casas son hoy de Hernando de Rivadeneyra que dejó Juan de Espinosa Salado, la cual dicha vieja debió de ser el demonio que comenzó á dar muy grandes voces diciendo Ea Mexicanos! ¿Qué hacéis? ¿Cómo dormís tanto que se os van los dioses que tenéis encerrados? ¿Qué hacéis hombres descui- dados? Mirad no se os vayan, tomad por vosotros, matadlos y acabadlos porque no se rehagan y vuelvan sobre vuestra ciudad con mano armada. y como todo estuviese en arma, acu- dieron á las voces y gritos de la vieja, y salieron los Mexicanos con tan gran alboroto, ira y furia, y en tan breve espacio, que parecía que el mundo se acababa; y en un momento se hincha- ron las plazas y calles y azoteas de tantas gentes, que no cabían unos y otros, y vello era la cosa más horrible y espantosa que se vió jamás: la vocería que á esta hora había en la ciudad de México, que no se puede con palabras ni por pluma encarecer, porque con la multitud de gentes, de noche y obscuras, se ma- taban unos á otros sin podello evitar; y comenzaron á arreme- ter y dar en los nuestros tan cruelmente y con tan gran ira, ímpetu, y coraje y furia, que no parecían sino leones fieros y encarnizados y hambrientos, y los nuestros en defenderse. A este tiempo haciendo lo propio en este tan gran asalto y reen- cuentro, que fué una de las más sangrientas peleas y batallas que jamás en el mundo se han visto, porque como fuese de no- che y entre acequias, lagunas, ciénegas y pantanos, y fuentes quebradas, fué un combate y rompimiento el más inevitable, *que jamás ha pasado ni se ha oído, por ser los nuestros tan pocos y la gente contraria tan innumerable que * no se puede imaginar, y más que los nuestros por salir de tan gran aprieto y peligro procuraron de animarse y sacar fuerzas de flaqueza, y 1 Ayotlzapagres en el manuscrito de Panes y en la traducción francesa; mas ambas voces están igualmente corrompidas.—R.
salir defendiéndose de sus enemigos lo mejor que pudieran, cuya salida no pudo ser sin gran daño y pérdida de los nuestros porque en la refriega murieron más de cuatrocientos y cincuen- ta españoles 1 y sinnúmero de los amigos de Tlaxcalla, aunque se dice que fueron cuatro mil amigos; mas no fué á menos cos- ta y riesgo de los Mexicanos, porque