amigos y muy estimados Señores, el amor y amistad que me tenéis sin género de doblez alguno, á lo cual no puedo dejar de acudir de hacer vuestra voluntad, especialmente siendo cosa que convie- ne á vuestro propio remedio, porque para destruir yo y asolar este mundo y todas cuantas naciones en él hay, no lo estima- ría yo en nada cuanto deseo vuestra salvación y que salgáis del error en que vivís, porque teniéndoos de mi parte y bando, to- do se me facilita y allana; pero es recio caso, amigos y Señores míos, que no seáis cristianos y de la cristiana parcialidad, porque siendo yo cristiano y hijo del verdadero Dios, cuya ley y doctrina guardo, viva entre gentes que saben y adoran dioses de falsedad y mentira; y en cuanto á esto que decís que han de destruir el mundo mostrando grande ira contra los hombres, que enviarán fuego del cielo, hambres y pestilencias y otras ca- lamidades como habéis referido, es negocio de poco momento é imaginación vana, lo cual tomo á mí cargo para avenirme con ellos, porque ni son dioses, ni son nada, ni tienen ningún po- der; finalmente, que como amigo fiel os ruego y aconsejo que no creáis en ellos, sino que los derribemos y volemos, despeda- sándolos y quebrantándolos de manera que no quede nombre ni memoria de ellos en el mundo, porque es muy gran lástima que Señores principales tan claros y generosos, sean sujetos á abominables figuras. Persuadios por tanto, amigos míos, á ser cristianos, y no seáis incrédulos, ni tan obstinados en vuestros errores. Mirad con los ojos del entendimiento lo que os he sig- nificado, porque es la pura verdad: dejad la pertinacia endureci- da de vuestros corazones, animaos á ser hijos de Dios que os infundirá su divina gracia, y os dará verdadera claridad y lum- bre para que mejor entendáis lo que con palabras no os puedo explicar.
Oído negocio tan duro y pesado para un tan arraigado uso y costumbre, quedaron por muy gran rato sin poder hablar ni responder cosa alguna; mas al cabo, habiendo bien considerado lo que con tanto espíritu el capitán Cortés les decía, le respon- dieron de común consentimiento, que pues ellos le habían da- do sus corazones y amistad, que éralo mejor