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nydus/An Enquiry Concerning Human UnderstandingPublic
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Parte I

La gran ventaja de las ciencias matemáticas sobre las morales consiste en esto, que al ser las ideas de las primeras sensibles, son siempre claras y determinadas, la distinción más pequeña entre ellas es inmediatamente perceptible, y los mismos términos siguen expresando las mismas ideas, sin ambigüedad ni variación.

  • Una óvalo nunca se confunde con un círculo, ni una hipérbola con una elipse.
  • El isósceles y el escaleno se distinguen por límites más exactos que el vicio y la virtud, el bien y el mal.

Si se define algún término en geometría, la mente, por sí misma, sustituye fácilmente en todas las ocasiones la definición por el término definido; o incluso cuando no se emplea ninguna definición, el objeto mismo puede presentarse a los sentidos y, por ese medio, ser comprendido de manera firme y clara.

Pero los sentimientos más sutiles de la mente, las operaciones del entendimiento, las diversas agitaciones de las pasiones, aunque en sí mismos realmente distintos, se nos escapan fácilmente cuando son examinados por la reflexión; ni está en nuestro poder evocar el objeto original tan a menudo como tenemos ocasión de contemplarlo.

La ambigüedad, por este medio, se introduce gradualmente en nuestros razonamientos:

  1. Los objetos similares se toman fácilmente por el mismo:
  2. Y la conclusión termina por distanciarse mucho de las premisas.

Puede afirmarse con seguridad, sin embargo, que, si consideramos estas ciencias bajo una luz adecuada, sus ventajas y desventajas se compensan casi mutuamente, reduciendo a ambas a un estado de igualdad.

  • Si la mente retiene con mayor facilidad las ideas de la geometría de forma clara y determinada, debe llevar a cabo una cadena de razonamiento mucho más larga y enmarañada, y comparar ideas mucho más alejadas entre sí, para alcanzar las verdades más abstrusas de dicha ciencia.
  • Y si las ideas morales son propensas, de no mediar un cuidado extremo, a caer en la oscuridad y la confusión, las inferencias en estas indagaciones son siempre mucho más breves y los pasos intermedios que conducen a la conclusión, mucho menores que en las ciencias que tratan de la cantidad y el número.

En realidad, apenas hay proposición alguna en Euclides que sea tan simple como para no constar de más partes de las que pueden hallarse en cualquier razonamiento moral que no caiga en la quimera y la ocurrencia.

Cuando rastreamos los principios de la mente humana a través de unos pocos pasos, podemos sentirnos muy satisfechos con nuestro progreso; considerando cuán pronto la naturaleza interpone una barrera a todas nuestras indagaciones sobre las causas, y nos reduce al reconocimiento de nuestra ignorancia.

El principal obstáculo, por lo tanto, para nuestro progreso en las ciencias morales o metafísicas es la oscuridad de las ideas y la ambigüedad de los términos.

La principal dificultad en las matemáticas es la longitud de las deducciones y la amplitud de pensamiento requeridas para formular cualquier conclusión.

Y, tal vez, nuestro progreso en la filosofía natural se vea principalmente retrasado por la falta de experimentos y fenómenos adecuados, los cuales se descubren a menudo por casualidad y no siempre pueden hallarse, cuando se necesitan, ni siquiera mediante la investigación más diligente y prudente.

Como la filosofía moral parece haber recibido hasta ahora menos mejoras que la geometría o la física, podemos concluir que, si hay alguna diferencia a este respecto entre estas ciencias, las dificultades que obstaculizan el progreso de la primera exigen un cuidado y una capacidad superiores para ser vencidas.

No hay ideas que ocurran en la metafísica que sean más oscuras e inciertas que las de poder, fuerza, energía o conexión necesaria, de las cuales nos es necesario tratar a cada momento en todas nuestras disertaciones.

Intentaremos, por tanto, en esta sección, fijar, si es posible, el significado preciso de estos términos y eliminar así una parte de esa oscuridad de la que tanto se se lamenta en esta clase de filosofía.

