Pero aún no hemos alcanzado una satisfacción tolerable con respecto a la cuestión propuesta en primer lugar. Cada solución da lugar todavía a una nueva pregunta tan difícil como la anterior y nos conduce a ulteriores indagaciones.
Cuando se pregunta: «¿Cuál es la naturaleza de todos nuestros razonamientos acerca de cuestiones de hecho?», la respuesta adecuada parece ser que se fundan en la relación de causa y efecto.
Cuando se vuelve a preguntar: «¿Cuál es el fundamento de todos nuestros razonamientos y conclusiones acerca de esa relación?», se puede responder en una palabra: la experiencia.
Pero si aún mantenemos nuestro humor inquisitivo y preguntamos: «¿Cuál es el fundamento de todas las conclusiones extraídas de la experiencia?», esto implica una nueva pregunta, que puede ser de más difícil solución y explicación.
Los filósofos, que se las dan de sabiduría y suficiencia superiores, tienen una ardua tarea cuando se encuentran con personas de disposición inquisitiva, que los acorralan desde cualquier rincón al que se retiran y que sin duda terminan por llevarlos a algún dilema peligroso.
El mejor recurso para evitar esta confusión es ser modestos en nuestras pretensiones y descubrir incluso nosotros mismos la dificultad antes de que se nos objete. Por este medio, podemos hacer una especie de mérito de nuestra propia ignorancia.
Me contentaré, en esta sección, con una tarea fácil, y pretenderé únicamente dar una respuesta negativa a la cuestión aquí propuesta.
Digo, pues, que, aun después de que tenemos experiencia de las operaciones de causa y efecto, nuestras conclusiones a partir de esa experiencia no están fundadas en el razonamiento ni en ningún proceso del entendimiento.
Debemos esforzarnos en explicar y defender esta respuesta.
Debe admitirse sin duda que la naturaleza nos ha mantenido a gran distancia de todos sus secretos y solo nos ha proporcionado el conocimiento de unas pocas cualidades superficiales de los objetos, mientras que nos oculta aquellos poderes y principios de los cuales depende enteramente la influencia de dichos objetos.
Nuestros sentidos nos informan del color, el peso y la consistencia del pan; pero ni el sentido ni la razón pueden informarnos jamás de aquellas cualidades que lo hacen apto para la nutrición y el sustento del cuerpo humano.
La vista o el tacto transmiten una idea del movimiento real de los cuerpos; pero en cuanto a esa fuerza o poder maravillosos que mantendrían un cuerpo en movimiento para siempre en un cambio continuo de lugar, y que los cuerpos nunca pierden sino comunicándosela a otros, de esto no podemos formarnos ni la más remota concepción.
Pero a pesar de esta ignorancia de los poderes y principios naturales, siempre presumimos, cuando vemos cualidades sensibles similares, que tienen poderes secretos similares, y esperamos que de ellos se sigan efectos semejantes a los que hemos experimentado.
Si se nos presenta un cuerpo de igual color y consistencia que aquel pan que hemos comido anteriormente, no dudamos en repetir el experimento y prevemos, con certeza, igual nutrición y sustento.
Ahora bien, este es un proceso de la mente o del pensamiento, cuyo fundamento quisiera yo conocer.
Todos admiten que no hay conexión conocida entre las cualidades sensibles y los poderes secretos; y, en consecuencia, que la mente no es conducida a formar tal conclusión acerca de su conjunción constante y regular por nada de lo que conoce de su naturaleza.
En cuanto a la Experiencia pasada, solo se le puede conceder que da información directa y cierta de aquellos objetos precisos y de aquel período de tiempo preciso que cayeron bajo su conocimiento; pero por qué esta experiencia debe extenderse a tiempos futuros y a otros objetos que, a lo que sabemos, pueden ser solo en apariencia similares; esta es la cuestión principal en la que insistiría.
El pan que antes comía me nutría; es decir, un cuerpo de tales cualidades sensibles estaba, en aquel tiempo, dotado de tales poderes ocultos: ¿pero se sigue de ello que otro pan deba nutrirme también en otro tiempo, y que a semejantes cualidades sensibles deban ir siempre acompañados semejantes poderes ocultos?
