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Capítulo I El caso psicológico de la guerra

# CAPÍTULO I

# EL CASO PSICOLÓGICO DE LA GUERRA

Los motivos no económicos de la guerra: morales y psicológicos.—La importancia de estos argumentos.—Exponentes ingleses, alemanes y estadounidenses.—El argumento biológico.

Tal vez la objeción más común que se esgrime contra la tesis presentada en la primera parte de este libro es que los motivos reales de las naciones al ir a la guerra no son económicos en absoluto; que sus conflictos surgen de causas morales, usando esta palabra en su sentido más amplio; que son el resultado de puntos de vista opuestos sobre los derechos; o que surgen de causas no solo no económicas, sino también irracionales —de la vanidad, la rivalidad, el orgullo de posición, el deseo de ser el primero, de ocupar un gran lugar en el mundo, de tener poder o prestigio; del rápido resentimiento ante el insulto o la afrenta; del temperamento; del deseo irracional, producto de la disputa o el desacuerdo, de dominar a un rival a toda costa; de la «hostilidad inherente» que existe entre naciones rivales; del contagio de la pura pasión, de la lucha ciega de hombres que se odian mutuamente; y, en general, de que los hombres y las naciones siempre han luchado y siempre lucharán, y de que, como los animales en los versos de Watts, «está en su naturaleza» hacerlo.

Una expresión del primer punto de vista se plasma en la crítica a una edición anterior de este libro, en la que el crítico dice:

La causa de la guerra es espiritual, no material... Las grandes guerras surgieron de conflictos sobre derechos, y las causas peligrosas de la guerra son la existencia de ideas antagónicas de derechos o rectitud... Es por las ideas morales que los hombres están más dispuestos a hacer sacrificios.1

Una crítica similar es formulada por el almirante Mahan.2

De la misma manera que el Spectator de Londres, aun admitiendo la verdad de los principios expuestos en la primera parte de este libro, considera que tales hechos no afectan seriamente la causa fundamental de la guerra:

Del mismo modo que los individuos se pelean entre sí, y luchan con tanta saña como la policía y los tribunales se lo permiten, no porque crean que eso los hará ricos, sino porque se calientan los ánimos y quieren defender lo que consideran sus derechos, o vengarse de los agravios que creen haber sufrido por parte de sus semejantes, así lucharán las naciones, aun cuando sea demostrable que no obtendrán con ello ningún beneficio material... Quieren a veces libertad, a veces poder. A veces se apoderan de ellos la pasión por la expansión o el dominio. A veces parecen impulsados a luchar por el mero hecho de luchar o, como dicen vagamente sus líderes y oradores, para cumplir sus destinos... Los hombres luchan a veces por amor a la lucha, a veces por causas grandes y nobles, y a veces por malas causas, pero prácticamente nunca con un libro de cuentas y un balance en la mano.

Deseo dar todo el peso posible a este alegatoy no eludir un solo detalle de él, y creo que las páginas siguientes cubren cada uno de los puntos aquí planteados.

Pero hay toda una escuela de filosofía que va mucho más allá del Spectator. La opinión recién citada más bien da a entender que, aunque es un hecho que los hombres dirimen sus diferencias mediante la fuerza y la pasión, en lugar de la razón, se trata de un hecho lamentable.

Pero la escuela a la que me refiero sostiene que se debe alentar a los hombres a luchar, y que la guerra es la solución preferible. La guerra, declaran estos filósofos, es una disciplina valiosa para las naciones, y no es deseable ver cómo el conflicto humano se desplaza del plano de la fuerza física. Insisten en que la humanidad será permanentemente más pobre cuando, como ha expresado uno de ellos, las grandes luchas de la humanidad se conviertan meramente en luchas de "cháchara y bolsas de dinero".

A título parentético, cabe señalar que el asunto posee un interés que va mucho más allá de lo académico.

Esta filosofía constituye un elemento constante de resistencia a esa reforma del pensamiento y de la tradición política en Europa que debe ser el precedente necesario de un estado de cosas más sano.

  • No solo, por supuesto, las situaciones internacionales se vuelven infinitamente más peligrosas cuando surge, a ambos lados de la frontera, una generalizada «creencia en la guerra por la guerra misma», sino que se crea directamente una tendencia a desacreditar el uso de la paciencia, una cualidad tan necesaria en las relaciones entre las naciones como en las de los individuos;
  • y, además, existe la tendencia a justificar la acción política que propicia la guerra frente a la acción que podría evitarla.

Todos estos argumentos, biológicos y de otro tipo, son factores poderosos en la creación de un ambiente y un temperamento en Europa favorables a la guerra y desfavorables al acuerdo internacional.

Porque, obsérvese, esta filosofía no es exclusiva de ningún país en particular: se la encuentra expresada abundantemente en Inglaterra y América, así como en Francia y Alemania. Es una doctrina europea, parte de esa «mente de Europa» de la que alguien ha hablado, que, entre otros factores, determina el carácter de la civilización europea en general.

Este punto de vista en particular ha recibido una notable reformulación muy recientemente3 por parte del general Bernhardi, un distinguido general de caballería y probablemente el escritor alemán más influyente en cuestiones estratégicas y tácticas de actualidad, en su libro Deutschland und der nächste Krieg.4

En él expresa con absoluta franqueza la opinión de que Alemania debe abrirse paso hacia la supremacía por medio de las armas, sin importarle los derechos y los intereses de otros pueblos. Uno de los capítulos lleva por título «El deber de hacer la guerra». Describe el movimiento pacifista en Alemania como «nocivo» y proclama la doctrina de que los deberes y las tareas del pueblo alemán no pueden cumplirse sino por la espada.

«El deber de la autoafirmación no se agota en absoluto en el mero repliegue de los ataques hostiles. Incluye la necesidad de garantizar a todo el pueblo que abarca el Estado la posibilidad de existencia y desarrollo».

Es deseable, declara el autor, que la conquista se efectúe mediante la guerra y no por medios pacíficos; Silesia no habría tenido el mismo valor para Prusia si Federico el Grande la hubiera obtenido de un tribunal de arbitraje. El intento de abolir la guerra no solo es «inmoral e indigno de la humanidad», sino que constituye un intento de privar al hombre de su posesión más elevada: el derecho a arriesgar la vida física por fines ideales.

El pueblo alemán «debe aprender a ver que el mantenimiento de la paz no puede ser, ni debe ser jamás, la meta de la política».

Esfuerzos similares se están realizando en Inglaterra por escritores ingleses para asegurar la aceptación de esta doctrina de la fuerza. Muchos pasajes que casi duplican a los de Bernhardi, o que al menos ensalzan la doctrina general de la fuerza, pueden encontrarse en los escritos de autores anglosajones como el almirante Mahan y el profesor Spenser Wilkinson.5

A menudo se le otorga un tinte científico a la filosofía de la fuerza, tal como la expresan los autores a los que acabamos de referirnos, mediante el recurso a las leyes evolutivas y biológicas.

Se urge que la condición del progreso humano en el pasado ha sido la supervivencia de los aptos mediante la lucha y la guerra, y que en esa lucha son precisamente aquellos dotados de combatividad y disposición para luchar los que han sobrevivido.

Así, la tendencia al combate no es una mera perversidad humana, sino que forma parte del instinto de autopreservación arraigado en una profunda ley biológica: la lucha de las naciones por la supervivencia.

Este punto de vista es expresado por S. R. Steinmetz en su «Philosophie des Krieges». La guerra, según este autor, es una prueba instituida por Dios, que pesa a las naciones en su balanza. Es la función esencial del Estado, y la única función en la que los pueblos pueden emplear todas sus fuerzas a la vez y de manera convergente.

Ninguna victoria es posible salvo como la resultante de una totalidad de virtudes; ninguna derrota de la que algún vicio o debilidad no sea responsable. Fidelidad, cohesión, tenacidad, heroísmo, conciencia, educación, inventiva, economía, riqueza, salud física y vigor: no hay punto moral o intelectual de superioridad que no cuente cuando «Dios celebra sus juicios y arroja a los pueblos unos contra otros» (Die Weltgeschichte ist das Weltgericht); y el Dr. Steinmetz no cree que a la larga el azar y la suerte desempeñen papel alguno en la distribución de los resultados.

Se arguye que la hostilidad internacional es meramente el estímulo psicológico de esa combatividad que constituye un elemento necesario de la existencia y que, aunque —al igual que otros instintos elementales, como nuestros apetitos animales— en algunas de sus manifestaciones pueda ser bastante desagradable, propicia la supervivencia y, en esa medida, forma parte del gran plan.

Una disposición excesiva a aceptar las «seguridades amistosas» de otra nación y una indebida ausencia de desconfianza harían, de acuerdo con una especie de ley de Gresham en las relaciones internacionales, que las comunidades humanas y amistosas desaparecieran progresivamente en favor de las truculentas y brutales.

Si la cordialidad y el buen sentimiento hacia otras naciones nos llevaran a relajar nuestros esfuerzos de autodefensa, las comunidades belicosas verían en esta relajación una oportunidad para cometer agresiones, por lo que existiría una tendencia a que las menos civilizadas aniquilaran a las más civilizadas.

La animosidad y la hostilidad entre las naciones actúan como un correctivo contra esta blandura sentimental y, en esa medida, desempeñan un papel útil, por muy desagradables que parezcan: «poco agraciadas, pero útiles, como el basurero».

Aunque los motivos materiales y económicos que incitan al conflicto dejen de tener vigencia, se encontrarán otros motivos que no sean los económicos para el choque, tan profundo es el estímulo psicológico que lo propicia.

Algo de esta opinión ha encontrado una expresión truculenta en la obra reciente de un soldado estadounidense, Homer Lea.6

El autor sostiene no solo que la guerra es inevitable, sino que cualquier intento sistemático por prevenirla es meramente una intromisión insensata en la ley universal.

Las entidades nacionales, en su nacimiento, actividades y muerte, están regidas por las mismas leyes que gobiernan toda la vida —vegetal, animal o nacional—: la ley de la lucha, la ley de la supervivencia. Estas leyes, tan universales en lo que respecta a la vida y al tiempo, tan inalterables en su causalidad y consumación, solo varían en la duración de la existencia nacional en la medida en que el conocimiento de estas y la obediencia a ellas sean proporcionalmente verdaderos o falsos. Los planes para frustrarlas, para atajos, para soslayarlas, embaucar, negar, desdeñar y violar son una insensatez que solo la vanidad del hombre hace posible. Jamás se ha intentado esto —y el hombre no cesa de hacerlo— sin que el final haya sido gangrenoso y fatal. En teoría, el arbitraje internacional niega la inexorabilidad de las leyes naturales y querría sustituirlas por las más flagrantes fórmulas cagliostrescas, o querría, con la vanidad de Canuto, sentarse a la orilla del océano de la vida y ordenar que cesen el flujo y el reflujo de sus mareas. La idea del arbitraje internacional como sustituto de las leyes naturales que gobiernan la existencia de las entidades políticas surge no solo de la negación de sus mandatos y de la ignorancia de su aplicación, sino de una total idea errónea de la guerra, de sus causas y de su significado.

La tesis de Homer Lea se destaca en la introducción de su obra, escrita por otro soldado estadounidense, el general John P. Storey:

Unos pocos idealistas pueden abrigar la visión de que, con el avance de la civilización, la guerra y sus temibles horrores cesarán. La civilización no ha cambiado la naturaleza humana. La naturaleza del hombre hace que la guerra sea inevitable. El conflicto armado no desaparecerá de la tierra hasta que la naturaleza humana cambie.

"Weltstadt und Friedensproblem", el libro del profesor barón Karl von Stengel, un jurista que fue uno de los delegados de Alemania en la Primera Conferencia de Paz de La Haya, contiene un capítulo titulado "El significado de la guerra para el desarrollo de la humanidad", en el que el autor afirma:

La guerra ha facilitado más a menudo de lo que ha obstaculizado el progreso. Atenas y Roma, no solo a pesar de, sino precisamente a causa de sus muchas guerras, se elevaron al cenit de la civilización. Los grandes Estados como Alemania y Italia se forjan como nacionalidades únicamente mediante sangre y hierro. La tormenta purifica el aire y destruye los árboles frágiles, dejando en pie a los robles robustos. La guerra es la prueba del valor político, físico e intelectual de una nación. El Estado en el que hay mucho podrido puede vegetar durante un tiempo en paz, pero en la guerra su debilidad queda al descubierto. Los preparativos de Alemania para la guerra no han dado lugar a un desastre económico, sino a una expansión económica sin precedentes, indudablemente debido a nuestra demostrada superioridad sobre Francia. Es mejor gastar dinero en armamento y acorazados que en lujo, manía automovilística y otra vida sensual.

Sabemos que Moltke expresó una opinión similar en su famosa carta a Bluntschli.

«La paz perpetua —declaró el mariscal de campo— es un sueño, y ni siquiera un sueño hermoso. La guerra es uno de los elementos de orden en el mundo, establecido por Dios. En ella se desarrollan las virtudes más nobles de los hombres. Sin la guerra, el mundo degeneraría y desaparecería en un lodazal de materialismo».7

Por el mismo tiempo en que Moltke expresaba este sentimiento, una opinión exactamente igual era expresada por nada menos que Ernest Renan. En su obra «La Réforme Intellectuelle et Morale» (París: Lévy, 1871, p. 111) escribe:

Si la necedad, la negligencia, la ociosidad y la cortedad de miras de los Estados no entrañaran sus choques ocasionales, resulta difícil imaginar el grado de degeneración al que descendería el género humano. > La guerra es una de las condiciones del progreso, el aguijón que impide que un país se duerma y obliga a la propia mediocridad satisfecha a despertar de su apatía. El hombre solo se sostiene mediante el esfuerzo y la lucha. El día en que la humanidad alcance un gran Imperio romano pacífico, sin enemigos externos, ese día su moralidad y su inteligencia se verán expuestas al mayor de los peligros.

