alemana que jamás hayan existido, y que dejamos todos los esfuerzos que los simples alemanes hicieron en este idioma a una distancia incalculable atrás.
Debo de estar profundamente emparentado con el Manfredo de Byron: de todos los abismos oscuros de esta obra encontré los equivalentes en mi propia alma; a la edad de trece años yo estaba maduro para este libro.
Las palabras me faltan, solo me queda una mirada, para aquellos que se atreven a pronunciar el nombre de Fausto en presencia de Manfredo.
Los alemanes son incapaces de concebir nada sublime: ¡para muestra de ello, ved a Schumann! A causa de la cólera que me producía este sensiblero sajón, compuse una vez deliberadamente una contra-obertura de Manfredo, de la cual Hans von Bülow declaró que jamás había visto nada igual sobre el papel: semejantes composiciones equivalían a una violación de Euterpe.
Cuando busco a mi alrededor mi fórmula suprema para Shakespeare, invariablemente no encuentro más que esta: que concibió el tipo de César.
Tales cosas un hombre no puede adivinaras —o es la cosa, o no lo es—.
El gran poeta extrae sus creaciones únicamente de su propia realidad. Esto es así hasta tal punto que a menudo, transcurrido un tiempo, ya no puede soportar su propia obra.... Tras echar una ojeada entre las páginas de mi Zarathustra, recorro mi habitación de un lado a otro durante media hora cada vez, incapaz de superar un insoportable ataque de lágrimas.
No conozco lectura más desgarradora que la de Shakespeare: ¡cuánto debe haber sufrido un hombre para tener tanta necesidad de hacer el payaso! ¿Se comprende a Hamlet? No es la duda, sino la certidumbre lo que vuelve loco a uno...