La Antigüedad de la Civilización
El hombre moderno que contempla los orígenes más antiguos ha sido como un hombre que aguarda el amanecer en una tierra extraña, y espera ver esa aurora despuntando tras colinas desnudas o picos solitarios.
Pero esa aurora despunta tras la masa negra de grandes ciudades construidas tiempo ha y perdidas para nosotros en la noche originaria; ciudades colosales como casas de gigantes, en las que incluso los animales ornamentales tallados son más altos que las palmeras; en las que el retrato pintado puede tener doce veces el tamaño del hombre; con tumbas como montañas de hombres dispuestas en cuadro y apuntando a las estrellas; con toros alados y barbados que se yerguen y miran enormes a las puertas de los templos; que permanecen inmóviles eternamente como si un paso en falso sacudiera el mundo.
El alba de la historia revela una humanidad ya civilizada. Quizá revela una civilización ya vieja. Y entre otras cosas más importantes, revela la necedad de la mayoría de las generalizaciones sobre el periodo anterior y desconocido en el que esta era verdaderamente joven.
Las dos primeras sociedades humanas de las que tenemos algún registro fiable y detallado son Babilonia y Egipto. Da la casualidad de que estos dos vastos y espléndidos logros del genio de los antiguos dan testimonio en contra de dos de las suposiciones más comunes y burdas de la cultura de los modernos.
Si queremos deshacernos de la mitad de las tonterías sobre nómadas, cavernícolas y el viejo hombre del bosque, solo necesitamos mirar fijamente los dos sólidos y estupefactos hechos llamados Egipto y Babilonia.
Por supuesto, la mayoría de estos especuladores que hablan de los hombres primitivos están pensando en los salvajes modernos. Prueban su evolución progresiva asumiendo que una gran parte del género humano no ha progresado ni evolucionado, ni siquiera ha cambiado de ninguna manera en absoluto.
No estoy de acuerdo con su teoría del cambio; ni tampoco estoy de acuerdo con su dogma de las cosas inmutables. Puede que no crea que el hombre civilizado haya tenido un progreso tan rápido y reciente; pero no alcanzo a comprender por qué el hombre incivilizado ha de ser tan místicamente inmortal e inmutable.
Un modo de pensar y de hablar algo más sencillo me parece necesario a lo largo de toda esta investigación.
Los salvajes modernos no pueden ser exactamente iguales al hombre primitivo, porque no son primitivos. Los salvajes modernos no son antiguos por el hecho de ser modernos. Algo les ha ocurrido a su raza tanto como a la nuestra, durante los miles de años de nuestra existencia y permanencia en la tierra.
Han tenido ciertas experiencias, y presumiblemente han actuado en consecuencia —si no es que las han aprovechado—, como el resto de nosotros. Han tenido cierto entorno, e incluso alguna modificación del entorno, y presumiblemente se han adaptado a él de una manera propia y decorosa, de acuerdo con la evolución. Esto sería verdad aun si las experiencias fuesen leves o el entorno sombrío; pues existe un efecto en el mero transcurso del tiempo cuando este adopta la forma moral de la monotonía.
Pero a un buen número de personas inteligentes y bien informadas les ha parecido bastante probable que la experiencia de los salvajes haya sido la de un declive desde la civilización.
La mayoría de quienes critican este punto de vista no parecen tener una noción muy clara de cómo sería un declive desde la civilización. Dios los ayude, es muy probable que pronto lo descubran.
Parecen conformarse con que los hombres de las cavernas y los isleños caníbales tengan algunas cosas en común, como ciertos utensilios particulares. Pero es evidente a simple vista que cualquier pueblo reducido por cualquier motivo a una vida más rudimentaria tendría algunas cosas en común. Si perdiéramos todas nuestras armas de fuego, fabricaríamos arcos y flechas; pero no nos pareceríamos necesariamente en todo a los primeros hombres que fabricaron arcos y flechas.
Se dice que los rusos en su gran retirada iban tan escasos de armamento que luchaban con garrotes cortados en el bosque. Pero un profesor del futuro se equivocaría si supusiera que el ejército ruso de 1916 era una tribu escita desnuda que nunca había salido del bosque.
Es como decir que un hombre en su segunda infancia debe copiar exactamente la primera. Un bebé es calvo como un anciano; pero sería un error para alguien ignorante de la infancia deducir que el bebé tiene una larga barba blanca.
Tanto un bebé como un anciano caminan con dificultad; pero quien espere que el anciano se tumbe de espaldas y patalee alegremente en su lugar, se llevará una desilusión.
Por lo tanto, es absurdo sostener que los primeros pioneros de la humanidad debieron de ser idénticos a algunos de sus restos últimos y más estancados.
Había casi con certeza algunas cosas, probablemente había muchas cosas, en las que ambos diferían ampliamente o eran diametralmente opuestos. Un ejemplo de la forma en que funciona esta distinción, y un ejemplo esencial para nuestro argumento aquí, es el de la naturaleza y el origen del gobierno.
Ya he aludido al señor H. G. Wells y al Viejo, con quien parece estar en términos tan íntimos.
Si consideramos los fríos hechos de la evidencia prehistórica para este retrato del jefe prehistórico de la tribu, solo podríamos disculparlo diciendo que su brillante y versátil autor simplemente olvidó por un momento que se su supone que estaba escribiendo una historia, y soñó que estaba escribiendo uno de sus propios y maravillosos romances imaginarios.
Al menos no puedo imaginar cómo es posible que sepa que al gobernante prehistórico se le llamaba el Viejo o que la etiqueta de la corte exige que se escriba con iniciales mayúsculas. Dice del mismo potentado: «Nadie tenía permitido tocar su lanza ni sentarse en su asiento».
Tengo dificultad para creer que alguien haya desenterrado una lanza prehistórica con una etiqueta prehistórica que diga «Se ruega a los visitantes no tocar», o un trono completo con la inscripción «Reservado para el Viejo». Pero cabe suponer que el escritor, de quien difícilmente se puede suponer que simplemente esté inventando cosas de su propia cabeza, solo estaba dando por sentado este paralelismo tan dudoso entre el hombre prehistórico y el descivilizado.
Puede ser que en ciertas tribus salvajes al jefe se le llame el Viejo y a nadie se le permita tocar su lanza o sentarse en su asiento.
Puede ser que en esos casos esté rodeado de terrores supersticiosos y tradicionales; y puede ser que en esos casos, que yo sepa, sea despótico y tiránico.
Pero no hay ni un ápice de evidencia de que el gobierno primitivo fuera despótico y tiránico. Puede haberlo sido, por supuesto, pues pudo haber sido cualquier cosa o incluso nada; puede que ni siquiera haya existido.
Pero el despotismo en ciertas tribus sombrías y decadentes del siglo veinte no prueba que los primeros hombres fueran gobernados despóticamente. Ni siquiera lo sugiere; ni siquiera empieza a insinuarlo.
Si hay un hecho que realmente podemos demostrar, a partir de la historia que verdaderamente conocemos, es que el despotismo puede ser una evolución, a menudo una evolución tardía y muy frecuentemente el final de sociedades que han sido altamente democráticas.
Un despotismo casi puede definirse como una democracia cansada. A medida que la fatiga se apodera de una comunidad, los ciudadanos se muestran menos dispuestos a esa eterna vigilancia que con tanta razón se ha calificado como el precio de la libertad; y prefieren armar a un solo centinela para que vigile la ciudad mientras ellos duermen.
También es verdad que a veces lo necesitaron para algún acto de reforma repentino y militante; es igualmente verdad que a menudo él se aprovechó de ser el hombre fuerte armado para comportarse como un tirano, a la manera de algunos de los sultanes de Oriente.