En nuestros propios días se ha expresado una filosofía no muy disímil en las declaraciones públicas del ex-presidente Roosevelt. Elijo algunas frases de sus discursos y escritos, al azar:

Despreciamos a una nación, tal como despreciamos a un hombre, que se somete al insulto. Lo que es verdad para un hombre debe serlo para una nación.8 Debemos desempeñar un papel importante en el mundo, y especialmente... realizar aquellas hazañas de sangre, de valor, que por encima de todo lo demás traen la renombrada fama nacional. No admiramos a un hombre de paz tímida. Solo mediante la guerra podemos adquirir aquellas cualidades viriles necesarias para vencer en la dura pugna de la vida real. En este mundo, la nación que está entrenada para una carrera de comodidad pacífica y aislada está destinada a sucumbir al final ante otras naciones que no han perdido las cualidades varoniles y aventureras.9

El profesor William James abarca todo el campo de estas afirmaciones en el siguiente pasaje:

El partido de la guerra tiene sin duda razón al afirmar que las virtudes marciales, aunque adquiridas originalmente por la raza a través de la guerra, son bienes humanos absolutos y permanentes. El orgullo patriótico y la ambición en su forma militar son, al fin y al cabo, meras especificaciones de una pasión competitiva más universal y perdurable... El pacifismo no logra conversos en el partido militar. El partido militar no niega ni la bestialidad, ni el horror, ni el gasto; solo dice que estas cosas cuentan solo la mitad de la historia. Solo dice que la guerra vale estas cosas; que, tomando la naturaleza humana en su conjunto, la guerra es su mejor protección contra su yo más débil y cobarde, y que la humanidad no puede permitirse adoptar una economía de paz... El militarismo es el gran conservador de nuestros ideales de fortaleza, y la vida humana sin fortaleza sería despreciable... Este sentimiento natural constituye, a mi juicio, el alma más íntima de los escritos militares. Sin excepción alguna que yo conozca, los autores militaristas adoptan una visión altamente mística de su tema y consideran la guerra como una necesidad biológica o sociológica... Nuestros antepasados han inculcado la combatividad en nuestros huesos y tuétanos, y miles de años de paz no lograrán extirparla de nosotros.10

Incluso famosos clérigos ingleses han expresado la misma opinión. Charles Kingsley, en su defensa de la guerra de Crimea como una «guerra justa contra tiranos y opresores», escribió:

«Porque el Señor Jesucristo no es solo el Príncipe de la Paz, también es el Príncipe de la Guerra. Es el Señor de los Ejércitos, el Dios de los ejércitos, y quien lucha en una guerra justa contra tiranos y opresores está luchando del lado de Cristo, y Cristo está luchando de su lado. Cristo es su capitán y su líder, y no puede estar en mejor servicio. Estad seguros de ello, porque la Biblia os lo dice».11

El canónigo Newbolt, el deán Farrar y el arzobispo de Armagh han escrito de forma no muy diferente.

Todo el caso puede resumirse así:

  1. Las naciones luchan por concepciones opuestas del derecho:

    es el conflicto moral de los hombres.

  1. Luchan por causas no racionales de un orden inferior: por vanidad, rivalidad, orgullo de posición, el deseo de ocupar un gran lugar en el mundo, o por mera hostilidad hacia personas diferentes: la lucha ciega de hombres que se odian mutuamente.
  1. Estas causas justifican la guerra, o la hacen inevitable.

La primera es admisible en sí misma; la segunda es inevitable, en la medida en que los pueblos más dispuestos a luchar, y que muestran mayor energía en el combate, reemplazan a los de inclinación más pacífica, y el tipo guerrero tiende así a sobrevivir permanentemente; «los pueblos guerreros heredan la tierra».

O puede plantearse deductivamente de este modo: puesto que la lucha es la ley de la vida, y una condición de supervivencia tanto para las naciones como para otros organismos, la combatividad, que no es sino energía intensa en la lucha, una disposición a aceptar la lucha en su forma más aguda, debe ser necesariamente una cualidad que distinga a aquellos individuos exitosos en las contiendas vitales. Es esta ley biológica profundamente arraigada la que hace imposible la aceptación por parte de la humanidad del mandato literal de poner la otra mejilla al agresor, o que la naturaleza humana llegue jamás a ajustarse al ideal implícito en dicho mandato; puesto que, de aceptarse, los mejores hombres y naciones —en el sentido de los más bondadosos y más humanitarios— quedarían a merced de los más brutales, los cuales, al eliminar a los menos brutales, marcarían a los supervivientes con su propia brutalidad y restablecerían las virtudes militaristas. Por esta razón, una disposición a luchar, lo que significa las cualidades de rivalidad y orgullo y combatividad, fortaleza, tenacidad y heroísmo —lo que conocemos como las cualidades varoniles— debe en cualquier caso sobrevivir a medida que la raza sobrevive, y, puesto que esto se interpone en el camino del predominio de lo puramente brutal, es una parte necesaria de la moralidad más elevada.

A pesar de la fuerza aparente de estas proposiciones, se fundan en una flagrante mala interpretación de ciertos hechos y, sobre todo, en una flagrante mala aplicación de cierta analogía biológica.

# CAPÍTULO II

# EL CASO PSICOLÓGICO DE LA PAZ

El suelo movedizo de los argumentos proselitistas de la guerra—La brecha cada vez más estrecha entre los ideales materiales y morales—Las causas no racionales de la guerra—Falsas analogías biológicas—La verdadera ley de la lucha del hombre: lucha con la Naturaleza, no con otros hombres—Esbozo del avance del hombre y su principal factor operativo—El progreso hacia la eliminación de la fuerza física—La cooperación a través de las fronteras y su resultado psicológico—Imposibilidad de fijar límites a la comunidad—Dichos límites se expanden irresistiblemente—Ruptura de la homogeneidad del Estado—Los límites del Estado ya no coinciden con los conflictos reales entre los hombres.

Aquellos que hayan seguido de cerca la defensa de la paz en los últimos años habrán observado un curioso cambio de postura por parte de sus oponentes.

Hasta hace muy poco, dado que la mayor parte de la defensa de la paz se basaba en argumentos morales y no materiales, los pacifistas solían ser criticados por considerárseles excesivamente idealistas, sentimentales, ajenos a las duras necesidades de los hombres en un mundo duro de lucha, y dispuestos a exigir demasiado a la naturaleza humana en cuanto a sacrificio altruista y desinteresado en pro de un dogma idealista.

Se nos daba a entender que, si bien la paz podía representar un gran ideal moral, las pasiones malvadas y la codicia del hombre se interpondrían siempre en el camino de su realización. Las citas que he incluido en el Capítulo II de la primera parte de este libro demuestran sobradamente, a mi juicio, que este fue, hasta hace muy poco, el punto de vista predominante de quienes defendían la guerra como una parte inevitable de la lucha humana.

Durante los últimos años, sin embargo, la defensa de la guerra se ha llevado a cabo en su mayor parte sobre bases muy diferentes.

La paz, nos dicen quienes se oponen al movimiento pacifista, puede encarnar los intereses materiales de los hombres, ¡pero la naturaleza espiritual de la humanidad se interpondrá en el camino de que jamás se alcance!

El pacifismo, lejos de ser tachado de demasiado idealista y sentimental, es ahora despreciado como «sórdidamente material».

No deseo, al señalar este hecho, limitarme a lanzar una burla fácil. Quiero, por el contrario, hacer plena justicia al punto de vista de quienes sostienen que los motivos morales impulsan a los hombres a la guerra.

Nunca he sostenido, en verdad, que el defensor de la guerra sea moralmente inferior al defensor de la paz, ni que se gane mucho enfatizando la superioridad moral del ideal pacifista.

Demasiadas veces se ha asumido en la defensa del pacifismo que lo que se necesita para resolver las dificultades en el ámbito internacional es un mejor tono moral, una mayor bondad y demás; pues esa supuesta premisa ignora el hecho de que la emoción de la humanidad que la aparta de la guerra puede verse más que contrarrestada por la emoción moral, igualmente fuerte, que asociamos con el patriotismo.

El patriota admite que la guerra puede causar sufrimiento, pero insiste en que los hombres deben estar preparados para soportar el sufrimiento por su país. Como señalé en el primer capítulo de este libro, el llamamiento pacifista a la humanidad fracasa a menudo porque el militarista alega que él también está trabajando y sufriendo por la humanidad.

Mi objeto al llamar la atención sobre este desplazamiento inconsciente del terreno, por parte del defensor de la guerra, es meramente sugerir que el curso de los acontecimientos durante la última generación ha hecho que los argumentos económicos en favor de la guerra sean prácticamente indefendibles, y ha obligado consecuentemente a quienes la defienden a cambiar su defensa.

Tampoco estoy sugiriendo, por supuesto, que la defensa sentimental de la guerra sea una doctrina moderna —las citas hechas en el capítulo anterior demuestran que no es así—, sino meramente que ahora se pone mayor énfasis en los argumentos morales.

Así, escribiendo en 1912, el almirante Mahan critica este libro de la siguiente manera:

El propósito de los armamentos, en la mente de quienes los sostienen, no es principalmente una ventaja económica, en el sentido de privar a un Estado vecino de la suya, ni el temor a tales consecuencias para sí mismo a través de la agresión deliberada de un rival que persiga ese fin en particular... La proposición fundamental del libro es un error. Las naciones no se hacen ilusiones en cuanto a la inutilidad de la guerra en sí misma... La concepción entera de la obra es en sí misma una ilusión, basada en una profunda interpretación errónea de la acción humana. Considerar que el mundo se rige únicamente por el propio interés es vivir en un mundo inexistente, un mundo ideal, un mundo poseído por una idea mucho menos digna que aquellas que la humanidad, haciéndole pura justicia, alberga persistentemente.12

Sin embargo, apenas cuatro años antes, el propio almirante Mahan había esbozado los elementos de la política internacional de la siguiente manera:

Es tan verdad ahora como cuando Washington escribió estas palabras, y lo será siempre, que es vano esperar que las naciones actúen de manera coherente por cualquier otro motivo que no sea el del interés. Esto, bajo el nombre de Realismo, es el motivo francamente confeso de la política de Estado alemana. De ello se deduce directamente que el estudio de los intereses —el interés internacional— es la única base de una política sensata y previsora para los estadistas... El viejo instinto depredador de que debe apoderarse de algo quien tiene el poder sobrevive... y la fuerza moral no es suficiente para decidir las cuestiones a menos que esté respaldada por la física. Los gobiernos son corporaciones, y las corporaciones no tienen alma... deben anteponer los intereses rivales de sus propios protegidos... su propio pueblo. El predominio comercial e industrial fuerza a una nación a buscar mercados y, cuando es posible, a controlarlos para su propia ventaja mediante una fuerza preponderante, cuya expresión última es la posesión... un eslabón inevitable en una cadena de secuencias lógicas: industria, mercados, control, bases navales.13

El almirante Mahan, es verdad, se anticipa a esta crítica aduciendo el carácter complejo de la naturaleza humana (lo que nadie niega). Dice:

«El bronce es cobre y el bronce es estaño».

Pero pasa por alto por completo el hecho de que si a uno se le niega el cobre o se le niega el estaño, ya no hay bronce. El presente autor nunca ha sostenido el criterio de que toda acción internacional pueda explicarse en los términos de un solo motivo mezquino, pero sí sostiene el criterio de que, si se puede modificar profundamente el comportamiento de un elemento constituyente tan importante como aquel al que el propio almirante Mahan, en su propia obra, ha atribuido tal peso, se modificará profundamente toda la textura y el carácter de las relaciones internacionales.

Por lo tanto, aun cuando fuera cierto que la tesis aquí desarrollada fuera tan estrictamente económica como implicaría la crítica que he citado, tendría, sin embargo, ateniéndonos al propio criterio del almirante Mahan, una repercusión muy profunda en los problemas de la política internacional.

No solo los principios aquí elaborados postulan una concepción tan estrecha de la motivación humana, sino que es fundamental comprender que no se puede separar un problema de interés de un problema de derecho o moralidad de la manera absoluta que el almirante Mahan daría a entender, porque el derecho y la moralidad conllevan la protección y la promoción del interés general.

Se nos da a entender que una nación, un pueblo, tienen motivos más elevados que el dinero o el "interés propio".

¿Qué queremos decir cuando hablamos del dinero de una nación, o del interés propio de una comunidad? Queremos decir —y en una discusión como esta no podemos significar otra cosa— mejores condiciones para la gran masa del pueblo, las vidas más plenas posibles, la abolición o atenuación de la pobreza y de la escasez; que los millones tengan mejor vivienda, vestido y alimentación, mayor capacidad para prever la enfermedad y la vejez, con vidas prolongadas y reconfortadas —y no solo esto, sino también que estén mejor educados, con el carácter disciplinado por el trabajo constante y un mejor uso del ocio; un ambiente social general que haga posibles el afecto familiar, la dignidad individual, la cortesía y las gracias de la vida, no solo entre unos pocos, sino entre muchos.

Ahora bien, ¿constituyen estas cosas, como política nacional, un fin inspirador, o no?

Son, hablando en términos de comunidades, puro interés propio, ligado a problemas económicos, al dinero.

¿Pretende el almirante Mahan que lo tomemos literalmente cuando quiere atribuir a tales esfuerzos el mismo descrédito que uno implica al hablar de un individuo mercenario?