Parece ser una proposición que no admite mucha discusión el que todas nuestras ideas no son otra cosa que copias de nuestras impresiones, o, en otras palabras, que nos es imposible pensar en algo que no hayamos sentido antecedentemente, ya sea por nuestros sentidos externos o internos.

He procurado explicar y demostrar esta proposición, y he expresado mi esperanza de que, mediante una aplicación adecuada de la misma, los hombres puedan alcanzar una mayor claridad y precisión en los razonamientos filosóficos de la que hasta ahora han podido alcanzar.

Las ideas complejas pueden, tal vez, conocerse bien mediante la definición, que no es otra cosa que una enumeración de aquellas partes o ideas simples que las componen.

Pero cuando hemos llevado las definiciones hasta las ideas más simples, y aun así encontramos cierta ambigüedad y oscuridad; ¿de qué recurso disponemos entonces? ¿Mediante qué invención podemos arrojar luz sobre estas ideas y hacerlas del todo precisas y determinadas a nuestra visión intelectual?

Producir las impresiones o sentimientos originales, de los cuales las ideas son copiadas.

Estas impresiones son todas fuertes y sensibles. No admiten ambigüedad. No solo están colocadas ellas mismas bajo una luz plena, sino que pueden arrojar luz sobre sus ideas correspondientes, que yacen en la oscuridad.

Y por este medio podemos, tal vez, alcanzar un nuevo microscopio o especie de óptica, mediante el cual, en las ciencias morales, las ideas más diminutas y más simples puedan ser agrandadas de tal modo que caigan fácilmente bajo nuestra comprensión, y sean igualmente conocidas que las ideas más burdas y sensibles que puedan ser objeto de nuestra investigación.

Para adquirir, por tanto, una noción completa de la idea de poder o conexión necesaria, examinemos su impresión; y con objeto de encontrar dicha impresión con mayor certeza, busquemos en todas las fuentes de las que posiblemente pueda derivarse.

Cuando miramos a nuestro alrededor hacia los objetos externos, y consideramos la operación de las causas, nunca somos capaces, en un solo caso, de descubrir potencia o conexión necesaria alguna; ninguna cualidad que una el efecto a la causa y convierta al primero en consecuencia infalible de la segunda.

Solo encontramos que el uno sigue efectivamente, de hecho, al otro. El impulso de una bola de billar va acompañado del movimiento en la segunda. Esto es todo lo que aparece ante los sentidos externos.

La mente no siente ningún sentimiento o impresión interna a partir de esta sucesión de objetos: en consecuencia, no hay, en ningún caso singular y particular de causa y efecto, nada que pueda sugerir la idea de potencia o conexión necesaria.

Desde la primera aparición de un objeto, nunca podemos conjeturar qué efecto resultará de él. Mas si el poder o energía de cualquier causa fuera descubrible por la mente, podríamos prever el efecto, incluso sin experiencia; y podríamos, en un principio, pronunciarnos con certeza acerca de él, por el mero peso del pensamiento y el raciocinio.

En realidad, no hay parte de la materia que, por sus cualidades sensibles, descubra jamás poder o energía alguna, ni nos dé motivo para imaginar que pudiera producir algo, o ser seguida por ningún otro objeto al que podamos denominar su efecto.

Solidez, extensión, movimiento; todas estas cualidades son completas en sí mismas, y nunca señalan ningún otro acontecimiento que pueda resultar de ellas.

Las escenas del universo cambian continuamente, y un objeto sigue a otro en una sucesión ininterrumpida; pero el poder o la fuerza que anima a toda la máquina nos está totalmente oculto, y no se descubre jamás en ninguna de las cualidades sensibles del cuerpo.

Sabemos que, de hecho, el calor acompaña constantemente a la llama; pero cuál sea la conexión entre ambos, no tenemos margen ni siquiera para conjeturar o imaginar.

Es imposible, por tanto, que la idea de poder pueda derivarse de la contemplación de los cuerpos en casos aislados de su operación; porque ningún cuerpo descubre jamás poder alguno que pueda ser el original de esta idea.

Puesto que, por lo tanto, los objetos externos, tal como se aparecen a los sentidos, no nos dan ninguna idea de poder o conexión necesaria mediante su operación en casos particulares, veamos si esta idea se deriva de la reflexión sobre las operaciones de nuestra propia mente y se copia de alguna impresión interna.