Pero no alcanzo a ver por qué el Sultán habría de aparecer en la historia antes que muchas otras figuras humanas. Por el contrario, el hombre fuerte y armado depende obviamente de la superioridad de su armadura; y el armamento de esa clase surge con una civilización más compleja. Un hombre puede matar a veinte con una ametralladora; es evidentemente menos probable que pudiera hacerlo con un trozo de pedernal. En cuanto al tópico actual de que el hombre más fuerte gobierna por la fuerza y el temor, no es más que un cuento infantil sobre un gigante de cien manos. Veinte hombres podrían dominar al hombre más fuerte en cualquier sociedad, antigua o moderna. Indudablemente podrían admirar, en un sentido romántico y poético, al hombre que fuera verdaderamente el más fuerte; pero eso es algo muy distinto, y es tan puramente moral e incluso místico como la admiración por el más puro o el más sabio. Pero el espíritu que soporta las crueldades y caprichos propios de un déspota consagrado es el espíritu de una sociedad antigua, asentada y probablemente endurecida, no el espíritu de una nueva. Como su nombre lo indica, el Viejo es el gobernante de una humanidad vieja.
Es mucho más probable que una sociedad primitiva fuera algo parecido a una democracia pura. Hasta el día de hoy, las comunidades agrícolas comparativamente simples son, con mucho, las democracias más puras.
La democracia es algo que siempre fracasa debido a la complejidad de la civilización. Quien quiera puede afirmarlo diciendo que la democracia es enemiga de la civilización. Pero debe recordar que algunos de nosotros preferimos realmente la democracia a la civilización, en el sentido de preferir la democracia a la complejidad.
De todos modos, los campesinos que labran parcelas de su propia tierra en una áspera igualdad, y se reúnen para votar directamente bajo el árbol de la aldea, son los hombres que se gobiernan a sí mismos de manera más verdadera. Es sin duda tan probable como improbable que una idea tan simple se encontrara en la primera condición de hombres aún más simples.
En verdad, la visión despótica es exagerada, aun si no consideramos a los hombres como hombres. Incluso partiendo de una premisa evolutiva de la más materialista índole, no hay realmente razón alguna por la cual los hombres no debieran haber tenido al menos tanta camaradería como las ratas o los grajos.
Liderazgo de algún tipo sin duda tenían, como lo tienen los animales gregarios; pero el liderazgo no implica esa servidumbre irracional que se atribuye a los súbditos supersticiosos del Viejo de la Montaña.
Sin duda había alguien que correspondía, para usar la expresión de Tennyson, al grajo de muchas inviernos que guía a la vociferante bandada de vuelta a casa. Pero me imagino que si esa venerable ave comenzara a actuar al modo de algunos sultanes de la Asia antigua y decadente, se convertiría en una bandada muy vociferante y el grajo de muchos inviernos no vería muchos inviernos más.
Puede observarse, a este respecto, que incluso entre los animales parecería que se respeta algo más que la violencia bestial, aunque no sea más que la familiaridad que en los hombres se llama tradición o la experiencia que en los hombres se llama sabiduría.
No sé si los cuervos siguen realmente al cuervo más viejo, pero si lo hacen, ciertamente no están siguiendo al cuervo más fuerte. Y sí sé, en el caso humano, que si algún ritual de antigüedad hace que los salvajes veneren a alguien llamado el Viejo, al menos no tienen nuestra propia debilidad sentimental y servil de adorar al Hombre Fuerte.
Puede decirse entonces que el gobierno primitivo, al igual que el arte y la religión primitivos y todo lo demás, se conoce de manera muy imperfecta, o más bien se adivina; pero que sugerir que era tan popular como una aldea balcánica o pirenaica es, al menos, una suposición tan acertada como sugerir que era tan caprichoso y secreto como un diván turco.
Tanto la democracia de montaña como el palacio oriental son modernos en el sentido de que todavía siguen ahí, o son algún tipo de producto de la historia; pero, de ambos, el palacio tiene mucho más el aspecto de ser una acumulación y una corrupción, y la aldea mucho más el aspecto de ser una cosa verdaderamente inalterada y primitiva.
Pero mis sugerencias en este punto no van más allá de expresar una sana duda sobre la presunción actual.
Me parece interesante, por ejemplo, que las instituciones liberales hayan sido rastreadas, incluso por los modernos, hasta estados bárbaros o poco desarrollados, cuando convenía para el apoyo de alguna raza, nación o filosofía.
- Así, los socialistas profesan que su ideal de propiedad comunal existió en tiempos muy remotos.
- Así, los judíos se enorgullecen de los jubileos o de las redistribuciones más justas bajo su antigua ley.
- Así, los teutonistas se jactaban de rastrear parlamentos, jurados y diversas cosas populares entre las tribus germánicas del Norte.
- Así, los filoceltas y aquellos que testifican sobre los agravios de Irlanda han abogado por la justicia más igualitaria del sistema de clanes, del cual los jefes irlandeses dieron testimonio antes de Strongbow.
La fuerza del argumento varía en los distintos casos; pero como hay algún argumento para todos ellos, sospecho que hay algún argumento para la proposición general de que las instituciones populares de algún tipo no eran en absoluto poco comunes en las sociedades primitivas y sencillas.
Cada una de estas distintas escuelas hacía la concesión para demostrar una tesis moderna particular; pero, tomadas en conjunto, sugieren una verdad más antigua y general: que en los concilios prehistóricos había algo más que ferocidad y miedo.
Cada uno de estos teóricos independientes tenía su propio interés oculto, pero estaba dispuesto a usar un hacha de piedra; y logra sugerir que el hacha de piedra pudo haber sido tan republicana como la guillotina.
Pero la verdad es que el telón se levanta cuando la obra ya ha comenzado. En cierto sentido, es una verdadera paradoja que hubiera historia antes de la historia. Pero no es la paradoja irracional implícita en la historia prehistórica; pues es una historia que no conocemos.
Muy probablemente era sumamente parecida a la historia que sí conocemos, excepto por el único detalle de que no la conocemos. Es así exactamente lo opuesto a la pretenciosa historia prehistórica, que pretende trazarlo todo en un curso coherente desde la ameba hasta el antropoide y desde el antropoide hasta el agnóstico.
Tan lejos está de ser una cuestión de saberlo todo sobre extrañas criaturas muy diferentes de nosotros, que muy probablemente eran personas muy parecidas a nosotros, excepto que no sabemos nada acerca de ellas.
En otras palabras, nuestros registros más antiguos solo se remontan a una época en la que la humanidad ya llevaba mucho tiempo siendo humana, e incluso mucho tiempo civilizada. Los registros más antiguos que poseemos no solo mencionan, sino que dan por sentadas cosas como reyes, sacerdotes, príncipes y asambleas populares; describen comunidades que son más o menos reconocibles como comunidades en nuestro propio sentido.
Algunas de ellas son despóticas; pero no podemos saber si siempre lo han sido. Algunas de ellas tal vez ya sean decadentes, y casi todas se mencionan como si fueran viejas.
No sabemos lo que realmente sucedió en el mundo antes de esos registros; pero lo poco que sí sabemos no nos dejaría en absoluto asombrados si nos enterásemos de que se parece mucho a lo que ocurre en este mundo actual. No habría nada incongruente ni desconcertante en el descubrimiento de que aquellas edades desconocidas estuvieron llenas de repúblicas colapsando bajo monarquías y resurgiendo como repúblicas, de imperios expandiéndose y encontrando colonias para luego perderlas, de reinos volviéndose a combinar en Estados mundiales y volviéndose a fragmentar en pequeñas nacionalidades, de clases vendiéndose a la esclavitud y marchando de nuevo hacia la libertad; toda esa procesión de la humanidad que puede ser o no un progreso, pero que es con toda seguridad un romance. Pero los primeros capítulos del romance han sido arrancados del libro; y nunca los leeremos.
Lo mismo ocurre con la idea más específica sobre la evolución y la estabilidad social. Según los registros reales disponibles, la barbarie y la civilización no fueron etapas sucesivas en el progreso del mundo. Eran condiciones que existían lado a lado, tal como siguen existiendo lado a lado.
