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VII. La Guerra de los Dioses y los Demonios

La Guerra de los Dioses y los Demonios

La teoría materialista de la historia, según la cual toda la política y toda la ética son la expresión de la economía, es en verdad una falacia muy simple. Consiste simplemente en confundir las condiciones necesarias de la vida con las preocupaciones normales de la vida, que son algo completamente distinto.

Es como decir que, puesto que un hombre solo puede andar sobre dos piernas, por lo tanto nunca anda excepto para comprar zapatos y medias. El hombre no puede vivir sin los dos pilares de la comida y la bebida, que lo sostienen como dos piernas; pero sugerir que estos han sido los motivos de todos sus movimientos en la historia es como decir que la meta de todas sus marchas militares o peregrinaciones religiosas debió de ser la pierna de oro de la señorita Kilmansegg o la pierna ideal y perfecta de Sir Willoughby Patterne. Pero son esos movimientos los que componen la historia de la humanidad, y sin ellos prácticamente no habría historia en absoluto.

Las vacas pueden ser puramente económicas, en el sentido de que no vemos que hagan mucho más que pastar y buscar mejores praderas; y por eso una historia de las vacas en doce volúmenes no sería una lectura muy animada. Las ovejas y las cabras pueden ser economistas puras, al menos en su acción externa; pero esa es la razón por la que la oveja difícilmente ha sido heroína de guerras épicas y de imperios considerados dignos de una narración detallada; e incluso el cuadrúpedo más activo no ha inspirado un libro para muchachos titulado Hechos heroicos de cabras galantes o ningún título similar.

Pero lejos de que los movimientos que componen la historia del hombre sean económicos, podemos decir que la historia solo empieza donde el motivo de las vacas y las ovejas se termina. Será difícil sostener que los cruzados partieron de sus hogares hacia un desierto aullante porque las vacas van de un desierto a un prado más cómodo. Será difícil sostener que los exploradores árticos fueron hacia el norte con el mismo motivo material que hizo que las golondrinas fueran hacia el sur.

Y si dejas fuera de la historia humana cosas como todas las guerras religiosas y todas las exploraciones puramente aventureras, esta no solo dejará de ser humana en absoluto, sino que dejará de ser una historia en absoluto. El contorno de la historia está hecho de estas curvas y ángulos decisivos determinados por la voluntad del hombre. La historia económica ni siquiera sería historia.

Pero hay una falacia más profunda además de este hecho evidente; que los hombres no necesitan vivir solo para la comida simplemente porque no pueden vivir sin ella.

La verdad es que lo más presente en la mente del hombre no es la maquinaria económica necesaria para su existencia, sino más bien la existencia misma; el mundo que ve cuando se despierta cada mañana y la naturaleza de su posición general en él. Hay algo que está más cerca de él que el sustento, y eso es la vida.

Pues por cada vez que recuerda exactamente qué trabajo produce su salario y exactamente qué salario produce sus comidas, reflexiona diez veces sobre si es un buen día o si es un mundo extraño, o se pregunta si la vida vale la pena, o si el matrimonio es un fracaso, o se siente complacido y desconcertado con sus propios hijos, o recuerda su juventud, o de cualquier modo semejante repasa vagamente la misteriosa suerte del hombre.

Esto es cierto para la mayoría, incluso de los esclavos del salario de nuestro morboso industrialismo moderno, que por su fealdad e inhumanidad ha obligado realmente a que el problema económico pase a primer plano. Es inconmensurablemente más cierto para la multitud de campesinos, cazadores o pescadores que constituyen la masa real de la humanidad.

Incluso esos pedantes áridos que piensan que la ética depende de la economía deben admitir que la economía depende de la existencia. Y cualquier cantidad de dudas y ensoñaciones normales giran en torno a la existencia; no sobre cómo podemos vivir, sino sobre por qué lo hacemos. Y la prueba de ello es simple; tan simple como el suicidio.

Pongan el universo patas arriba en la mente y pondrán patas arriba a todos los economistas políticos con él. Supóngase que un hombre desea morir, y el profesor de economía política se vuelve un tanto molesto con sus explicaciones detalladas sobre cómo va a vivir. Y todas las desviaciones y decisiones que convierten nuestro pasado humano en una historia tienen este carácter de desviar el curso directo de la pura economía.

Así como se puede eximir al economista de calcular el futuro salario de un suicida, también se le puede eximir de proporcionar una pensión de vejez a un mártir. Así como no necesita proveer para el futuro de un mártir, tampoco necesita proveer para la familia de un monje.