La consecuencia no parece en modo alguno necesaria. Al menos, debe reconocerse que hay aquí una consecuencia extraída por la mente; que se da un cierto paso; un proceso de pensamiento y una inferencia que necesita ser explicada.
Estas dos proposiciones están muy lejos de ser la misma: «He encontrado que a tal objeto siempre le ha seguido tal efecto», y «Preveo que a otros objetos, que son, en apariencia, similares, les seguirán efectos similares».
Concederé, si os parece, que una proposición puede deducirse justamente de la otra; sé, de hecho, que siempre se deduce. Pero si insistís en que la inferencia se realiza mediante una cadena de razonamiento, os ruego que presentéis dicho razonamiento.
La conexión entre estas proposiciones no es intuitiva. Se requiere un término medio que permita a la mente extraer tal inferencia, si es que esta se extrae realmente mediante el razonamiento y la argumentación.
Cuál sea ese término medio, debo confesar, supera mi comprensión; y corresponde presentarlo a quienes sostienen que este realmente existe y es el origen de todas nuestras conclusiones acerca de cuestiones de hecho.
Este argumento negativo debe sin duda, con el tiempo, volverse del todo convincente, si muchos filósofos perspicaces y capaces dirigen sus investigaciones hacia este punto y nadie es capaz jamás de descubrir ninguna proposición conectiva o paso intermedio que apoye el entendimiento en esta conclusión.
Pero como la cuestión es todavía nueva, puede que no todo lector confíe tanto en su propia perspicacia como para concluir que, porque un argumento se escapa de su indagación, este por lo tanto no exista en realidad.
Por esta razón puede ser necesario aventurarse en una tarea más difícil; y enumerando todas las ramas del conocimiento humano, esforzarse por demostrar que ninguna de ellas puede proporcionar tal argumento.
Todos los razonamientos pueden dividirse en dos clases, a saber, el razonamiento demostrativo, o aquel que concierne a las relaciones de ideas, y el razonamiento moral, o aquel que concierne a cuestiones de hecho y de existencia.
Que no existen argumentos demostrativos en este caso parece evidente, puesto que no implica contradicción alguna que el curso de la naturaleza pueda cambiar, y que un objeto, aparentemente semejante a aquellos que hemos experimentado, vaya acompañado de efectos diferentes o contrarios.
¿Acaso no puedo concebir clara y distintamente que un cuerpo, que cae de las nubes y que en todos los demás aspectos se parece a la nieve, tenga sin embargo el sabor de la sal o la sensación del fuego?
¿Hay alguna proposición más inteligible que afirmar que todos los árboles florecerán en diciembre y enero, y se marchitarán en mayo y junio?
Ahora bien, todo lo que es inteligible y puede concebirse distintamente no implica contradicción y jamás puede ser probado falso mediante ningún argumento demostrativo o razonamiento abstracto a priori.
Si estamos, por tanto, persuadidos por argumentos para depositar nuestra confianza en la experiencia pasada y hacer de ella la norma de nuestro juicio futuro, estos argumentos deben ser meramente probables, o tales que se refieran a cuestiones de hecho y a la existencia real, de acuerdo con la división antes mencionada.
Pero que no existe ningún argumento de esta clase debe resultar evidente si nuestra explicación de esa especie de razonamiento se admite como sólida y satisfactoria.
Hemos dicho que todos los argumentos concernientes a la existencia se fundan en la relación de causa y efecto; que nuestro conocimiento de esa relación se deriva enteramente de la experiencia, y que todas nuestras conclusiones experimentales proceden sobre el supuesto de que el porvenir será conforme al pasado.
Intentar, por tanto, demostrar este último supuesto mediante argumentos probables, o argumentos referentes a la existencia, es evidentemente incurrir en un círculo vicioso y dar por supuesto aquello mismo que constituye la cuestión en debate.
