Hombre y Mitologías
Lo que aquí se llama los Dioses bien podría llamarse alternativamente los Ensueños.
Compararlos con los sueños no es negar que los sueños puedan hacerse realidad. Compararlos con los relatos de viajeros no es negar que puedan ser relatos verdaderos, o al menos relatos veraces. En verdad son el tipo de relatos que el viajero se cuenta a sí mismo.
Todo este asunto mitológico pertenece a la parte poética de los hombres. Hoy en día parece olvidarse extrañamente que un mito es una obra de imaginación y, por tanto, una obra de arte. Se necesita un poeta para crearlo. Se necesita un poeta para criticarlo. Hay más poetas que no poetas en el mundo, como lo prueba el origen popular de tales leyendas. Pero por alguna razón que nunca he oído explicar, solo a la minoría de personas impoéticas se le permite escribir estudios críticos sobre estos poemas populares. No sometemos un soneto a un matemático ni una canción a un niño prodigio de los números; pero sí nos entregamos a la idea igualmente fantástica de que el folclore puede ser tratado como una ciencia.
A menos que estas cosas se aprecien artísticamente, no se aprecian en absoluto.
- Cuando el bárbaro le dice al profesor que una vez no hubo nada excepto una gran serpiente emplumada, a menos que el sabio sienta un escalofrío y una ligera tentación de desear que fuera verdad, no es juez de tales cosas en absoluto.
- Cuando se le asegura, bajo la mejor autoridad de los pieles rojas, que un héroe primitivo llevaba el sol, la luna y las estrellas en una caja, a menos que palmee las manos y casi patalee como lo haría un niño ante tan encantadora fantasía, no sabe nada sobre el asunto.
Esta prueba no es un sinsentido; los niños primitivos y los niños bárbaros ríen y patalean como cualquier otro niño, y debemos poseer cierta simplicidad para reimaginar la infancia del mundo. Cuando su niñera le contó a Hiawatha que un guerrero lanzó a su abuela a la luna, él se rió como cualquier niño inglés al que su niñera le cuenta que una vaca saltó sobre la luna. El niño ve la broma tan bien como la mayoría de los hombres, y mejor que algunos hombres científicos.
Pero la prueba definitiva, incluso de lo fantástico, es la idoneidad de lo inadecuado. Y la prueba debe parecer meramente arbitraria porque es meramente artística. Si algún estudiante me dice que el infante Hiawatha solo se rio por respeto a la costumbre tribal de sacrificar a los ancianos en aras de la economía doméstica, yo digo que no fue así. Si algún erudito me dice que la vaca saltó sobre la luna solo porque una novilla fue sacrificada a Diana, respondo que no fue así. Sucedió porque es obviamente lo correcto que una vaca salte sobre la luna.
La mitología es un arte perdido, uno de los pocos artes que realmente se han perdido; pero es un arte. La luna cornuda y el ternero lunar cornudo forman un patrón armonioso y casi apacible. Y arrojar a tu abuela al cielo no es un buen comportamiento; pero es un gusto estético perfecto.
Así es como los científicos rara vez comprenden, como lo hacen los artistas, que una rama de lo bello es lo feo. Rara vez admiten la libertad legítima de lo grotesco. Y descartan un mito salvaje como algo meramente basto y torpe, y una prueba de degradación, porque no posee toda la belleza del heraldo Mercurio recién posado sobre un monte que besa el cielo; cuando en realidad tiene la belleza de la Falsa Tortuga o del Sombrerero Loco.
Es la prueba suprema de que un hombre es prosaico el hecho de que siempre exija que la poesía sea poética. A veces el humor se encuentra en el tema mismo, así como en el estilo de la fábula.
Los aborígenes australianos, considerados los más rudos de los salvajes, tienen una historia sobre una rana gigante que se había tragado el mar y todas las aguas del mundo, y a la que solo obligaron a vomitarlas haciéndola reír. Todos los animales, con todas sus monerías, pasaron ante ella y, al igual que la reina Victoria, no se divirtió. Al final se desplomó ante una anguila que se mantenía en equilibrio delicado sobre la punta de su cola, sin duda con una dignidad bastante desesperada.
Se podría escribir una enorme cantidad de buena literatura fantástica a partir de esa fábula. Hay filosofía en esa visión del mundo seco antes del beatífico Diluvio de la risa. Hay imaginación en el monstruo montañoso que hace erupción como un volcán acuoso; hay un montón de diversión en la idea de su rostro abultado al pasar el pelícano o el pingüino.
Como sea, la rana se rio; pero el estudioso del folclore permanece serio.
Moreover, even where the fables are inferior as art, they cannot be properly judged by science; still less properly judged as science.