Su plan es modificado en menor y variable medida por el hecho de que un hombre sea un soldado y muera por su propio país, de que un hombre sea un campesino y ame especialmente su propia tierra, de que un hombre esté más o menos afectado por cualquier religión que le prohíba o le permita hacer esto o aquello.

Pero todo esto se reduce no a un cálculo económico sobre el sustento, sino a una perspectiva elemental sobre la vida. Todo se reduce a lo que un hombre siente fundamentalmente cuando mira a través de esas extrañas ventanas que llamamos ojos, hacia esa extraña visión que llamamos el mundo.

Ningún hombre sabio deseará traer más palabras largas al mundo. Pero quizá sea admisible decir que necesitamos algo nuevo, que bien puede llamarse historia psicológica.

Me refiero a la consideración de lo que las cosas significaban en la mente de un hombre, especialmente de un hombre común; a diferencia de lo que se define o deduce meramente de las formas oficiales o de los pronunciamientos políticos. Ya me he referido a ello en casos como el del tótem o, en realidad, cualquier otro mito popular.

No basta con que nos digan que a un gato montés se le llamaba tótem; especialmente cuando no se le llamaba tótem. Queremos saber qué se sentía. ¿Era como el gato de Whittington o como el gato de una bruja? ¿Era su verdadero nombre Pasht o el Gato con Botas?

Ese es el tipo de cosas que necesitamos en lo que toca a la naturaleza de las relaciones políticas y sociales. Queremos saber cuál era el sentimiento real que constituía el vínculo social de muchos hombres comunes, tan cuerdos y tan egoístas como nosotros.

  • ¿Qué sentían los soldados al ver brillar en el cielo aquel extraño tótem al que llamamos el Águila de Oro de las legiones?
  • ¿Qué sentían los vasallos acerca de esos otros totems, los leones o los leopardos en el escudo de su señor?

Mientras descuidemos este lado subjetivo de la historia, que de manera más simple puede llamarse el interior de la historia, siempre habrá una cierta limitación en esa ciencia, limitación que puede ser superada con mayor acierto por el arte.

Mientras el historiador no pueda hacer eso, la ficción será más verdadera que el hecho. Habrá más realidad en una novela; sí, incluso en una novela histórica.

En nada hace tanta falta esta nueva historia como en la psicología de la guerra. Nuestra historia está repleta de documentos oficiales, públicos o privados, que no nos dicen nada sobre la cosa en sí.

En el peor de los casos, solo tenemos los carteles oficiales, que no habrían podido ser espontáneos precisamente por ser oficiales. En el mejor, solo tenemos la diplomacia secreta, que no habría podido ser popular precisamente por ser secreta.

En uno u otro de estos se basa el juicio histórico sobre las razones reales que sostuvieron la lucha. Los gobiernos luchan por colonias o derechos comerciales; los gobiernos luchan por puertos o aranceles elevados; los gobiernos luchan por una mina de oro o una pesquería de perlas. Parece suficiente responder que los gobiernos no luchan en absoluto.

¿Por qué luchan los que luchan? ¿Cuál es la psicología que sostiene esa cosa terrible y maravillosa llamada guerra? Nadie que sepa algo de soldados cree en la tontería de los dons, según la cual millones de hombres pueden ser gobernados por la fuerza. Si todos se cruzaran de brazos, sería imposible castigar a todos los holgazanes. Y el más mínimo atisbo de holgazanería haría perder toda una campaña en medio día.

¿Qué sentían realmente los hombres acerca de la política? Si se dice que aceptaron la política del político, ¿qué sentían acerca del político? Si los vasallos hicieron la guerra ciegamente por su príncipe, ¿qué veían aquellos ciegos en su príncipe?