En realidad, todos los argumentos sacados de la experiencia se fundan en la semejanza que descubrimos entre los objetos naturales y por la cual somos inducidos a esperar efectos similares a aquellos que hemos encontrado que siguen a tales objetos.
Y aunque nadie sino un loco o un demente pretenderá jamás disputar la autoridad de la experiencia, o rechazar esa gran guía de la vida humana, ciertamente se le puede permitir a un filósofo tener al menos la curiosidad suficiente como para examinar el principio de la naturaleza humana que otorga esta poderosa autoridad a la experiencia y hace que saquemos provecho de esa semejanza que la naturaleza ha dispuesto entre los diferentes objetos.
De causas que parecen similares esperamos efectos similares. Este es el resumen de todas nuestras conclusiones experimentales.
Ahora bien, parece evidente que, si esta conclusión fuera formada por la razón, sería tan perfecta desde el principio, y a partir de un solo caso, como después de la más larga experiencia. Pero el caso es muy distinto.
No hay nada que se parezca tanto como los huevos; sin embargo, nadie, debido a esta semejanza aparente, espera el mismo sabor y gusto en todos ellos. Solo tras una larga serie de experimentos uniformes de cualquier tipo alcanzamos una firme confianza y seguridad respecto a un acontecimiento particular.
Ahora bien, ¿dónde está ese proceso de razonamiento que, a partir de un solo caso, extrae una conclusión tan diferente del que infiere a partir de cien casos que en nada difieren de ese único caso?
Esta pregunta la propongo tanto en aras de la instrucción, como con la intención de plantear dificultades.
No puedo encontrar, no puedo imaginar ningún razonamiento de este tipo. Pero mantengo aún mi mente abierta a la instrucción, si alguien se digna a concedérmela.
¿Se ha de decir que, a partir de una serie de experimentos uniformes, inferimos una conexión entre las cualidades sensibles y los poderes secretos?; esto, debo confesar, parece la misma dificultad, expresada en otros términos.
La pregunta aún persiste: ¿en qué proceso de argumento se funda esta inferencia? ¿Dónde está el medio, las ideas interpositoras, que unen proposiciones tan sumamente alejadas la una de la otra?
Se confiesa que el color, la consistencia y otras cualidades sensibles del pan no parecen tener, por sí mismas, ninguna conexión con los poderes secretos de nutrición y sustento.
Pues de otro modo podríamos inferir estos poderes secretos a partir de la primera aparición de estas cualidades sensibles, sin la ayuda de la experiencia; contrariamente al sentimiento de todos los filósofos y contrariamente a la más evidente realidad de los hechos.
He aquí, pues, nuestro estado natural de ignorancia con respecto a los poderes e influencia de todos los objetos.
¿Cómo se remedia esto mediante la experiencia?
Tan solo nos muestra una serie de efectos uniformes, derivados de ciertos objetos, y nos enseña que esos objetos particulares, en ese momento particular, estaban dotados de tales poderes y fuerzas.
Cuando se produce un nuevo objeto dotado de cualidades sensibles similares, esperamos poderes y fuerzas similares, y buscamos un efecto semejante. De un cuerpo del mismo color y consistencia que el pan, esperamos un alimento y un sustento semejantes.
Pero esto es, sin duda, un paso o progreso de la mente que necesita explicación.
Cuando un hombre dice: «He hallado, en todos los casos pasados, tales cualidades perceptibles conjuntadas con tales poderes secretos», y cuando dice: «Similares cualidades perceptibles estarán siempre conjuntadas con similares poderes secretos», no incurre en una tautología, ni estas proposiciones son en ningún aspecto la misma.
Usted dice que la una proposición es una inferencia de la otra. Pero debe confesar que la inferencia no es intuitiva, como tampoco es demostrativa:
- ¿De qué naturaleza es, pues?
Decir que es experimental es dar por supuesta la cuestión. Pues todas las inferencias a partir de la experiencia suponen, como fundamento, que el porvenir se asemejará al pasado y que poderes similares serán conjuntados con cualidades perceptibles similares.
Si hay alguna sospecha de que el curso de la naturaleza pueda cambiar, y de que el pasado no sea regla para el futuro, toda experiencia se vuelve inútil y no puede dar lugar a ninguna inferencia ni conclusión.