Some myths are very crude and queer like the early drawings of children; but the child is trying to draw. It is none the less an error to treat his drawing as if it were a diagram, or intended to be a diagram.
The student cannot make a scientific statement about the savage, because the savage is not making a scientific statement about the world. He is saying something quite different; what might be called the gossip of the gods.
We may say, if we like, that it is believed before there is time to examine it. It would be truer to say it is accepted before there is time to believe it.
Confieso que dudo de toda la teoría de la diseminación de los mitos o (como suele ser) de un solo mito.
Es verdad que algo en nuestra naturaleza y circunstancias hace que muchas historias sean similares; pero cada una de ellas puede ser original. Un hombre no le toma prestada la historia a otro, aunque la cuente por el mismo motivo que el otro.
Sería fácil aplicar todo el argumento sobre la leyenda a la literatura y convertirlo en una monomanía vulgar del plagio. Me comprometería a rastrear una noción como la de La rama dorada a través de novelas modernas individuales tan fácilmente como a través de mitos comunitarios y antiguos.
Me comprometería a encontrar algo parecido a un ramo de flores apareciendo una y otra vez, desde el ramo fatal de Becky Sharpe hasta el ramillete de rosas enviado por la Princesa de Ruritania. Pero aunque estas flores broten del mismo suelo, no es la misma flor marchita la que se arroja de mano en mano. Esas flores siempre son frescas.
El verdadero origen de todos los mitos se ha descubierto con demasiada frecuencia. Hay demasiadas claves para la mitología, como hay demasiados criptogramas en Shakespeare.
Todo es fálico; todo es totémico; todo es época de siembra y cosecha; todo es fantasmas y ofrendas funerarias; todo es la rama dorada del sacrificio; todo es el sol y la luna; todo es todo.
Todo estudiante de folclore que sabía un poco más que su propia monomanía, todo hombre de lectura más amplia y cultura crítica como Andrew Lang, ha confesado prácticamente que el desconcierto de estas cosas le hacía dar vueltas la cabeza. Sin embargo, todo el problema surge de que un hombre intenta mirar estas historias desde fuera, como si fueran objetos científicos.
Solo tiene que mirarlas desde dentro y preguntarse cómo empezaría él una historia. Una historia puede empezar con cualquier cosa y llegar a cualquier parte. Puede empezar con un pájaro sin que el pájaro sea un tótem; puede empezar con el sol sin ser un mito solar. Se dice que solo hay diez tramas en el mundo; y sin duda habrá elementos comunes y recurrentes. Póngase a diez mil niños a hablar a la vez, contando milongas sobre lo que hicieron en el bosque, y no será difícil encontrar paralelos que sugieran culto al sol o culto a los animales.
Algunas de las historias pueden ser bonitas, otras tontas y tal vez otras sucias; pero solo pueden juzgarse como historias. En el dialecto moderno, solo pueden juzgarse estéticamente. Es extraño que la estética, o la mera sensibilidad, a la que ahora se le permite usurpar donde no tiene ningún derecho en absoluto, destruir la razón con el pragmatismo y la moral con la anarquía, aparentemente no tenga permitido emitir un juicio puramente estético sobre lo que es obvio que es una cuestión puramente estética. Podemos ser fantasiosos con todo excepto con los cuentos de hadas.
Ahora bien, el primer hecho es que las personas más sencillas tienen las ideas más sutiles. Todo el mundo debería saberlo, pues todo el mundo ha sido niño. Por muy ignorante que sea un niño, sabe más de lo que puede decir y percibe no sólo las atmósferas, sino también los matices más finos. Y en este asunto hay varios matices finos.
Nadie lo entiende si no ha experimentado lo que sólo puede llamarse la congoja del artista por encontrar algún sentido y alguna historia en las cosas hermosas que ve; su hambre de secretos y su enojo ante cualquier torre o árbol que escape con su cuento por contar. Siente que nada es perfecto a menos que sea personal. Sin eso, la ciega e inconsciente belleza del mundo se halla en su jardín como una estatua sin cabeza. Basta con ser un poeta muy menor para haber luchado con la torre o el árbol hasta que hablaron como un titán o una dríada.
A menudo se dice que la mitología pagana era una personificación de las fuerzas de la naturaleza. La frase es cierta en cierto sentido, pero es muy insatisfactoria; porque da a entender que las fuerzas son abstracciones y que la personificación es artificial. Los mitos no son alegorías. Las potencias naturales no son en este caso abstracciones. No es como si existiera un Dios de la Gravitación. Puede haber un genio de la cascada; pero no de la mera caída, aún menos que del mero agua. La personificación no es de algo impersonal. La cuestión es que la personalidad perfecciona el agua dotándola de significado.