Hay algo que todos sabemos que solo puede expresarse, en un lenguaje adecuado, como realpolitik. De hecho, es una política casi demencialmente irreal (unreal politik). Repite siempre, con terquedad y estupidez, que los hombres luchan por fines materiales, sin reflexionar ni por un momento en que los fines materiales casi nunca son materiales para los hombres que luchan. En cualquier caso, nadie morirá por la política práctica, del mismo modo que nadie morirá por un sueldo. Nerón no habría podido contratar a cien cristianos para que se los comieran los leones a chelín la hora; pues los hombres no se dejan martirizar por dinero. Pero la visión que evoca la realpolitik, o política realista, es de una locura y una incredulidad sin precedentes. ¿Cree alguien en el mundo que un soldado dice: «Se me cae la pierna a pedazos, pero seguiré hasta que se caiga; pues, al fin y al cabo, disfrutaré de todas las ventajas de que mi gobierno obtenga un puerto de aguas templadas en el golfo de Finlandia»? ¿Puede suponer alguien que un oficinista convertido en recluta dice: «Si me gasean, probablemente moriré entre tormentos; pero es un consuelo pensar que, si alguna vez decido hacerme buscador de perlas en los mares del Sur, esa carrera estará abierta para mí y para mis compatriotas»? La historia materialista es la más absurdamente increíble de todas las historias, o incluso de todas las novelas. Comience lo que fuere las guerras, lo que las sostiene es algo que reside en el alma; algo afín a la religión. Es lo que los hombres sienten acerca de la vida y de la muerte. Un hombre próximo a la muerte se enfrenta directamente a un absoluto; es un sinsentido decir que solo le preocupan las complicaciones relativas y remotas que la muerte, en cualquier caso, va a terminar. Si le sostienen ciertas lealtades, estas deben ser tan simples como la muerte. Por lo general, son dos ideas, que son solo dos caras de una misma idea. La primera es el amor a algo que se dice amenazado, aunque solo se conozca vagamente como hogar; la segunda es la aversión y el desafío hacia algo extraño que lo amenaza. La primera es mucho más filosófica de lo que parece, aunque no necesitamos discutirlo aquí. Un hombre no quiere que su hogar nacional sea destruido ni siquiera cambiado, porque ni siquiera puede recordar todas las cosas buenas que conlleva; del mismo modo que no quiere que su casa sea incendiada, porque difícilmente podría enumerar todas las cosas que echaría de menos. Por lo tanto, lucha por lo que parece una abstracción difusa, pero que en realidad es una casa. Pero el lado negativo de esto es tan noble como fuerte. Los hombres luchan con más dureza cuando sienten que el enemigo es a la vez un viejo enemigo y un eterno desconocido, que su atmósfera es ajena y antagónica; tal como los franceses sienten hacia el prusiano o los cristianos orientales hacia el turco. Si decimos que es una diferencia de religión, la gente caerá en disputas sombrías sobre sectas y dogmas. Nos compadeceremos de ellos y diremos que es una diferencia sobre la muerte y la luz del día; una diferencia que realmente se interpone como una sombra oscura entre nuestros ojos y la luz. Los hombres pueden pensar en esta diferencia incluso al borde de la muerte; porque es una diferencia sobre el significado de la vida.

A los hombres los mueve en estas cosas algo mucho más elevado y sagrado que la política: el odio.

Cuando los hombres resistieron en los días más sombríos de la Gran Guerra, sufriendo en sus cuerpos o en sus almas por aquellos a quienes amaban, hacía tiempo que habían dejado de importarles los detalles de los objetivos diplomáticos como motivos para su negativa a rendirse.

De mí mismo y de aquellos a quienes conocía mejor puedo responder por la visión que hizo imposible la rendición. Era la visión del rostro del Emperador alemán mientras entraba cabalgando en París. Este no es el sentimiento que algunos de mis amigos idealistas describen como Amor. Me conformo plenamente con llamarlo odio; el odio del infierno y de todas sus obras, y convenir en que, como ellos no creen en el infierno, no necesitan creer en el odio.

Pero ante este prejuicio imperante, esta larga introducción ha sido desgraciadamente necesaria para asegurar la comprensión de lo que se entiende por guerra religiosa. Hay una guerra religiosa cuando dos mundos se encuentran; es decir, cuando dos visiones del mundo se encuentran; o, en lenguaje más moderno, cuando dos atmósferas morales se encuentran. Lo que es el aliento de un hombre es el veneno de otro; y es vano hablar de darle a una pestilencia un lugar bajo el sol.

Y esto es lo que debemos comprender, aun a costa de una digresión, si queremos ver lo que realmente sucedió en el Mediterráneo; cuando, justo en el camino del surgimiento de la República sobre el Tíber, una entidad que la superaba y la desdeñaba, oscura con todos los enigmas de Asia y arrastrando tras de sí a todas las tribus y dependencias del imperialismo, apareció Cartago surcando los mares.