Puede decirse que somos conscientes en todo momento de un poder interno, mientras sentimos que, por el simple mandato de nuestra voluntad, podemos mover los órganos de nuestro cuerpo o dirigir las facultades de nuestra mente. Un acto de volición produce movimiento en nuestras extremidades o suscita una nueva idea en nuestra imaginación.

Esta influencia de la voluntad la conocemos por la conciencia. De ahí adquirimos la idea de poder o energía, y estamos seguros de que nosotros mismos y todos los demás seres inteligentes poseemos poder.

Esta idea, pues, es una idea de reflexión, ya que surge de reflexionar sobre las operaciones de nuestra propia mente y sobre el dominio que la voluntad ejerce tanto sobre los órganos del cuerpo como sobre las facultades del alma.

Procedemos a examinar esta pretensión; y primero en lo que respecta a la influencia de la volición sobre los órganos del cuerpo.

Esta influencia, podemos observar, es un hecho que, como todos los demás acontecimientos naturales, solo puede conocerse por la experiencia, y jamás puede preverse a partir de ninguna energía o poder aparentes en la causa, que la conecte con el efecto y convierta al uno en consecuencia infalible de la otra.

El movimiento de nuestro cuerpo sigue al mandato de nuestra voluntad. De esto somos conscientes a cada momento.

Pero los medios mediante los cuales esto se efectúa; la energía con la que la voluntad realiza una operación tan extraordinaria; de esto estamos tan lejos de ser inmediatamente conscientes, que ha de escapar para siempre a nuestra más diligente investigación.

Para empezar; ¿hay algún principio en toda la naturaleza más misterioso que la unión del alma con el cuerpo, por el cual una supuesta sustancia espiritual adquiere tal influencia sobre una material, que el pensamiento más refinado es capaz de poner en movimiento a la materia más densa?

Si estuviéramos facultados, mediante un deseo secreto, para mover montañas o controlar los planetas en su órbita; esta inmensa autoridad no sería más extraordinaria, ni estaría más fuera de nuestra comprensión.

Pero si mediante la conciencia percibiéramos algún poder o energía en la voluntad, tendríamos que conocer este poder; tendríamos que conocer su conexión con el efecto; tendríamos que conocer la unión secreta del alma y el cuerpo, y la naturaleza de ambas sustancias, por las cuales la una es capaz de operar, en tantos casos, sobre la otra.

En segundo lugar, no somos capaces de mover todos los órganos del cuerpo con idéntica autoridad; aunque no podemos aducir ninguna razón, aparte de la experiencia, para explicar una diferencia tan notable entre unos y otros. ¿Por qué ejerce la voluntad su influencia sobre la lengua y los dedos, y no sobre el corazón o el hígado? Esta pregunta jamás nos pondría en un apuro si fuéramos conscientes de un poder en el primer caso y no en el segundo. Percibiríamos entonces, independientemente de la experiencia, por qué la autoridad de la voluntad sobre los órganos del cuerpo está circunscrita a límites tan particulares. Estando en ese caso plenamente familiarizados con el poder o la fuerza mediante la cual opera, sabríamos también por qué su influencia llega precisamente hasta tales fronteras, y no más allá.

Un hombre, repentinamente atacado de parálisis en la pierna o en el brazo, o que hubiera perdido recientemente dichos miembros, se esfuerza con frecuencia, al principio, por moverlos y emplearlos en sus funciones habituales.

Aquí tiene tanta conciencia de la potencia para ordenar a tales miembros como la que tiene un hombre en perfecta salud de la potencia para poner en acción cualquier miembro que permanezca en su estado y condición naturales.

Pero la conciencia nunca engaña.

En consecuencia, ni en un caso ni en el otro somos jamás conscientes de potencia alguna.

Aprendemos la influencia de nuestra voluntad únicamente de la experiencia. Y la experiencia sólo nos enseña cómo un acontecimiento sigue constantemente a otro, sin instruirnos acerca de la conexión secreta que los une y los hace inseparables.