¿Querría hacernos creer que los grandes movimientos típicos de nuestro tiempo —el socialismo, el sindicalismo obrero, el sindicalismo revolucionario, las leyes de seguros, las reformas agrarias, las pensiones de vejez, la organización benéfica, la educación mejorada—, vinculados como están todos ellos a problemas económicos, no son los objetivos que, cada vez más, están absorbiendo las mejores actividades de la cristiandad?

En las páginas que siguen, he intentado demostrar que las actividades que quedan fuera del alcance de estas cosas —las guerras de religión, los movimientos como los que propiciaron las Cruzadas, o el tipo de tradición que asociamos con el duelo (el cual, de hecho, ha desaparecido de la sociedad anglosajona)— ya no forman, ni pueden formar, parte del impulso que crea los conflictos prolongados entre grandes grupos que implica una guerra europea.

He intentado indicar a grandes rasgos ciertos procesos en marcha; demostrar, entre otras cosas, que en el carácter cambiante de los ideales del hombre hay un estrechamiento evidente del abismo que se supone separa los fines ideales de los materiales.

Los ideales primitivos, ya sea en el campo de la política o de la religión, por lo general están desvinculados de cualquier propósito de bienestar general.

En la política primitiva, los ideales se relacionan simplemente con la lealtad personal hacia algún jefe dinástico, un señor feudal o un monarca; el bienestar de una comunidad no entra en la cuestión en absoluto.

Más tarde, el jefe debe encarnar en su persona ese bienestar, o no obtiene la lealtad de una comunidad de cierta ilustración; más tarde, el bienestar de la comunidad se convierte en un fin en sí mismo, sin estar encarnado en la persona de un jefe hereditario, de modo que el pueblo se da cuenta de que sus esfuerzos, en lugar de estar dirigidos a la protección de los intereses personales de algún jefe, están de hecho dirigidos a la protección de sus propios intereses, y su altruismo se ha convertido en un interés propio comunitario, ya que el autosacrificio de la comunidad por el bien de la comunidad es una contradicción en los términos.

En la esfera religiosa se ha producido un desarrollo similar.

Los ideales religiosos primitivos no tienen relación con el mejoramiento material de la humanidad. El cristiano primitivo consideraba meritorio vivir una vida estéril en la cima de una columna, devorado por los parásitos, del mismo modo que el santo hindú hoy en día considera meritorio vivir una vida igualmente estéril sobre un lecho de clavos.

Pero a medida que el ideal cristiano primitivo avanzó, los sacrificios sin un fin relacionado con el mejoramiento de la humanidad perdieron su atractivo. Nuestra admiración ahora no va dirigida al recluso que no hace nada por la humanidad, sino más bien al sacerdote que entrega su vida para llevar un rayo de consuelo a una leprosería. El santo cristiano que permitiera que las uñas de sus dedos le crecieran a través de las palmas de sus manos juntas suscitaría, no nuestra admiración, sino nuestra repulsión.

Cada vez más, el esfuerzo religioso se somete a esta prueba: ¿contribuye al mejoramiento de la sociedad? Si no es así, queda condenado.

Los ideales políticos experimentan inevitablemente un desarrollo similar, y serán sometidos cada vez más a una prueba semejante.14

Soy consciente de que hoy en día muy a menudo no son examinados de este modo.

Dominado como está nuestro pensamiento político por las imágenes romanas y feudales —hipnotizado por símbolos y analogías que el desarrollo necesario de la sociedad organizada ha vuelto obsoletos—, los ideales incluso de las democracias siguen siendo a menudo puras abstracciones, divorciadas de cualquier propósito destinado a hacer avanzar el mejoramiento moral o material de la humanidad.

La manía por el tamaño absoluto del territorio, la mera extensión del área administrativa, sigue considerándose algo que merece sacrificios inmensos e incalculables.

Sin embargo, aun estos ideales, tan firmemente arraigados en nuestra lengua y tradición, están cediendo rápidamente ante la fuerza necesaria de los acontecimientos.

Hace una generación habría sido inconcebible que un pueblo o un monarca viera con calma cómo una parte de su país se separaba y se constituía como una entidad política independiente sin intentar impedirlo mediante la fuerza de las armas. Sin embargo, esto es lo que ocurrió, hace uno o dos años, en la península escandinava.

Durante cuarenta años, Alemania ha aumentado sus propias dificultades y las de la situación europea con el propósito de incluir a Alsacia y Lorena en su federación, pero incluso allí, obedeciendo a una tendencia de escala mundial, se ha intentado crear un gobierno constitucional y autónomo.

La historia del Imperio británico durante cincuenta años ha sido un proceso de desandación de la obra de conquista. Las colonias ya no son ni colonias ni posesiones; son Estados independientes. Inglaterra, que durante siglos ha hecho tantos sacrificios para retener a Irlanda, está haciendo ahora grandes sacrificios para que su secesión sea viable.

A cada acuerdo político, a cada ideal político, se le aplicará la prueba definitiva: ¿atiende o no a los intereses más amplios de la masa de la población involucrada?

Es verdad que aquellos que enfatizan las causas psicológicas de la guerra podrían replicar con otra distinción. Podrían argumentar que, aunque las cuestiones que dividen a las naciones tuvieron más o menos su origen en un problema económico, la cuestión económica se convierte en sí misma en una cuestión moral, una cuestión de derecho.

No fueron los pocos peniques del impuesto sobre el té lo que combatieron las Colonias, sino la cuestión de derecho que su pago implicaba. Lo mismo ocurre con las naciones.

La guerra, ineficaz para lograr un fin económico, poco rentable en el sentido de que el costo que implica la defensa de un punto económico dado excede el valor monetario de ese punto, se seguirá librando porque un punto, trivial en el sentido económico, es de suma importancia desde el punto de vista del derecho; y aunque no exista una división real de intereses entre las naciones, aunque esos intereses sean en realidad interdependientes, las diferencias menores que provocan un estallido de mal genio repentino e incontrolado bastan para desencadenar la guerra.

La guerra es el resultado de los «arranques de furia» de los hombres, «del demonio que llevan dentro».

Aunque la literatura militarista sobre este punto, como sobre la mayoría de los semejantes, muestra contradicciones flagrantes, incluso dicha literatura está en contra de la opinión de que la guerra es el resultado del arrebato puramente repentino de las naciones.

La mayoría de los escritores militaristas populares, y todos los científicos, sostienen el punto de vista contrario. El señor Blatchford y su escuela suelen representar una política militarista típica, como la de Alemania, como impulsada por un oportunismo frío, profundo, maquiavélico, poco sentimental y calculado, tan alejado de una explosión de sentimiento salvaje e irracional como es posible. El señor Blatchford escribe:

La política alemana, basada en las enseñanzas de Clausewitz, puede expresarse en dos preguntas, las preguntas establecidas por Clausewitz: > «¿Es conveniente hacer esto? ¿Tenemos el poder de hacerlo?» Si beneficia a la Madre Patria desmembrar el Imperio británico, entonces es conveniente desmembrar el Imperio británico. Clausewitz enseñó a Alemania que «la guerra es una parte de la política». Enseñó que la política es un sistema de regateo o negociación, respaldado por las armas. Clausewitz no discute el aspecto moral de la guerra; trata sobre el poder y la conveniencia. Sus discípulos siguen su ejemplo. No leen poemas sobre las bendiciones de la paz; no gastan tinta en teorías filantrópicas.

Todos los escritores más científicos, sin excepción, hasta donde tengo entendido, repudian su carácter «accidental». Todos y cada uno de ellos, desde Groci hasta Von der Goltz, sostienen el punto de vista de que resulta de leyes definitivas y determinables, como todos los grandes procesos del desarrollo humano.

Von der Goltz («Sobre la conducción de la guerra») dice:

Nunca hay que perder de vista el hecho de que la guerra es la consecuencia y la continuación de la política. Se actuará de manera defensiva u ofensiva en el plano estratégico según que la política haya sido ofensiva o defensiva. Una política ofensiva y defensiva está indicada a su vez por la línea de conducta dictada históricamente. Vemos esto muy claramente en la antigüedad a través del ejemplo que nos proporcionan los persas y los romanos. En sus guerras vemos el papel estratégico siguiendo la inclinación del papel histórico. El pueblo que en su desarrollo histórico ha llegado a la etapa de inercia, o incluso de regresión, no llevará a cabo una política de ofensiva, sino meramente una de defensa; una nación en esa situación esperará ser atacada, y su estrategia será consecuentemente defensiva, y de una estrategia defensiva se seguirá necesariamente una táctica defensiva.

Lord Esher ha expresado un pensamiento similar.15

Pero, ya sea que las guerras provengan de un puro temperamento, de «arrebatos» nacionales o no, es bien seguro que los largos preparativos para la guerra, la situación de paz armada, la carga de los armamentos, que es casi peor que una guerra ocasional, no se originan en ellas.

La impedimenta de la guerra en el mundo moderno no puede improvisarse en el calor del momento para hacer frente a cada ráfaga de mal sentimiento, y desecharse cuando esta termina.

La construcción de acorazados, la discusión de presupuestos y su votación, el entrenamiento de ejércitos, la preparación de una campaña, son asuntos largos, y cada vez más, en nuestros días, cada campaña distintiva entraña una preparación especial y distintiva.

Los expertos declaran que los acorazados alemanes han sido construidos especialmente con vistas a operar en el mar del Norte. En cualquier caso, sabemos que el conflicto con Alemania lleva diez años desarrollándose. Esto es sin duda un «ataque de fiebre» bastante prolongado. La verdad es que la guerra en el mundo moderno es el resultado de la paz armada y conlleva, con toda su elaborada maquinaria de presupuestos anuales, barcos de guerra y fortalezas construidos lentamente, y ejércitos entrenados lentamente, una fijeza de política y propósito que se extiende a lo largo de años y, a veces, de generaciones.

Los hombres no hacen estos sacrificios mes tras mes, año tras año, pagan impuestos, derriban Gobiernos y luchan en el Parlamento por un mero capricho pasajero; y como los conflictos se vuelven necesariamente más científicos, nos veremos obligados por la propia naturaleza de las cosas a prepararlo todo más a fondo, a tener ideas más claras y sensatas sobre su esencia, su causa y sus efectos, y a vigilar más de cerca su relación con el motivo y la política nacionales. La justificación última de todos estos inmensos, monótonos y cotidianos sacrificios debe ser cada vez más el bienestar nacional.

Esto no implica, como alegan algunos críticos, la conclusión de que un inglés deba decir: «Puesto que podría estar igual de bien bajo los alemanes, que vengan»; sino que el alemán dirá: «Puesto que no estaré mejor por irme, no iré».

En verdad, el caso de las autoridades citadas en el capítulo precedente está marcado por una falsa forma de exposición. Quienes defienden la guerra por razones morales dicen:

"La guerra continuará porque los hombres defenderán sus ideales, morales, políticos, sociales y religiosos".

Debería enunciarse así:

"La guerra continuará porque los hombres siempre atacarán las posesiones espirituales de otros hombres",

porque, por supuesto, la necesidad de defensa surge del hecho de que estas posesiones están en peligro de ser atacadas.

Puesto en la segunda forma, sin embargo, el caso se viene abajo casi por sí solo. El menos informado de nosotros se da cuenta de que toda la tendencia de la historia va en contra de la propensión de los hombres a atacar los ideales y las creencias de otros hombres. En el ámbito religioso esa tendencia es evidente, tanto es así que la imposición de ideales o creencias religiosas por la fuerza ha sido prácticamente abandonada en Europa, y las causas que han obrado este cambio de actitud en la mentalidad europea actúan de igual manera en el terreno de la política.

Tales causas han sido, en el campo religioso, de doble índole, teniendo ambas relación directa con el problema que nos ocupa:

  • La primera causa es aquella a la que ya he aludido, el desplazamiento general de los ideales desde fines estériles hacia aquellos relacionados con el mejoramiento de la sociedad;
  • siendo la segunda ese desarrollo de la comunicación que ha destruido la homogeneidad espiritual de los Estados.

Un determinado movimiento de opinión religiosa no se limita a un solo Estado, transformándolo por completo, mientras otra corriente de opinión transforma por completo en otro sentido a otro Estado; sino que avanza fragmentariamente, pari passu, en los diversos Estados.

Muy pronto en el desarrollo religioso de Europa dejó de existir algo así como un Estado puramente católico o puramente protestante: la lucha religiosa se libró dentro de las fronteras políticas, entre las personas de un mismo Estado.

La lucha de las ideas políticas y sociales debe seguir un curso semejante. Esas luchas de ideas se llevarán a cabo, no entre Estados, sino entre diferentes grupos de un mismo Estado, actuando dichos grupos en cooperación intelectual con los grupos correspondientes de otros Estados.

Esta cooperación intelectual a través de las fronteras es un resultado necesario de la similar cooperación económica a través de las fronteras que la división física del trabajo, debido al desarrollo de las comunicaciones, ha establecido.

Se ha vuelto imposible para el ejército de un Estado encarnar la lucha por un ideal, por la sencilla razón de que las grandes cuestiones morales de nuestro tiempo ya no pueden plantearse en términos nacionales. Lo que sigue dejará esto claro.

Queda una última justificación moral para la guerra: que es una disciplina moral necesaria para las naciones, la prueba suprema para la supervivencia del más apto.

En el primer capítulo de esta sección, he señalado la importancia de esta súplica para determinar el carácter general de la opinión pública europea, de la cual depende únicamente la supervivencia o la desaparición del régimen militarista. Sin embargo, en estricta lógica, no hay necesidad alguna de refutar esta afirmación en detalle, pues solo una pequeña fracción de quienes creen en ella tiene el valor de sus propias convicciones.

El defensor de los grandes armamentos siempre justifica su postura basándose en que tales armamentos aseguran la paz. Si vis pacem, etc.

