funciones vitales, cuyo ralentizamiento se asemeja a una especie de voluntad de hibernación. Unos pocos pasos más en esta dirección y encontramos al faquir, que dormirá durante semanas en una tumba... Debido al hecho de que uno se gastaría demasiado deprisa si reaccionase, ya no se reacciona en absoluto: este es el principio.
Y nada en la tierra consume a un hombre con mayor rapidez que la pasión del resentimiento.
La mortificación, la susceptibilidad enfermiza, la incapacidad de tomar venganza, el deseo y la sed de venganza, la preparación de toda clase de veneno: esta es, sin duda, la manera más perjudicial de reaccionar que jamás pudiera concebirse en hombres agotados.
Implica un rápido desgaste de la energía nerviosa, un aumento anormal de secreciones nocivas, como, por ejemplo, la de la bilis en el estómago.
Al enfermo se le debería prohibir el resentimiento de manera más estricta que cualquier otra cosa; es su peligro particular: desafortunadamente, sin embargo, es también su inclinación más natural.
Esto lo comprendió a la perfección ese profundo fisiólogo que fue Buda. Su «religión», a la que sería mejor llamar sistema de higiene para evitar confundirla con un credo tan mezquino como el cristianismo, basaba su eficacia en el triunfo sobre el resentimiento: liberar el alma de este se consideraba el primer paso hacia la curación. > «No es por medio de la hostilidad como se disipa la hostilidad; es por medio de la amistad como la hostilidad termina»: esto figura al comienzo de las enseñanzas de Buda; no se trata de un precepto moral, sino fisiológico. El resentimiento nacido de la debilidad no es más perjudicial para nadie que para el propio débil; a la inversa, en el caso de aquel cuya