hacia la marea plena de la competencia; y, por la multitud, la magnitud y la brusquedad de los asuntos que arroja al escenario de la política, se ha convertido en un agente constante de amenaza y perturbación para la paz y el progreso de la humanidad.
La nueva política ha ejercido la influencia más notable y formidable sobre la política consciente de las naciones que se complacen en ella.
Al tiempo que produce para el consumo popular doctrinas de destino nacional y misiones imperiales de civilización —contradictorias en su verdadero significado, pero subsidiarias entre sí como soportes del imperialismo popular—, ha evolucionado hacia un tipo de maquiavelismo calculador y codicioso, denominado «real-politik» en Alemania, donde fue acuñado, que ha remodelado todo el arte de la diplomacia y ha erigido el engrandecimiento nacional sin piedad ni escrúpulos como la fuerza motriz consciente de la política exterior.
El hambre de tierras y la lucha por los mercados son responsables de la repudiación abiertamente confesada de las obligaciones de los tratados que Alemania, Rusia e Inglaterra no han dudado en defender.
La escala móvil del lenguaje diplomático —hinterland, esfera de interés, esfera de influencia, supremacía, soberanía, protectorado, velado o abierto—, que conduce a actos de incautación forzosa o anexión que a veces siguen ocultándose bajo «arriendo», «rectificación de frontera», «concesión» y similares, es la invención y la expresión de este espíritu cínico del imperialismo.
Aunque Alemania y Rusia quizás hayan sido más abiertas en su adopción confesa del beneficio material de su país como el único criterio de la conducta pública, otras naciones no han tardado en aceptar dicho patrón. Si bien la conducta de las naciones en sus relaciones mutuas ha estado determinada comúnmente en todo momento por consideraciones