Entre la guerra y la paz, él ha hecho su elección, y ha elegido, como objetivo definitivo de sus esfuerzos, la paz. Habiendo dirigido sus esfuerzos a asegurar la paz, debe aceptar cualesquiera desventajas que pueda haber en ese estado.

Está dispuesto a admitir que, de los dos estados, la paz es preferible, y es hacia la paz hacia donde deben dirigirse nuestros esfuerzos. Habiendo decidido ese propósito, ¿qué utilidad hay en demostrar que es indeseable?

Debemos, en realidad, ser justos con nuestro adversario. Debemos suponer que, en una alternativa en la que su acción determinara el resultado de la guerra o de la paz, permitirá que dicha acción se vea influida por la consideración general de que la guerra podría representar una ventaja moral para su país.

Más importante aún que esta consideración es la del temple nacional general, al que su filosofía, por poco acorde que esté con su política y sus deseos declarados, da lugar necesariamente.

Por estas razones vale la pena examinar en detalle el argumento biológico que presenta.

La ilusión subyacente en ese caso surge de la aplicación indiscriminada de fórmulas científicas.

La lucha es la ley de la supervivencia en el hombre, como en todas partes, pero es la lucha del hombre con el universo, no del hombre con el hombre. Perro no come perro; ni siquiera los tigres viven unos de otros. Tanto los perros como los tigres viven de su presa.

Es verdad que, en contra de esto, se argumenta que los perros luchan entre sí por la misma presa; si el suministro de comida escasea, el perro más débil, o el tigre más débil, muere de hambre. Pero una analogía entre este estado y uno en el que la cooperación es un medio directo para aumentar el suministro de alimentos, evidentemente no se sostiene.

Si los perros y los tigres fuesen grupos, organizados sobre la base de la división del trabajo, incluso los perros y los tigres débiles podrían, concebiblemente, desempeñar funciones que incrementarían el suministro de alimentos del grupo en su conjunto y, concebiblemente, su existencia haría que la seguridad de dicho suministro fuera mayor que con su eliminación.

Si hoy un territorio como Inglaterra mantiene holgadamente a una población de 45.000.000 de habitantes, donde en otros tiempos grupos rivales, de dos o tres millones a lo sumo, se encontraban luchando entre sí por una mera subsistencia, la mayor cantidad de alimentos y la mayor seguridad del suministro no se deben a ningún proceso de eliminación de hombres de Wessex por hombres de Northumbria, sino que se deben precisamente al hecho de que esta rivalidad ha sido reemplazada por la acción conjunta contra su presa, las fuerzas de la naturaleza.

Los hechos evidentes del desarrollo de las comunidades muestran que existe una sustitución progresiva de la rivalidad por la cooperación, y que la vitalidad del organismo social aumenta en proporción directa a la eficiencia de la cooperación, y al abandono de la rivalidad, entre sus partes.16

Todas las analogías burdas entre los procesos de supervivencia vegetal y animal y la supervivencia social quedan viciadas, por lo tanto, al pasar por alto el elemento dinámico de la cooperación consciente.

Que la humanidad en su conjunto representa el organismo y el planeta el medio ambiente, al cual se está adaptando cada vez más, es la única conclusión que concuerda con los hechos.

Si la lucha entre los hombres es la verdadera interpretación de la ley de la vida, esos hechos son absolutamente inexplicables, pues él se está alejando del conflicto, del uso de la fuerza física, y se dirige hacia la cooperación. Esto es indiscutible, como lo demostrarán los hechos siguientes.

Pero en ese caso, si la lucha por la exterminación de los rivales entre los hombres es la ley de la vida, la humanidad está haciendo caso omiso de la ley natural y debe de estar camino de la extinción.

Por fortuna, la ley natural en este asunto ha sido malinterpretada. El individuo en su aspecto sociológico no es el organismo completo. Quien intenta vivir sin la compañía de sus semejantes muere. Tampoco la nación es el organismo completo. Si Bretaña intentara vivir sin la cooperación con otras naciones, la mitad de la población se moriría de hambre. Cuanto más completa es la cooperación, mayor es la vitalidad; cuanto más imperfecta es la cooperación, menor es la vitalidad.

Ahora bien, un cuerpo cuyas distintas partes son tan interdependientes que, sin coordinación, la vitalidad se reduce o sobreviene la muerte, debe considerarse, en lo que respecta a las funciones en cuestión, no como un conjunto de organismos rivales, sino como uno solo. Esto concuerda con lo que sabemos sobre el carácter de los organismos vivos en su conflicto con el entorno. Cuanto más elevado es el organismo, mayor es la elaboración e interdependencia de sus partes, y mayor es la necesidad de coordinación.17

Si tomamos esto como la lectura de la ley biológica, todo el asunto queda claro; la deriva irresistible del hombre que lo aleja del conflicto y lo acerca a la cooperación no es sino la adaptación más completa del organismo (el hombre) a su entorno (el planeta, la naturaleza virgen), lo que da como resultado una vitalidad más intensa.

El desarrollo psicológico implicado en la lucha del hombre a lo largo de estas líneas puede expresarse mejor mediante un esbozo general de la naturaleza de su avance.

Cuando mato a mi prisionero (el canibalismo era una característica muy común en el hombre primitivo), está en la "naturaleza humana" guardarlo para mi propia despensa sin compartirlo. Es la forma extrema del uso de la fuerza, la forma extrema del individualismo humano.

Pero la putrefacción se instala antes de que pueda consumirlo (está bien recordar estas dificultades reales del hombre primitivo, porque, por supuesto, "la naturaleza humana no cambia"), y me quedo sin comida.

Pero mis dos vecinos, cada uno con su prisionero descuartizado, se encuentran en una dificultad similar, y aunque yo podría defender mi despensa con bastante facilidad, consideramos que en la próxima ocasión es mejor unir fuerzas y matar a un prisionero a la vez. Yo comparto el mío con los otros dos; ellos comparten los suyos conmigo. No hay desperdicio por putrefacción. Es la forma más temprana de la renuncia al uso de la fuerza en favor de la cooperación, la primera atenuación de la tendencia a actuar por impulso.

Pero cuando los tres prisioneros son consumidos, y ya no se dispone de más, se nos ocurre que, en conjunto, habríamos hecho mejor en hacer que cazaran piezas y cavaran raíces para nosotros. Los siguientes prisioneros que son capturados no son asesinados —una mayor disminución del impulso y del factor de la fuerza física—, sino que son esclavizados, y la combatividad que en el primer caso servía para matarlos se desvía ahora a mantenerlos trabajando.

Pero la combatividad está tan poco controlada por el racionalismo que los esclavos se mueren de hambre y demuestran ser incapaces de realizar un trabajo útil. Se les trata mejor; hay una disminución de la combatividad. Se vuelven lo suficientemente manejables como para que los propios amos, mientras los esclavos buscan raíces, salgan a cazar un poco. La combatividad empleada recientemente en los esclavos se redirige a evitar que las tribus hostiles los capturen; un asunto difícil, porque los esclavos mismos muestran una disposición a probar un cambio de amo.

Se les soborna para que se porten bien mediante un mejor trato: una mayor disminución de la fuerza, una mayor deriva hacia la cooperación; ellos dan trabajo, nosotros damos alimento y protección.

A medida que las tribus crecen, se descubre que aquellas tienen mayor cohesión donde la condición de los esclavos es reconocida mediante derechos y privilegios definidos. La esclavitud se convierte en servidumbre o villanaje.

El señor da tierra y protección, el siervo trabajo y servicio militar: una nueva deriva respecto a la fuerza, una nueva deriva hacia la cooperación, el intercambio.

Con la introducción del dinero, incluso la forma de la fuerza desaparece: el trabajador paga una renta y el señor paga a sus soldados. Es libre intercambio por ambas partes, y la fuerza económica ha reemplazado a la fuerza física.

Cuanto más se aleja la derivación de la fuerza hacia el mero interés económico, mejor es el resultado en relación con el esfuerzo realizado. El kan tártaro, que arrebata por la fuerza la riqueza de su Estado sin ofrecer una retribución adecuada, pronto deja de tener qué arrebatar. Los hombres no trabajarán para crear lo que no pueden disfrutar, de modo que, al final, el kan tiene que matar a un hombre bajo tortura para obtener una suma que es la milésima parte de lo que un comerciante de Londres gastará para asegurarse un título que no otorga ningún derecho al ejercicio de la fuerza por parte de un soberano que ha perdido todo derecho al uso o ejercicio de la fuerza física, el jefe del país más rico del mundo, cuyas fuentes de riqueza son las más alejadas de cualquier proceso que implique el ejercicio de la fuerza física.

Pero mientras este proceso se desarrolla dentro de la tribu, o grupo, o nación, la fuerza y la hostilidad entre diferentes tribus o naciones persisten; aunque no sin disminuir.

Al principio basta con que la cabeza desgreñada de un comerciante rival asome por encima de los arbustos para que el hombre primitivo quiera golpearla. Es un extranjero: mátalo.

Más tarde, solo quiere matarlo si está en guerra con su tribu. Hay periodos de paz: disminución de la hostilidad.

En los primeros conflictos, toda la otra tribu es aniquilada: hombres, mujeres y niños. La fuerza y la combatividad son absolutas. Pero el uso de esclavos, tanto como trabajadores como en calidad de concubinas, atenúa esto; hay una disminución de la fuerza.

Las mujeres de la tribu enemiga tienen hijos con el conquistador: hay una disminución de la combatividad. En la siguiente incursión en territorio enemigo se descubre que no hay nada que tomar, porque todo ha sido asesinado o saqueado.

Así, en incursiones posteriores, el conquistador mata únicamente a los jefes (una mayor disminución de la combatividad, un mayor distanciamiento del mero impulso), o simplemente los despoja de sus tierras, las cuales reparte entre sus seguidores (tipo Conquista normanda). Ya hemos superado la etapa de la exterminación.18

El conquistador simplemente absorbe al conquistado, o el conquistado absorbe al conquistador, como prefieras. Ya no se trata de que uno devore al otro. Ninguno es devorado.

En la siguiente etapa ni siquiera despojamos a los jefes —un sacrificio mayor de la fuerza física—, simplemente imponemos tributo.

Pero la nación conquistadora pronto se encuentra en la posición del jan en su propio Estado: cuanto más exprime, menos obtiene, hasta que, finalmente, el costo de conseguir el dinero por medios militares supera lo que se obtiene. Fue el caso de España en la América española: cuanto más territorio «poseía», más pobre se volvía.

El conquistador prudente, entonces, descubre que es mejor que la exacción de tributos un mercado exclusivo: del viejo tipo colonial inglés. Pero en el proceso de garantizar la exclusividad se pierde más de lo que se gana:

  • a las colonias se les permite elegir su propio sistema: un mayor alejamiento del uso de la fuerza, un mayor alejamiento de la hostilidad y la combatividad.

Resultado final: abandono completo de la fuerza física, la cooperación sobre la base del beneficio mutuo como única relación, con referencia no meramente a las colonias que se han convertido de hecho en Estados extranjeros, sino también a Estados extranjeros tanto de nombre como de hecho. Hemos llegado no a la intensificación de la lucha entre los hombres, sino a una condición de dependencia vital respecto de la prosperidad de los extranjeros. Si Inglaterra pudiera por arte de magia matar a todos los extranjeros, la mitad de la población británica moriría de hambre. Esta no es una condición que propenda indefinidamente a la hostilidad hacia los extranjeros; menos aún es una condición en la cual tal hostilidad halle su justificación en algún instinto real de autoconservación o en alguna ley biológica profundamente arraigada. Con cada nueva intensificación de la dependencia entre las partes del organismo debe marchar ese desarrollo psicológico que ha caracterizado cada etapa del progreso en el pasado, desde el día en que matábamos a nuestro prisionero para comérnoslo, y nos negábamos a compartirlo con nuestro prójimo, hasta el día en que el telégrafo y el banco han vuelto económicamente fútil la fuerza militar.

Pero lo anterior no incluye todos los hechos, ni todos los factores.

Si Rusia le infiere un daño a Inglaterra —hundir una flota pesquera en tiempo de paz, por ejemplo—, no constituye ninguna satisfacción para los ingleses salir a matar a un montón de franceses o irlandeses. Quieren matar rusos.

Si, no obstante, supieran un poco menos de geografía —si, por ejemplo, fueran bóxers chinos—, no importaría en lo más mínimo a quién matasen, porque para el chino todos son por igual «diablos extranjeros»; su conocimiento del caso no le permite diferenciar entre las distintas nacionalidades de europeos.

En el caso de un negro agraviado en el Congo, la responsabilidad colectiva es aún más amplia; por una afrenta infligida por un hombre blanco, se vengará de cualquier otro: estadounidense, alemán, inglés, francés, holandés, belga o chino.

A medida que aumenta nuestro conocimiento, nuestro sentido de la responsabilidad colectiva de los grupos ajenos se reduce. Pero en cuanto empezamos con esta diferenciación ya no hay parada posible.

  • El paleto inglés se conforma con poder «darle una paliza a esos extranjeros» —los alemanes sirven si los rusos no están disponibles.
  • El hombre más culto prefiere a los rusos; pero si se detiene un momento más, verá que al matar a campesinos rusos da lo mismo que matara a tantos hindúes, por lo que tenían que ver con el asunto.
  • Entonces quiere vérselas con el gobierno ruso.
  • Pero también muchos rusos —liberales, reformistas, etc.— quieren lo mismo.

Ve entonces que el conflicto real no es el de los ingleses contra los rusos en absoluto, sino el interés de toda la gente respetuosa de la ley —tanto rusa como inglesa— contra la opresión, la corrupción y la incompetencia.

Dar al Gobierno ruso la oportunidad de ir a la guerra solo serviría para fortalecer su postura frente a aquellos con quienes él simpatizaba: los reformistas.