Es imposible, por tanto, que argumento alguno procedente de la experiencia pueda probar esta semejanza del pasado con el futuro; ya que todos estos argumentos se fundan en la suposición de dicha semejanza.
Permítase que el curso de las cosas haya sido hasta ahora todo lo regular que se quiera; eso solo, sin algún nuevo argumento o inferencia, no prueba que vaya a seguir siéndolo en el futuro.
En vano pretendéis haber aprendido la naturaleza de los cuerpos a partir de vuestra experiencia pasada.
Su naturaleza secreta, y en consecuencia todos sus efectos e influencia, pueden cambiar sin que se produzca ningún cambio en sus cualidades sensibles.
Esto sucede a veces, y respecto a ciertos objetos: ¿Por qué no puede suceder siempre, y respecto a todos los objetos?
¿Qué lógica, qué proceso de argumentación os pone a salvo de esta suposición?
Mi práctica, dices, refuta mis dudas. Pero te equivocas acerca del propósito de mi pregunta.
Como agente, estoy plenamente satisfecho en este punto; pero como filósofo, que posee cierta dosis de curiosidad, por no decir escepticismo, quiero conocer el fundamento de esta inferencia.
Ninguna lectura ni investigación ha sido capaz todavía de eliminar mi dificultad ni de darme satisfacción en un asunto de tanta importancia.
¿Puedo hacer algo mejor que proponer la dificultad al público, aun cuando, tal vez, tenga pocas esperanzas de obtener una solución? Al menos, por este medio, seremos conscientes de nuestra ignorancia, si es que no aumentamos nuestro conocimiento.
Debo confesar que es culpable de una arrogancia imperdonable el hombre que concluye que, porque un argumento ha escapado a su propia investigación, por lo tanto no existe en realidad.
Debo confesar también que, aunque todos los eruditos, durante varias generaciones, se hubieran empleado en una búsqueda infructuosa sobre cualquier tema, aún puede ser temerario concluir de manera tajante que el tema deba, por consiguiente, superar toda comprensión humana.
Aun cuando examinemos todas las fuentes de nuestro conocimiento y las concluyamos ineptas para tal asunto, aún puede persistir la sospecha de que la enumeración no sea completa, o el examen no sea riguroso.
Pero en lo que respecta al presente tema, existen ciertas consideraciones que parecen eliminar toda esta acusación de arrogancia o sospecha de error.
Es cierto que los campesinos más ignorantes y estúpidos—sí, los niños, sí, incluso las bestias brutas—mejoran con la experiencia y aprenden las cualidades de los objetos naturales observando los efectos que de ellos resultan. Cuando un niño ha sentido la sensación de dolor al tocar la llama de una vela, tendrá cuidado de no acercar su mano a ninguna vela, sino que esperará un efecto similar a partir de una causa que sea similar en sus cualidades sensibles y apariencia.
Si afirmáis, por tanto, que el entendimiento del niño es conducido a esta conclusión por algún proceso de argumento o raciocinio, puedo con justicia exigir que produzcáis tal argumento; ni tenéis pretexto alguno para rechazar una demanda tan equitativa.
No podéis decir que el argumento es abtruso y que puede posiblemente escapar a vuestra investigación; puesto que confesáis que es obvio para la capacidad de un mero infante.
Si dudáis, por tanto, un momento, o si, tras la reflexión, producís algún argumento intrincado o profundo, de algún modo abandonáis la cuestión y confesáis que no es el razonamiento lo que nos induce a suponer que el pasado se asemeja al futuro, y a esperar efectos similares de causas que son, en apariencia, similares.
Ésta es la proposición que me proponía sostener en la presente sección. Si estoy en lo cierto, no pretendo haber hecho ningún gran descubrimiento. Y si estoy equivocado, debo confesar que soy, en verdad, un alumno muy retrasado; ya que ahora no alcanzo a descubrir un argumento que, al parecer, me era perfectamente familiar mucho antes de salir de la cuna.