con más comodidad que en las manos, del agua pura que fluía junto a mi refugio. El suelo estaba ligeramente elevado, por lo que se mantenía perfectamente seco, y por su proximidad a la chimenea de la cabaña era tolerablemente cálido.
“Así provisto, resolví residir en esta choza, hasta que algo ocurriera que pudiera alterar mi determinación. Era en verdad un paraíso, en comparación con el sombrío bosque, mi anterior morada, las ramas goteantes y la tierra húmeda. Tomé mi desayuno con placer, y estaba a punto de retirar un tablón para procurarme un poco agua, cuando escuché un paso y, mirando a través de una pequeña rendija, contemplé a una joven criatura, con un balde en la cabeza, que pasaba ante mi choza. La muchacha era joven y de ademanes suaves, a diferencia de lo que desde entonces he encontrado que son los aldeanos y los criados de las granjas. Aun así, iba vestida con pobreza; una burda enaguas azul y una chaqueta de lino eran su único atavío; su cabello rubio estaba trenzado, pero no adornado: se la veía paciente, aunque triste. La perdí de vista y, en un cuarto de hora más o menos, regresó llevando el balde, que ahora estaba parcialmente lleno de leche. Mientras caminaba, aparentemente incomodada por la carga, un joven salió a su encuentro, cuyo rostro expresaba un desaliento más profundo. Pronunciando unos pocos sonidos con aire melancólico, le quitó el balde de la cabeza y lo llevó él mismo hasta la cabaña. Ella lo siguió, y desaparecieron. Al poco tiempo volví a ver al joven, con unas herramientas en la mano, cruzar el campo detrás de la cabaña; y la muchacha también estaba atareada, a veces en la casa y a veces en el corral.
Al examinar mi vivienda, descubrí que una de las ventanas de la cabaña había ocupado antes una parte de ella, pero los cristales habían sido tapados con madera. En uno de estos tablones había una rendija pequeña y casi imperceptible, a través de la cual apenas cabía el ojo. Por esta