Como la guerra aumentaría la influencia del partido reaccionario en Rusia, no haría nada para evitar la repetición de tales incidentes, por lo que el partido equivocado sería el que sufriría.

Si se comprendieran los hechos reales y las responsabilidades reales, un pueblo liberal respondería a tal agresión utilizando todos los medios que las relaciones sociales y económicas de los dos Estados ofrecieran para permitir que los liberales rusos ahorcaran a unos cuantos almirantes rusos y establecieran un gobierno liberal ruso.

En cualquier caso, la toma de conciencia de este hecho atenúa la hostilidad. Del mismo modo, a medida que se familiaricen más con los hechos, los ingleses atenuarán su hostilidad hacia los «alemanes».

Un patriota inglés dijo recientemente: «Debemos aplastar el prusianismo». La mayoría de los alemanes están cordialmente de acuerdo con él y trabajan con ese fin. Pero si Inglaterra fuera a la guerra con ese propósito, los alemanes se verían obligados a luchar por el prusianismo.

La guerra entre Estados por un ideal político de este tipo no sólo es fútil, sino que es el medio seguro de perpetuar precisamente la condición que pretende poner fin.

Las hostilidades internacionales descansan en su mayor parte sobre nuestra concepción del Estado extranjero, con el que estamos reñidos, como una personalidad homogénea, dotada de la misma responsabilidad que un individuo, mientras que la variedad de intereses, tanto materiales como morales, sin consideración de las fronteras estatales, hace que la analogía entre naciones e individuos sea completamente falsa.

Ciertamente, cuando la cooperación entre las partes del organismo social es tan completa como nuestro desarrollo mecánico la ha hecho recientemente, resulta imposible fijar los límites no solo de los intereses económicos, sino de los intereses morales de la comunidad, y decir qué es una comunidad y qué es otra.

Desde luego, los límites del Estado ya no definen los límites de la comunidad; y, sin embargo, son solo los límites del Estado los que el antagonismo internacional presupone.

Si la cosecha de algodón de Luisiana fracasa, una parte de Lancashire pasa hambre.

Existe una comunidad de intereses más estrecha en un asunto vital entre Lancashire y Luisiana que entre Luisiana y, digamos, Iowa, partes del mismo Estado.

Existe una intercomunicación mucho más estrecha entre Gran Bretaña y Estados Unidos en todo lo que concierne al desarrollo social y moral que entre Gran Bretaña y, digamos, Bengala, parte del mismo Estado.

Un noble inglés tiene más comunidad de pensamiento y sentimiento con un aristócrata continental europeo (se casará con su hija, por ejemplo) de lo que pensaría en reivindicar con semejantes «colegas» compatriotas británicos como un babu bengalí, un negro jamaicano o incluso un aldeano de Dorset. Un profesor de Oxford tendrá una comunidad de sentimiento más estrecha con un miembro de la Academia Francesa que con, digamos, el tabernero de Whitechapel.

Podría afirmarse aún más, y decir que un súbdito británico de Quebec tiene un contacto más estrecho con París que con Londres; el súbdito británico de África de habla holandesa, con Holanda que con Inglaterra; el súbdito británico de Hong Kong, con Pekín que con Londres; el de Egipto, con Constantinopla que con Londres, y así sucesivamente.

En mil aspectos, la asociación atraviesa las fronteras estatales, que son puramente convencionales, y hace de la división biológica de la humanidad en Estados independientes y beligerantes una ineptitud científica.

Factores aliados, introducidos por la naturaleza del trato moderno, ya han avanzado mucho en hacer que la conquista territorial sea inútil para la satisfacción del orgullo y la vanidad humanos naturales.

Así como en la esfera económica los factores peculiares de nuestra generación han hecho que la vieja analogía entre Estados y personas sea falsa, estos factores hacen que la analogía en la esfera sentimental también lo sea.

Mientras que el individuo de grandes posesiones obtiene de hecho, en razón de su riqueza, una deferencia que satisface su orgullo y su vanidad, el individuo de la gran nación no tiene tal ventaja sentimental frente al ciudadano de la nación pequeña.

A nadie se le ocurre respetar al mujik ruso por pertenecer a una gran nación, ni despreciar a un caballero escandinavo o belga por pertenecer a una pequeña; y cualquier sociedad concederá prestigio al noble de Noruega, Holanda, Bélgica, España o incluso Portugal, que le niega a un «trepa» estadounidense.

El noble de cualquier país se casará con la noble de otro con mayor facilidad que con una mujer de una clase inferior de su propio país.

El prestigio del país extranjero rara vez cuenta para algo en este asunto, cuando se llega a los hechos reales de la vida cotidiana, tan superficial es el sentimiento real que hoy divide a los Estados.

Así como en las cosas materiales la comunidad de intereses y de parentesco atraviesa claramente las fronteras de los Estados, inevitablemente la comunidad psíquica de intereses llegará a hacerlo también.

Así como, en el dominio material, la verdadera ley biológica —que es la asociación y la cooperación entre individuos de la misma especie en la lucha contra su entorno— ha empujado a los hombres en su lucha material a conformarse con dicha ley, así lo hará en la esfera sentimental. Llegaremos a comprender que las verdaderas divisiones psíquicas y morales no se dan entre las naciones, sino entre concepciones opuestas de la vida.

Aun admitiendo que la naturaleza del hombre nunca perderá la combatividad, la hostilidad y la animosidad que forman una parte tan importante de ella (aunque las manifestaciones de tales sentimientos hayan cambiado tanto dentro del período histórico que casi hayan alterado su carácter), lo que veremos será la desviación de esas cualidades psicológicas hacia el conflicto real, en lugar del artificial, de la humanidad.

Veremos que en la base de cualquier conflicto entre los ejércitos o los gobiernos de Alemania e Inglaterra no yace la oposición de intereses «alemanes» a intereses «ingleses», sino el conflicto en ambos Estados entre la democracia y la autocracia, o entre el socialismo y el individualismo, o la reacción y el progreso, según las simpatías sociológicas de cada cual lo clasifiquen. Esa es la verdadera división en ambos países, y que los alemanes venzan a los ingleses, o los ingleses a los alemanes, no haría avanzar la solución de tal conflicto ni un ápice; y a medida que dicho conflicto se vuelva más agudo, el individualista alemán verá que es más importante proteger su libertad y su propiedad frente al socialista y al sindicalista, quienes pueden atacarlas y de hecho lo hacen, que frente al ejército británico, que no puede.

Del mismo modo, al tory británico le preocupará más lo que los presupuestos del Sr. Lloyd George puedan hacer que lo que los alemanes puedan hacer.19

De la comprensión de estas cosas a la comprensión por parte del demócrata británico de que lo que se interpone en su camino para conseguir destinados a gastos sociales enormes fondos que ahora van a los armamentos es principalmente una falta de cooperación entre él y los demócratas de una nación hostil que se encuentran en una situación similar, no hay más que un paso, y un paso que, si la historia tiene algún significado, está destinado a darse en breve.

Cuando se dé, la propiedad, el capital, el Individualismo tendrán que conferir a su organización internacional, ya de gran alcance, una forma aún más definida, en la cual las diferencias internacionales no desempeñarán papel alguno.

Y cuando se alcance esa condición, a ambos pueblos les parecerá inconcebible la idea de que unas divisiones estatales artificiales (que se van pareciendo cada vez más a meras divisiones administrativas, dejando un amplio margen dentro de ellas o a través de ellas para el desarrollo de la auténtica nacionalidad) pudieran jamás definir de ningún modo los verdaderos conflictos de la humanidad.

Queda, por supuesto, la cuestión del tiempo; que estos acontecimientos tomarán "miles" o "cientos" de años.

Sin embargo, la interdependencia de las naciones modernas es el producto de poco más de cincuenta años. Hace un siglo, Inglaterra podría haberse abastecido a sí misma y apenas lo habría resentido.

No hay que pasar por alto la Ley de Aceleración. La era del hombre sobre la tierra se calcula, según las distintas teorías, entre treinta mil y trescientos mil años. En ciertos aspectos, se ha desarrollado más en los últimos dos añoscientos años que en todas las eras precedentes.

Hoy vemos más cambios en diez años que los que se producían originalmente en diez diez mil. ¿Quién podrá pronosticar los acontecimientos de una generación?

# CAPÍTULO III

# NATURALEZA HUMANA INMUTABLE

El progreso desde el canibalismo hasta Herbert Spencer—La desaparición de la opresión religiosa por parte del gobierno—Desaparición del duelo—Los cruzados y el Santo Sepulcro—El lamento de los escritores militaristas ante el alejamiento del hombre con respecto a la militancia.

Todos los que hemos tenido ocasión de debatir este tema estamos familiarizados con los tópicos con los que se suele despachar todo el asunto. «No se puede cambiar la naturaleza humana», «Lo que el hombre siempre ha sido durante miles de años, siempre lo será», son el tipo de sentencias que por lo general se emiten como proposiciones evidentes por sí mismas que no necesitan discusión.

O si, en deferencia al hecho de que se han producido cambios muy profundos en los hábitos de la humanidad, en los que la naturaleza humana está implicada, el enunciado de la proposición es algo menos dogmático, se no da a entender que cualquier modificación seria de la tendencia a ir a la guerra solo puede esperarse en «miles de años».

¿Cuáles son los hechos? Son estos:

Que la supuesta inmutabilidad de la naturaleza humana en este asunto no está respaldada por los hechos; que la combatividad del hombre, aunque no desaparece, está siendo muy visiblemente, bajo las fuerzas del desarrollo mecánico y social, transformada y desviada de fines que son despilfarradores y destructivos hacia fines que son menos despilfarradores, los cuales facilitan esa cooperación entre los hombres en la lucha contra su entorno que es la condición de su supervivencia y avance; que los cambios que, en el período histórico, han sido extraordinariamente rápidos se están acelerando necesariamente —acelerándose en una proporción geométrica más que aritmética—.

Con suma cortesía, uno se ve impulsado a preguntar a quienes sostienen que la naturaleza humana en todas sus manifestaciones debe permanecer inalterada cómo interpretan la historia.

Hemos visto al hombre progresar desde el mero animal que lucha con otros animales, arrebatando su alimento por la fuerza, arrebatando también por la fuerza a sus hembras, comiendo a los de su propia especie, los hijos de la familia luchando con el padre por la posesión de las mujeres del padre; hemos visto este galimatías incoherente de lucha animal en parte abandonado al fin en favor de la industria sedentaria, y en parte subsistiendo como una guerra tribal más organizada o un pillaje más ordenado, como el de los vikingos y los hunos; hemos visto incluso a estos saqueadores abandonar en parte su pillaje por la industria ordenada, y en parte por el conflicto más ceremonial de la lucha feudal; hemos visto incluso el conflicto feudal abandonado en favor del conflicto dinástico, religioso y territorial, y luego abandonados el conflicto dinástico y el religioso.

Ya solo queda el conflicto de los Estados, y eso también en un momento en que el carácter y la concepción del Estado están siendo profundamente modificados.

La naturaleza humana tal vez no cambie, sea lo que fuere lo que ese vago término signifique; pero la naturaleza humana es un factor complejo. Incluye innumerables motivos, muchos de los cuales se modifican en relación con el resto a medida que las circunstancias cambian; de modo que las manifestaciones de la naturaleza humana cambian hasta volverse irreconocibles.

¿Queremos decir con la frase «la naturaleza humana no cambia» que los sentimientos del hombre paleolítico que comía los cuerpos de sus enemigos y de sus propios hijos son los mismos que los de un Herbert Spencer, o incluso los del neoyorquino moderno que toma su tren subterráneo para ir al trabajo por la mañana?

Si la naturaleza humana no cambia, ¿podemos por tanto esperar que el oficinista mate a golpes a su madre y la sirva para cenar, o suponer que lord Roberts o lord Kitchener tienen la costumbre, durante sus campañas, de ensartar a los bebés de sus enemigos en las puntas de las lanzas, o de atropellar con su automóvil los cuerpos de niñas jóvenes, como hacían los líderes de los antiguos hombres del norte en sus carros de bueyes?

¿Qué significan realmente estas frases?

Estas, y muchas otras semejantes, son repetidas con aire de gran sabiduría y profundidad, y con modales de sabelotodo, por periodistas y escritores de renombre, y uno puede encontrarlas flagrantes cualquier día en nuestros periódicos y revistas; sin embargo, el más superficial de los exámenes demuestra que no tienen nada de sabias ni de profundas, sino que son simplemente frases hechas, repetidas como loros, que carecen de sentido común y van en contra de los hechos de la experiencia cotidiana.

La verdad es que los hechos del mundo, tal como se nos presentan de manera evidente, demuestran que, en nuestra actitud común, no solo pasamos por alto las modificaciones en la naturaleza humana que han ocurrido históricamente desde ayer —ocurridas incluso en nuestra generación—, sino que también ignoramos la modificación de la naturaleza humana que las meras diferencias de hábito social, costumbre y perspectiva logran producir.

Tomemos el caso del duelo. Incluso la gente educada en Alemania, Francia e Italia les dirá que «no está en la naturaleza humana» esperar que un hombre de cuna noble abandone la costumbre del duelo; la noción de que la gente honorable deba poner jamás su honor a merced de quienquiera que tenga a bien insultarlos es, según le aseguran a uno, tanto infantil como sórdida. Para ellos, el asunto no admite discusión.

Sin embargo, las grandes sociedades que existen en Inglaterra, Norteamérica, Australia —en realidad, todo el mundo anglosajón— han abandonado el duelo, y no podemos catalogar a toda la raza anglosajona como tacaña ni como infantil.