La antigua religión de Italia era en conjunto esa mezcla que hemos considerado bajo el epígrafe de mitología; salvo que, donde los griegos tenían una inclinación natural por la mitología, los latinos parecen haber tenido una inclinación real por la religión. Ambos multiplicaron los dioses, mas a veces parecen haberlos multiplicado por razones casi opuestas.

A veces parecería como si el politeísmo griego se ramificara y floreciera hacia arriba como las ramas de un árbol, mientras que el politeísmo itálico se ramificaba hacia abajo como las raíces. Tal vez sea más exacto decir que las primeras ramas se alzaban ligeras, cargadas de flores; mientras que las segundas pendían hacia abajo, pesadas de frutos. Quiero decir que los latinos parecen multiplicar los dioses para acercarlos a los hombres, mientras que los dioses griegos se elevaban e irradiaban hacia afuera en el cielo matutino.

Lo que nos impresiona de los cultos itálicos es su carácter local y, especialmente, doméstico. Obtenemos la impresión de divinidades revoloteando por la casa como moscas; de deidades agruparándose y adhiriéndose como murciélagos a los pilares, o anidando como pájaros bajo los aleros. Tenemos la visión de un dios de los tejados y un dios de los postes de las puertas, de un dios de las puertas e incluso de un dios de las alcantarillas.

Se ha sugerido que toda mitología era una especie de cuento de hadas; pero este era un tipo particular de cuento de hadas que bien puede llamarse cuento de amor de la lumbre o cuento infantil; porque era un cuento del interior del hogar; como aquellos que hacen que sillas y mesas hablen como duendes. Los viejos dioses domésticos de los campesinos italianos parecen haber sido grandes e imprecisas imágenes de madera, más carentes de rasgos que el mascarón de proa que Quilp apaleaba con las tenazas. Esta religión del hogar era sumamente hogareña.

Por supuesto, había otros elementos menos humanos en el enredo de la mitología italiana. Había deidades griegas superpuestas a las romanas; había aquí y allá cosas más feas en el fondo, experimentos del paganismo cruel, como el rito aricio del sacerdote que da muerte al matador. Pero estas cosas estaban siempre latentes en el paganismo; no son ciertamente el carácter peculiar del paganismo latino.

La peculiaridad de este puede resumirse a grandes rasgos diciendo que, si la mitología personificaba las fuerzas de la naturaleza, esta mitología personificaba la naturaleza transformada por las fuerzas del hombre. Era el dios del grano y no de la hierba, del ganado y no de las fieras del bosque; en resumen, el culto era literalmente un cultivo, tal como lo expresamos cuando hablamos de agricultura.

Con esto se daba una paradoja que sigue siendo para muchos el enigma o el jeroglífico de los latinos. Con la religión impregnando cada detalle doméstico como una planta trepadora, iba lo que a muchos les parece el espíritu diametralmente opuesto: el espíritu de revuelta.

Los imperialistas y reaccionarios invocan a menudo a Roma como el modelo mismo de la orden y la obediencia; pero Roma era justamente lo contrario. La verdadera historia de la antigua Roma se parece mucho más a la historia del París moderno. Podría llamarse, en lenguaje moderno, una ciudad construida a base de barricadas.

Se dice que la puerta de Jano jamás se cerraba porque había una guerra eterna en el exterior; es casi igual de cierto que hubo una revolución eterna en el interior. Desde los primeros disturbios plebeyos hasta las últimas guerras serviles, el Estado que impuso la paz en el mundo nunca estuvo realmente en paz. Los gobernantes eran ellos mismos rebeldes.

Existe una verdadera relación entre esta religión en la vida privada y esta revolución en la vida pública.

Historias no menos heroicas por ser trilladas nos recuerdan que la República se fundó sobre un tiranicidio que vengó la afrenta a una esposa; que los Tribunos del pueblo fueron restablecidos tras otro que vengó la afrenta a una hija.

La verdad es que solo los hombres para quienes la familia es sagrada tendrán jamás un criterio o una posición desde la cual criticar al Estado. Solo ellos pueden apelar a algo más santo que los dioses de la ciudad: los dioses del hogar.

Por eso los hombres se desconciertan al ver que las mismas naciones que se consideran rígidas en lo doméstico son también consideradas inquietas en la política; por ejemplo, los irlandeses y los franceses. Vale la pena detenerse en este punto doméstico porque es un ejemplo exacto de lo que aquí se entiende por el interior de la historia, como el interior de las casas.

