:
—Tómalo —dijo—: No temas ni por ti ni por mí. El cáliz ha pasado, y a su embriaguez pasajera le sucede la sobriedad de la verdad.
“¡Ángel a quien solía adorar! ¿Temes, hermana mía, por tu vida? Una vez fue el objetivo de mis desvelos destruirte, pero fui impulsado a la acción por el cielo; tal era, al menos, mi creencia. ¿Piensas que se buscó tu muerte para satisfacer la malicia? No. Estoy libre de toda mancha. ¡Creí que mi Dios era quien me movía!”.
“Ni a ti ni a mí tengo motivo para agraviar. He cumplido con mi deber, y ciertamente hay mérito en haber sacrificado a este todo lo que es querido para el corazón del hombre. Si un demonio me ha engañado, vino con el hábito de un ángel. Si erré, no fue mi juicio el que me engañó, sino mis sentidos. ¡A tus ojos, ser de seres! Todavía soy puro. ¡Aún buscaré mi recompensa en tu justicia!”
¿Informaron mis oídos verdaderamente de estos sonidos? Si no me equivocado, mi hermano había recuperado el buen juicio. Sabía que lo habían traicionado para llevarlo al asesinato de su esposa y de sus hijos, y que había sido víctima de un artificio infernal; sin embargo, encontraba consuelo en la rectitud de sus motivos. No carecía de pesar, pues esto estaba escrito en su rostro, pero su alma se hallaba tranquila y sublime.
Quizá esto era meramente la transición de su antigua locura a una nueva forma. Quizá aún no había despertado al recuerdo de los horrores que había perpetrado.
¡Necio infatuado que fui! ¡Erigirme en modelo para juzgar a mi heroico hermano! Mi razón me enseñaba que sus conclusiones eran correctas; pero consciente de la impotencia de la razón sobre mi propia conducta; consciente de mi temeridad cobarde y mi desesperación criminal, dudaba de que alguien pudiera ser firme y sabio.
Tal era mi debilidad que, aun en medio de estos pensamientos, mi mente derivó hacia la aversión por Carwin, y pronuncié en voz baja: ¡Oh, Carwin! ¡Carwin! ¿De qué tienes que responder?
Mi hermano advirtió de inmediato aquella exclamación involuntaria:
«¡Clara! —dijo—, sé tú misma. La equidad solía ser un tema para tu elocuencia. Reduce sus lecciones a la práctica y sé justa con ese desafortunado hombre. El instrumento ha cumplido su cometido y yo estoy satisfecho».
“¡Te doy gracias, Dios mío, por esta última iluminación! Mi enemigo es también el tuyo. Lo creía un hombre, el hombre con quien tantas veces he departido; pero ahora tu bondad me ha revelado su verdadera naturaleza. Como ejecutor de tus mandatos, es mi amigo”.
Mi corazón empezó entonces a temerme. Su aspecto melancólico había cedido gradualmente el paso a una frente serena. Una nueva alma parecía animar su cuerpo, y sus ojos brillaban con un lustre preternatural. Estos síntomas no remitieron, y continuó:
“¡Clara! No debo dejarte en la duda. No sé qué propició tu entrevista con el ser al que llamas Carwin. Durante un tiempo, fui culpable de tu error, y deduje de sus incoherentes confesiones que yo había sido víctima de la malicia humana.
Él nos dejó a petición mía, y alcé una plegaria para que mis dudas fueran disipadas. Tus ojos estaban cerrados, y tus oídos sellados ante la visión que respondió a mi plegaria.
“En verdad fui engañado. La forma que has visto era la encarnación de un demonio. El rostro y la voz que me instaron al sacrificio de mi familia eran suyos. Ahora personifica una forma humana: entonces estaba rodeado por el brillo del cielo.—
—Clara —continuó, acercándose más a mí—, tu muerte ha de llegar. Este ministro es malvado, pero aquel de quien recibió su encomienda es Dios. Someteos pues con toda vuestra acostumbrada resignación a un decreto que no puede ser revocado ni resistido. Observa el reloj. Se te conceden tres minutos para invocar tu fortaleza y prepararte para tu sino.
Allí se detuvo.
Aun ahora, cuando esta escena solo existe en la memoria, cuando la vida y todas sus funciones se han hundido en el sopor, mi pulso late y mis cabellos se erizan: mis cejas están fruncidas, como entonces; y miro a mi alrededor con desvarío.
Me resistía de forma insuperable a la muerte; pero la muerte, inminente y llena de agonía como la que se amenazaba, no era nada. Este no era el único ni el principal inspirador de mis temores.
Por él, no por mí misma, se atormentaba mi alma. Yo podía morir, y ningún crimen, que superara el alcance de la misericordia, me perseguiría hasta la presencia de mi Juez; ¡pero mi asesino sobreviviría para contemplar su obra, y ese asesino era Wieland!
No tenía alas para llevarme más allá de su alcance. No podía desaparecer con el pensamiento. La puerta estaba abierta, pero mi asesino se interponía entre esta y yo. De la autodefensa era incapaz. El frenesí que poco antes me había incitado a la sangre se había esfumado; mi estado era desesperado; mi rescate era imposible.
