Hasta ahora, toda forma de sociedad ha estado fundada, como ya hemos visto, en el antagonismo de clases opresoras y oprimidas.
Pero para poder oprimir a una clase, deben asegurarse a esta ciertas condiciones que le permitan, al menos, arrastrar su existencia de esclavo. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, se elevó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués se elevó a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal.
El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador se convierte en un paupérrimo, y el pauperismo se desarrolla mucho más rápidamente que la población y la riqueza.
Y con esto se hace evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir siendo la clase dominante de la sociedad ni de imponer a esta sus condiciones de existencia como ley suprema. No es apta para reinar, porque es incompetente para asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera dentro de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él.
La sociedad ya no puede vivir bajo esta burguesía; a saber, su existencia ya no es compatible con la sociedad.
La condición esencial para la existencia y para la dominación de la clase burguesa es la formación y el incremento del capital; la condición de existencia del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia entre los obreros.