Las historias meramente políticas de Roma podrán estar muy en lo cierto al decir que este o aquel fue un acto cínico o cruel de los políticos romanos; pero el espíritu que hizo resurgir a Roma desde lo hondo fue el espíritu de todos los romanos; y no es hipocresía llamarlo el ideal de Cincinato pasando del senado al arado.

Hombres de esa laya habían fortalecido su aldea por todos lados, habían extendido ya sus victorias sobre italianos e incluso sobre griegos, cuando se vieron enfrentados a una guerra que cambió el mundo. La he llamado aquí la guerra de los dioses y los demonios.

Se fundó en la costa opuesta del mar interior una ciudad que llevaba el nombre de la Ciudad Nueva. Era ya mucho más antigua, más poderosa y más próspera que la localidad italiana; pero aún conservaba en torno a ella un aire que hacía que el nombre no fuera del todo inapropiado.

Se le había llamado nueva porque era una colonia como Nueva York o Nueva Zelanda. Era un puesto avanzado o un asentamiento de la energía y la expansión de las grandes ciudades comerciales de Tiro y Sidón. Había en ella un matiz de países y colonias nuevos; una perspectiva confiada y comercial.

Le gustaba decir cosas que resonaban con una cierta seguridad metálica; como que nadie podía lavarse las manos en el mar sin el permiso de la Ciudad Nueva. Pues dependía casi por completo de la grandeza de sus barcos, al igual que los dos grandes puertos y mercados de donde procedía su gente. Traía de Tiro y Sidón un talento prodigioso para el comercio y una considerable experiencia de viajes. Traía otras cosas también.

En un capítulo anterior he insinuado algo de la psicología que hay detrás de un cierto tipo de religión.

Existía una tendencia en aquellos que ávidos estaban de resultados prácticos, al margen de los resultados poéticos, de invocar a espíritus de terror y coacción; de mover el Aqueronte ante la desesperación de doblegar a los dioses. Siempre hay una especie de idea vaga de que estas fuerzas más oscuras de verdad harán las cosas, sin tonterías de por medio.

En la psicología interior de los pueblos púnicos, esta extraña clase de practicidad pesimista había crecido hasta alcanzar grandes proporciones. En la Ciudad Nueva, a la que los romanos llamaron Cartago, al igual que en las metrópolis de Fenicia, el dios que conseguía que las cosas se hicieran llevaba el nombre de Moloch, que tal vez era idéntico a esa otra deidad que conocemos como Baal, el Señor. Al principio, los romanos no sabían muy bien cómo llamarlo ni qué pensar de él; tuvieron que remontarse al mito más burdo de los orígenes griegos o romanos y compararlo con Saturno devorando a sus hijos.

Pero los adoradores de Moloch no eran burdos ni primitivos. Eran miembros de una civilización madura y pulida, rebosante de refinamientos y lujos; probablemente eran mucho más civilizados que los romanos. Y Moloch no era un mito; o, al menos, su festín no era un mito. Esta gente altamente civilizada se reunía realmente para invocar la bendición del cielo sobre su imperio arrojando a cientos de sus bebés a un gran horno. Solo podemos hacernos una idea de esta combinación si imaginamos a una serie de comerciantes de Mánchester con chistera y patillas en forma de chuleta de cordero, yendo a la iglesia todos los domingos a las once en punto para ver cómo asan a un bebé.

Las primeras etapas de la disputa política o comercial pueden seguirse con mucho detalle precisamente porque es meramente política o comercial. Las guerras púnicas parecieron por un momento no tener fin, y no es fácil decir cuándo comenzaron exactamente. Los griegos y los sicilianos ya habían estado luchando vagamente en el bando europeo contra la ciudad africana. Cartago había derrotado a Grecia y conquistado Sicilia. Cartago también se había afianzado firmemente en España; y entre España y Sicilia la ciudad latina se hallaba cercada y habría sido aplastada, si los romanos hubieran sido del tipo de los que se dejan aplastar fácilmente. Sin embargo, el interés de la historia radica en realidad en el hecho de que Roma fue aplastada. Si no hubiera existido ciertos elementos morales además de los materiales, la historia habría terminado allí donde Cartago sin duda creía que había terminado. Es bastante común culpar a Roma por no haber hecho la paz. Pero existía un verdadero instinto popular de que no podía haber paz con ese tipo de gente. Es bastante común culpar al romano por su Delenda est Carthago; Cartago debe ser destruida. Es más común olvidar que, según todas las apariencias, la propia Roma fue destruida. El aura sagrada que envolvió a Roma para siempre, se olvida con demasiada frecuencia, se aferró a ella en parte porque había resucitado repentinamente de entre los muertos.