En tercer lugar, la anatomía nos enseña que el objeto inmediato del poder en el movimiento voluntario no es el miembro mismo que se mueve, sino ciertos músculos, nervios, espíritus animales y, tal vez, algo aún más minucioso y desconocido, a través de lo cual el movimiento se propaga sucesivamente antes de llegar al miembro mismo cuyo movimiento es el objeto inmediato de la volición. ¿Puede haber una prueba más cierta de que el poder mediante el cual se realiza toda esta operación, lejos de ser conocida directa y plenamente por un sentimiento interno o conciencia, es en el último extremo misterioso e ininteligible? Aquí la mente quiere un cierto evento: inmediatamente se produce otro evento, desconocido para nosotros y totalmente diferente del pretendido; este evento produce otro, igualmente desconocido; hasta que al final, a través de una larga sucesión, se produce el evento deseado. Pero si el poder original fuera sentido, tendría que ser conocido; si fuera conocido, su efecto también tendría que serlo, ya que todo poder es relativo a su efecto. Y viceversa, si el efecto no se conoce, el poder no puede ser conocido ni sentido. ¿Cómo podemos, en verdad, ser conscientes de un poder para mover nuestros miembros, cuando no poseemos tal poder, sino únicamente el de mover ciertos espíritus animales, los cuales, aunque al final producen el movimiento de nuestros miembros, operan sin embargo de una manera que excede por completo nuestra comprensión?

Podemos, por lo tanto, concluir del conjunto, espero, sin temeridad alguna, aunque con seguridad, de que nuestra idea de poder no está copiada de ningún sentimiento o conciencia de poder en nuestro interior, cuando damos origen al movimiento animal, o aplicamos nuestros miembros a su uso y función propios.

Que su movimiento sigue al mandato de la voluntad es una cuestión de experiencia común, como otros acontecimientos naturales: pero el poder o la energía mediante los cuales esto se efectúa, al igual que en otros acontecimientos naturales, es desconocido e inconcebible.

¿Afirmaremos entonces que somos conscientes de un poder o energía en nuestras propias mentes cuando, mediante un acto o mandato de nuestra voluntad, evocamos una nueva idea, fijamos la mente en su contemplación, la giramos por todos lados y finalmente la descartamos por otra idea, cuando creemos que la hemos examinado con suficiente precisión?

Creo que los mismos argumentos demostrarán que incluso este mandato de la voluntad no nos da ninguna idea real de fuerza o energía.

Primero, debe admitirse que, cuando conocemos una potencia, conocemos esa misma circunstancia en la causa por la cual está capacitada para producir el efecto: pues se supone que estos términos son sinónimos. Debemos, por tanto, conocer tanto la causa como el efecto, y la relación entre ambos. ¿Pero acaso pretendemos estar familiarizados con la naturaleza del alma humana y la naturaleza de una idea, o con la aptitud de la una para producir la otra? Esto es una creación real; una producción de algo a partir de la nada: lo cual implica una potencia tan grande que puede parecer, a primera vista, fuera del alcance de cualquier ser que sea menor que infinito. Al menos debe reconocerse que tal potencia no es sentida, ni conocida, ni siquiera concebible por la mente. Solo sentimos el acontecimiento, a saber, la existencia de una idea, consecuente a un mandato de la voluntad: pero la manera en que se realiza esta operación, la potencia por la cual es producida, está totalmente fuera de nuestra comprensión.

En segundo lugar, el dominio de la mente sobre sí misma es limitado, así como su dominio sobre el cuerpo; y estos límites no son conocidos por la razón, ni por ningún conocimiento de la naturaleza de la causa y el efecto, sino únicamente por la experiencia y la observación, como en todos los demás acontecimientos naturales y en la operación de los objetos externos. Nuestra autoridad sobre nuestros sentimientos y pasiones es mucho más débil que la que tenemos sobre nuestras ideas; e incluso esta última autoridad está circunscrita dentro de límites muy estrechos. ¿Pretendera alguien asignar la razón última de estos límites, o mostrar por qué el poder es deficiente en un caso y no en otro?

