“Puede decirse que una parte de la humanidad constituye una nación si están unidos entre sí por simpatías comunes que no existen entre ellos y los demás. Este sentimiento de nacionalidad puede haber sido generado por diversas causas. A veces es el efecto de la identidad de raza y ascendencia. La comunidad de lengua y la comunidad de religión contribuyen en gran medida a ello. Los límites geográficos son una de las causas. Pero la más fuerte de todas es la identidad de antecedentes políticos, la posesión de una historia nacional y la consiguiente comunidad de recuerdos, orgullo y humillación colectivos, placer y pesar, vinculados a los mismos incidentes del pasado.” [1]
Es la degradación de este nacionalismo genuino, mediante intentos de desbordar sus cauces naturales y absorber el territorio cercano o distante de pueblos reacios e inasimilables, lo que marca el paso del nacionalismo a un colonialismo espurio, por un lado, y al imperialismo, por el otro.
El colonialismo, cuando consiste en la migración de una parte de una nación a tierras extranjeras vacías o escasamente pobladas, llevando los emigrantes consigo los plenos derechos de ciudadanía de la metrópoli, o bien estableciendo un autogobierno local en estricta conformidad con sus instituciones y bajo su control supremo, puede considerarse una expansión genuina de la nacionalidad, una ampliación territorial del tronco, la lengua y las instituciones de la nación.
Pocas colonias en la historia han permanecido, sin embargo, durante mucho tiempo en esta condición cuando han estado alejadas de la metrópoli. O bien han roto lazos y se han constituido por sí mismas como nacionalidades separadas, o bien se las ha mantenido en una completa servidumbre política en lo que respecta a todos los procesos principales del gobierno, una condición para la cual el término Imperialismo es al menos tan adecuado como el de colonialismo.