Cartago era una aristocracia, como lo son la mayoría de esos Estados mercantiles. La presión de los ricos sobre los pobres era tan impersonal como irresistible. Pues tales aristocracias nunca permiten el gobierno personal, lo cual es tal vez la razón por la cual esta recelaba del talento personal.

Pero el genio puede surgir en cualquier parte, incluso en una clase dirigente. Como para hacer que la prueba suprema del mundo fuera lo más terrible posible, se decretó que una de las grandes casas de Cartago produjera un hombre que salió de aquellos palacios dorados con toda la energía y la originalidad de un Napoleón surgido de la nada.

En la peor crisis de la guerra, Roma supo que la propia Italia, mediante un milagro militar, era invadida desde el norte. Aníbal, la Gracia de Baal, como sonaba su nombre en su propia lengua, había arrastrado una pesada cadena de armamentos sobre las solitarias y estrelladas alturas de los Alpes, y señalaba hacia el sur la ciudad que había jurado destruir ante todos sus temibles dioses.

Aníbal marchó por el camino hacia Roma, y los romanos que se precipitaron a la guerra contra él sintieron como si estuvieran luchando contra un mago.

Dos grandes ejércitos se hundieron a su derecha y a su izquierda en los pantanos del Trebia; más y más fueron absorbidos por el horrible remolino de Cannas; más y más salieron solo para caer en la ruina al contacto con él.

La señal suprema de todos los desastres, que es la traición, volvió a tribu tras tribu contra la causa decadente de Roma, y aun así el enemigo invencible avanzaba cada vez más cerca de la ciudad; y siguiendo a su gran líder, el creciente ejército cosmopolita de Cartago pasó como un desfile de todo el mundo;

  • los elefantes sacudiendo la tierra como montañas en marcha
  • y los gigantescos galos con su panoplia bárbara
  • y los oscuros españoles ceñidos de oro
  • y los morenos númidas sobre sus caballos indómitos del desierto girando y lanzándose en picada como halcones,
  • y multitudes enteras de desertores y mercenarios y pueblos misceláneos;

y la Gracia de Baal iba delante de ellos.

Los augures y los escribas romanos que dijeron en aquella hora que aquello traía prodigios ultraterrenos, que había nacido un niño con cabeza de elefante o que las estrellas caían como granizos, poseían una comprensión mucho más filosófica de lo que realmente había sucedido que el historiador moderno que no ve en ello más que un éxito de estrategia que ponía fin a una rivalidad comercial.

Algo muy distinto se sintió en el momento y sobre el terreno, tal como lo sienten siempre quienes experimentan una atmósfera extraña que penetra en la propia como una niebla o un hedor nauseabundo. No fue una mera derrota militar, ni por supuesto una mera rivalidad mercantil, lo que llenó la imaginación romana con tan espantosos presagios de que la propia naturaleza se volvía antinatural.

Era Moloc sobre el monte de los latinos, mirando con su rostro aterrador a través de la llanura; era Baal que pisoteaba los viñedos con sus pies de piedra; era la voz de Tanit la invisible, tras sus velos flotantes, susurrando sobre el amor que es más horrible que el odio.

La quema de los trigales italianos, la ruina de las vides italianas, eran algo más que reales; eran alegóricas. Eran la destrucción de las cosas domésticas y fructíferas, el marchitamiento de lo humano ante esa inhumanidad que está mucho más allá de la cosa humana llamada crueldad.

Los dioses lares se inclinaban profundamente en la oscuridad bajo sus humildes techos; y por encima de ellos pasaban los demonios en un viento venido de más allá de todas las murallas, tocando la trompeta de la Tramontana. La puerta de los Alpes fue derribada; y en un sentido no vulgar, sino muy solemne, era el Infierno desatado.

La guerra de los dioses y los demonios parecía haber terminado ya; y los dioses habían muerto. Las águilas se habían perdido, las legiones estaban rotas; y en Roma no quedaba más que el honor y el frío valor de la desesperación.

En todo el mundo una sola cosa amenazaba aún a Cartago, y esa cosa era Cartago. Todavía subsistía el funcionamiento interno de un elemento fuerte en todos los Estados comerciales prósperos, y la presencia de un espíritu que conocemos.