Había civilizaciones entonces como las hay ahora; hay salvajes ahora como los había entonces. Se sugiere que todos los hombres pasaron por una etapa nómada; pero es seguro que hay algunos que nunca han salido de ella, y parece bastante improbable que hubiera algunos que nunca entraron en ella.
Es probable que desde tiempos muy primitivos el agricultor sedentario y el pastor errante hayan sido dos tipos distintos de hombres; y la reorganización cronológica de ambos no es más que un síntoma de esa manía por las etapas progresivas que en gran medida ha falsificado la historia.
Se sugiere que hubo una etapa comunista, en la que la propiedad privada era en todas partes desconocida, una humanidad entera viviendo sobre la negación de la propiedad; pero las evidencias de esta negación son en sí mismas más bien negativas.
Las redistribuciones de la propiedad, los jubileos y las leyes agrarias se suceden a diversos intervalos y en diversas formas; pero que la humanidad haya pasado inevitablemente por una etapa comunista parece tan dudoso como la proposición paralela de que la humanidad volverá inevitablemente a ella.
Esto resulta sumamente interesante como prueba de que los planes más audaces para el futuro invocan la autoridad del pasado; y de que incluso un revolucionario busca convencerse de que es también un reaccionario.
Hay un ejemplo paralelo muy divertido en el caso de lo que se llama feminismo. A pesar de todos los cotilleos pseudocientíficos sobre el matrimonio por captura y el hombre de las cavernas golpeando a la mujer de las cavernas con una maza, cabe señalar que, tan pronto como el feminismo se convirtió en un grito de moda, se insistió en que la civilización humana en su primera etapa había sido un matriarcado. Al parecer, era la mujer de las cavernas quien llevaba la maza. De cualquier modo, todas estas ideas no son mucho mejores que meras conjeturas; y tienen una curiosa manera de seguir la suerte de las teorías y modas modernas.
En cualquier caso, no son historia en el sentido de crónica; y podemos reiterar que, cuando se trata de crónica, la amplia verdad es que la barbarie y la civilización siempre han morado lado a lado en el mundo, extendiéndose a veces la civilización para absorber a los bárbaros, decayendo a veces en una barbarie relativa, y poseyendo en casi todos los casos, de una forma más acabada, ciertas ideas e instituciones que los bárbaros poseen de un modo más rudimentario; tales como el gobierno o la autoridad social, las artes y especialmente las artes decorativas, misterios y tabúes de diversos tipos que giran en torno, sobre todo, al asunto del sexo, y alguna forma de esa cosa fundamental que constituye la principal preocupación de esta investigación: aquello que llamamos religión.
Ahora bien, Egipto y Babilonia, esos dos monstruos primordiales, podrían haber sido provistos especialmente como modelos en este asunto. Casi podrían llamarse modelos prácticos para demostrar cómo estas teorías modernas no funcionan. Las dos grandes verdades que conocemos sobre estas dos grandes culturas resultan contradecir rotundamente las dos falacias corrientes que acaban de considerarse.
La historia de Egipto podría haberse inventado para ilustrar la moraleja de que el hombre no comienza necesariamente con el despotismo por ser bárbaro, sino que muy a menudo llega al despotismo por estar civilizado. Lo encuentra porque tiene experiencia; o, lo que a menudo es casi lo mismo, porque está exhausto.
Y la historia de Babilonia podría haberse inventado para ilustrar la moraleja de que el hombre no necesita ser un nómada o un comunista antes de convertirse en campesino o ciudadano; y que tales culturas no siempre se encuentran en etapas sucesivas, sino a menudo en estados contemporáneos.
Aun al tocar estas grandes civilizaciones con las que comienza nuestra historia escrita, existe la tentación, por supuesto, de ser demasiado ingeniosos o demasiado arrogantes.
Podemos leer los ladrillos de Babilonia en un sentido muy diferente de aquel en el que conjeturamos sobre las piedras con cazoletas y anillos; y sí sabemos con certeza qué significan los animales en los jeroglíficos egipcios, tal como no sabemos nada de los animales en la cueva neolítica.
Pero incluso aquí, los admirables arqueólogos que han descifrado línea tras línea de millas de jeroglíficos pueden verse tentados a leer demasiado entre líneas; incluso la verdadera autoridad en Babilonia puede olvidar cuán fragmentario es su conocimiento duramente ganado; puede olvidar que Babilonia apenas le ha arrojado medio ladrillo, aunque medio ladrillo sea mejor que nada de cuneiforme.
Pero algunas verdades, históricas y no prehistóricas, dogmáticas y no evolutivas, hechos y no fantasías, emergen ciertamente de Egipto y Babilonia; y estas dos verdades se cuentan entre ellas.
Egipto es una cinta verde a lo largo del río que bordea la desolación rojo oscuro del desierto.
Es un proverbio, y de amplísima antigüedad, que ha sido creado por la misteriosa generosidad y la benevolencia casi siniestra del Nilo.
Cuando oímos hablar por primera vez de los egipcios, viven como en una serie de aldeas ribereñas, en comunidades pequeñas y separadas pero cooperativas a lo largo de la orilla del Nilo. Donde el río se ramificaba en el ancho Delta se hallaba tradicionalmente el comienzo de una región o un pueblo algo diferentes; pero esto no necesita complicar la verdad principal.
Estos pueblos más o menos independientes aunque interdependientes ya estaban considerablemente civilizados.
Tenían una especie de heráldica; es decir, arte decorativo utilizado con fines simbólicos y sociales; cada uno navegando por el Nilo bajo su propio estandarte que representaba algún pájaro o animal.
La heráldica implica dos cosas de enorme importancia para la humanidad normal; la combinación de ambas hace esa cosa noble llamada cooperación; sobre la cual descansan todos los campesinados y pueblos que son libres.
- El arte de la heráldica significa independencia; una imagen elegida por la imaginación para expresar la individualidad.
- La ciencia de la heráldica significa interdependencia; un acuerdo entre diferentes cuerpos para reconocer diferentes imágenes; una ciencia de la imaginería.
Tenemos aquí, por tanto, exactamente ese compromiso de cooperación entre familias o grupos libres que es el modo de vida más normal para la humanidad y que es particularmente evidente allí donde los hombres poseen su propia tierra y viven en ella.
Con la mera mención de las imágenes de pájaros y bestias, el estudioso de la mitología murmurará la palabra «tótem» casi en sueños.
Pero, a mi parecer, gran parte del problema surge de su costumbre de pronunciar tales palabras como si estuviera durmiendo. A lo largo de este esbozo aproximado he hecho el intento, necesariamente insuficiente, de mantenerme en el interior más que en el exterior de tales asuntos; de considerarlos, en la medida de lo posible, en términos de pensamiento y no meramente en términos de terminología.
Tiene muy poco sentido hablar de tótems a menos que tengamos cierta idea de lo que realmente se sentía al tener un tótem. Dado que ellos tenían tótems y nosotros no tenemos tótems; ¿se debía a que tenían más temor a los animales o más familiaridad con ellos?
- ¿Se sentía un hombre cuyo tótem era un lobo como un hombre lobo o como un hombre que huye de un hombre lobo?
- ¿Se sentía como el tío Remus respecto al hermano Lobo, o como san Francisco respecto a su hermano el lobo, o como Mowgli respecto a sus hermanos los lobos?
- ¿Era un tótem algo parecido al león británico o algo parecido al bulldog británico?
- ¿Era la adoración de un tótem semejante al sentimiento de los negros hacia Mumbo Jumbo, o el de los niños hacia Jumbo?
Jamás he leído un libro de folklore, por muy erudito que sea, que me haya iluminado sobre esta cuestión, la cual considero, con mucho, la más importante de todas.