En tercer lugar, este autodominio es muy diferente en distintos momentos. Un hombre con buena salud posee más que uno debilitado por la enfermedad. Somos más dueños de nuestros pensamientos por la mañana que por la noche; en ayunas, que después de una comida copiosa. ¿Podemos dar alguna razón de estas variaciones, excepto la experiencia? ¿Dónde está entonces el poder del cual pretendemos ser conscientes? ¿No hay aquí, ya sea en una sustancia espiritual o material, o en ambas, algún mecanismo secreto o estructura de partes de la cual depende el efecto, y que, al ser enteramente desconocida para nosotros, hace que el poder o energía de la voluntad sea igualmente desconocido e incomprensible?

La volición es sin duda un acto de la mente, con el cual estamos suficientemente familiarizados. Reflexionad sobre ella. Consideradla por todas partes. ¿Encontráis en ella algo semejante a este poder creador, por el cual hace surgir de la nada una idea nueva, y con una especie de Fiat imita la omnipotencia de su Creador, si se me permite expresarme así, el cual hizo comparecer en la existencia todas las diversas escenas de la naturaleza? Tan lejos estamos de ser conscientes de esta energía en la voluntad, que se requiere una experiencia tan cierta como aquella de que poseemos para convencernos de que efectos tan extraordinarios resultan jamás de un simple acto de volición.

La generalidad de los hombres nunca halla ninguna dificultad en dar razón de las operaciones más comunes y familiares de la naturaleza⁠—tales como la caída de los cuerpos pesados, el crecimiento de las plantas, la generación de animales o la nutrición de los cuerpos por medio de los alimentos: pero suponen que, en todos estos casos, perciben la fuerza o energía misma de la causa, por la cual esta se halla conectada con su efecto y es para siempre infalible en su operación. Adquieren, por el largo hábito, tal disposición mental que, ante la aparición de la causa, esperan inmediatamente con seguridad su acompañante habitual, y apenas conciben posible que de ella pudiera resultar cualquier otro evento. Solo ante el descubrimiento de fenómenos extraordinarios, tales como terremotos, pestilencias y prodigios de cualquier clase, se ven en apuros para asignar una causa apropiada y explicar la manera en que el efecto es producido por ella. Es habitual que los hombres, en tales dificultades, recurran a algún principio inteligente invisible como causa inmediata de aquel acontecimiento que los sorprende y que, según creen, no puede explicarse a partir de los poderes comunes de la naturaleza. Pero los filósofos, que llevan su examen un poco más lejos, perciben inmediatamente que, incluso en los eventos más familiares, la energía de la causa es tan ininteligible como en los más inusuales, y que solo aprendemos por la experiencia la conjunción frecuente de objetos, sin ser jamás capaces de comprender algo parecido a una conexión entre ellos.

Aquí, pues, muchos filósofos se creen obligados por la razón a recurrir, en todas ocasiones, al mismo principio al que el vulgo nunca apela sino en casos que parecen milagrosos y sobrenaturales. Reconocen que la mente y la inteligencia no solo son la causa última y original de todas las cosas, sino la causa inmediata y única de todo acontecimiento que aparece en la naturaleza. Pretenden que aquellos objetos que comúnmente se denominan causas son en realidad nada más que ocasiones; y que el principio verdadero y directo de todo efecto no es ningún poder o fuerza en la naturaleza, sino una volición del Ser Supremo, quien quiere que tales objetos particulares estén siempre unidos entre sí. En lugar de decir que una bola de billar mueve a otra mediante una fuerza que ha recibido del autor de la naturaleza, es la Deidad misma, afirman, la que, mediante una volición particular, mueve la segunda bola, al verse determinada a esta operación por el impulso de la primera bola, como consecuencia de aquellas leyes generales que se ha impuesto a sí misma en el gobierno del universo.

Pero los filósofos, avanzando aún en sus investigaciones, descubren que, así como somos totalmente ignorantes del poder del que depende la operación mutua de los cuerpos, no lo somos menos de aquel del que depende la operación de la mente sobre el cuerpo, o del cuerpo sobre la mente; ni somos capaces, ya sea por nuestros sentidos o por la conciencia, de señalar el principio último en un caso más que en el otro.