Que un cambio como este, que debió de entrar en conflicto con la combatividad humana en su forma más insidiosa —el orgullo y la vanidad personal, las tradiciones de un estatus aristocrático, cada uno de los factores psicológicos que hoy intervienen en los conflictos internacionales— se haya llevado a cabo en nuestra propia generación debería sin duda hacer reflexionar a aquellos que desestiman por quimérica cualquier esperanza de que el racionalismo llegue a dominar la conducta de las naciones.

Al debatir la imposibilidad de permitir que el arbitraje abarque todas las causas de discrepancia, el señor Roosevelt señaló, para justificar los grandes armamentos: «Despreciamos a una nación, tal como despreciamos a un hombre, que no sabe resentir un insulto».20

El señor Roosevelt parece olvidar que el duelo entre nosotros está extinto. ¿Despreciamos nosotros, los pueblos de habla inglesa del mundo, a quienes presumiblemente debe haberse referido el señor Roosevelt, a un hombre que no resiente un insulto con las armas? ¿Acaso no despreciaríamos, por el contrario, al hombre que lo hiciera? Sin embargo, esta acusación es tan reciente que aún no ha llegado a la mayoría de los europeos.

El vago discurso sobre el honor nacional, como una cualidad bajo la especial protección del soldado, demuestra, quizás más claramente que cualquier otra cosa, cuán atrasadas se han quedado nuestras nociones acerca de la política internacional en comparación con las nociones que dominan nuestra vida cotidiana.

Cuando un individuo empieza a delirar acerca de su honor, podemos estar bastante seguros de que está a punto de cometer un acto irracional, muy probablemente desacreditado. La palabra es como un juramento, que sirve, con su significado vago pero amplio, para embriagar la fantasía. Su vaguedad y elasticidad hacen posible considerar un incidente dado, a voluntad, como inofensivo o como un casus belli.

Nuestro sentido de la proporción en estos asuntos se aproxima al del escolar. La burla pasajera de un periodista extranjero, una caricatura tonta, bastan para hacer que los perros de la guerra ladren a lo largo y ancho del país.21

Lo llamamos «mantener el prestigio nacional», «imponer respeto» y no sé qué otro nombre rimbombante. Al final, viene a ser lo mismo.

El único avance distintivo en la sociedad civil logrado por el mundo anglosajón queda bien simbolizado por la desaparición de esta vieja noción de una posesión peculiar en forma de honor, que debe ser guardada mediante las armas.

Destaca como la única ganancia moral clara del siglo diecinueve; y, cuando observamos que la noción resurge en las mentes de los hombres, podemos esperar razonablemente encontrar que marca una de esas regresiones en el desarrollo que tan a menudo ocurren tanto en el reino de la mente como en el de las formas orgánicas.

Hace dos o tres generaciones, este avance, incluso entre los anglosajones, hacia una norma de conducta racional en este asunto, en las relaciones entre individuos, habría parecido tan irrazonable como lo parecen hoy las esperanzas de paz internacional.

Todavía hoy, el oficial continental está tan firmemente convencido como siempre de que el mantenimiento de la dignidad personal es imposible si no es con la ayuda del duelo. Preguntará triunfante: «¿Qué haréis si alguien de vuestra misma clase os insulta abiertamente? ¿Podéis conservar vuestro respeto propio llevándolo al tribunal de policía?». Y se considera que la pregunta zanja la cuestión de inmediato.

La supervivencia, en lo que al prestigio nacional se refiere, de las normas del code duello se nos presenta a diario mediante la retórica de los patriotas. Nuestro ejército y nuestra armada, y no la buena fe de nuestros estadistas, son los «guardianes de nuestro honor nacional».

Como el duelista, el patriota pretende hacernos creer que un acto deshonroso se vuelve honorable si la parte que sufre la deshonra resulta muerta. El patriota se cuida muy mucho de excluir de la posibilidad de cualquier arbitraje todas las cuestiones que puedan afectar al «honor nacional».

Un «ultraje a la bandera» debe «lavarse con sangre».

  • Las pequeñas naciones, que por la naturaleza de las cosas no pueden responder de ese modo a los ultrajes de los grandes imperios, al parecer no tienen derecho a una posesión tal como el «honor».
  • Es la prerrogativa exclusiva de los imperios de alcance mundial.

A los patriotas que de este modo querrían vengar los «ultrajes a la bandera» bien se les podría preguntar si condenarían la conducta del teniente alemán que mata a sangre fría a un civil desarmado «por el honor del uniforme».

No parece habérsele ocurrido al patriota que, dado que la dignidad y la conducta personales no han sufrido, sino que han mejorado con el abandono del principio del duelo, hay pocas razones para suponer que la conducta internacional, o la dignidad nacional, sufrirían con un cambio similar de normas.

Toda la filosofía subyacente al duelo, en lo que atañe a las relaciones personales, despierta hoy en día la infinita derisión de todos los anglosajones. Sin embargo, esos mismos anglosajones lo mantienen tan rigurosamente como siempre en las relaciones entre Estados.

Tan profundo como es el cambio que supuso el abandono anglosajón del duelo, un cambio aún más universal, que afecta de forma más directa a nuestros impulsos psicológicos, se ha producido dentro de un periodo histórico relativamente reciente.

Me refiero al abandono, por parte de los Gobiernos de Europa, de su derecho a dictar la creencia religiosa de sus ciudadanos. Durante cientos de años, generación tras generación, se consideró una parte evidente del derecho y del deber de un gobernante dictar lo que debían creer sus súbditos.

Como ha señalado Lecky, la preocupación que, durante incontables generaciones, constituyó el centro en torno al cual giraban todos los demás intereses ha desaparecido simple y llanamente; las coaliciones que antaño fueron la ocupación más seria de los estadistas existen hoy solo en las especulaciones de los expositores de profecías.

Entre todos los elementos de afinidad y repulsión que regulan las combinaciones de las naciones, apenas puede decirse que existan ya influencias dogmáticas que antaño fueron supremas. Hay aquí un cambio que cala hasta los impulsos más fundamentales de la mente humana.

"Hasta el siglo XVII, todo debate mental, que la filosofía declara esencial para la investigación legítima, era tildado casi unánimemente de pecado, y una gran proporción de los vicios intelectuales más mortíferos eran inculcados deliberadamente como virtudes."

Cualquiera que hubiera sostenido que las diferencias entre católicos y protestantes no eran de aquellas que la fuerza podía resolver, y que llegaría el momento en que el hombre comprendería esta verdad y consideraría una guerra religiosa entre los Estados europeos como un anacronismo salvaje e inimaginable, habría sido tachado de doctrinario inútil, que ignoraba por completo los hechos más elementales de la «inmutable naturaleza humana».

Hay un incidente llamativo de la lucha religiosa de los Estados que ilustra vívidamente el cambio que se ha operado en el espíritu humano. Durante casi doscientos años los cristianos lucharon contra el infiel por la conquista del Santo Sepulcro. Todas las naciones de Europa se unieron en este gran empeño. Parecía ser lo único capaz de unirlas, y durante generaciones, tan profundo era el impulso que originó el movimiento, la lucha continuó. No hay nada en la historia, tal vez, que sea del todo comparable a ello. Supóngase que durante esta lucha se le hubiera dicho a un estadista europeo de aquella época que llegaría el tiempo en que, reunidos en una sala, los representantes de una Europa que se había convertido en dueña absoluta del infiel pudieran, con un solo trazo de pluma, asegurar el Santo Sepulcro para siempre para la cristiandad, pero que, habiendo discutido el asunto de pasada durante unos veinte minutos, ¡habrían de decidir que, en conjunto, no valía la pena! Si se le hubiera dicho algo así a un estadista medieval, habría considerado con toda seguridad la profecía como la de un loco. Sin embargo, esto, por supuesto, es precisamente lo que ha sucedido.22

Un vistazo a los acontecimientos comunes de la historia de Europa mostrará el cambio profundo que ha tenido lugar de manera visible, no solo en las mentes, sino en los corazones de los hombres. Cosas que incluso en nuestra etapa de civilización ya no serían posibles, debido a ese cambio en la naturaleza humana que el dogmático militar niega, eran incidentes cotidianos para nuestros abuelos.

En efecto, las modificaciones en la actitud religiosa que acabamos de mencionar surgen sin duda de un cambio tanto emocional como intelectual. Una teología que pudiera declarar que el niño no nato sufriría un tormento eterno en los fuego del infierno por ningún otro crimen que el de su propia concepción, sería en nuestros días imposible por motivos meramente emocionales.23

Lo que antes se consideraba una mera perogrullada sería visto hoy con horror e indignación. De nuevo, como dice Lecky: «Pues un gran cambio se ha extendido silenciosamente sobre la Cristiandad. Sin alteración alguna, una vieja doctrina ha desaparecido de entre las realizaciones de la humanidad».

No solo en la esfera religiosa vemos este progreso. En una civilización, que era en muchos aspectos admirable, era posible que cuatrocientos esclavos fueran masacrados porque uno de ellos había cometido alguna falta; que una dama elegante satisficiera un capricho momentáneo ordenando que crucificaran a un esclavo; y, hace una o dos generaciones, que poblaciones enteros convirtieran la tortura en un entretenimiento público24 y en una fiesta pública; que los reyes, históricamente ayer, asistieran personalmente a las torturas de personas acusadas de brujería.

Pitcairn relata en sus "Juicios criminales de Escocia" (Criminal Trials of Scotland) que Jacobo I de Escocia presidió personalmente las torturas de un tal Dr. Fian, acusado de haber provocado una tormenta en el mar. Los huesos de las piernas del prisionero fueron rotos en pedazos pequeños en la bota, y fue el propio Rey quien sugirió la siguiente variante y fue testigo de su ejecución: ¡las uñas de ambas manos fueron sujetas con unas tenazas y arrancadas de los dedos, y en el muñón sangrante de cada dedo se clavaron dos agujas hasta la cabeza!

¿Alguien sostiene seriamente que las condiciones de la vida moderna no han modificado la psicología en estos asuntos? ¿Alguien niega seriamente que nuestra perspectiva más amplia, que es el resultado de concepciones algo más vastas y de lecturas más extensas, ha producido tal cambio que la repetición de cosas como estas en Londres, en Edimburgo o en Berlín se ha vuelto imposible?

O, ¿se sostiene seriamente que podemos presenciar una repetición de estos acontecimientos, que somos plenamente capaces en cualquier momento de regocijarnos quemando viva a una niña hermosa?

¿Se encuentra realmente el católico o el protestante en peligro de tales cosas por parte de su rival religioso? Si la naturaleza humana no ha cambiado con el progreso de las ideas, entonces sí lo está, y la adopción general de la libertad religiosa en Europa es un error, y cada secta debería armarse contra la otra a la vieja usanza, y la única esperanza real de paz y seguridad religiosas reside en la dominación de una Iglesia absolutamente universal.

Este era, en verdad, el argumento del viejo inquisidor, del mismo modo que es el argumento del Spectator hoy en día, a saber, que la única esperanza de paz política reside en la dominación de un poder absolutamente universal:

Sólo hay una manera de acabar con la guerra y con los preparativos para la guerra, y es, como hemos dicho, mediante una monarquía universal. Si podemos imaginar un país —digamos Rusia, por aras del argumento— tan poderoso que pudiera desarmar al resto del mundo, y mantener luego una fuerza lo bastante grande como para prohibir que cualquier Potencia invada los derechos de cualquier otra Potencia... sin duda tendríamos la paz universal.25

Este dictamen recuerda a otro, igualmente enfático, que en su día pronunció un colega del difunto Procurador del Santo Sínodo en Rusia, quien dijo:

> No hay más que un modo de asegurar la paz religiosa en el Estado: obligar a todos los habitantes de ese Estado a someterse a la religión oficial. Quienes no se sometan deben, en aras de la paz, ser expulsados.

El Sr. Lecky, quien de todos los autores es tal vez el que más sugerentemente ha escrito sobre la desaparición de la persecución religiosa, ha señalado que el conflicto entre cuerpos religiosos opuestos surgió de un espíritu religioso que, aunque a menudo noble y desinteresado (protesta con energía contra la idea de que la persecución en su conjunto fuera dictada por motivos interesados), no estaba purificado por el racionalismo; y añade que la irracionalidad que antaño caracterizaba al sentimiento religioso ha sido reemplazada ahora por la irracionalidad del patriotismo. El Sr. Lecky dice:

Si adoptamos una visión amplia del curso de la historia y examinamos las relaciones de las grandes masas humanas, descubrimos que la religión y el patriotismo son las principales influencias morales a las que han estado sometidas, y que las modificaciones separadas y la interacción mutua de estos dos agentes casi se puede decir que constituyen la historia moral de la humanidad.

¿Debe esperarse acaso que la racionalización y la humanización que han tenido lugar en el ámbito más complejo de la doctrina y la creencia religiosas no tengan lugar también en el ámbito del patriotismo?

Más especialmente, como señala el mismo autor, puesto que fueron las necesidades del interés material las que propiciaron la reforma en el primer ámbito, y dado que «no solo el interés, a diferencia de la pasión, adquiere un mayor imperio a medida que avanza la civilización, sino que la pasión misma se guía principalmente por su poder».

¿No tenemos acaso abundante evidencia, en verdad, de que la pasión del patriotismo, tal como se desvincula del interés material, está siendo modificada por la presión del interés material? ¿No están conduciendo inevitablemente a ese resultado los innumerables hechos de interdependencia nacional que he señalado aquí?