Papá Noel no es una alegoría de la nieve y el acebo; no es meramente la sustancia llamada nieve a la que posteriormente se le da artificialmente una forma humana, como a un muñeco de nieve. Es algo que le otorga un nuevo significado al mundo blanco y a los perennes; de modo que la nieve misma parece cálida más que fría.
La prueba es, por tanto, puramente imaginativa. Pero imaginativo no significa imaginario. No se sigue de ahí que sea todo lo que los modernos llaman subjetivo, cuando quieren decir falso. Todo verdadero artista siente, consciente o inconscientemente, que está tocando verdades trascendentales; que sus imágenes son sombras de cosas vistas a través del velo. En otras palabras, el místico natural sabe que hay algo ahí; algo detrás de las nubes o dentro de los árboles; pero cree que la búsqueda de la belleza es el camino para encontrarlo; que la imaginación es una especie de sortilegio capaz de conjurarlo.
Ahora bien, no comprendemos este proceso en nosotros mismos, y mucho menos en nuestros semejantes más lejanos. Y el peligro de que estas cosas sean clasificadas es que puedan parecer comprendidas. Una obra de folclore realmente excelente, como The Golden Bough, dejará a demasiados lectores con la idea, por ejemplo, de que tal o cual historia sobre el corazón de un gigante o un mago en un cofre o una cueva solo «significa» alguna superstición estúpida y estática llamada «el alma externa». Pero no sabemos qué significan estas cosas, sencillamente porque no sabemos qué queremos decir nosotros mismos cuando nos conmueven. Supongamos que alguien en una historia dice: «Arranca esta flor y una princesa morirá en un castillo más allá del mar»; no sabemos por qué algo se agita en el subconsciente, ni por qué lo que es imposible parece también inevitable. Supongamos que leemos: «Y en la hora en que el rey apagó la vela, sus naves naufragaron muy lejos, en la costa de las Hébridas». No sabemos por qué la imaginación ha aceptado esa imagen antes de que la razón pueda rechazarla; ni por qué tales correspondencias parecen corresponder realmente a algo en el alma. Cosas muy profundas de nuestra naturaleza, algún sentido vago de la dependencia de las grandes cosas respecto de las pequeñas, alguna oscura sugerencia de que las cosas más cercanas a nosotros se extienden mucho más allá de nuestro poder, algún sentimiento sacramental de la magia en las sustancias materiales y muchas más emociones imposibles de averiguar, se encuentran en una idea como la del alma externa. El poder que hay incluso en los mitos de los salvajes es como el poder que hay en las metáforas de los poetas. El alma de semejante metáfora es a menudo, muy enfáticamente, un alma externa. Los mejores críticos han señalado que en los mejores poetas el símil es a menudo una imagen que parece completamente separada del texto. Es tan irrelevante como el lejano castillo para la flor o la costa de las Hébridas para la vela. Shelley compara al alondra con una joven en una torre, con una rosa oculta en un espeso follaje, con una serie de cosas que parecen ser tan distintas de una alondra en el cielo como cualquier cosa que podamos imaginar. Supongo que la pieza de pura magia más potente de la literatura inglesa es el muy citado pasaje del «Ruiseñor» de Keats sobre los ventanales abiertos a la espuma peligrosa. Y nadie nota que la imagen parece surgir de la nada; que aparece abruptamente tras unos comentarios casi igualmente irrelevantes sobre Rut; y que no tiene absolutamente nada que ver con el tema del poema. Si hay un lugar en el mundo donde nadie esperaría razonablemente encontrar un ruiseñor, es en el alféizar de una ventana junto al mar. Pero esto solo ocurre en el mismo sentido en que nadie esperaría encontrar el corazón de un gigante en un cofre bajo el mar. Ahora bien, sería muy peligroso clasificar las metáforas de los poetas. Cuando Shelley dice que la nube se elevará «como un niño del vientre materno, como un fantasma de la tumba», sería muy posible llamar a lo primero un caso del basto mito de origen primitivo y a lo segundo una pervivencia del culto a los fantasmas que se convirtió en culto a los antepasados. Pero esa es la manera equivocada de tratar con una nube; y es probable que deje a los eruditos en la situación de Polonio, más que dispuestos a pensar que parece una comadreja, o bien muy parecida a una ballena.
De esta psicología de los ensueños se desprenden dos hechos que deben tenerse en cuenta a lo largo de su desarrollo en las mitologías e incluso en las religiones.
- Primero, estas impresiones imaginativas suelen ser estrictamente locales.
