1 Quizá dardos.
dote mayor del templo, con mayor ahinco y eficacia oraba in- vocando el favor del demonio fiero, y animando con altas voces álos rústicos capitanes valerosos, diciéndoles: que no temiesen, que el tiempo del vencimiento y de la victoria era llegado, que ya su gran Dios Camaxtli se compadecía de ellos y dicien- do estas nefarias é inicuas exhortaciones, tomó el vaso de la le- che que estaba espumando, y derramándolo sobre aquel que estaba vestido de la piel del soldado prisionero, y tomando in- continenti una flecha de las que por arte diabólico se habían forjado, y tirándola con un arco corvo, grosero y mal formado á sus enemigos; luego, al mismo instante, las saetas comenza- ron á moverse y salir con gran furia contra la gente enemiga, y comenzando á herir en ellos á gran priesa, se levantó una nie- bla espesa y obscura que unos á otros no se veían; aquí fué el matarse sin saber cómo, unos á otros y sin conocerse ni saber con quien peleaban, 1 y ansí tornados ciegos y turbados con tur- bación mortal y temeraria, unos se despeñaban por grandes y profundos voladeros, mirando atrás y huyendo, sin saber por donde, despavoridos, sucediendo casos desastrosos, no oídos, ni en el mundo acaecidos, que se cuentan por memorables y hazañosos; las grandes barrancas y quebradas quedaban llenas de cuerpos muertos, que las mujeres délos Ghichimecas salían al despojo de tan sangriento campo, y prender y cautivar se- guramente las gentes que querían, y quedaron tales con este endemoniado hecho, que casi no escapó nadie que no quedase muerto ó cautivo, y los que se pudieron escapar llevaron tales 1 En la impresión de 1871 dice: Así, todos ciegos y turbados, temerariamen- te se despeñaban por grandes y profundos despeñaderos: otros, sin saber por dónde, iban