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POR QUÉ SOY TAN CLEVER

El vigor animal nunca adquiere en él la fuerza suficiente como para alcanzar ese grado de libertad artística que hace que su propia alma le susurre: Yo, solo yo, puedo hacer

Una ligerísima tendencia a la pereza en los intestinos, una vez que se ha convertido en hábito, es más que suficiente para hacer algo mediocre, algo «alemán», de un genio; el clima de Alemania, por sí solo, basta para desanimar a los intestinos más fuertes y de disposición más heroica.

El ritmo de las funciones del cuerpo está estrechamente ligado a la agilidad o torpeza de los pies del espíritu; el espíritu mismo no es, en verdad, sino una forma de estas funciones orgánicas.

Que cualquiera haga una lista de los lugares en los que se ha encontrado y se sigue encontrando a hombres de gran intelecto; donde el ingenio, la sutilidad y la malicia constituyen la felicidad; donde el genio está casi necesariamente como en casa: todos ellos gozan de un aire excepcionalmente seco.

París, Provenza, Florencia, Jerusalén, Atenas—estos nombres demuestran algo, a saber: que el genio está condicionado por el aire seco, por un cielo puro—es decir, por unas funciones orgánicas rápidas, por la posibilidad constante y siempre presente de procurarse a sí mismo grandes y aun enórmes cantidades de fuerza.

Tengo presente un cierto caso en el que un hombre de talento notable y espíritu independiente se convirtió en un especialista estrecho, cobarde y en un viejo gruñón y cascarrabias, debido simplemente a una falta de sutileza en su instinto para el clima. Y yo mismo habría podido ser un ejemplo de lo mismo, si la enfermedad no me hubiera obligado a razonar, y a reflexionar sobre la razón de manera realista.

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