Tan lejos están de ser abstracciones convertidas en alegorías, que a menudo son imágenes casi concentradas en ídolos. El poeta siente el misterio de un bosque en particular; no el de la ciencia de la forestación ni el del departamento de montes y bosques. Adora la cima de una montaña concreta, no la idea abstracta de la altitud.
Así encontramos que el dios no es meramente el agua, sino a menudo un río especial; puede ser el mar porque el mar es único como un arroyo; el río que rodea el mundo. En última instancia, sin duda, muchas divinidades se amplían hasta convertirse en elementos; pero son algo más que omnipresentes. Apolo no habita meramente donde brilla el sol; su hogar está en la roca de Delfos. Diana es lo suficientemente grande como para estar en tres lugares a la vez, la tierra, el cielo y el infierno, pero más grande es la Diana de los efesios.
Este sentimiento localizado tiene su forma más baja en el mero fetiche o talismán, como los que los millonarios ponen en sus automóviles. Pero también puede endurecerse hasta convertirse en algo parecido a una religión alta y seria, cuando está conectado con deberes altos y serios; en los dioses de la ciudad o incluso en los dioses del hogar.
La segunda consecuencia es esta: que en estos cultos paganos hay todos los matices de sinceridad... y de insinceridad.
¿En qué sentido exacto pensaba realmente un ateniense que tenía que sacrificar a Palas Atenas? ¿Qué erudito está realmente seguro de la respuesta? ¿En qué sentido pensaba realmente el doctor Johnson que tenía que tocar todos los postes de la calle o que tenía que acumular pieles de naranja? ¿En qué sentido piensa realmente un niño que debe pisar cada losa alternada del pavimento?
Dos cosas están al menos bastante claras.
Primero, en tiempos más simples y menos reflexivos, estas formas podían volverse más sólidas sin volverse realmente más serias. Los devaneos podían representarse a plena luz del día, con mayor libertad de expresión artística; pero tal vez aún con algo del paso ligero del sonámbulo. Envuélvase al doctor Johnson en un manto antiguo, cíñase su cabeza (con su amable permiso) con una guirnalda, y él avanzará con pompa bajo aquellos antiguos cielos matutinos, tocando una serie de postes sagrados esculpidos con las cabezas de los extraños dioses terminales, que se yerguen en los límites de la tierra y de la vida del hombre.
Concédeseme al niño la libertad de los mármoles y mosaicos de algún templo clásico, para jugar sobre todo un piso incrustado con cuadrados blancos y negros; y él hará gustosamente de este cumplimiento de su devaneo ocioso y divagante el claro escenario de una danza grave y graciosa.
Pero los postes y las losas son poco más y poco menos reales de lo que son bajo los límites modernos. No son en verdad mucho más serios por el hecho de que se los tome en serio. Poseen la clase de sinceridad que siempre tuvieron; la sinceridad del arte como símbolo que expresa espiritualidades muy reales bajo la superficie de la vida. Pero solo son sinceros en el mismo sentido que el arte; no son sinceros en el mismo sentido que la moral.
La colección de pieles de naranja del excéntrico puede convertirse en naranjas en una festividad mediterránea o en manzanas doradas en un mito mediterráneo. Pero nunca están en el mismo plano que la diferencia entre darle la naranja a un mendigo ciego y colocar cuidadosamente la piel de naranja para que el mendigo tropiece y se rompa una pierna. Entre estas dos cosas hay una diferencia de clase y no de grado.
El niño no cree que esté mal pisar la losa del pavimento del mismo modo que cree que está mal pisar la cola del perro. Y es muy seguro que, sin importar qué broma, sentimiento o fantasía llevara por primera vez a Johnson a tocar los postes de madera, jamás tocó la madera con ninguno de los sentimientos con los que extendía sus manos hacia la madera de aquel árbol terrible, que fue la muerte de Dios y la vida del hombre.
Como ya se ha señalado, esto no significa que no hubiera realidad o ni siquiera sentimiento religioso en tal estado de ánimo. De hecho, la Iglesia católica se ha apoderado con estruendoso éxito de todo este asunto popular de dar a la gente leyendas locales y movimientos ceremoniales más ligeros.
En la medida en que todo este tipo de paganismo era inocente y estaba en contacto con la naturaleza, no hay razón para que no sea patrocinado tanto por santos patronos como por dioses paganos. Y, en cualquier caso, hay grados de seriedad en el juego de suposición más natural. Hay una gran diferencia entre imaginar que hay hadas en el bosque, lo que a menudo solo significa imaginar cierto bosque como apto para las hadas, y asustarnos de verdad hasta el punto de caminar una milla antes que pasar por una casa que nos hemos dicho a nosotros mismos que está embrujada.