Aún quedaba el juicio sólido y la perspicacia de los hombres que dirigen las grandes empresas; aún quedaba el consejo de los mejores expertos financieros; aún quedaba el gobierno empresarial; aún quedaba la perspectiva amplia y sensata de los hombres prácticos de negocios; y en estas cosas podían los romanos confiar.

A medida que la guerra se arrastraba hacia lo que parecía su final trágico, fue creciendo poco a poco la débil y extraña posibilidad de que, incluso ahora, su confianza no fuera en vano. Los sencillos hombres de negocios de Cartago, pensando como suelen pensar tales hombres en términos de razas que viven y mueren, veían con claridad que Roma no solo estaba muriendo, sino muerta. La guerra había terminado; era obviamente desesperado que la ciudad italiana resistiera por más tiempo, e inconcebible que alguien resistiera cuando ya no había esperanza.

Bajo estas circunstancias, quedaba por considerar otra serie de principios de negocios amplios y sólidos. Las guerras se libraban con dinero y, por consiguiente, costaban dinero; tal vez sentían en sus corazones, como tantos de su calaña, que después de todo la guerra debía de ser algo perversa porque cuesta dinero. Había llegado el momento de la paz; y más aún, de la economía. Los mensajes enviados por Aníbal de vez en cuando pidiendo refuerzos eran un anacronismo ridículo; había cosas mucho más importantes de las que ocuparse ahora.

Podría ser verdad que algún cónsul u otro hubiera hecho una última incursión hasta el Metauro, hubiera matado al hermano de Aníbal y arrojado su cabeza, con furia latina, al campamento de Aníbal; y acciones demenciales de esa clase demostraban cuán absolutamente desesperados se sentían los latinos respecto a su causa. Pero ni siquiera unos latinos exaltados podían estar tan locos como para aferrarse a una causa perdida para siempre. Así razonaban los mejores expertos financieros; y descartaban cada vez más cartas, llenas de informes alarmistas bastante extraños.

Así razonaba y actuaba el gran Imperio cartaginés. Ese prejuicio sin sentido, la maldición de los Estados comerciales —la necedad de creer que la estupidez es de algún modo práctica y que el genio es de algún modo inútil—, los llevó a privar de recursos y abandonar a ese gran artista en la escuela de las armas, a quien los dioses les habían dado en vano.

¿Por qué albergan los hombres esta extraña idea de que lo sórdido siempre debe derrotar a lo magnánimo; de que existe una vaga conexión entre la inteligencia y la brutalidad, o de que no importa que un hombre sea aburrido con tal de que sea también mezquino?

¿Por qué consideran vagamente que toda caballería es sentimentalismo y todo sentimentalismo es debilidad?

Lo hacen porque, como todos los hombres, están inspirados principalmente por la religión. Para ellos, como para todos los hombres, el primer hecho es su noción de la naturaleza de las cosas; su idea sobre el mundo en el que viven. Y su fe consiste en que lo único definitivo es el miedo y, por tanto, que el corazón mismo del mundo es malvado. Creen que la muerte es más fuerte que la vida, y por lo tanto las cosas muertas deben ser más fuertes que las cosas vivas; ya sean esas cosas muertas oro, hierro y maquinaria, o rocas, ríos y fuerzas de la naturaleza.

Puede sonar fantasioso decir que los hombres con los que nos reunimos a la hora del té o con los que hablamos en fiestas en el jardín son adoradores secretos de Baal o de Moloch. Pero esta clase de mentalidad comercial tiene su propia visión cósmica, y es la visión de Cartago. Contiene el error brutal que fue la ruina de Cartago. El poder púnico cayó porque hay en este materialismo una loca indiferencia hacia el pensamiento real. Al no creer en el alma, llega a no creer en la mente. Como es demasiado práctico para ser moral, niega lo que todo soldado práctico llama la moral de un ejército. Imagina que el dinero peleará cuando los hombres ya no quieran pelear.

Así ocurrió con los príncipes mercaderes púnicos. Su religión era una religión de desesperación, incluso cuando sus fortunas prácticas eran esperanzadoras. ¿Cómo iban a comprender que los romanos podían tener esperanza aun cuando sus fortunas eran desesperadas? Su religión era una religión de fuerza y miedo; ¿cómo iban a comprender que los hombres aún pueden desprenderse del miedo incluso cuando se someten a la fuerza? Su filosofía del mundo llevaba el hastío en su propio corazón; sobre todo, estaban cansados de la guerra; ¿cómo iban a entender a aquellos que aún hacen la guerra incluso cuando están cansados de ella?