Me limitaré a repetir que las primeras comunidades egipcias tenían un entendimiento común sobre las imágenes que representaban a sus respectivos estados; y que este grado de comunicación es prehistórico en el sentido de que ya está ahí al comienzo de la historia.
Pero a medida que la historia se despliega, esta cuestión de la comunicación es claramente el asunto principal de estas comunidades fluviales. Con la necesidad de comunicación surge la necesidad de un gobierno común y la creciente grandeza y la sombra expansiva del rey.
La otra fuerza de cohesión además del rey, y tal vez más antigua que este, es el sacerdocio; y el sacerdocio tiene, presumiblemente, aún más que ver con esos símbolos y señales rituales mediante los cuales los hombres pueden comunicarse.
Y aquí en Egipto surgió probablemente el invento primordial y, sin duda, el prototípico al que debemos toda la historia y toda la diferencia entre lo histórico y lo prehistórico: la escritura arquetípica, el arte de escribir.
Las imágenes populares de estos imperios primitivos no son ni con mucho tan populares como podrían ser.
Se proyecta sobre ellos la sombra de una penumbra exagerada, mayor que la normal e incluso saludable tristeza de los hombres paganos.
Forma parte de esa misma especie de pesimismo secreto al que le encanta convertir al hombre primitivo en una criatura rastrera, cuyo cuerpo es inmundicia y cuya alma es temor.
Procede, por supuesto, del hecho de que los hombres se sienten más conmovidos por su religión; especialmente cuando es irreligión. Para ellos, cualquier cosa primaria y elemental debe ser maligna.
Pero es la curiosa consecuencia que, si bien nos hemos visto inundados por los más descabellados experimentos de romance primitivo, todos ellos se han perdido el verdadero romance de ser primitivos.
Han descrito escenas totalmente imaginarias, en las cuales los hombres de la Edad de Piedra son hombres de piedra como estatuas andantes; en las cuales los asirios o los egipcios son tan rígidos o están tan pintados como su propio arte más arcaico.
Pero ninguno de estos creadores de escenas imaginarias ha intentado imaginar lo que realmente debió de haber sido ver como fresco aquello que nosotros vemos como familiar.
No han visto a un hombre descubriendo el fuego como un niño descubriendo fuegos artificiales.
No han visto a un hombre jugando con el maravilloso invento llamado rueda, como un muchacho jugando a montar una estación inalámbrica.
Nunca han puesto el espíritu de la juventud en sus descripciones de la juventud del mundo.
De ello se deduce que entre todas sus fantasías primitivas o prehistóricas no hay chistes. Ni siquiera hay bromas pesadas, en relación con las invenciones prácticas. Y esto se define con mucha nitidez en el caso particular de los jeroglíficos; pues parece haber indicios serios de que todo ese gran arte humano de la escritura o la grafía comenzó con una broma.
Hay quienes se enterarán con pesar de que aquello parece haber comenzado con un juego de palabras.
El rey o los sacerdotes o algunas personas responsables, deseando enviar un mensaje río arriba en aquel territorio inconvenientemente largo y angosto, tuvieron la idea de enviarlo en escritura pictográfica, como la del indio americano.
Como la mayoría de las personas que han escrito en pictogramas por diversión, descubrió que las palabras no siempre encajaban. Pero cuando la palabra para los impuestos sonaba bastante parecida a la palabra para cerdo, puso audazmente un cerdo como un mal juego de palabras y se arriesgó.
Así, un jeroglífista moderno podría representar «en seguida» dibujando sin escrúpulos un sombrero (hat) seguido de una serie de cifras verticales (ones). Era lo suficientemente bueno para los faraones y debería serlo para él.
Pero debió de ser muy divertido escribir o incluso leer estos mensajes, cuando escribir y leer eran realmente algo nuevo.
Y si la gente insiste en escribir novelas románticas sobre el antiguo Egipto (y parece que ni los rezos, ni las lágrimas, ni las maldiciones pueden apartarles de esa costumbre), sugiero que escenas como esta realmente nos recordarían que los antiguos egipcios eran seres humanos.
Sugiero que alguien describa la escena del gran monarca sentado entre sus sacerdotes, y todos ellos estallando en carcajadas y rebosando de sugerencias a medida que los juegos de palabras reales se volvían cada vez más desbocados e indefendibles.
Podría haber otra escena de casi igual emoción sobre la decodificación de este cifrado; las conjeturas, las pistas y los descubrimientos tendrían toda la emoción popular de una historia de detectives.
Así es como el romance primitivo y la historia primitiva deberían ser escritos realmente.
Pues cualquiera que fuese la cualidad de la vida religiosa o moral de los tiempos remotos —y probablemente fue mucho más humana de lo que convencionalmente se supone—, el interés científico de semejante época debió de ser intenso. Las palabras debían de ser más maravillosas que la telegrafía sin hilos; y los experimentos con las cosas comunes, una serie de descargas eléctricas.
Aún estamos esperando a que alguien escriba un relato animado de la vida primitiva. El punto es en cierto sentido un paréntesis aquí; pero está conectado con el asunto general del desarrollo político, por medio de la institución que es más activa en este primero y más fascinante de todos los cuentos de hadas de la ciencia.
Se admite que la mayor parte de esta ciencia se la debemos a los sacerdotes.
Los escritores modernos como el señor Wells no pueden ser acusados de ninguna debilidad de simpatía hacia una jerarquía pontificia; pero coinciden al menos en reconocer lo que los sacerdotios paganos hicieron por las artes y las ciencias.
Entre los más ignorantes de los ilustrados existía, en efecto, la convención de decir que los sacerdotes habían obstaculizado el progreso en todas las épocas; y un político me dijo una vez en un debate que yo me resistía a las reformas modernas exactamente igual que algún antiguo sacerdote probablemente se resistió al descubrimiento de las ruedas.
Señalé, en respuesta, que era mucho más probable que el antiguo sacerdote hubiera hecho el descubrimiento de las ruedas. Es abrumadoramente probable que el antiguo sacerdote tuviera mucho que ver con el descubrimiento del arte de la escritura. Es bastante obvio en el hecho de que la misma palabra jeroglífico está emparentada con la palabra jerarquía.
La religión de estos sacerdotes era al parecer un politeísmo más o menos enrevesado de un tipo que se describe con más detalle en otra parte. Pasó por un período en el que cooperó con el rey, otro período en el que fue destruida temporalmente por el rey, que resultó ser un príncipe con un teísmo propio y privado, y un tercer período en el que prácticamente destruyó al rey y gobernó en su lugar.
Pero el mundo tiene que agradecerle muchas cosas que considera comunes y necesarias; y los creadores de esas cosas comunes deberían en realidad tener un lugar entre los héroes de la humanidad.
Si estuviéramos en reposo en un auténtico paganismo, en vez de estar inquietos en una reacción bastante irracional contra el cristianismo, tal vez rendiríamos algún tipo de honor pagano a estos creadores sin nombre de la humanidad.
Podríamos tener estatuas veladas del hombre que descubrió el fuego por primera vez, o del hombre que hizo un barco por primera vez, o del hombre que domó un caballo por primera vez. Y si les lleváramos guirnaldas o sacrificios, tendría más sentido que desfigurar nuestras ciudades con estatuas horteras de políticos y filántropos pasados de moda.
Pero uno de los extraños signos de la fuerza del cristianismo es que, desde su llegada, ningún pagano de nuestra civilización ha sido capaz de ser verdaderamente humano.
El quid de la cuestión, sin embargo, es que el gobierno egipcio, ya fuera pontificio o real, consideró cada vez más necesario establecer comunicaciones; y con la comunicación siempre iba implícito un cierto elemento de coerción.
No es necesariamente algo indefendible que el Estado se volviera más despótico a medida que se civilizaba más; es discutible que tuviera que volverse más despótico para poder civilizarse más. Ese es el argumento a favor de la autocracia en todas las épocas; y el interés radica en verlo ilustrado en la época más primigenia.
Pero es categóricamente falso que fuera más despótico en la época más antigua y se volviera más liberal en una época posterior; el proceso práctico de la historia es exactamente el inverso.
No es cierto que la tribu comenzara en el extremo del terror hacia el Viejo y su asiento y su lanza; es probable, al menos en Egipto, que el Viejo fuera más bien un Hombre Nuevo armado para hacer frente a nuevas condiciones.
Su lanza se hizo cada vez más larga y su trono se elevó cada vez más, a medida que Egipto ascendía hacia una civilización compleja y completa. A eso me refiero al decir que la historia del territorio egipcio es en esto la historia de la tierra; y niega directamente la vulgar suposición de que el terrorismo solo puede surgir al principio y no puede surgir al final.
No sabemos cuál fue la primera condición del amalgama más o menos feudal de terratenientes, campesinos y esclavos en las pequeñas comunidades junto al Nilo; pero puede haber sido un campesinado de un tipo aún más popular.
Lo que sí sabemos es que es por la experiencia y la educación como las pequeñas comunidades pierden su libertad; que la soberanía absoluta no es algo meramente antiguo, sino más bien relativamente moderno; y que es al final del sendero llamado progreso cuando los hombres regresan al rey.
Egipto presenta, en ese breve registro de sus más remotos comienzos, el problema fundamental de la libertad y la civilización.
Es el hecho de que los hombres en realidad pierden variedad a causa de la complejidad. No hemos resuelto el problema adecuadamente más de lo que lo hicieron ellos; pero vulgariza la dignidad humana del problema en sí sugerir que incluso la tiranía no tiene otro motivo que el terror tribal.
Y así como el ejemplo egipcio refuta la falacia sobre el despotismo y la civilización, el ejemplo babilónico refuta la falacia sobre la civilización y la barbarie.
De Babilonia también oímos hablar por primera vez cuando ya está civilizada; por la sencilla razón de que no podemos oír hablar de nada hasta que esté lo suficientemente educada como para hablar. Nos habla en lo que se llama cuneiforme; ese extraño y rígido simbolismo triangular que contrasta con el pintoresco alfabeto de Egipto.
Por relativamente rígido que pueda ser el arte egipcio, siempre hay algo diferente del espíritu babilónico, que era demasiado rígido para tener arte alguno. Siempre hay una gracia viva en las líneas del loto y algo tanto de rapidez como de rigidez en el movimiento de las flechas y de los pájaros. Tal vez haya algo de la curva contenida pero viva del río, lo que hace que al hablar de la serpiente del viejo Nilo casi pensemos en el Nilo como una serpiente.
Babilonia fue una civilización de diagramas más que de dibujos. El señor W. B. Yeats, que posee una imaginación histórica a la altura de su imaginación mitológica (y de hecho la primera es imposible sin la segunda), escribió con acierto sobre los hombres que observaban las estrellas «desde su pedante Babilonia».
La escritura cuneiforme estaba incrustada en ladrillos, con los cuales se levantaba toda su arquitectura; los ladrillos eran de barro cocido, y tal vez el material tenía algo que impedía que el sentido de la forma se desarrollara en la escultura o en el relieve.
La suya era una civilización estática pero científica, muy avanzada en la maquinaria de la vida y en ciertos aspectos sumamente moderna. Se dice que tenían mucho del culto moderno al solterón ilustrado y que reconocían a una clase oficial de mujeres trabajadoras independientes.
Hay quizás en ese poderoso baluarte de barro endurecido algo que sugiere la actividad utilitaria de una colmena gigantesca.
Pero aunque era enorme, era humana; vemos muchos de los mismos problemas sociales que en el antiguo Egipto o en la Inglaterra moderna; y cualesquiera que fuesen sus maldades, esta también fue una de las primeras obras maestras del hombre.
Se alzaba, por supuesto, en el triángulo formado por los ríos casi legendarios del Tigris y el Éufrates, y la vasta agricultura de su imperio, de la que dependían sus ciudades, se perfeccionó mediante un sistema de canales altamente científico.
Tenía por tradición una vida intelectual elevada, aunque más filosófica que artística; y presiden su fundación primigenia aquellas figuras que han llegado a representar la sabiduría estelar de la antigüedad; los maestros de Abraham; los caldeos.
Contra esta sólida sociedad, como contra un vasto y desnudo muro de ladrillo, se agitaron generación tras generación los ejércitos sin nombre de los Nómadas. Venían de los desiertos donde la vida nómada se había vivido desde el principio y donde aún se vive hoy.
Huelga detenerse en la naturaleza de esa vida; era bastante obvia y hasta lo bastante fácil seguir a una manada o a un rebaño que por lo general encontraba su propio pastizal y vivir de la leche o la carne que proporcionaba.
Tampoco hay motivo alguno para dudar de que este modo de vida pudiera ofrecer casi todo lo humano excepto un hogar. Muchos de estos pastores o gañanes pudieron hablar en los tiempos más antiguos de todas las verdades y enigmas del Libro de Job; y de entre ellos fueron Abraham y sus hijos, que han legado al mundo moderno, como un enigma sin fin, el monoteísmo casi monomaníaco de los judíos.
Pero eran un pueblo salvaje sin comprensión de una organización social compleja; y un espíritu como el viento en su interior les hacía hacerle la guerra una y otra vez.
La historia de Babilonia es en gran medida la historia de su defensa contra las hordas del desierto; que avanzaban a intervalos de uno o dos siglos y por lo general seretiraban tal como habían venido.
Algunos dicen que una amalgama de invasión nómada edificó en Nínive el arrogante reino de los asirios, que esculpieron grandes monstruos en sus templos, toros barbados con alas como querubines, y que enviaron a muchos conquistadores militares que pisotearon el mundo como con cascos colosales.
Asiria fue un interludio imperial; pero fue un interludio. La historia principal de toda esa tierra es la guerra entre los pueblos errantes y el Estado que era verdaderamente estático.
Presumiblemente en tiempos prehistóricos, y ciertamente en tiempos históricos, aquellos errantes marcharon hacia el oeste para arrasar con todo lo que pudieron encontrar. La última vez que vinieron encontraron que Babilonia había desaparecido; pero eso fue en tiempos históricos y el nombre de su líder era Mahoma.
Ahora vale la pena detenerse en esa historia porque, como se ha sugerido, contradice directamente la impresión aún vigente de que el nomadismo es meramente una cosa prehistórica y el asentamiento social una cosa comparativamente reciente.
No hay nada que indique que los babilonios hubieran vagado jamás; hay muy poco que indique que las tribus del desierto se hayan asentado jamás. De hecho, es probable que esta noción de una etapa nómada seguida de una etapa estática ya haya sido abandonada por los eruditos sinceros y genuinos a cuyas investigaciones todos debemos tanto.
Pero en este libro no tengo desacuerdo con los eruditos sinceros y genuinos, sino con una vasta y vaga opinión pública que se ha extendido prematuramente a partir de ciertas investigaciones imperfectas, y que ha puesto de moda una falsa noción de toda la historia de la humanidad.
Es la noción vaga en su conjunto de que un mono evolucionó hasta convertirse en hombre y que, de la misma manera, un bárbaro evolucionó hasta convertirse en un hombre civilizado, por lo que en cada etapa debemos mirar hacia atrás, hacia la barbarie, y hacia adelante, hacia la civilización.
Desgraciadamente, esta noción está en doble sentido completamente en el aire.
Es una atmósfera en la que los hombres viven más que una tesis que defienden. A los hombres en ese estado de ánimo se les responde más fácilmente con objetos que con teorías; y estará bien si cualquiera que tenga la tentación de hacer tal suposición, en algún giro trivial de charla o escritura, puede ser detenido por un momento cerrando los ojos y viendo por un instante, vasta y vagamente poblada, como un precipicio populoso, la maravilla del muro babilónico.
Un hecho ciertamente se proyecta sobre nosotros como su sombra. Nuestros destellos de ambos imperios primitivos muestran que la primera relación doméstica se había visto complicada por algo que era menos humano, pero que a menudo era considerado igualmente doméstico.
El oscuro gigante llamado Esclavitud había sido evocado como un genio y trabajaba en obras titánicas de ladrillo y piedra.
Aquí, de nuevo, no debemos suponer con demasiada ligereza que lo atrasado era bárbaro; en materia de manumisión, la servidumbre anterior parece en algunos aspectos más liberal que la posterior; tal vez más liberal que la servidumbre del futuro.
Garantizar el alimento para la humanidad obligando a una parte de ella a trabajar era, después de todo, un expediente muy humano; razón por la cual probablemente se volverá a intentar.
Pero en cierto sentido hay un significado en la vieja esclavitud. Representa un hecho fundamental sobre toda la antigüedad antes de Cristo; algo que debe darse por sentado de principio a fin.
- Es la insignificancia del individuo ante el Estado.
- Era tan cierto en la Ciudad Estado más democrática de Hélade como en cualquier despotismo de Babilonia.
- Es uno de los signos de este espíritu que toda una clase de individuos pudiera ser insignificante o incluso invisible.
Debía de ser normal porque se necesitaba para lo que ahora se llamaría «servicio social».
Alguien dijo: «El Hombre no es nada y la Obra lo es todo», tomándolo como un tópico superficial a lo estilo Carlyle. Era el lema siniestro del pagano Estado Servil. En ese sentido hay verdad en la visión tradicional de vastas columnas y pirámides que se elevan bajo esos cielos eternos por los siglos de los siglos, mediante la labor de hombres innumerables y sin nombre, afanándose como hormigas y muriendo como moscas, aniquilados por la obra de sus propias manos.
Pero hay otras dos razones para empezar con los dos puntos fijos de Egipto y Babilonia.
Por un lado, están fijados en la tradición como los arquetipos de la antigüedad; y la historia sin tradición está muerta. Babilonia sigue siendo el estribillo de una rima infantil, y Egipto (con su enorme población de princesas que aguardan la reencarnación) sigue siendo el tema de un número innecesario de novelas. Pero una tradición suele ser una verdad, siempre que la tradición sea lo suficientemente popular, aun cuando sea casi vulgar. Y hay un significado en este elemento babilónico y egipcio en las rimas infantiles y las novelas; hasta los periódicos, normalmente tan atrasados respecto a su tiempo, ya han llegado al reinado de Tutankamón.
La primera razón está llena del sentido común de la leyenda popular; es el simple hecho de que sabemos más de estas cosas tradicionales que de otras cosas contemporáneas, y de que siempre ha sido así. Todos los viajeros, desde Heródoto hasta lord Carnarvon, siguen esta ruta.
Las especulaciones científicas de hoy extienden ciertamente un mapa de todo el mundo primitivo, con corrientes de emigración o mezcla racial marcadas por todas partes con líneas de puntos; sobre espacios que el acientífico cartógrafo medieval se habría conformado en llamar «terra incognita», si no hubiera llenado el espacio en blanco con el dibujo de un dragón para indicar la probable acogida que se daría a los peregrinos. Pero estas especulaciones son sólo especulaciones en el mejor de los casos; y en el peor, las líneas de puntos pueden ser mucho más fabulosas que el dragón.
Desgraciadamente hay aquí una falacia en la que es muy fácil caer para los hombres, incluso para los más inteligentes y quizás especialmente para los más imaginativos.
Es la falacia de suponer que, porque una idea es mayor en el sentido de más vasta, por lo tanto es mayor en el sentido de más fundamental, fija y cierta.
Si un hombre vive solo en una choza de paja en medio del Tíbet, se le puede decir que vive en el Imperio chino; y el Imperio chino es sin duda algo espléndido, espacioso e imponente. O, alternativamente, se le puede decir que vive en el Imperio británico, y quedar debidamente impresionado.
Pero lo curioso es que, en ciertos estados mentales, puede sentirse mucho más seguro del Imperio chino, que no puede ver, que de la choza de paja, que sí puede ver. Realiza en su mente un extraño juego de manos mágico, por el cual su argumento empieza con el imperio aunque su experiencia empiece con la choza.
A veces enloquece y parece estar demostrando que una choza de paja no puede existir en los dominios del Trono del Dragón; que es imposible que una civilización como la que disfruta contenga una covacha como la que habita. Pero su demencia surge del desliz intelectual de suponer que, como China es una hipótesis grande y abarcadora, es por consiguiente algo más que una hipótesis.
Ahora la gente moderna discute perpetuamente de este modo; y lo extiende a cosas mucho menos reales y ciertas que el Imperio Chino.
Parece que olvidan, por ejemplo, que un hombre no está tan seguro ni siquiera del Sistema Solar como lo está de las colinas de South Downs.
El Sistema Solar es una deducción, y sin duda una deducción verdadera; pero el quid es que se trata de una deducción muy vasta y de gran alcance, y por ello olvida que es una deducción en absoluto y la trata como un principio primero.
Podría descubrir que todo el cálculo es un cálculo erróneo; y el sol y las estrellas y las farolas seguirían luciendo exactamente igual. Pero ha olvidado que es un cálculo, y está casi dispuesto a llevarle la contraria al sol si no encaja en el Sistema Solar.
Si esto es una falacia incluso en el caso de hechos bastante bien constatados, como el sistema solar y el Imperio chino, es una falacia aún más devastadora en relación con teorías y otras cosas que no están realmente constatadas en absoluto.
Así, la historia, especialmente la historia prehistórica, tiene la horrible costumbre de empezar con ciertas generalizaciones sobre las razas. No describiré el desorden y la miseria que esta inversión ha producido en la política moderna.
Porque se supone vagamente que la raza ha producido la nación, los hombres hablan como si la nación fuera algo más vago que la raza. Como ellos mismos han inventado una razón para explicar un resultado, casi niegan el resultado con tal de justificar la razón.
Primero tratan a un celta como a un axioma y luego tratan a un irlandés como a una deducción. Y luego se sorprenden de que un gran irlandés, combativo y estruendoso, se enfade por ser tratado como una deducción. No logran ver que los irlandeses son irlandeses, sean o no celtas, haya habido o no celtas alguna vez.
Y lo que vuelve a extraviarlos es el tamaño de la teoría; la sensación de que la fantasía es más grande que el hecho. Se supone que una gran raza celta dispersa abarca a los irlandeses, por lo que, por supuesto, los irlandeses deben depender para su propia existencia de ella.
La misma confusión, por supuesto, ha eliminado a los ingleses y a los alemanes al anegarlos en la raza teutónica; y algunos intentaron demostrar, a partir de la coincidencia de las razas, que las naciones no podían estar en guerra.
Pero solo doy estos ejemplos vulgares y trillados de pasada, como ejemplos más familiares de la falacia; el asunto que aquí nos ocupa no es su aplicación a estas cosas modernas, sino más bien a las cosas más ancestrales.
Pero cuanto más remoto e indocumentado era el problema racial, más firme era esta curiosa certeza invertida en el hombre de ciencia victoriano. A día de hoy, a un hombre de esas tradiciones científicas le produce una especie de sobresalto cuestionar estas cosas, que no eran sino las últimas inferencias cuando él las convirtió en primeros principios.
Está todavía más seguro de que es ario que de que es anglosajón, así como está más seguro de que es anglosajón que de que es inglés. Nunca ha descubierto realmente que es europeo. Pero nunca ha dudado de que es indoeuropeo.
Estas teorías victorianas han cambiado mucho en su forma y alcance; pero esta costumbre de un rápido endurecimiento de una hipótesis hasta convertirla en teoría, y de una teoría en suposición, apenas ha pasado aún de moda.
A la gente no le resulta fácil desprenderse de la confusión mental de creer que los cimientos de la historia deben ser seguros sin duda alguna; que los primeros pasos deben ser firmes; que la generalización más amplia debe resultar obvia.
Pero aunque la contradicción les parezca una paradoja, ocurre exactamente lo contrario. Lo grande es secreto e invisible; lo pequeño es evidente y descomunal.
Todas las razas sobre la faz de la tierra han sido objeto de estas especulaciones, y es imposible siquiera sugerir un esquema del tema. Pero si tomamos únicamente a la raza europea, su historia, o más bien su prehistoria, ha experimentado muchas revoluciones retrospectivas en el corto período de mi propia vida.
Solía llamarse la raza caucásica; y leí en mi infancia un relato sobre su colisión con la raza mongola; estaba escrito por Bret Harte y comenzaba con la pregunta: «¿O acaso el caucásico ha dado de sí todo lo que tenía que dar?».
Aparentemente el caucásico había dado de sí todo lo que tenía que dar, pues en muy poco tiempo se había convertido en el hombre indoeuropeo; a veces, lamento decirlo, presentado con orgullo como el hombre indogermánico.
Parece ser que el hindú y el alemán tienen palabras similares para madre o padre; había otras similitudes entre el sánscrito y varias lenguas occidentales; y con eso todas las diferencias superficiales entre un hindú y un alemán parecían desaparecer de repente.
Generally this composite person was more conveniently described as the Aryan, and the really important point was that he had marched westward out of those high lands of India where fragments of his language could still be found.
When I read this as a child, I had the fancy that after all the Aryan need not have marched westward and left his language behind him; he might also have marched eastward and taken his language with him.
If I were to read it now, I should content myself with confessing my ignorance of the whole matter.
Pero a decir verdad tengo gran dificultad para leerlo ahora, porque no se está escribiendo ahora.
Parece como si el ario también estuviera acabado. De cualquier modo, no solo ha cambiado de nombre, sino de domicilio; su punto de partida y su ruta de viaje.
Una nueva teoría sostiene que nuestra raza no llegó a su actual hogar desde el Este, sino desde el Sur. Algunos dicen que los europeos no vinieron de Asia, sino de África. Algunos incluso han tenido la descabellada ocurrencia de que los europeos vinieron de Europa; o más bien que nunca salieron de ella.
Luego hay una cierta cantidad de evidencia de una presión más o menos prehistórica desde el Norte, como la que parece haber llevado a los griegos a heredar la cultura cretense y tantas veces llevó a los galos a través de las colinas hacia los campos de Italia.
Pero solo menciono este ejemplo de etnología europea para señalar que los eruditos ya han recorrido prácticamente todos los puntos cardinales; y que yo, que no soy uno de los eruditos, no puedo pretender por un momento decidir dónde tales doctores discrepan.
Pero puedo usar mi propio sentido común, y a veces me imagino que el de ellos está un poco oxidado por falta de uso. El primer acto del sentido común es reconocer la diferencia entre una nube y una montaña. Y afirmaré que nadie conoce ninguna de estas cosas, en el sentido en que todos conocemos la existencia de las Pirámides de Egipto.
La verdad, puede repetirse, es que lo que realmente vemos, a diferencia de lo que podemos adivinar razonablemente, en esta primera fase de la historia es la oscuridad cubriendo la tierra y una gran oscuridad a los pueblos, con una luz que brilla aquí y allá sobre parches fortuitos de la humanidad; y que dos de esas llamas sí arden sobre dos de esas altas ciudades primitivas: sobre las altas terrazas de Babilonia y las enormes pirámides del Nilo.
Hay en verdad otras luces antiguas, o luces que puede conjeturarse que son muy antiguas, en partes muy remotas de ese vasto desierto de la noche.
Muy lejos, hacia el Este, hay una alta civilización de vasta antigüedad en China; existen los restos de civilizaciones en México y Sudamérica y otros lugares, algunas de ellas aparentemente tan elevadas en su civilización como para haber alcanzado las formas más refinadas de culto al diablo.
Pero la diferencia radica en el elemento de la tradición; la tradición de estas culturas perdidas se ha interrumpido, y aunque la tradición de China aún vive, es dudoso que sepamos algo al respecto.
Además, un hombre que intente medir la antigüedad china tiene que usar las tradiciones chinas de medición; y experimenta la extraña sensación de haber pasado a otro mundo bajo otras leyes de tiempo y espacio.
El tiempo se despliega telescópicamente hacia afuera, y los siglos adoptan el movimiento lento y rígido de los eones; el hombre blanco que intenta verlo como lo ve el hombre amarillo, siente como si se le diera vuelta la cabeza y se pregunta con desconcierto si le estará creciendo una coleta.
De todos modos, no puede asimilar en un sentido científico esa extraña perspectiva que conduce a la pagoda primigenia del primero de los Hijos del Cielo.
Se encuentra en las antípodas reales; el único mundo alternativo verdadero a la Cristondad; y de algún modo está caminando cabeza abajo.
He hablado del cartógrafo medieval y su dragón; pero ¿qué viajero medieval, por muy interesado que estuviera en los monstruos, esperaría encontrar un país donde un dragón sea un ser benévolo y amable?
De la parte más seria de la tradición china se hablará en otro contexto; pero aquí solo hablo de la tradición y de la prueba de la antigüedad.
Y solo menciono a China como una antigüedad a la que no llegamos mediante un puente de tradición; y a Babilonia y Egipto como antigüedades a las que sí. Heródoto es un ser humano, en un sentido en el que un chino con sombrero hongo, sentado frente a nosotros en una tetería de Londres, apenas es humano. Nos sentimos como si supiéramos lo que sentían David e Isaías, de un modo en el que nunca estamos del todo seguros de lo que sentía Li Hung Chang.
Los mismos pecados que se llevaron a Helena o a Betsabé han pasado a ser proverbiales de la debilidad humana privada, del patetismo e incluso del perdón. Las mismas virtudes del chino tienen algo de aterrador. Esta es la diferencia que marca la destrucción o la preservación de una herencia histórica continua; como la del antiguo Egipto a la Europa moderna.
Pero cuando preguntamos cuál era ese mundo que heredamos, y por qué esas personas y lugares en particular parecen pertenecer a él, somos conducidos al hecho central de la historia civilizada.
Ese centro era el Mediterráneo; el cual no era tanto una extensión de agua como un mundo.
Pero era un mundo con algo del carácter de semejante masa de agua; pues se convirtió cada vez más en un lugar de unificación en el que confluían las corrientes de culturas extrañas y muy diversas.
El Nilo y el Tíber desembocan por igual en el Mediterráneo; de igual modo, tanto el egipcio como el etrusco contribuyeron a una civilización mediterránea.
El encanto de este gran mar se extendía, en verdad, muy tierra adentro, y la unidad se hacía sentir entre los propios árabes en los desiertos y los galos allende las colinas del norte.
Pero la construcción gradual de una cultura común que bordeaba todas las costas de este mar interior es el asunto principal de la antigüedad. Como se verá, a veces fue un mal asunto además de un buen asunto.
En aquel orbis terrarum o círculo de tierras había extremos de maldad y de piedad, razas contrastadas y religiones aún más contrastadas. Fue el escenario de una lucha sin fin entre Asia y Europa, desde la huida de los barcos persas en Salamina hasta la huida de los barcos turcos en Lepanto.
Fue el escenario, como se sugerirá más especialmente más adelante, de una suprema lucha espiritual entre los dos tipos de paganismo, enfrentados el uno al otro en las ciudades latina y fenicia; en el foro romano y en el mercado púnico.
Era el mundo de la guerra y de la paz, el mundo del bien y del mal, el mundo de todo lo que más importa; con todo el respeto hacia los aztecas y los mongoles del Lejano Oriente, no importaban como importaba y sigue importando la tradición mediterránea.