Detrás de todas estas cosas está el hecho de que la belleza y el terror son cosas muy reales y están relacionadas con un mundo espiritual real; y tocarlas siquiera, aunque sea en la duda o en la fantasía, es remover las cosas profundas del alma. Todos entendemos eso y los paganos lo entendían. El punto es que el paganismo en realidad no movía el alma sino con estas dudas y fantasías; con la consecuencia de que nosotros hoy apenas podemos tener más que dudas y fantasías sobre el paganismo.
Todos los mejores críticos coinciden en que los más grandes poetas, en la Hélade pagana por ejemplo, tenían una actitud hacia sus dioses que resulta bastante extraña y desconcertante para los hombres de la era cristiana. Parece haber un conflicto admitido entre el dios y el hombre; pero todo el mundo parece dudar acerca de cuál es el héroe y cuál es el villano. Esta duda no se aplica meramente a un escéptico como Eurípides en Las bacantes; se aplica a un conservador moderado como Sófocles en Antígona; o incluso a un tory y reaccionario de pura cepa como Aristófanes en Las ranas.
A veces parecería que los griegos creían ante todo en la reverencia, solo que no tenían a nadie a quien reverenciar. Pero la clave del enigma es esta: que toda esta vaguedad y variación surgen del hecho de que todo el asunto comenzó en la fantasía y en el ensueño; y de que no hay reglas de arquitectura para un castillo en las nubes.
Este es el poderoso y ramificado árbol llamado mitología que se ramifica por todo el mundo, cuyas remotas ramas bajo cielos distintos soportan, como aves coloridas, los costosos ídolos de Asia y los fetiches medio cocidos de África y los reyes y princesas de hadas de los cuentos populares de los bosques, y, sepultados entre vides y olivos, los Lares de los latinos, y transportan sobre las nubes del Olimpo la boyante supremacía de los dioses de Grecia.
Estos son los mitos: y aquel que no simpatiza con los mitos no simpatiza con los hombres. Pero el que más simpatice con los mitos comprenderá con mayor plenitud que no son, ni fueron nunca, una religión, en el sentido en que el cristianismo o incluso el islam son una religión. Satisfechan algunas de las necesidades que satisface una religión; y en particular la necesidad de hacer ciertas cosas en ciertas fechas; la necesidad de las ideas gemelas de festividad y formalidad. Pero aunque le proporcionan a uno un calendario, no le proporcionan un credo.
Un hombre no se ponía en pie y decía «creo en Júpiter, en Juno y en Neptuno», etc., como se pone en pie y dice «creo en Dios Padre todopoderoso» y el resto del Credo de los Apóstoles. Muchos creían en unos y no en otros, o más en unos y menos en otros, o en cualquiera solo en un sentido muy vago y poético. No hubo un momento en que todos estuvieran reunidos en un orden ortodoxo que los hombres lucharan y fueran torturados por mantener intacto. Menos aún dijo jamás nadie de ese modo: «Creo en Odín, en Thor y en Freya», pues fuera del Olimpo incluso el orden olímpico se vuelve nublado y caótico.
Me parece claro que Thor no era en absoluto un dios, sino un héroe. Nada que se parezca a una religión retrataría a alguien parecido a un dios tanteando como un pigmeo en una gran caverna, que resultó ser el guante de un gigante. Esa es la gloriosa ignorancia llamada aventura. Thor puede haber sido un gran aventurero; pero llamarle dios es como intentar comparar a Jehová con Juan y las habichuelas mágicas. Odín parece haber sido un auténtico jefe bárbaro, posiblemente de la Edad Oscura posterior al cristianismo.
El politeísmo se desvanece en sus márgenes convirtiéndose en cuentos de hadas o recuerdos bárbaros; no es algo semejante al monoteísmo tal como lo sostienen los monoteístas serios. Por otra parte, sí satisface la necesidad de invocar algún nombre elevado o algún noble recuerdo en momentos que son en sí mismos nobles y elevados; tales como el nacimiento de un hijo o la salvación de una ciudad. Pero el nombre era utilizado de ese modo por muchos para quienes no era más que un nombre.
Finalmente, satisfacía, o más bien satisfacía parcialmente, algo muy profundo en la humanidad en verdad: la idea de entregar algo como porción de los poderes desconocidos, de derramar vino sobre la tierra, de arrojar un anillo al mar; en una palabra, de sacrificio. Es la idea sabia y digna de no aprovechar nuestra ventaja al máximo; de poner algo en el otro plato de la balanza para hacerle contrapeso a nuestro dudoso orgullo, de pagar diezmos a la naturaleza por nuestra tierra. Esta profunda verdad sobre el peligro de la insolencia, de creernos más importantes de lo que somos, recorre todas las grandes tragedias griegas y las hace grandes.