La misma ignorancia, por tanto, los reduce a la misma conclusión. Afirman que la Deidad es la causa inmediata de la unión entre el alma y el cuerpo; y que no son los órganos de los sentidos los que, al ser agitados por objetos externos, producen sensaciones en la mente, sino que es una volición particular de nuestro Creador omnipotente la que excita tal sensación, como consecuencia de tal movimiento en el órgano.

Del mismo modo, no es ninguna energía en la voluntad la que produce el movimiento local en nuestros miembros: es Dios mismo, a quien complace secundar nuestra voluntad, en sí misma impotente, y ordenar ese movimiento que erróneamente atribuimos a nuestro propio poder y eficacia.

Tampoco se detienen los filósofos en esta conclusión. A veces extienden la misma inferencia a la mente misma, en sus operaciones internas.

Nuestra visión o concepción mental de las ideas no es más que una revelación que nos hace nuestro Creador. Cuando volvemos voluntariamente nuestros pensamientos hacia cualquier objeto y evocamos su imagen en la fantasía, no es la voluntad la que crea esa idea: es el Creador universal quien la descubre a la mente y nos la hace presente.

Así, según estos filósofos, todo está lleno de Dios. No contentos con el principio de que nada existe sino por su voluntad, de que nada posee poder alguno sino por su concesión:

Despojan a la naturaleza, y a todos los seres creados, de todo poder, para hacer que su dependencia de la Divinidad sea aún más perceptible e inmediata.

No consideran que, mediante esta teoría, disminuyen, en lugar de magnificar, la grandeza de aquellos atributos que tanto se empeñan en celebrar.

  • Ciertamente, denota mayor poder en la Divinidad delegar un cierto grado de poder a las criaturas inferiores que producirlo todo por su inmediata voluntad.
  • Denota mayor sabiduría idear desde un principio la estructura del mundo con tan perfecta previsión que, por sí misma y mediante su propia operación, pueda servir a todos los propósitos de la providencia, que si el gran Creador se viera obligado a ajustar cada momento sus partes y a animar con su aliento todas las ruedas de esa estupefaciente máquina.

Pero si queremos una refutación más filosófica de esta teoría, tal vez las dos reflexiones siguientes sean suficientes.

First , it seems to me that this theory of the universal energy and operation of the Supreme Being is too bold ever to carry conviction with it to a man, sufficiently apprised of the weakness of human reason, and the narrow limits to which it is confined in all its operations. Though the chain of arguments which conduct to it were ever so logical, there must arise a strong suspicion, if not an absolute assurance, that it has carried us quite beyond the reach of our faculties, when it leads to conclusions so extraordinary, and so remote from common life and experience. We are got into fairy land, long ere we have reached the last steps of our theory; and there we have no reason to trust our common methods of argument, or to think that our usual analogies and probabilities have any authority. Our line is too short to fathom such immense abysses. And however we may flatter ourselves that we are guided, in every step which we take, by a kind of verisimilitude and experience, we may be assured that this fancied experience has no authority when we thus apply it to subjects that lie entirely out of the sphere of experience. But on this we shall have occasion to touch afterwards.

En segundo lugar, no percibo ninguna fuerza en los argumentos en que se funda esta teoría. Ignoramos, es verdad, el modo en que los cuerpos operan unos sobre otros: su fuerza o energía es totalmente incomprensible; pero ¿no ignoramos igualmente el modo o la fuerza mediante la cual una mente, incluso la mente suprema, opera ya sea sobre sí misma o sobre el cuerpo? ¿De dónde, os lo ruego, adquirimos alguna idea de ello? No tenemos ningún sentimiento ni conciencia de este poder en nosotros mismos. No tenemos ninguna idea del Ser Supremo que no sea la que aprendemos de la reflexión sobre nuestras propias facultades. Si nuestra ignorancia fuera, por tanto, una buena razón para rechazar cualquier cosa, nos veríamos conducidos al principio de negar toda energía en el Ser Supremo tanto como en la materia más burda. Ciertamente, comprendemos tan poco las operaciones de una como las de la otra. ¿Es más difícil concebir que el movimiento pueda surgir del impulso que concebir que pueda surgir de la volición? Todo lo que sabemos es nuestra profunda ignorancia en ambos casos.

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