El peso de estos pensamientos acumulados era imposible de soportar. La vista se me nubló; las extremidades me temblaron con convulsiones; hablé, pero mis palabras eran apenas balbuceos:—
“¡Perdóname, hermano mío! ¡Mira hacia abajo, Juez justo! ¡Arrebátame de este destino! ¡Quítale esta furia, o desvíala a otra parte!”
Tal era la agonía de mis pensamientos, que no noté unos pasos que entraban en mi aposento.
Unos ojos suplicantes se alzaron al cielo, mas cuando mi oración fue exhalada, volví a mirar frenética hacia la puerta.
Una figura salió a mi encuentro: me estremecí como si el Dios a quien invocaba estuviera presente. ¡Era Carwin quien de nuevo irrumpía y que se alzaba ante mí, con postura erguida y mirada firme!
La visión de él despertó pensamientos nuevos y veloces. Su relato reciente fue recordado: sus transiciones mágicas y la misteriosa energía de su voz: ya fuera infernal, o milagroso, o humano, no había poder ni necesidad de decidirlo.
Fuera el autor de este hechizo o no, él era capaz de deshacerlo y de frenar la furia de mi hermano. Él se había atribuido intenciones no malignas.
Aquí se ofrecía ahora una prueba de su verdad. ¡Que interviniera, como si viniera de lo alto; que revocara el decreto salvaje que la locura de Wieland ha atribuido al cielo, y extinguiera para siempre esta pasión de sangre!
Mi mente percibió de un vistazo esta vía de salvación. Los argumentos a su favor se agolparon por decirlo así, y causaron una sola impresión en mi intelecto. Los efectos más remotos y los peligros colaterales no los vi. Quizá la pausa de un instante habría bastado para traerlos a la memoria. La improbabildiad de que la influencia que gobernaba a Wieland fuera externa o humana; la tendencia de esta estratagema a sancionar un error tan fatal, o a sustituir una furia más destructiva en lugar de esta; la suficiencia de las meras fuerzas musculares de Carwin para contrarrestar los esfuerzos y contener el furor de Wieland, habrían podido descubrirse a un segundo vistazo; pero no se permitió un segundo vistazo. Mi primer pensamiento me precipitó a la acción y, fijando los ojos en Carwin, exclamé:
«¡Oh, desgraciado! ¿Has venido una vez más? ¡Que sea para abjurar de tu malicia; para contrarrestar esta estratagema infernal; para alejar de mí y de mi hermano esta furia devastadora!
«Testifica tu inocencia o tu remordimiento: ejerce los poderes que te pertenecen, cualesquiera que sean, para apartar esta ruina.
¡Tú eres el autor de estos horrores! ¿Qué he hecho para merecer morir así? ¿Cómo he merecido esta persecución implacable? ¡Te conjuro, por ese Dios cuya voz has osado falsificar, a que salves mi vida!
“¿Te irás entonces? ¡Déjame! ¡Desamparada!”
Carwin escuchó mis súplicas inmutable y se apartó de mí. Pareció dudar un momento; luego se deslizó por la puerta.
La rabia y la desesperación ahogaron mi voz. El intervalo de tregua había pasado; los tormentos que me reservaba Wieland no debían ser soportados; mis pensamientos volvieron a precipitarse en la anarquía.
Tras recibir el cuchillo de su mano, lo había sostenido flojamente y sin prestarle atención; pero ahora volvió a captar mi interés y lo aferré con fuerza.
Pareció no percatarse de la entrada ni de la salida de Carwin. Mi gesto y el arma homicida parecieron pasar inadvertidos ante sus ojos.
Su silencio no se vio interrumpido; su mirada, fija en el reloj durante un rato, se apartó ahora de este; la furia se encendió en cada uno de sus rasgos; todo lo que había de humano en su rostro dio paso a una expresión sobrenatural y tremenda. Sentí mi brazo izquierdo atrapado en su puño.—
Aun ahora dudaba en golpear. Me encogía ante su ataque, pero en vano.—
Aquí me detengo. ¿Por qué he de rescatar este acontecimiento del olvido? ¿Por qué he de pintar este detestable conflicto? ¿Por qué no terminar de una vez con esta serie de horrores?—¿Apresurarme al borde del precipicio y arrojarme para siempre más allá del recuerdo y de la esperanza?
Aun así vivo: con esta carga sobre el pecho; con este fantasma persiguiendo mis pasos; con víboras alojadas en mi seno y aguijoneándome hasta la locura: ¡aun así consiento en vivir!
Sí, me elevaré por encima de la esfera de las pasiones mortales: desdeñaré el cobarde remordimiento que me insta a buscar la impunidad en el silencio o el consuelo en el olvido.
Mis nervios se retemplarán para la tarea. ¿Acaso no lo he decidido? Moriré.
El abismo que tengo ante mí es inevitable y cercano. Moriré, pero solo entonces, cuando mi historia haya llegado a su fin.