Pero marcha codo con codo con un agnosticismo casi críptico acerca de la verdadera naturaleza de los dioses a los que hay que aplacar. Allí donde ese gesto de rendición es más magnífico, como entre los grandes griegos, existe en realidad mucho más la idea de que el hombre saldrá ganando por perder el buey que la de que el dios saldrá ganando por recibirlo. Se dice que en sus formas más groseras hay a menudo acciones que sugieren de manera grotesca que el dios realmente se come el sacrificio. Pero este hecho queda falsificado por el error que puse en primer lugar en esta nota sobre la mitología. Es un malentendido de la psicología de los ensueños diurnos. Un niño que finge que hay un duende en el tronco hueco hará una cosa tosca y material, como dejarle un trozo de pastel. Un poeta podría hacer algo más digno y elegante, como llevarle al dios frutas además de flores. Pero el grado de seriedad en ambos actos puede ser el mismo o puede variar en casi cualquier grado. La fantasía tosca no es un credo más de lo que la fantasía ideal es un credo.
Ciertamente, el pagano no es incrédulo como un ateo, del mismo modo que no cree como un cristiano. Siente la presencia de poderes sobre los cuales conjetura e inventa. San Pablo dijo que los griegos tenían un altar a un dios desconocido. Pero en verdad todos sus dioses eran dioses desconocidos. Y la verdadera ruptura en la historia se produjo cuando San Pablo les declaró a aquel a quien habían adorado sin conocerlo.
La sustancia de todo ese paganismo puede resumirse así: es un intento de alcanzar la realidad divina únicamente a través de la imaginación; en su propio campo, la razón no lo frena en absoluto. Es fundamental para la visión de toda la historia que la razón sea algo separado de la religión, incluso en las más racionales de estas civilizaciones. Solo a modo de ocurrencia tardía, cuando tales cultos están decadentes o a la defensiva, se encuentran algunos neoplatónicos o algunos brahmanes que intentan racionalizarlos, e incluso entonces solo mediante el expediente de alegorizarlos.
Pero en realidad los ríos de la mitología y de la filosofía corren paralelos y no se mezclan hasta que se encuentran en el mar de la Cristiandad. Los simples seculares todavía hablan como si la Iglesia hubiera introducido una especie de cisma entre la razón y la religión. La verdad es que la Iglesia fue en realidad lo primero que intentó combinar la razón y la religión. Nunca antes había existido tal unión entre los sacerdotes y los filósofos.
La mitología, pues, buscaba a Dios a través de la imaginación; o buscaba la verdad por medio de la belleza, en el sentido en que la belleza abarca gran parte de la fealdad más grotesca. Pero la imaginación tiene sus propias leyes y, por tanto, sus propios triunfos, que ni los lógicos ni los hombres de ciencia pueden comprender. Se mantuvo fiel a ese instinto imaginativo a través de mil extravagancias, a través de cada burda pantomima cósmica de un cerdo comiéndose la luna o del mundo esculpido a partir de una vaca, a través de todas las deslumbrantes circunvoluciones y malformaciones místicas del arte asiático, a través de toda la severa y fija rigidez de los retratos egipcios y asirios, a través de cada clase de espejo agrietado de arte loco que parecía deformar el mundo y desplazar el cielo, permaneció fiel a algo sobre lo cual no puede haber discusión; algo que hace posible que algún artista de alguna escuela se detenga de repente ante esa deformidad particular y diga: «Mi sueño se ha hecho realidad».
Por eso todos nosotros sentimos en realidad que los mitos paganos o primitivos son infinitamente sugerentes, siempre que seamos lo suficientemente sensatos como para no indagar qué es lo que sugieren. Por eso todos sentimos lo que significa que Prometeo robe el fuego del cielo, hasta que algún pedante pesimista o progresista nos explica lo que significa. Por eso todos conocemos el significado de Jack y las habichuelas mágicas, hasta que nos lo cuentan. En este sentido, es cierto que son los ignorantes quienes aceptan los mitos, pero solo porque son los ignorantes quienes aprecian los poemas.
La imaginación tiene sus propias leyes y triunfos; y un poder tremendo comenzó a revestir sus imágenes, ya fueran imágenes en la mente o en el fango, ya fuera en el bambú de las islas de los Mares del Sur o en el mármol de las montañas de la Hélade. Pero siempre hubo un problema en el triunfo, que en estas páginas he intentado analizar en vano; pero tal vez, a modo de conclusión, podría enunciarlo así.
El quid y la crisis estriban en que al hombre le pareció natural adorar; incluso natural adorar cosas antinaturales.
