Ecce Homo es la última obra en prosa que escribió Nietzsche. Es verdad que el panfleto Nietzsche contra Wagner fue preparado un mes después de la Autobiografía; pero no podemos considerar este panfleto como algo más que una compilación, dado que consiste enteramente en aforismos extraídos de obras anteriores como La gaya ciencia, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, etc.
Al llegar al final de un año en el que había producido El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos y El Anticristo, Ecce Homo no es solo una clave de bóveda digna de las maravillosas creaciones de ese año, sino también una conclusión adecuada para toda su vida, en la forma de un gran resumen de su carácter como hombre, su propósito como reformador y su logro como pensador.
Como medio consciente de su próximo final espiritual, Nietzsche se despide aquí de sus amigos exactamente del modo en que, en El crepúsculo de los ídolos (af. 36, parte ix), declara que todo el mundo debería poder despedirse de su círculo de parientes e íntimos cuando su tiempo parece haber llegado; es decir, mientras aún es él mismo, mientras aún sabe lo que se trae entre manos y es capaz de medir su propia vida y la vida en general, y de hablar de ambas de un modo que no le es concedido al inválido que gime, al hombre postrado de espaldas, decrépito y exhausto, o a la víctima moribunda de alguna enfermedad consuntiva.
La muerte espiritual de Nietzsche, como toda su vida, estuvo en singular armonía con su doctrina: murió de manera súbita y orgullosa, con la espada en la mano. La guerra, que él —y él solo entre todos los filósofos de la cristiandad— había alabado de todo corazón, al fin lo abatió en el pleno vigor de su virilidad y lo dejó como víctima en el campo de batalla: