El hombre en la cueva
Allá lejos, en alguna constelación extraña de cielos infinitamente remotos, hay una pequeña estrella que los astrónomos tal vez descubran algún día.
Al menos nunca pude observar en los rostros o en el comportamiento de la mayoría de los astrónomos o hombres de ciencia ningún indicio de que la hubieran descubierto; a pesar de que, en realidad, andaban por ella todo el tiempo.
Es una estrella que produce de su propio seno plantas muy extrañas y animales muy extraños; y ninguno más extraño que los hombres de ciencia.
Ese es al menos el modo en que yo comenzaría una historia del mundo si tuviera que seguir la costumbre científica de empezar con una descripción del universo astronómico.
Intentaría ver incluso esta tierra desde el exterior, no mediante la insistencia trillada en su posición relativa respecto al sol, sino mediante algún esfuerzo imaginativo para concebir su remota posición ante el espectador deshumanizado.
Solo yo no creo en la deshumanización con el fin de estudiar la humanidad. No creo en recrearse en las distancias que se supone empequeñecen el mundo; creo que hay incluso algo un tanto vulgar en esta idea de intentar reprender al espíritu mediante el tamaño. Y como la primera ocurrencia no es factible —la de hacer de la tierra un planeta extraño para así dotarlo de significado—, no me rebajaré al otro truco de hacer de ella un planeta pequeño para restarle importancia.
Prefiero insistir en que ni siquiera sabemos que es un planeta en absoluto, en el sentido en que sabemos que es un lugar; y un lugar de lo más extraordinario también. Esa es la nota que deseo pulsar desde el principio, si no de un modo astronómico, al menos de alguna forma más familiar.
Una de mis primeras aventuras, o desaventuras, periodísticas tuvo que ver con un comentario sobre Grant Allen, quien había escrito un libro sobre la Evolución de la idea de Dios (The Evolution of the Idea of God). Se me ocurrió señalar que sería mucho más interesante que Dios escribiera un libro sobre la evolución de la idea de Grant Allen. Y recuerdo que el editor objetó mi observación alegando que era blasfema, lo cual, naturalmente, me divirtió bastante. Pues la gracia del asunto era, por supuesto, que jamás se le ocurrió reparar en el título del propio libro, que verdaderamente era blasfemo; ya que venía a decir, traducido al español: «Voy a mostrarles a ustedes cómo surgió y se desarrolló entre los hombres esta noción absurda de que hay un Dios». Mi comentario era estrictamente piadoso y decoroso; y confesaba el propósito divino incluso en sus manifestaciones más aparentemente oscuras o carentes de sentido.
En esa hora aprendí muchas cosas, entre ellas el hecho de que hay algo puramente acústico en gran parte de esa especie de reverencia agnóstica.
El editor no había captado el punto, porque en el título del libro la palabra larga iba al principio y la palabra corta al final; mientras que en mi comentario la palabra corta iba al principio y le produjo una especie de impacto.
He notado que si pones una palabra como Dios en la misma oración con una palabra como perro, estas palabras abruptas y angulares afectan a la gente como disparos de pistola.
Ya sea que digas que Dios hizo al perro o que el perro hizo a Dios, no parece importar; esa es solo una de las disputas estériles de los teólogos demasiado sutiles.
Pero mientras comiences con una palabra larga como evolución, el resto pasará inofensivamente de largo; muy probablemente el editor no había leído todo el título, porque es un título bastante largo y él era un hombre bastante ocupado.
Pero este pequeño incidente siempre ha perdurado en mi mente como una especie de parábola. La mayoría de las historias modernas de la humanidad empiezan con la palabra evolución, y con una exposición bastante prolija de la evolución, por más o menos la misma razón que operó en este caso. Hay algo lento, tranquilizador y gradual en la palabra y aun en la idea. En realidad, tratándose de estas cosas primarias, no es una palabra muy práctica ni una idea muy provechosa. Nadie puede imaginar cómo la nada pudo convertirse en algo. Nadie puede acercarse ni un ápice explicando cómo algo pudo convertirse en otra cosa. Es en verdad mucho más lógico empezar diciendo «En el principio Dios creó el cielo y la tierra», aunque solo se quiera decir «En el principio algún poder inconcebible inició algún proceso inconcebible». Pues Dios es por su propia naturaleza un nombre de misterio, y nadie supuso jamás que el hombre pudiera imaginar cómo fue creado un mundo, del mismo modo que tampoco podría crearlo él. Pero la evolución se confunde realmente con una explicación. Tiene la cualidad fatal de dejar en muchas mentes la impresión de que la entienden a ella y a todo lo demás; del mismo modo que muchos viven bajo una especie de ilusión de que han leído El origen de las especies.
Pero esta noción de algo suave y lento, como la ascensión a una pendiente, es una gran parte de la ilusión. Es tanto un absurdo como una ilusión; pues la lentitud no tiene realmente nada que ver con la cuestión. Un acontecimiento no es intrínsecamente más inteligible ni ininteligible debido al ritmo al que se desplaza.
Para un hombre que no cree en un milagro, un milagro lento sería tan increíble como uno rápido.
- La bruja griega pudo haber convertido a los marineros en cerdos con un golpe de varita. Pero ver a un caballero de la marina de nuestra amistad parecerse un poco más a un cerdo cada día, hasta terminar con cuatro pezuñas y una cola rizada, no resultaría en absoluto más tranquilizador. Podría ser más espeluznante y siniestro.
- El mago medieval pudo haber volado por los aires desde lo alto de una torre; pero ver a un viejo caballero caminar por el aire, de manera pausada y despreocupada, seguiría pareciendo requerir alguna explicación.
Sin embargo, a través de todo el tratamiento racionalista de la historia corre esta curiosa y confusa idea de que la dificultad se evita, o incluso que el misterio se elimina, al insistir en la mera demora o en algo moroso en los procesos de las cosas.
Habrá algo que decir sobre ejemplos particulares en otro lugar; la cuestión aquí es la falsa atmósfera de facilidad y soltura que otorga la mera sugerencia de ir despacio; el tipo de consuelo que se le podría dar a una viejecita nerviosa que viaja por primera vez en automóvil.
El señor H. G. Wells ha confesado ser un profeta; y en este asunto fue un profeta a su propia costa. Es curioso que su primer cuento de hadas fuera una respuesta completa a su último libro de historia.
La máquina del tiempo destruyó de antemano todas las conclusiones cómodas basadas en la mera relatividad del tiempo. En aquella sublime pesadilla, el héroe vio los árboles dispararse como cohetes verdes y la vegetación extenderse visiblemente como una conflagración verde, o el sol cruzar el cielo de este a oeste con la rapidez de un meteoro.
Sin embargo, a su modo de ver, estas cosas eran del todo naturales cuando iban deprisa; y a nuestro modo de ver, son del todo sobrenaturales cuando van despacio. La pregunta definitiva es por qué van siquiera; y cualquiera que entienda realmente esa pregunta sabrá que siempre ha sido y siempre será una pregunta religiosa; o en cualquier caso una pregunta filosófica o metafísica.
Y desde luego no pensará que la pregunta queda respondida mediante alguna sustitución de un cambio abrupto por uno gradual; o, en otras palabras, mediante una cuestión meramente relativa de la misma historia alargada o pasada a toda velocidad, como puede hacerse con cualquier historia en el cine girando una manivela.
Ahora bien, para estos problemas de la existencia primitiva lo que se necesita es algo más parecido a un espíritu primitivo.
Al evocar esta visión de los primeros tiempos, le pediría al lector que hiciera conmigo una especie de experimento de sencillez. Y por sencillez no me refiero a la estupidez, sino más bien a ese tipo de claridad que ve las cosas como la vida misma en lugar de palabras como la evolución.
Para este propósito sería en realidad mejor hacer girar la manivela de la Máquina del Tiempo un poco más rápido y ver la hierba crecer y los árboles brotar hacia el cielo, si ese experimento pudiera contraer, concentrar y hacer vívido el desenlace de todo el asunto.
Lo que sabemos, en un sentido en el que no sabemos ninguna otra cosa, es que los árboles y la hierba efectivamente crecieron y que una serie de otras cosas extraordinarias de hecho suceden; que extrañas criaturas se sostienen en el aire vacío golpeándolo con abanicos de varias formas fantásticas; que otras extrañas criaturas se orientan vivas bajo el peso de poderosas aguas; que otras extrañas criaturas caminan sobre cuatro patas, y que la criatura más extraña de todas camina sobre dos.
Estas son cosas y no teorías; y comparadas con ellas, la evolución y el átomo y aun el sistema solar son meras teorías.
El asunto aquí es de historia y no de filosofía; de modo que solo es necesario señalar que ningún filósofo niega que un misterio sigue ligado a las dos grandes transiciones: el origen del universo mismo y el origen del principio de la vida misma.
La mayoría de los filósofos tienen la lucidez de añadir que un tercer misterio acompaña al origen del hombre mismo. En otras palabras, se construyó un tercer puente sobre un tercer abismo de lo incognoscible cuando llegaron al mundo lo que llamamos razón y lo que llamamos voluntad.
El hombre no es meramente una evolución, sino más bien una revolución. Que tenga una columna vertebral u otras partes según un patrón similar al de las aves y los peces es un hecho evidente, sea cual sea el significado de ese hecho. Pero si intentamos considerarlo, por decirlo así, como un cuadrúpedo apoyado en sus patas traseras, encontraremos que lo que sigue es mucho más fantástico y subversivo que si estuviera apoyado en su cabeza.
Tomaré un ejemplo que sirva de introducción a la historia del hombre. Ilustra lo que quiero decir al afirmar que se necesita cierta franqueza infantil para ver la verdad sobre la infancia del mundo.
Ilustra lo que quiero decir al afirmar que una mezcla de ciencia popular y jerga periodística ha confundido los hechos sobre las primeras cosas, de modo que no podemos ver cuáles de ellas van realmente primero.
Ilustra, aunque solo sea en un ejemplo oportuno, todo lo que quiero decir acerca de la necesidad de ver las marcadas diferencias que dan forma a la historia, en lugar de quedar sumergidos en todas estas generalizaciones sobre la lentitud y la uniformidad.
Porque sin duda requerimos, según la frase del señor Wells, una historia universal resumida (an outline of history). Pero podemos atrevernos a decir, según la frase del señor Mantalini, que esta historia evolutiva no tiene contorno o es un contorno maldito (demd outline).
Pero, sobre todo, ilustra lo que quiero decir al afirmar que cuanto más miramos realmente al hombre como a un animal, menos se parecerá a uno.
Hoy en día todas nuestras novelas y periódicos se hallan plagados de innumerables alusiones a un personaje popular llamado el Caveman (el hombre de las cavernas). Nos resulta bastante familiar, no solo como personaje público, sino también como personaje privado. Su psicología se toma muy en serio tanto en la ficción psicológica como en la medicina psicológica.
Por lo que alcanzo a comprender, su ocupación principal en la vida era apalear a su mujer, o tratar a las mujeres en general con lo que, según creo, se conoce en el mundo del cine como «trato brusco». Nunca me he topado por casualidad con las pruebas de esta idea; y desconozco en qué diarios primitivos o informes de divorcio prehistóricos se fundamenta. Tampoco, como ya he explicado en otra parte, he sido capaz de verle la probabilidad, ni siquiera considerándola a priori. Siempre se nos dice, sin ninguna explicación ni autoridad, que el hombre primitivo blandía una maza y derribaba a la mujer antes de llevársela. Pero, según toda analogía animal, parecería una modestia y una reticencia casi morbosas, por parte de la dama, insistir siempre en ser derribada antes de consentir en ser raptada. Y repito que jamás logro comprender por qué, siendo el macho tan sumamente grosero, la hembra había de ser tan sumamente refinada.
El hombre de las cavernas pudo haber sido un bruto, pero no hay razón por la cual debiera haber sido más brutal que las bestias. Y los amores de las jirafas y los romances fluviales de los hipopótamos se llevan a cabo sin nada de este fracas o alboroto preliminar.
El hombre de las cavernas pudo no haber sido mejor que el oso cavernario; pero la osa cachorro, tan famosa en la himnología, no es criada con tal predisposición hacia la soltería.
En resumen, estos detalles de la vida doméstica de la caverna me desconciertan, ya sea bajo la hipótesis evolutiva o la estática; y en cualquier caso me gustaría examinar las pruebas al respecto; pero desgraciadamente nunca he podido encontrarlas.
Pero lo curioso es esto: que mientras diez mil lenguas de chismes más o menos científicos o literarios parecían hablar al mismo tiempo sobre este infeliz sujeto, bajo el título de cavernicole, la única conexión en la que resulta realmente pertinente y sensato hablar de él como el cavernícola ha sido comparativamente descuidada.
La gente ha utilizado este término impreciso de veinte maneras imprecisas; pero ni siquiera han examinado su propio término en busca de lo que realmente se podría aprender de él.
De hecho, la gente se ha interesado por todo lo relacionado con el hombre de las cavernas, excepto por lo que hacía en la caverna.
Ahora bien, resulta que existen algunas pruebas reales de lo que hacía en la caverna. Son bastante escasas, como todas las pruebas prehistóricas, pero se refieren al hombre de las cavernas real y a su caverna, y no al hombre de las cavernas literario y su garrote.
Y será valioso para nuestro sentido de la realidad considerar con toda sencillez cuáles son esas pruebas reales, sin ir más allá de ellas.
Lo que se encontró en la cueva no era la maza, la horrible y sanguinaria maza muescada con el número de mujeres a las que había partido la cabeza.
La cueva no era la Cámara de Barba Azul llena con los esqueletos de esposas masacradas; no estaba llena de cráneos femeninos dispuestos en filas y todos agrietados como huevos. Era algo totalmente inconexo, en un sentido u otro, con todas las frases modernas, las implicaciones filosóficas y los rumores literarios que confunden todo el asunto para nosotros.
Y si deseamos ver tal como es en realidad este auténtico destello de la mañana del mundo, será mucho mejor concebir incluso la historia de su descubrimiento como una de esas leyendas de la tierra matutina.
Sería mucho mejor contar el relato de lo que realmente se encontró con tanta sencillez como el relato de los héroes que encuentran el Vellocino de Oro o los Jardines de las Hespérides, si así pudiera escaparse de una niebla de teorías polémicas para entrar en los colores claros y los contornos bien definidos de semejante aurora.
Los viejos poetas épicos al menos sabían cómo contar una historia, posiblemente una milonga, pero nunca una historia retorcida, nunca una historia torturada fuera de su propia forma para encajar en teorías y filosofías inventadas siglos después.
Estaría bien que los investigadores modernos pudieran describir sus descubrimientos con el estilo narrativo plano de los primeros viajeros, y sin ninguna de estas largas palabras alusivas que están llenas de implicaciones y sugerencias irrelevantes.
Entonces podríamos darnos cuenta exactamente de qué es lo que sabemos sobre el hombre de las cavernas, o al menos sobre la caverna.
Un sacerdote y un muchacho entraron hace algún tiempo en una hondonada entre las colinas y pasaron a una especie de túnel subterráneo que conducía a un laberinto de tales corredores de roca sellados y secretos.
Gatearon a través de grietas que parecían casi intransitables, se arrastraron por túneles que podrían haber sido hechos para topos, cayeron en agujeros tan desesperados como pozos, parecía que se estaban enterrando vivos siete veces más allá de toda esperanza de resurrección.
Esto no es más que el lugar común de toda exploración valiente de este tipo; pero lo que se necesita aquí es alguien que ponga tales historias bajo la luz primordial, en la cual no son un lugar común.
Hay, por ejemplo, algo extrañamente simbólico en el accidente de que los primeros intrusos en ese mundo sumergido fueran un sacerdote y un muchacho, los arquetipos de la antigüedad y de la juventud del mundo.
Pero aquí me interesa aún más el simbolismo del muchacho que el del sacerdote.
A nadie que recuerde su infancia es necesario decirle lo que podría significar para un niño adentrarse como Peter Pan bajo un techo de raíces de todos los árboles y descender más y más, hasta alcanzar lo que William Morris llamó las raíces mismas de las montañas.
Supongamos que alguien, con ese realismo sencillo e incorrupto que forma parte de la inocencia, prosiguiera ese viaje hasta su fin, no por lo que pudiera deducir o demostrar en una polémica de polvorientas revistas, sino simplemente por lo que pudiera ver.
Lo que al fin vio fue una caverna tan alejada de la luz del día que bien podría haber sido la legendaria caverna de Domdaniel que se hallaba bajo el lecho del mar.
Esta cámara secreta de roca, al ser iluminada tras su larga noche de eones sin cuento, reveló en sus paredes grandes y abarcadores contornos diversificados con tierras de colores; y al seguir las líneas de estos, reconocieron, a través de ese vasto vacío de los tiempos, el movimiento y el gesto de la mano de un hombre.
Eran dibujos o pinturas de animales; y estaban dibujados o pintados no solo por un hombre, sino por un artista.
Bajo cualquier limitación arcaica, mostraban ese amor por la línea larga y curva o la larga y ondulante que cualquier hombre que haya dibujado o intentado dibujar jamás reconocerá; y sobre el cual ningún artista permitirá que ningún científico le contradiga.
Mostraban el espíritu experimental y aventurero del artista, el espíritu que no evita las cosas difíciles, sino que las intenta; como cuando el dibujante había representado la acción del ciervo cuando gira la cabeza por completo y olfatea hacia su cola, una acción bastante familiar en el caballo.
Pero hay muchos pintores de animales modernos que se impondrían una verdadera tarea al plasmarla con fidelidad. En este y en otros veinte detalles queda claro que el artista había observado a los animales con un cierto interés y, presumiblemente, un cierto placer. En ese sentido, parecería que no solo era un artista, sino también un naturalista; el tipo de naturalista que es verdaderamente natural.
Ahora bien, es innecesario señalar, excepto de pasada, que no hay absolutamente nada en la atmósfera de esa cueva que sugiera la atmósfera sombría y pesimista de esa cueva de los vientos periodística, que sopla y ruge a nuestro alrededor con incontables ecos acerca del hombre de las cavernas.
En la medida en que cualquier carácter humano pueda ser sugerido por tales huellas del pasado, ese carácter humano es bastante humano y aun bondadoso. Ciertamente no es el ideal de un carácter inhumano, como la abstracción invocada en la ciencia popular.
Cuando los novelistas y los educadores y los psicólogos de toda laya hablan del hombre de las cavernas, nunca se lo imaginan en relación con nada que esté realmente en la caverna.
Cuando el realista de la novela rosa escribe: «Danzaron chispas rojas en el cerebro de Dagmar Doubledick; sintió que el espíritu del hombre de las cavernas despertaba en su interior», los lectores del novelista quedarían muy decepcionados si Dagmar se limitara a irse a dibujar grandes vacas en la pared de la sala de estar.
Cuando el psicoanalista escribe a un paciente: «Los instintos sumergidos del hombre de las cavernas sin duda lo están incitando a satisfacer un impulso violento», no se refiere al impulso de pintar a la acuarela; ni de hacer estudios concienzudos de cómo sacuden la cabeza las reses cuando pacen.
Sin embargo, sí sabemos a ciencia cierta que el hombre de las cavernas hacía estas cosas apacibles e inocentes; y no tenemos ni la más mínima pizca de evidencia de que hiciera ninguna de las cosas violentas y feroces.
En otras palabras, el hombre de las cavernas tal como se nos presenta comúnmente es simplemente un mito o más bien un batiburrillo; pues un mito tiene al menos un contorno imaginativo de verdad. Toda la forma actual de hablar es simplemente una confusión y un malentendido, que no se basa en ningún tipo de evidencia científica y que solo se valora como excusa para un estado de ánimo muy moderno de anarquía.
Si algún caballero quiere zurrar a una mujer, bien puede ser un malnacido sin arrebatarle el carácter al hombre de las cavernas, de quien no sabemos casi nada salvo lo que podemos deducir de unos cuantos dibujos inofensivos y entrañables en una pared.
Pero esta no es la cuestión sobre las imágenes, ni la moraleja particular que de ellas ha de extraerse.
Esa moraleja es algo mucho más vasto y sencillo, tan vasto y sencillo que, cuando se enuncia por primera vez, sonará infantil. Y en verdad lo es en el sentido más elevado; y por eso en este apólogo la he visto, en cierto modo, a través de los ojos de un niño.
Es el mayor de todos los hechos a los que realmente se enfrenta el muchacho en la caverna; y tal vez sea demasiado grande para ser visto.
Si el muchacho pertenecía al rebaño del sacerdote, puede presumirse que había sido educado en cierta clase de sentido común; ese sentido común que a menudo nos llega en forma de tradición.
En tal caso, simplemente habría reconocido la obra del hombre primitivo como la obra de un hombre, interesante pero en modo alguno increíble por ser primitiva. Habría visto lo que había que ver; y no se habría visto tentado a ver lo que no había, impulsado por ninguna emoción evolutiva o especulación de moda.
Si había oído hablar de tales cosas, admitiría, por supuesto, que las especulaciones podían ser ciertas y no eran incompatibles con los hechos que eran ciertos.
Es posible que el artista tuviera otra faceta en su carácter además de la que ha dejado registrada únicamente en sus obras de arte. Puede que el hombre primitivo sintiera placer al apalear a las mujeres tanto como al dibujar animales; todo lo que podemos decir es que los dibujos registran lo uno pero no lo otro.
Puede ser cierto que cuando el hombre de las cavernas termina de saltar sobre su madre, o sobre su esposa según sea el caso, le encante escuchar el gorgoteo del arroyo, y también observar a los ciervos cuando bajan a beber al arroyo. Estas cosas no son imposibles, pero son irrelevantes.
El sentido común del niño podría limitarse a aprender de los hechos lo que los hechos tienen que enseñar; y las imágenes de la cueva son casi la totalidad de los hechos que existen.
Hasta donde llega esa evidencia, el niño estaría justificado al asumir que un hombre había representado animales con piedra y ocre rojo por la misma razón que él mismo tenía el hábito de intentar representar animales con carbón y tiza roja.
- El hombre había dibujado un ciervo tal como el niño había dibujado un caballo; porque era divertido.
- El hombre había dibujado un ciervo con la cabeza vuelta tal como el niño había dibujado un cerdo con los ojos cerrados; porque era difícil.
El niño y el hombre, al ser ambos humanos, estarían unidos por la hermandad de los hombres; y la hermandad de los hombres es aún más noble cuando puentea el abismo de las eras que cuando solo puentea el abismo de las clases.
Pero de todos modos no vería rastro alguno del hombre de las cavernas del evolucionismo ingenuo; porque no hay ninguno que ver.
Si alguien le dijera que todas las pinturas habían sido trazadas por san Francisco de Asís por puro y santo amor a los animales, no habría nada en la cueva que lo contradijera.
De hecho, una vez conocí a una dama que sugirió, medio en broma, que la cueva era una guardería donde se ponía a los bebés para mayor seguridad, y que en las paredes se dibujaban animales de colores para ENTRETENERLOS; muy a la manera en que los diagramas de elefantes y jirafas adornan una moderna escuela infantil.
Y aunque esto no era más que una broma, sí llama la atención sobre algunas de las otras suposiciones que hacemos con demasiada facilidad. Las imágenes ni siquiera prueban que los hombres de las cavernas vivieran en cuevas, del mismo modo que el descubrimiento de una bodega de vinos en Balham (mucho después de que ese suburbio hubiera sido destruido por la ira humana o divina) no probaría que las clases medias victorianas vivieran enteramente bajo tierra.
La cueva podría haber tenido un propósito especial como el de la bodega; podría haber sido un santuario religioso, o un refugio en tiempos de guerra, o el lugar de encuentro de una sociedad secreta, o toda suerte de cosas. Pero es muy cierto que su decoración artística tiene mucho más del ambiente de una guardería que de cualquiera de estas pesadillas de furia y miedo anárquicos.
Me he figurado a un niño de pie en la cueva; y es fácil imaginar a cualquier niño, ya sea moderno o inconmensurablemente remoto, haciendo un gesto espontáneo como para acariciar a las bestias pintadas en la pared. En ese gesto hay un presagio, como veremos más adelante, de otra caverna y de otro niño.
Pero supongamos que al muchacho no lo hubiera educado un sacerdote, sino un profesor, uno de esos profesores que reducen la relación entre los hombres y las bestias a una mera variación evolutiva.
Supongamos que el muchacho se viera a sí mismo, con la misma sencillez y sinceridad, como un mero Mowgli corriendo con la jauría de la naturaleza y difícilmente distinguible del resto, salvo por una variación relativa y reciente.
¿Cuál sería para él la lección más sencilla de ese extraño libro de imágenes de piedra?
Al fin y al cabo, todo se reduciría a esto: que él había cavado muy hondo y había encontrado el lugar donde un hombre había dibujado un reno. Pero cavaría bastante más hondo antes de encontrar un lugar donde un reno hubiera dibujado un hombre.
Eso parece una perogrullada, pero en este contexto es verdaderamente una verdad inmensa.
Él podría descender a profundidades impensables, podría hundirse en continentes sumergidos tan extraños como estrellas remotas, podría encontrarse en el interior del mundo tan lejos de los hombres como la otra cara de la luna; podría ver en esos abismos fríos o terrazas colosales de piedra, trazadas en el débil jeroglífico del fósil, las ruinas de dinastías perdidas de vida biológica, más parecidas a las ruinas de sucesivas creaciones y universos separados que a las etapas en la historia de uno solo.
Encontraría el rastro de monstruos desarrollándose ciegamente en direcciones ajenas a toda nuestra imaginería común de peces y aves; tanteando, aferrando y tocando la vida con cada extravagante prolongación de cuerno, lengua y tentáculo; haciendo crecer un bosque de caricaturas fantásticas de garras, aletas y dedos.
Pero en ninguna parte encontraría un solo dedo que hubiera trazado una línea significativa sobre la arena; en ninguna parte una sola garra que siquiera hubiera comenzado a arañar la débil sugerencia de una forma.
A todas luces, la cosa resultaría tan impensable en todas esas innumerables variaciones cósmicas de eones olvidados como lo sería en las bestias y las aves ante nuestros ojos.
El niño no esperaría verla más de lo que esperaría ver al gato rasguñar en la pared una caricatura vindicativa del perro. El sentido común infantil impediría que el niño más evolucionado esperase ver algo semejante; sin embargo, en los vestigios de los antepasados rudos y recientemente evolucionados de la humanidad habría visto exactamente eso.
Sin duda, debe resultarle extraño que unos hombres tan lejanos de él estén tan cerca, y que unas bestias tan cercanas a él estén tan lejanas. A su ingenuidad le debe parecer al menos curioso que no pudiera encontrar ningún rastro del comienzo de ningún arte entre los animales.
Esa es la lección más sencilla de aprender en la caverna de los cuadros de colores; solo que es demasiado simple para ser aprendida.
Es la simple verdad que el hombre difiere de las bestias en especie y no en grado; y la prueba de ello está aquí: que suena a perogrullada decir que el hombre más primitivo dibujó la imagen de un mono, y que suena a broma decir que el mono más inteligente dibujó la imagen de un hombre.
Algo de división y desproporción ha aparecido; y es único. El arte es la firma del hombre.
Ese es el tipo de verdad sencilla con la que una historia de los orígenes en realidad debería comenzar.
El evolucionista se queda mirando fijamente en la caverna pintada las cosas que son demasiado grandes para ser vistas y demasiado simples para ser comprendidas. Intenta deducir toda clase de otras cosas indirectas y dudosas a partir de los detalles de las pinturas, porque no puede ver el significado primario del conjunto; deducciones escuálidas y teóricas sobre la ausencia de religión o la presencia de superstición; sobre el gobierno tribal, la caza, los sacrificios humanos y vete a saber qué más.
En el siguiente capítulo intentaré trazar con un poco más de detalle la tan discutida cuestión sobre estos orígenes prehistóricos de las ideas humanas y, especialmente, de la idea religiosa. Aquí solo tomo este único caso de la cueva como una especie de símbolo de la clase de verdad más sencilla con la que la historia debería empezar.
Bien mirado, el hecho principal que atestigua el registro de los hombres del reno, junto con todos los demás registros, es que el hombre del reno podía dibujar y el reno no. Si el hombre del reno era tan animal como el reno, resultaba tanto más extraordinario que pudiera hacer lo que ningún otro animal podía hacer. Si era un producto ordinario del desarrollo biológico, como cualquier otra bestia o pájaro, entonces resulta tanto más extraordinario que no se parezca en lo más mínimo a ninguna otra bestia o pájaro. Parece mucho más sobrenatural como producto natural que como producto sobrenatural.
Pero he comenzado esta historia en la cueva, como la cueva de las especulaciones de Platón, porque es una especie de modelo del error que suponen las introducciones y los prefacios meramente evolutivos.
Es inútil empezar diciendo que todo fue lento y fluido y una mera cuestión de desarrollo y grado. Pues en un asunto tan claro como el de las pinturas, de hecho, no hay ni rastro de tal desarrollo ni de tal grado.
- Los monos no empezaron los cuadros y los hombres los terminaron;
- El pitecántropo no dibujó mal un reno y el Homo Sapiens lo dibujó bien.
Los animales superiores no dibujaron retratos cada vez mejores; el perro no pintaba mejor en su mejor época que en su primer mal estilo como chacal; el caballo salvaje no era un impresionista y el caballo de carreras un postimpresionista.
Todo lo que podemos decir de esta noción de reproducir las cosas en sombra o forma representativa es que no existe en ninguna parte de la naturaleza excepto en el hombre; y que ni siquiera podemos hablar de ello sin tratar al hombre como algo separado de la naturaleza.
En otras palabras, todo tipo cuerdo de historia debe empezar con el hombre como hombre, una entidad absoluta y solitaria.
Cómo llegó allí, o de hecho cómo llegó cualquier otra cosa allí, es asunto de teólogos, filósofos y científicos, y no de historiadores.
Pero un excelente caso de prueba de este aislamiento y misterio es la cuestión del impulso del arte. Esta criatura era verdaderamente diferente de todas las demás criaturas; porque era un creador además de una criatura.
Nada en ese sentido podía ser hecho a otra imagen que no fuera la imagen del hombre. Pero la verdad es tan cierta que, incluso en ausencia de cualquier creencia religiosa, debe asumirse bajo la forma de algún principio moral o metafísico.
En el próximo capítulo veremos cómo se aplica este principio a todas las hipótesis históricas y a la ética evolutiva tan de moda hoy en día; a los orígenes del gobierno tribal o de la creencia mitológica.
Pero el ejemplo más claro y conveniente para empezar es este tan popular sobre lo que el hombre de las cavernas realmente hizo en su cueva. Significa que, de un modo u otro, algo nuevo había aparecido en la noche cavernosa de la naturaleza: una mente que es como un espejo.
Es como un espejo porque es verdaderamente una cosa de reflexión. Es como un espejo porque solo en ella se pueden ver todas las demás formas como sombras brillantes en una visión. Sobre todo, es como un espejo porque es la única cosa de su especie.
Otras cosas pueden parecerse a ella o entre sí de diversas maneras; otras cosas pueden superarla o superarse entre sí de diversas maneras; al igual que en el mobiliario de una habitación una mesa puede ser redonda como un espejo o un armario puede ser más grande que un espejo. Pero el espejo es lo único que puede contenerlas a todas.
- El hombre es el microcosmos;
- el hombre es la medida de todas las cosas;
- el hombre es la imagen de Dios.
Estas son las únicas lecciones reales que se pueden aprender en la cueva, y es hora de abandonarla para salir al camino abierto.
Será conveniente, sin embargo, resumir aquí de una vez por todas lo que se quiere decir al afirmar que el hombre es a la vez la excepción a todo y el espejo y la medida de todas las cosas.
Pero para ver al hombre como es, es necesario mantenerse una vez más cerca de esa sencillez capaz de disipar las nubes acumuladas de la sofistería.
La verdad más simple sobre el hombre es que es un ser muy extraño; casi en el sentido de ser un forastero en la tierra. Con toda sobriedad, tiene mucho más del aspecto externo de alguien que trae hábitos ajenos de otra tierra que de un mero producto de esta.
Tiene una ventaja injusta y una desventaja injusta. No puede dormir en su propia piel; no puede fiarse de sus propios instintos.
Es a la vez un creador que mueve manos y dedos milagrosos y una especie de lisiado.
- Está envuelto en vendajes artificiales llamados ropa;
- se apoya en muletas artificiales llamadas muebles.
Su mente tiene las mismas libertades dudosas y las mismas salvajes limitaciones.
Solo entre los animales, es sacudido por esa hermosa locura llamada risa; como si hubiera vislumbrado algún secreto en la forma misma del universo oculto al universo mismo.
Solo entre los animales siente la necesidad de apartar sus pensamientos de las realidades esenciales de su propio ser corporal; de ocultarlos como en presencia de alguna posibilidad superior que crea el misterio del pudor.
Ya los alabemos como cosas naturales en el hombre, ya los rechacemos como artificiales en la naturaleza, siguen siendo igualmente únicos.
De esto se da cuenta todo el instinto popular llamado religión, hasta que los pedantes lo perturban, en especial los laboriosos pedantes de la Vida Sencilla. Los más sofistas de todos los sofistas son los gimnosofistas.
No es natural ver al hombre como un producto natural.
No es de sentido común llamar al hombre un objeto común del campo o de la orilla del mar.
No es ver con claridad verlo como un animal. No es cuerdo. Pecaría contra la luz; contra esa plena luz del día de la proporción que es el principio de toda realidad.
Se llega a ello estirando las cosas, armando un caso, seleccionando artificialmente cierta luz y sombra, destacando las cosas menores o inferiores que por casualidad sean similares.
La cosa sólida que se yergue bajo la luz del sol, la cosa por la que podemos caminar alrededor y ver desde todos los lados, es bastante diferente. Es también bastante extraordinaria; y cuantos más lados vemos de ella, más extraordinaria parece. No es, enfáticamente, una cosa que proceda o fluya naturalmente de ninguna otra.
Si imaginamos que una inteligencia inhumana o impersonal hubiera podido percibir desde el principio la naturaleza general del mundo no humano lo suficiente como para ver que las cosas evolucionarían de la manera en que efectivamente evolucionaron, no habría habido absolutamente nada en todo ese mundo natural que preparara a semejante mente para una novedad tan antinatural.
Para una mente así, el hombre ciertamente no le habría parecido algo así como un rebaño entre cien rebaños que encuentra un pasto más rico; o una golondrina entre cien golondrinas que hace un verano bajo un cielo extraño. No estaría en la misma escala y apenas en la misma dimensión. Podríamos decir con igual verdad que no estaría en el mismo universo.
Se parecería más a ver a una vaca entre cien vacas saltando de repente sobre la luna o a un cerdo entre cien cerdos sacando alas en un instante y volando. No sería una cuestión de que el ganado encuentre su propio terreno de pastoreo, sino de que construya sus propios establos; no una cuestión de que una golondrina haga un verano, sino de que construya un cenador.