La postura del ídolo podía ser rígida y extraña; pero el gesto del adorador era generoso y hermoso. No solo se sentía más libre al inclinarse; en realidad se sentía más alto al hacer una reverencia. De ahí en adelante, cualquier cosa que le arrebatara el gesto de la adoración lo estropearía y hasta lo mutilaría para siempre. De ahí en adelante, ser meramente secular sería una servidumbre y una inhibición. Si el hombre no puede rezar, está mordaceado; si no puede arrodillarse, está encadenado.
Por eso experimentamos a lo largo de todo el paganismo un curioso doble sentimiento de confianza y desconfianza. Cuando el hombre hace el gesto del saludo y del sacrificio, cuando derrama la libación o alza la espada, sabe que está haciendo algo digno y viril. Sabe que está haciendo una de las cosas para las que el hombre fue hecho. Su experimento imaginativo está, por tanto, justificado.
Pero precisamente porque comenzó con la imaginación, hay hasta el final algo de burla en ello, y en especial en el objeto de este. Esta burla, en los momentos más intensos del intelecto, se convierte en la ironía casi intolerable de la tragedia griega. Parece haber una desproporción entre el sacerdote y el altar o entre el altar y el dios. El sacerdote parece más solemne y casi más sagrado que el dios.
Todo el orden del templo es sólido, sensato y satisfactorio para ciertas partes de nuestra naturaleza; excepto el centro mismo de él, que parece extrañamente mudable y dudoso, como una llama danzante. Es el primer pensamiento en torno al cual se ha construido el conjunto; y el primer pensamiento sigue siendo una fantasía y casi una frivolidad.
En ese extraño lugar de encuentro, el hombre parece más estatuario que la estatua. Él mismo puede permanecer eternamente en la actitud noble y natural de la estatua del Muchacho rezando. Pero cualquiera que sea el nombre escrito en el pedestal, ya sea Zeus, Amón o Apolo, el dios a quien adora es Proteo.
Podría decirse que el Muchacho rezando expresa una necesidad más que satisfacer una necesidad. Es mediante una acción normal y necesaria como sus manos son levantadas; pero no es menos una parábola el hecho de que sus manos estén vacías. Sobre la naturaleza de esa necesidad habrá más que decir; pero en este punto se puede afirmar que tal vez después de todo este verdadero instinto —el de que la oración y el sacrificio son una libertad y una ampliación— remite a esa vasta y medio olvidada concepción de la paternidad universal, que ya hemos visto desvanecerse por todas partes del cielo matutino. Esto es verdad; y sin embargo no es toda la verdad. Queda un instinto indestructible, en el poeta representado por el pagano, de que no se equivoca del todo al localizar a su dios. Es algo en el alma de la poesía, si no de la piedad. Y el mayor de los poetas, cuando definió al poeta, no dijo que este nos diera el universo o lo absoluto o lo infinito; sino, en su propio lenguaje más amplio, una morada local y un nombre. Ningún poeta es meramente un panteísta; aquellos que son considerados más panteístas, como Shelley, comienzan con alguna imagen local y particular como lo hacían los paganos. Después de todo, Shelley escribió sobre la alondra porque era una alondra. No se podría publicar una traducción imperial o internacional de la obra para su uso en Sudáfrica en la que fuera cambiada por un avestruz. Así, la imaginación mitológica se mueve, por decirlo así, en círculos, rondando ya sea para encontrar un lugar o para regresar a él. En una palabra, la mitología es una búsqueda; es algo que combina un deseo recurrente con una duda recurrente, mezclando una sinceridad sumamente ávida en la idea de buscar un lugar con una ligereza de espíritu oscurísima, profunda y misteriosa acerca de todos los lugares encontrados. Hasta aquí pudo conducir la imaginación solitaria, y más adelante debemos volvernos hacia la razón solitaria. En ningún punto de este camino viajaron ambas juntas.
Ahí es donde todas estas cosas se diferenciaban de la religión: en la realidad en que estas diferentes dimensiones confluían en una especie de solidez. Se diferenciaban de la realidad no en su apariencia, sino en lo que eran.
Un cuadro puede parecerse a un paisaje; puede parecerse en cada detalle exactamente a un paisaje. El único detalle en el que difiere es en que no es un paisaje. La diferencia es meramente la que separa un retrato de la reina Isabel de la reina Isabel. Solo que en este mundo mítico y místico el retrato podía existir antes que la persona; y por lo tanto el retrato era más vago y dudoso.
Pero cualquiera que haya sentido y se haya nutrido de la atmósfera de estos mitos sabrá a qué me refiero cuando digo que, en cierto sentido, no pretendían realmente ser realidades. Los paganos tenían sueños sobre realidades; y habrían sido los primeros en admitir, en sus propias palabras, que unos venían por la puerta de marfil y otros por la puerta de cuerno.