¿Y no estamos justificados al concluir que, así como el progreso del racionalismo ha hecho posible que los diversos grupos religiosos convivan, existan lado a lado sin conflicto físico; así como no ha habido en ese ámbito una opción necesaria entre la dominación universal o la lucha interminable, de igual manera el progreso del racionalismo político marcará la evolución de la relación entre los grupos políticos; que la lucha por la dominación cesará porque se comprenderá que la dominación física es inútil, y que en lugar de una lucha universal o una dominación universal surgirá, sin tratados formales ni Santas Alianzas, la determinación general de que cada cual siga su camino sin ser molestado en su lealtad política, del mismo modo en que hoy no es molestado en su lealtad religiosa?

Quizá la prueba más contundente de que toda la tendencia humana se aleja de un conflicto como el representado por la guerra entre Estados se encuentre en los escritos de aquellos que declaran que la guerra es inevitable.

Entre los escritores citados en el primer capítulo de esta sección, no hay uno solo que, si se examinan sus argumentos con detenimiento, no demuestre que comprende, consciente o subconscientemente, que la disposición del hombre a luchar, lejos de permanecer inalterada, se está debilitando rápidamente.

Tómese, por ejemplo, una de las obras más recientes que expresan la filosofía de que la guerra es inevitable; de que, en efecto, es tanto perverso como infantil intentar prevenirla.26

A pesar de que la inevitabilidad de la guerra es la tesis de su libro, Homer Lea titula la primera sección «El declive de la militancia» y demuestra claramente, de hecho, que las actividades comerciales del mundo conducen directamente a alejarse de la guerra.

El comercio, los ducados y las hipotecas se consideran activos y fuentes de poder muy superiores a los ejércitos o las armadas. Producen afeminamiento y debilidad nacionales.

Ahora bien, como esta tendencia es común a todas las naciones de la Cristiandad —en realidad, del mundo—, puesto que el desarrollo comercial e industrial es mundial, significa necesariamente, si es cierta para cualquier nación en particular, que el mundo en su conjunto se está alejando de la propensión a la guerra.

Gran parte del libro de Homer Lea es una especie de arenga al estilo de Carlyle contra lo que denomina «atracones y arcadas protoplasmáticos» (en otras palabras, la ajetreada vida industrial y social estadounidense de sus compatriotas).

Declara que, cuando un país hace de la riqueza, la producción y las industrias su único fin, se convierte en «un glotón entre las naciones, vulgar, porcino, arrogante»; «el comercialismo, habiéndose apoderado del pueblo americano, lo ensombrece y tiende a destruir no solo las aspiraciones y la carrera de alcance mundial abiertas a la nación, sino a la propia República».

«El patriotismo en su verdadero sentido» (es decir, el deseo de ir a matar a otras personas) lo declara Homer Lea casi muerto en los Estados Unidos. Los ideales nacionales, incluso los del estadounidense nativo, son deplorablemente bajos:

Existe no sólo un prejuicio individual contra los ideales militares, sino antipatía pública; antagonismo de políticos, periódicos, iglesias, universidades, sindicatos, teóricos y sociedades organizadas. Combaten el espíritu militar como si fuera un mal público y un crimen nacional.

En ese caso, ¿en nombre de todo lo absurdo, qué se hace de la «inmutable tendencia hacia la guerra»? ¿Qué es toda esta curiosa retórica de Homer Lea (y me he ocupado de él con cierta extensión, porque sus principios, si no su lenguaje, son los que caracterizan gran parte de la literatura similar en Inglaterra, Francia, Alemania y el continente europeo en general), sino la admisión de que toda la tendencia no es, como él querría hacernos creer, hacia la guerra, sino alejándose de ella?

He aquí un autor que nos dice que la guerra ha de ser para siempre inevitable, y en el mismo suspiro que los hombres están concebiendo rápidamente no solo una «indiferencia indolente» hacia la lucha, sino una profunda antipatía hacia el ideal militar.

Por supuesto, Homer Lea da a entender que esta tendencia es peculiar de la República Americana y que, por esa razón, es peligrosa para su país; pero, en realidad, el libro de Homer Lea podría ser una traducción libre de gran parte de la literatura nacionalista de Francia o de Alemania.27

No recuerdo a un solo autor de ninguno de los cuatro grandes países que, al tratar sobre la inevitabilidad de la guerra, no se lamente del alejamiento de su propio país respecto al ideal militar, o, al menos, de la tendencia a alejarse de él. Así, el periodista inglés que reseña en el Daily Mail el libro de Homer Lea no puede evitar decir:

¿Es necesario señalar que hay una moraleja en todo esto tanto para nosotros como para el americano? Ciertamente, casi todo lo que dice el señor Lea se aplica a Gran Bretaña con tanta fuerza como a los Estados Unidos. Nosotros también hemos estado durmiendo y soñando. Hemos dejado que nuestros ideales se deslucieran. También nos hemos vuelto glotones... La vergüenza y la insensatez están sobre nosotros tanto como sobre nuestros hermanos. Apresurémonos con toda nuestra energía a purificarnos de ellas, para poder mirar al futuro a la cara sin miedo.

Exactamente la misma nota domina la literatura de un protagonista inglés como el señor Blatchford, el socialista militarista. Habla de la «apatía fatal» del pueblo británico. «El pueblo —dice, estallando en cólera ante la poca disposición que muestra a matar a otros— es engreído, indulgente consigo mismo, decadente y codicioso. Gritarán por el Imperio, pero no lucharán por él».28

Un vistazo a publicaciones como el Blackwood's, la National Review, el Spectator de Londres o el World de Londres revelará arrebatos exactamente similares.

Por supuesto, el Sr. Blatchford declara que los alemanes son muy diferentes, y que lo que el Sr. Lea (al hablar de su propio país) llama «glotonería y arcadas» no es en absoluto cierto en el caso de Alemania. Sin embargo, a decir verdad, la frase que he citado podría haber sido «extraída» de la obra de cualquier pangermánista medio, o incluso de fuentes más autorizadas.

¿Han olvidado el Sr. Blatchford y el Sr. Lea que nada menos que el príncipe von Bülow, en un discurso pronunciado en la Dieta prusiana, empleó casi las mismas palabras que he citado del Sr. Blatchford, y se explayó largo y tendido sobre la autocomplacencia y la degeneración, la furia por el lujo, etc., que se apoderan de la Alemania moderna, y habló de cómo estaban desapareciendo las viejas cualidades que habían caracterizado a los fundadores del Imperio?29

En efecto, ¿no lamenta acaso gran parte de las clases dirigentes de Alemania casi a diario la infiltración de doctrinas antimilitaristas entre el pueblo alemán, y no justifica la queja el extraordinario aumento del voto socialista?

Una súplica exactamente análoga es la que formula el escritor nacionalista en Francia cuando arremete contra las tendencias pacifistas de su propio país, y señala las actividades belicosas y contrastantes de las naciones vecinas.

Un vistazo a un ejemplar de prácticamente cualquier periódico nacionalista o conservador en Francia proporcionará amplia evidencia de esto. Difícilmente pasa un día sin que el Echo de Paris, el Gaulois, el Figaro, el Journal des Débats, la Patrie o la Presse toquen esta nota, mientras que uno puede hallarla desenfrenada en las obras de escritores tan serios como Paul Bourget, Faguet, Le Bon, Barrès, Brunetière, Paul Adam, por no hablar de publicistas más populares como Déroulède, Millevoye, Drumont, etc.

Todos estos defensores de la guerra, por tanto —estadounidenses, ingleses, alemanes, franceses—, coinciden en declarar que los países extranjeros son muy belicosos, pero que su propio país, «sumido en la desidia», se está alejando de la guerra.

Como cabe suponer que saben más de su propio país que de los demás, su propio testimonio implica la destrucción mutua de sus propias teorías.

Son, por tanto, testigos involuntarios de la verdad, que es que todos somos iguales —ingleses, estadounidenses, alemanes, franceses—, perdiendo el impulso psicológico hacia la guerra, del mismo modo que hemos perdido el impulso psicológico de matar a nuestros vecinos debido a diferencias religiosas, y (al menos en el caso de los anglosajones) de matar a nuestros vecinos en duelos por alguna causa de vanidad herida.

¿Cómo, en verdad, podría ser de otro modo? ¿Cómo puede la vida moderna, con su abrumadora proporción de actividades industriales y su infinitesimal proporción de actividades militares, mantener vivos los instintos asociados con la guerra frente a aquellos desarrollados por la paz?

No solo la evolución, sino también el sentido común y la observación cotidiana, nos enseñan que desarrollamos más aquellas cualidades que más ejercitamos, las que nos sirven mejor en la ocupación en la que estamos más ocupados. Una raza de marinos no se desarrolla mediante labores agrícolas llevadas a cabo a cientos de millas del mar.

Tomemos el caso de la que se tiene (muy equivocadamente, por cierto) por la nación más militar de Europa: Alemania.

La inmensa mayoría de los alemanes adultos —prácticamente todos los que componen lo que conocemos como Alemania— nunca ha visto una batalla y, con toda probabilidad humana, jamás la verá. En cuarenta años, ocho mil alemanes han estado en campaña unos doce meses contra negros desprovistos de ropa.30

De modo que la proporción entre actividades bélicas y actividades pacíficas resulta ser de una a cientos de miles.

Desearía que fuera posible ilustrar esto mediante un diagrama; pero no se podría hacer en este libro porque, si se empleara un solo punto del tamaño de un punto ortográfico para ilustrar el tiempo dedicado a la guerra real, tendría que llenar la mayor parte del libro de puntos para ilustrar el tiempo dedicado por el resto de la población a actividades pacíficas.31

En ese caso, ¿cómo podemos posiblemente esperar mantener vivas las cualidades guerreras, cuando todos nuestros intereses y actividades —todos nuestros entornos, en resumen— son pacíficos?

En otras palabras, las ocupaciones que desarrollan las cualidades de la industria y la paz superan con creces a aquellas que desarrollarían las cualidades que asociamos con la guerra, hasta el punto de que dicho exceso casi ha rebasado ya cualquier medio ordinario de ilustración visual y ha rebasado por completo cualquier capacidad humana ordinaria de apreciarlo plenamente.

La paz está con nosotros casi siempre; la guerra, raramente; sin embargo, se nos dice que son las cualidades de la guerra las que sobrevivirán, y las cualidades de la paz las que serán secundarias.

No olvido, por supuesto, el entrenamiento militar, la vida de cuartel destinada a mantener viva la tradición militar. Me he ocupado de esa cuestión en el capítulo siguiente. Baste por el momento señalar que dicho entrenamiento se defiende basándose en que (sobre todo entre quienes desearían introducirlo en Inglaterra)—(1) garantiza la paz; (2) vuelve a una población más eficiente en las artes de la paz —es decir, perpetúa esa condición de «descanso perezoso» que, según se nos dice, es tan peligrosa para nuestro carácter, en la cual estamos destinados a perder las «cualidades guerreras», y que vuelve a la sociedad aún más «comilona», en la despectiva frase del señor Lea, aún más «cobdeniana», en la del señor Leo Maxse.

No se puede tener todo a la vez.

Si una paz prolongada debilita, es una auténtica contradicción abogar por el servicio militar obligatorio con el argumento de que prolongará aún más esa debilitadora situación.

Si el Sr. Leo Maxse se mofa de la sociedad industrial y del ideal de la paz —«el ideal cobdeniano de comprar barato y vender caro»—, no debe defender el servicio militar obligatorio alemán (aunque lo hace) con el argumento de que hace que el comercio alemán sea más eficiente; es decir, que promueve ese «ideal cobdeniano».

En ese caso, la tendencia a alejarse de la guerra será más fuerte que nunca.

Tal vez algo de toda esta incoherencia estaba en la mente del señor Roosevelt cuando declaró que solo mediante «la guerra» puede el hombre desarrollar esas cualidades varoniles, etc. Si el servicio militar obligatorio realmente prolonga la paz y aumenta nuestra aptitud para las artes de la paz, entonces el servicio militar obligatorio en sí mismo no es más que un factor en la deriva temperamental del hombre alejándose de la guerra, en el cambio de su naturaleza hacia la paz.

No es porque el hombre sea degenerado, cochino o glotón (semejante lenguaje, en verdad, aplicado como lo hace el señor Lea a la mayor y mejor parte del género humano, sugiere un mal humor poco noble ante la terquedad de los hechos a los que la retórica no afecta) que muestra una disposición cada vez menor a luchar, sino porque está condenado por la auténtica «ley primordial» a ganarse el pan con el sudor de su frente, y su naturaleza en consecuencia desarrolla aquellas cualidades que el grueso de sus intereses y capacidades demanda y favorece.

Finalmente, por supuesto, se nos dice que, aun estando estas fuerzas en acción, deben tardar «miles de años» en operar. Este dogmatismo ignora la Ley de Aceleración, tan cierta en el dominio de la sociología como en el de la física, a la que me he referido al final del capítulo precedente.

La evidencia más reciente parecería demostrar se remonta al período Terciario —digamos, trescientos mil años atrás— como un animal que utilizaba el fuego.

Ahora bien, en todo lo que respecta a esta discusión, el hombre en el norte de Europa (en Gran Bretaña, por ejemplo) permaneció inalterado durante doscientos noventa y ocho mil de esos años.

En los últimos dos mil años ha cambiado más que en los doscientos noventa y ocho mil precedentes, y en cien ha cambiado más, tal vez, que en los dos mil anteriores.

La comparación se vuelve más comprensible si la reducimos a horas. Durante, digamos, cincuenta años el hombre fue un salvaje caníbal o un animal salvaje, cazando a otros animales salvajes, y luego, en el espacio de tres meses, se convirtió en John Smith de Des Moines, asistiendo a la iglesia, aprobando leyes, usando el teléfono, etcétera.

Esa es la historia de la humanidad europea.

