el terrible campo de batalla del pensamiento, en el que no hay cuartel y para el cual aún no se ha establecido ni pensado ninguna Convención de Ginebra.
Para quienes conocen la obra de la vida de Nietzsche, no será necesaria ninguna apología por la forma y el contenido de esta maravillosa obra. Sabrán, al menos, que un hombre es o no es consciente de su significado y del significado de lo que ha realizado, y que si es consciente de ello, la autorrealización, incluso de la clase que encontramos en estas páginas, no es enfermiza ni sospechosa, sino necesaria e inevitable.
Títulos de capítulos tales como «Por qué soy tan sabio», «Por qué soy un destino», «Por qué escribo libros tan excelentes» —por mucho que hayan perturbado la ecuanimidad, y la «objetividad» en particular, de ciertos biógrafos de Nietzsche—, sólo pueden considerarse patológicos en una época democrática en la que la gente ha perdido todo sentido de la gradación y el rango, y en la que las virtudes de la modestia y la humildad deben predicarse por doquier como correctivo contra las pretensiones vulgares de miles de desgraciados don nadie.
Pues los hombres pequeños sólo pueden ser tolerados como ciudadanos modestos o cristianos humildes. Si, sin embargo, exigen una modestia semejante por parte de los verdaderos grandes; si alzan la voz contra la falta en Nietzsche de la misma virtud que ellos poseen o pretenden poseer en tanta abundancia, es hora de recordarles la famosa observación de Goethe: «Nur Lumpe sind bescheiden» (Los don nadie son siempre los modestos).
A Nietzsche le costó apenas tres semanas escribir esta historia de su vida.
Comenzada el 15 de octubre de 1888, el día de su cuadragésimo cuarto cumpleaños, fue terminada el 4 de noviembre del mismo año y, a excepción de unas pocas modificaciones y adiciones insignificantes, se conserva tal como Nietzsche la dejó. No se publicó en Alemania hasta el año 1908, ocho años después de la muerte de Nietzsche.