Entre ella y el Lejano Oriente había, por supuesto, interesantes cultos y conquistas de diversa índole, más o menos en contacto con ella, y en la medida en que lo estaban, comprensibles también para nosotros.
Los persas llegaron cabalgando para poner fin a Babilonia; y se nos cuenta en un relato griego cómo aquellos bárbaros aprendieron a tensar el arco y a decir la verdad.
Alejandro, el griego, marchó con sus macedonios hacia el amanecer, y trajo de vuelta aves extrañas con los colores de las nubes del alba y flores y joyas insólitas de los jardines y tesoros de reyes sin nombre.
El islam marchó hacia el este en dirección a aquel mundo y lo hizo en parte imaginable para nosotros; precisamente porque el islam mismo nació en aquel círculo de tierras que bordeaba nuestro propio mar antiguo y ancestral.
En la Edad Media el imperio de los mogoles aumentó su majestad sin perder su misterio; los tártaros conquistaron China y los chinos al parecer le prestaron muy poca atención.
Todas estas cosas son interesantes en sí mismas; pero es imposible desplazar el centro de gravedad hacia los espacios interiores de Asia desde el mar interior de Europa.
Bien mirado, si en el mundo no hubiera más que lo que se dijo, se hizo, se escribió y se edificó en las tierras que rodean el Mediterráneo, este seguiría siendo, en lo que respecta a las cosas más vitales y valiosas, el mundo en el que vivimos.
Cuando esa cultura meridional se extendió hacia el noroeste, produjo cosas muy maravillosas; de las cuales, sin duda, nosotros mismos somos la más maravillosa. Cuando se propagó desde allí a las colonias y a los nuevos países, siguió siendo la misma cultura mientras fue cultura en absoluto.
Pero en torno a aquel pequeño mar, semejante a un lago, estaban las cosas mismas, al margen de todas las prolongaciones, ecos y comentarios sobre las cosas;
- la República y la Iglesia;
- la Biblia y las epopeyas heroicas;
- el Islam, Israel y los recuerdos de los imperios perdidos;
- Aristóteles y la medida de todas las cosas.
Es porque la primera luz sobre este mundo es verdadera luz, la luz del día en que todavía hoy caminamos, y no meramente la dudosa visita de extrañas estrellas, por lo que he comenzado aquí señalando dónde cae por primera vez esa luz sobre las ciudades amuralladas del Mediterráneo oriental.
Pero aunque Babilonia y Egipto tienen así una especie de derecho de primacía, por el mero hecho de ser familiares y tradicionales, enigmas fascinantes para nosotros pero también enigmas fascinantes para nuestros padres, no debemos imaginar que fueron las únicas civilizaciones antiguas en el mar del sur; ni que toda la civilización fue meramente sumeria, semítica o cópta, y menos aún meramente asiática o africana.
La investigación real enaltece cada vez más la antigua civilización de Europa y, en especial, de lo que todavía podemos llamar vagamente los griegos. Debe entenderse en el sentido de que hubo griegos antes de los griegos, así como en muchas de sus mitologías hubo dioses antes de los dioses.
La isla de Creta fue el centro de la civilización hoy llamada minoica, por el Minos que persistió en la leyenda antigua y cuyo laberinto fue descubierto en realidad por la arqueología moderna. Esta compleja sociedad europea, con sus puertos, sus sistemas de desagüe y su maquinaria doméstica, parece haber sucumbido ante alguna invasión de sus vecinos del norte, quienes crearon o heredaron la Hélade que conocemos en la historia.
Pero aquel período anterior no pasó sin haber legado al mundo dones tan grandes que el mundo desde entonces se ha esforzado en vano por recompensarlos, si no es mediante el plagio.
En algún lugar de la costa jónica, frente a Creta y las islas, había una ciudad de algún tipo, probablemente del tipo que llamaríamos un pueblo o aldea con muralla. Se llamaba Ilión, pero llegó a llamarse Troya, y su nombre jamás perecerá sobre la tierra.
Un poeta que pudo haber sido un mendigo y un cantaautor, que pudo haber sido incapaz de leer y escribir, y a quien la tradición describió como ciego, compuso un poema sobre los griegos que iban a la guerra contra esta ciudad para recuperar a la mujer más hermosa del mundo.
Que la mujer más hermosa del mundo viviera en esa pequeña ciudad suena a leyenda; que el poema más hermoso del mundo fuera escrito por alguien que no conocía nada más grande que esas pequeñas ciudades es un hecho histórico.
Se dice que el poema llegó al final de un periodo; que la cultura primitiva lo engendró en su decadencia; en cuyo caso a uno le habría gustado ver esa cultura en su apogeo. Pero de cualquier modo es verdad que este, que es nuestro primer poema, bien podría ser también nuestro último poema.
Bien podría ser la última palabra, así como la primera, dicha por el hombre sobre su suerte mortal, vista a través de una visión meramente mortal. Si el mundo se vuelve pagano y perece, el último hombre que quede con vida haría bien en citar la Ilíada y morir.
Pero en esta gran revelación humana de la antigüedad hay otro elemento de gran importancia histórica, al que apenas, creo yo, se le ha dado su debido lugar en la historia.
El poeta ha concebido el poema de tal manera que sus simpatías aparentemente, y las de su lector ciertamente, están del lado del vencido más que del vencedor.
Y este es un sentimiento que aumenta en la tradición poética incluso a medida que el origen poético mismo se aleja.
- Aquiles tenía cierta categoría de semidiós en los tiempos paganos; pero desaparece por completo en épocas posteriores.
- Pero Héctor se hace más grande a medida que pasan los siglos; y su nombre es el de un Caballero de la Tabla Redonda, y su espada es la que la leyenda pone en la mano de Rolando, repartiendo golpes con el arma del Héctor derrotado en la última ruina y esplendor de su propia derrota.
El nombre anticipa todas las derrotas por las que habrían de pasar nuestra raza y nuestra religión; esa supervivencia a cien derrotas que es su triunfo.
El relato del fin de Troya no tendrá fin; pues se eleva para siempre en ecos vivientes, inmortales como nuestra desesperanza y nuestra esperanza.
Troya en pie fue algo pequeño que pudo haber permanecido sin nombre durante siglos. Pero Troya cayendo ha sido atrapada en una llama y suspendida en un instante inmortal de aniquilación; y porque fue destruida con fuego el fuego jamás será destruido.
Y así como con la ciudad, ocurre con el héroe; trazada en líneas arcaicas en aquel crepúsculo primigenio se halla la primera figura del Caballero. Hay una coincidencia profética en su título; hemos hablado de la palabra caballería y de cómo parece fundir al jinete con el caballo. Es casi anticipada siglos antes en el trueno del hexámetro homérico, y esa larga palabra saltarina con la que termina la Ilíada. Es esa misma unidad para la cual no hallamos más nombre que el santo centauro de la caballería.
Pero hay otras razones para dar en este destello de la antigüedad la llama sobre la ciudad sagrada. La santidad de tales ciudades recorría como un fuego las costas y las islas del norte del Mediterráneo; la aldea de altas empalizadas por la que los héroes murieron.
De la pequeñez de la ciudad brotó la grandeza del ciudadano. Hélade con sus cien estatuas no produjo nada más majestuoso que aquella estatua andante; el ideal del hombre dueño de sí mismo. Hélade de las cien estatuas fue una leyenda y una literatura; y todo ese laberinto de pequeñas naciones amuralladas resonó con el lamento de Troya.
Una leyenda posterior, una ocurrencia tardía pero no un accidente, decía que los renegados de Troya fundaron una república en la costa italiana. Era cierto en espíritu que la virtud republicana tenía tal raíz.
Un misterio de honor, que no nació de Babilonia ni del orgullo egipcio, brilló allí como el escudo de Héctor, desafiando a Asia y a África; hasta que la luz de un nuevo día se desató, con la carrera de las águilas y la llegada del nombre; el nombre que llegó como un trueno, cuando el mundo despertó a Roma.