En una palabra, ¿cómo iban a comprender la mente del Hombre, ellos que se habían postrado durante tanto tiempo ante cosas carentes de mente, el dinero, la fuerza bruta y dioses que tenían corazones de bestias? Se despertaron de repente con la noticia de que las ascuas que habían desdeñado tanto como para ni siquiera pisarlas volvían a estallar en llamas por todas partes; que Asdrúbal había sido derrotado, que Aníbal era superado en número, que Escipión había llevado la guerra a España; que la había llevado a África.

Ante las mismas puertas de la ciudad dorada, Aníbal libró su última batalla por ella y la perdió; y Cartago cayó como nada ha caído desde Satanás. El nombre de la Ciudad Nueva subsiste únicamente como un nombre. No queda ni una sola piedra de ella sobre la arena. Ciertamente se libró otra guerra antes de la destrucción final: pero la destrucción fue definitiva. Solo los hombres que cavaron en sus profundos cimientos siglos después encontraron un montón de cientos de pequeños esqueletos, las sagradas reliquias de esa religión. Porque Cartago cayó por haber sido fiel a su propia filosofía y haber llevado hasta su conclusión lógica su propia visión del universo. Moloch se había comido a sus hijos.

Los dioses habían vuelto a levantarse, y los demonios habían sido derrotados después de todo. Pero habían sido derrotados por los derrotados, y casi derrotados por los muertos.

Nadie comprende el romanticismo de Roma, y por qué se alzó después hasta alcanzar un liderazgo representativo que parecía casi fatídico y fundamentalmente natural, si no tiene presente la agonía de horror y humillación a través de la cual ella había seguido dando testimonio de la cordura que es el alma de Europa. Llegó a erigirse solitaria en medio de un imperio porque en otro tiempo había estado solitaria en medio de la ruina y el desierto. Tras aquello, todos los hombres supieron en su fuero interno que ella había sido representante de la humanidad, aun cuando fue rechazada por los hombres. Y cayó sobre ella la sombra de una luz refulgente y todavía invisible, y la carga de las cosas por venir.

No nos corresponde a nosotros adivinar de qué manera o en qué momento la misericordia de Dios habría rescatado al mundo en cualquier caso; pero es seguro que la lucha que fundó la Cristiandad habría sido muy diferente de haber existido un imperio de Cartago en lugar de un imperio de Roma. Debemos agradecer la paciencia de las guerras púnicas que, en épocas posteriores, las cosas divinas descendieran al menos sobre las cosas humanas y no sobre las inhumanas.

Europa evolucionó hacia sus propios vicios y su propia impotencia, como se sugerirá en otra página; pero lo peor en lo que desembocó no se parecía a aquello de lo que se había librado. ¿Puede algún hombre en su sano juicio comparar a la gran muñeca de madera, a la que los niños esperaban que comiera un poquito de la cena, con el gran ídolo del que se habría esperado que se comiera a los niños? Esa es la medida de cuán lejos se desvió el mundo, en comparación con cuán lejos podría haberse desviado.

Si los romanos fueron despiadados, lo fueron en un sentido verdadero con un enemigo, y ciertamente no meramente con un rival. No recordaban rutas comerciales y normativas, sino los rostros de hombres burlones; y aborrecían el alma aborrecible de Cartago. Y les debemos algo si nunca tuvimos que derribar los bosques sagrados de Venus exactamente como los hombres derribaban los bosques sagrados de Baal. Debemos en parte a su dureza que nuestros pensamientos sobre nuestro pasado humano no sean totalmente duros. Si el paso del paganismo al cristianismo fue un puente además de una brecha, se lo debemos a quienes mantuvieron humano aquel paganismo.

Si, después de todos estos siglos, nos hallamos en cierto modo en paz con el paganismo, y podemos pensar con mayor benevolencia en nuestros padres, es bueno recordar las cosas que fueron y las cosas que habrían podido ser. Solo por esta razón podemos sobrellevar a la ligera el peso de la antigüedad y no necesitamos estremecernos ante una ninfa en una fuente o un cupido en una tarjeta de San Valentín. La risa y la tristeza nos vinculan con cosas que se desvanecieron hace mucho y se recuerdan sin deshonra; y podemos ver, no del todo sin ternura, el crepúsculo descender sobre la granja sabina y oír a los lares regocijarse cuando Catulo vuelve a casa en Sirmio.

Deleta est Carthago.

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