Los sueños tienden ciertamente a ser muy vívidos cuando rozan esas cosas tiernas o trágicas que realmente pueden hacer que un durmiente despierte con la sensación de que su corazón se le ha roto mientras dormía. Tienden continuamente a planear sobre ciertos temas apasionados de encuentro y despedida, de una vida que termina en muerte o una muerte que es el comienzo de la vida.
- Deméter deambula por un mundo azotado en busca de una hija robada;
- Isis extiende sus brazos sobre la tierra en vano para recoger los miembros de Osiris;
- y hay lamentación sobre las colinas por Atis y por los bosques por Adonis.
Se mezcla con todo este luto el sentido místico y profundo de que la muerte puede ser una liberadora y un apaciguamiento; de que tal muerte nos otorga una sangre divina para un río renovador y de que todo bien se halla en reunir el cuerpo desgarrado del dios.
Podemos llamar a esto con justicia prefiguraciones; siempre y cuando recordemos que las prefiguraciones son sombras. Y la metáfora de la sombra da precisamente en el blanco de una verdad muy vital aquí. Pues una sombra es una silueta; una cosa que reproduce la forma pero no la textura. Estas cosas se parecían en algo a la cosa real; y decir que se parecían es decir que eran diferentes. Decir que algo se parece a un perro es otra manera de decir que no es un perro; y es en este sentido de identidad que un mito no es un hombre.
Nadie pensaba realmente en Isis como un ser humano; nadie pensaba realmente en Deméter como un personaje histórico; nadie pensaba en Adonis como el fundador de una Iglesia. No existía la idea de que ninguno de ellos hubiera cambiado el mundo; sino más bien de que su muerte y vida recurrentes soportaban la carga triste y hermosa de la inmutabilidad del mundo. Ninguno de ellos fue una revolución, salvo en el sentido de la revolución del sol y de la luna.
Se pierde por completo su significado si no comprendemos que significan las sombras que somos y las sombras que perseguimos. En ciertos aspectos sacrificiales y comunitarios sugieren naturalmente qué clase de dios podría satisfacer a los hombres; pero no pretenden estar satisfechos. Cualquiera que diga que lo pretenden es un mal crítico de poesía.
Aquellos que hablan de Cristos paganos tienen menos simpatía por el paganismo que por el cristianismo. Quienes llaman a estos cultos «religiones» y los «comparan» con la certidumbre y el desafío de la Iglesia tienen mucho menos aprecio que nosotros por aquello que hizo humano al paganismo, o por qué la literatura clásica sigue siendo algo que flota en el aire como una canción.
No es una gran ternura humana hacia los hambrientos demostrar que el hambre es lo mismo que la comida. No es una comprensión muy afable de la juventud sostener que la esperanza destruye la necesidad de felicidad. Y resulta totalmente irreal argumentar que estas imágenes de la mente, admiradas enteramente en abstracto, estuvieran siquiera en el mismo mundo que un hombre vivo y una política viva a los que se adoraba por ser concretos.
Bien podríamos decir que un niño que juega a los ladrones es lo mismo que un hombre en su primer día en las trincheras; o que las primeras fantasías de un muchacho sobre «la que no es imposible» son lo mismo que el sacramento del matrimonio. Son fundamentalmente diferentes precisamente allí donde son superficialmente similares; casi podríamos decir que no son lo mismo ni siquiera cuando son lo mismo. Solo se diferencian en que uno es real y el otro no.
No me refiero meramente a que yo mismo crea que uno es verdadero y el otro no. Me refiero a que uno jamás tuvo la intención de ser verdadero en el mismo sentido que el otro. El sentido en el que pretendía ser verdadero he intentado sugerirlo vagamente aquí, pero es sin duda muy sutil y casi indescriptible. Es tan sutil que los estudiosos que presumen de presentarlo como rival de nuestra religión pasan por alto todo el significado y propósito de su propio estudio.
Nosotros sabemos mejor que los eruditos, incluso aquellos de nosotros que no somos eruditos, qué había en ese grito hueco que resonó sobre el Adonis muerto y por qué la Gran Madre tenía una hija casada con la muerte. Hemos penetrado más profundamente que ellos en los Misterios Eleusinos y hemos superado un grado superior, donde puerta tras puerta custodiaban la sabiduría de Orfeo. Conocemos el significado de todos los mitos. Conocemos el último secreto revelado al iniciado perfecto. Y no es la voz de un sacerdote o un profeta que dice: «Estas cosas son». Es la voz de un soñador y un idealista que clama: «¿Por qué no pueden ser estas cosas?».