El simple hecho de que los pájaros construyan nidos es una de esas semejanzas que agudizan la pasmosa diferencia.
El mero hecho de que un ave pueda llegar tan lejos como para construir un nido, y no pueda ir más allá, prueba que no tiene una mente como la mente del hombre; lo prueba de manera más contundente que si no construyera nada en absoluto.
Si no construyera nada en absoluto, podría ser posiblemente un filósofo de la escuela quietista o búdica, indiferente a todo salvo a la mente interior. Pero cuando construye tal como construye, y se siente satisfecho, y canta a voz en grito con satisfacción, entonces sabemos que hay realmente un velo invisible como un cristal entre él y nosotros, como la ventana contra la cual un pájaro aleteará en vano.
Pero supongamos que nuestro espectador abstracto viera a uno de los pájaros empezar a construir como construyen los hombres.
Supongamos que en un espacio de tiempo increíblemente corto hubiera siete estilos de arquitectura para un solo estilo de nido. Supongamos que el pájaro seleccionara cuidadosamente ramitas ahorquilladas y hojas puntiagudas para expresar la piedad punzante del gótico, pero recurriera a un follaje amplio y a barro negro cuando buscara, en un estado de ánimo más sombrío, evocar las pesadas columnas de Bel y Astarté; haciendo de su nest un verdadero jardín colgante de Babilonia. (Nota: "making his nest" está en inglés, pero aquí se traduce como "haciendo de su nido...")
Supongamos que el pájaro hiciera pequeñas estatuas de arcilla de pájaros célebres en las letras o en la política y las colocara frente al nido. Supongamos que un pájaro entre mil pájaros empezara a hacer una de las mil cosas que el hombre ya había hecho incluso en la aurora del mundo; y podemos estar seguros de que el espectador no consideraría a semejante pájaro como una mera variedad evolutiva de los demás pájaros; lo consideraría un ave salvaje ciertamente muy temible; posiblemente un pájaro de mal agüero, con toda seguridad un agüero.
Ese pájaro les hablaría a los augures, no de algo que iba a suceder, sino de algo que había sucedido. Ese algo sería la aparición de una mente con una nueva dimensión de profundidad; una mente como la del hombre. Si no hay Dios, ninguna otra mente podría concebiblemente haberlo previsto.
Ahora bien, en realidad, no hay ni la sombra de una evidencia de que esta cosa haya evolucionado en absoluto.
No hay una sola partícula de prueba de que esta transición haya ocurrido lentamente, ni siquiera de que haya ocurrido de manera natural.
En un sentido estrictamente científico, simplemente no sabemos absolutamente nada acerca de cómo creció, o si creció, o qué es.
Puede haber un rastro roto de piedras y huesos que sugiera tenuemente el desarrollo del cuerpo humano. No hay nada que sugiera, ni siquiera tenuemente, un desarrollo semejante de esta mente humana.
No era y era; no sabemos en qué instante o en qué infinidad de años. Algo sucedió; y tiene toda la apariencia de una transacción fuera del tiempo. Por lo tanto, no tiene nada que ver con la historia en el sentido ordinario.
El historiador debe darlo por sentado, o algo parecido; no es su tarea como historiador explicarlo. Pero si no puede explicarlo como historiador, tampoco lo explicará como biólogo.
En ninguno de los dos casos supone una deshonra para él aceptarlo sin explicarlo; pues es una realidad, y la historia y la biología tratan con realidades. Está plenamente justificado al enfrentarse con calma al cerdo con alas y a la vaca que saltó por encima de la luna, simplemente porque han sucedido.
Puede aceptar razonablemente al hombre como una rareza, porque acepta al hombre como un hecho. Puede sentirse perfectamente cómodo en un mundo loco y desconectado, o en un mundo capaz de producir algo tan loco y desconectado. Pues la realidad es algo en lo que todos podemos descansar, aunque apenas parezca relacionada con cualquier otra cosa. La cosa está ahí; y eso nos basta a la mayoría.
Pero si de verdad queremos saber cómo es concebible que haya llegado hasta ahí, si de verdad deseamos ver cómo se relaciona de forma realista con las cosas, si insistimos en verlo evolucionar ante nuestros propios ojos desde un entorno más cercano a su propia naturaleza, entonces, sin duda, es a cosas muy distintas adonde debemos acudir.
Debemos remover recuerdos muy extraños y volver a sueños muy simples si deseamos un origen que pueda hacer del hombre algo distinto a un monstruo. Habremos descubierto causas muy diferentes antes de que él se convierta en una criatura de la causalidad; y habremos invocado otra autoridad para convertirlo en algo razonable, o incluso en algo probable.
Por ahí se halla todo aquello que es a la vez terrible, familiar y olvidado, abarrancado de rostros espantosos y brazos de fuego.
Podemos aceptar al hombre como un hecho, si nos conformamos con un hecho sin explicación. Podemos aceptarlo como un animal, si podemos vivir con un animal fabuloso. Pero si de verdad necesitamos secuencia y necesidad, entonces en verdad debemos procurar un preludio y un crescendo de milagros ascendentes, para que, introducido con truenos impensables en los siete cielos de otro orden, el hombre pueda ser una cosa ordinaria.