Y ante esto, los sabelotodo hablan con suficiencia y lo establecen como un hecho evidente por sí mismo y demostrable de que la guerra interestatal, que, debido a la mecánica de nuestra civilización, no logra nada y no puede lograr nada, será por siempre inexpugnable porque, una vez que el hombre ha adquirido el hábito de hacer algo, seguirá haciéndolo, aunque la razón que en un principio lo motivó haya desaparecido hace mucho tiempo; debido, en suma, a la «inmutabilidad de la naturaleza humana».

# CAPÍTULO IV

# ¿HEREDAN LAS NACIONES BELICOSAS LA TIERRA?

El seguro dogmatismo de los escritores militaristas sobre este tema—Los hechos—Las lecciones de la América española—Cómo la conquista propicia la supervivencia de los no aptos—El método español y el método inglés en el Nuevo Mundo—Las virtudes del entrenamiento militar—El caso Dreyfus—La amenazada germanización de Inglaterra—«La guerra que hizo grande a Alemania y pequeños a los alemanes».

Las autoridades militaristas que he citado en el capítulo precedente admiten, por lo tanto, y admiten en gran medida, la tendencia del hombre, en un sentido sentimental, a alejarse de la guerra. Pero esa tendencia, declaran, es una degeneración; sin aquellas cualidades que «la guerra sola», según la frase del señor Roosevelt, puede desarrollar, el hombre «se pudrirá y decaerá».

Este ruego viene, por supuesto, directamente al caso de nuestro asunto. Afirmar que las cualidades que asociamos con la guerra, y exclusivamente con la guerra, son necesarias para asegurar a una nación el éxito en sus luchas contra otras naciones equivale a decir que aquellos que se apartan de la guerra sucumbirán ante aquellos cuya actividad belicosa sea capaz de conservar las cualidades esenciales para la supervivencia; y esto no es sino otra forma de decir que los hombres deben seguir siendo siempre belicosos si han de sobrevivir, que las naciones belicosas heredan la tierra; que la combatividad de los hombres es, por tanto, el resultado de la gran ley natural de la supervivencia, y que una disminución de la combatividad marca en cualquier nación una regresión y no un avance en su lucha por la supervivencia.

Ya he indicado (capítulo II, parte II) las líneas generales de la proposición, que no deja escapatoria a esta conclusión. Esta es la base científica de la proposición expresada por las autoridades que he citado —el Sr. Roosevelt, Von Moltke, Renan, Nietzsche y varios miembros belicosos del clero32— y se encuentra en la raíz misma de la defensa de que la naturaleza del hombre, en lo que respecta a la tendencia de los hombres en su conjunto a ir a la guerra, no cambia; de que las cualidades belicosas son una parte necesaria de la vitalidad humana en la lucha por la existencia; de que, en suma, todo lo que sabemos de la ley de la evolución prohíbe la conclusión de que el hombre pierda jamás esta combatividad belicosa, o de que las naciones sobrevivan de otro modo que no sea mediante la lucha de la fuerza física.

El punto de vista se expresa mejor, tal vez, por Homer Lea, a quien ya he citado. Dice, en su «Valor de la ignorancia»:

Como el vigor físico representa la fuerza del hombre en su lucha por la existencia, en el mismo sentido el vigor militar constituye la fuerza de las naciones; los ideales, las leyes, las constituciones no son más que fulgores pasajeros [P. 11]. El deterioro de la fuerza militar y la consiguiente destrucción del espíritu militante han sido concurrentes con la decadencia nacional [P. 24]. Los desacuerdos internacionales son... el resultado de las condiciones primordiales que tarde o temprano provocan la guerra... la ley de la lucha, la ley de la supervivencia, universal, inalterable... frustrarlas, atajarlas, eludirlas, engañarlas, negarlas, desdeñarlas, violarlas, es una insensatez que solo la presunción del hombre hace posible.... El arbitraje niega la inexorabilidad de las leyes naturales... que rigen la existencia de las entidades políticas [Pp. 76, 77]. Las leyes que rigen la militancia de un pueblo no son obra del hombre, sino que siguen las ordenanzas primitivas de la naturaleza que rigen todas las formas de vida, desde los simples protozoos, bañados por el mar, hasta los imperios del hombre.33

Ya he señalado el grave error en que se basa la interpretación de la ley evolutiva aquí indicada. De lo que nos ocupamos ahora es de tratar los hechos en los que se fundamenta inductivamente este supuesto principio general.

Hemos visto por el capítulo anterior que la naturaleza del hombre ciertamente cambia; el siguiente paso es demostrar, a partir de los hechos del mundo actual, que las cualidades belicosas no propician la supervivencia, que las naciones belicosas no heredan la tierra.

¿Cuáles son las naciones militares? Solemos pensar en ellas en Europa como Alemania y Francia, o tal vez también en Rusia, Austria e Italia. Ciertamente (víd. todos los expertos militares y economistas ingleses y estadounidenses), Inglaterra es la nación menos militarizada de Europa, y Estados Unidos quizás del mundo. Es, sobre todo, Alemania la que nos atrae como el arquetipo de nación militar, una en la que la dura escuela de la guerra propicia la preservación de «las cualidades varoniles y aventureras».

Los hechos requieren un examen un poco más detenido. ¿Qué es una carrera de facilidad no guerrera, según la frase del señor Roosevelt?

En el capítulo anterior vimos que durante los últimos cuarenta años ocho mil de entre sesenta millones de alemanes han participado en guerras durante poco más de un año, y eso contra hotentotes o hereros: una proporción de días de guerra por alemán frente a días de paz por alemán que es de uno a varios cientos de miles.

De modo que, si hemos de tomar a Alemania como el modelo de nación militar, y si hemos de aceptar el dictamen del señor Roosevelt de que solo mediante la guerra podemos adquirir «esas cualidades viriles necesarias para vencer en la dura lucha de la vida real», aun así estaremos condenados a perderlas, pues bajo condiciones como las de Alemania, ¿cuántos de nosotros pueden ver jamás la guerra, o pueden pretender caer bajo su influencia?

Como ya se ha señalado, los hombres que realmente marcan la pauta en la nación alemana, en la vida y la conducta alemanas —es decir, la mayoría de los adultos alemanes— nunca han visto una batalla y nunca verán ninguna.

Francia lo ha hecho mucho mejor. No solo ha visto infinitamente más combates reales, sino que su población está mucho más militarizada que la de Alemania, un 50 por ciento más, de hecho, puesto que, para mantener con una población de cuarenta millones la misma fuerza militar efectiva que Alemania con sesenta millones, el 1,5 por ciento de la población francesa está bajo las armas frente al 1 por ciento de la alemana.

Aún más militar en su organización y en su reciente experiencia práctica es Rusia, y más militar que Rusia es Turquía, y más militar que Turquía en su conjunto son las secciones semindependientes de Turquía, Arabia y Albania, y luego, tal vez, viene Marruecos.

En el hemisferio occidental podemos trazar una tabla similar en cuanto a los pueblos «belicosos, aventureros, varoniles y progresistas» en comparación con los «pacíficos, cobardes, indolentes y decadentes».

El menos belicoso de todos, la nación que ha tenido menos entrenamiento en la guerra, menos experiencia en ella, que ha sido la menos purificada por ella, es Canadá. Después de ese vienen los Estados Unidos, y tras este los mejores —(perdón, quiero decir, por supuesto, los peores; es decir, los menos belicosos)— de las repúblicas hispanoamericanas como Brasil y Argentina; mientras que los más belicosos de todos, y por consiguiente los más «varoniles y progresistas», son las repúblicas «zambas», como Santo Domingo, Nicaragua, Colombia y Venezuela.

Siempre están peleando.

Si no logran armar una pelea entre ellos, los distintos partidos de cada república pelearán entre sí. Aquí es donde tenemos lo de verdad. Los soldados no se pasan la vida practicando el paso de gansos, limpiando arneses, emblanqueciendo cinturones con greda, sino dando y recibiendo fuertes palizas.

Varias de estas repúblicas progresistas no han conocido un solo año desde que declararon su independencia de España en el que no hayan tenido una guerra. Y una proporción bastante considerable de sus poblaciones se pasa la vida peleando. Durante los primeros veinte años de la existencia independiente de Venezuela, esta libró nada menos que ciento veinte batallas importantes, ya fuera con sus vecinos o consigo misma, y ha mantenido el promedio bastante bien desde entonces.

Cada elección es una pelea —nada de «peleas de boca», nada de cobardes asambleas parlanchinas para ellos—. Buenos, honestos, duros y varoniles golpes, con entre uno y cinco mil muertos y heridos dejados en el campo. Los presidentes de estas enérgicas repúblicas no son poltrones de políticos, sino soldados: hombres de sangre y hierro con alevosía, hombres muy del agrado del señor Roosevelt, todos siguiendo «la buena regla de antaño, el plan sencillo».

Estas son las personas que han seguido el consejo de Carlyle de «cerrar los parlamentos». Ellos se lo disputan como hombres; ellos conversan con ametralladoras Gatling y fusiles Mauser. ¡Oh, son un lote muy fino, varonil y militar! Si la lucha propicia la supervivencia, deberían desplazar por completo del terreno a Canadá y a los Estados Unidos, cuyos países —el uno sin haber conocido jamás una batalla real en la mayor parte de sus cien años de vida cobarde, sórdida y pacífica, y el otro al que Homer Lea nos asegura que está muriendo sin duda a causa de su tendencia a evitar los combates— deberían desaparecer.

Mr. Lea does not make any secret of the fact

(and if he did, some of his rhetoric would display it)

that he is out of sympathy with predominant American ideals. He might emigrate to Venezuela, or Colombia, or Nicaragua. He would be able to prove to each military dictator in turn that, in converting the country into a shambles, far from committing a foul crime for which such dictators should be, and are, held in execration by civilized men the world over, they are, on the contrary, but obeying one of God's commands in tune with all the immutable laws of the universe.

Deseo escribir con toda seriedad, pero, para alguien que ha tenido la ocasión de ver de primera mano algo de las condiciones que surgen de una verdadera concepción militar de la civilización, resulta muy difícil.

¿Cómo reconcilian su credo con la Hispanoamérica militar el señor Roosevelt, quien declara que «solo mediante la guerra podemos adquirir aquellas cualidades viriles necesarias para vencer en la dura pugna de la vida real»; cómo lo reconcilia Von Stengel, quien declara que «la guerra es una prueba de la salud política, física y moral de una nación»; cómo lo hacen nuestros militaristas, que deducen que el Estado militar es mucho más noble que el cobdeniano de las actividades comerciales; cómo lo hace M. Ernest Renan, quien declara que la guerra es la condición del progreso y que bajo la paz nos hundiríamos en un grado de degeneración difícil de imaginar; y cómo lo hacen los diversos clérigos ingleses que expresan una filosofía semejante?

¿Cómo pueden instar que el industrialismo no militar, que, con todas sus deficiencias, nos ha dado el Canadá y los Estados Unidos en el continente occidental, conduce a la decadencia y a la degeneración, mientras que el militarismo y las cualidades e instintos que lo acompañan nos han dado Venezuela y Santo Domingo?

¿No reconocemos todos acaso que el industrialismo —a pesar del «tragaldabas y arcadas» del señor Lea— es lo único que salvará a estas repúblicas militares; que la única condición para su progreso es que abandonen el militarismo estúpido y sórdido de los galones dorados y se vuelvan hacia el trabajo honrado?

Si alguna vez hubo una justificación para la vasta generalización de Herbert Spencer de que "el avance hacia las formas más elevadas del hombre y de la sociedad depende del declive de la combatividad y del crecimiento del industrialismo", esta se halla en la historia de las repúblicas sudamericanas y centroamericanas.

En verdad, la América española ofrece en el momento presente más lecciones de las que parece que extraemos y, si la combatividad propicia el avance y la supervivencia, resulta de lo más extraordinario que todos aquellos de algún modo vinculados con esos países, todos los que viven en ellos y cuyo futuro está ligado a ellos, nunca puedan expresar suficientemente su gratitud de que por fin parezca haber en algunos de ellos una tendencia a alejarse de la tontería de la sangre y el valor que ha sido su maldición durante tres siglos, y a cambiar el ideal militar por el cobdeniano de comprar barato y vender caro, el cual despierta tanto desprecio.

Hace algunos años, un abogado italiano, cierto Tomasso Caivano, escribió una carta detallando sus experiencias y recuerdos de veinte años de vida en Venezuela y las repúblicas vecinas, y sus conclusiones generales tienen una pertinencia directa para esta discusión. A modo de exhortación de despedida a los venezolanos, escribió:

La maldición de vuestra civilización es el soldado y el temperamento del soldado. Es imposible que dos de vosotros, y menos aún dos partidos, mantengan una discusión sin que uno quiera luchar contra el otro por el asunto en cuestión. Consideráis una merma de la dignidad considerar el punto de vista de la otra parte, e intentar satisfacerlo, si es posible luchar al respecto. Estimáis que el valor personal compensa todos los defectos. El soldado de mal carácter es más tenido en cuenta entre vosotros que el civil de buen carácter, y la aventura militar se considera más honorable que el trabajo honrado. Pasáis por alto la peor corrupción, la peor opresión, en vuestros líderes con tal de que la recubran con fanfarronada militar y declamaciones sobre la valentía, el destino y el patriotismo. Hasta que no haya un cambio en este espíritu no dejaréis de ser las víctimas de la malvada opresión. Hasta que vuestra población general —vuestro campesinado y vuestros trabajadores— se niegue a ser conducida de este modo al matadero en disputas de las cuales nada saben ni les importa, pero a las cuales son arrastrados porque también prefieren la lucha al trabajo; hasta que todo esto suceda, esas hermosas tierras que se cuentan entre las más fértiles de la tierra de Dios no sustentarán a un pueblo feliz y próspero que viva en el contentamiento y en la posesión segura de los frutos de su labor.

Hispanoamérica parece al fin en buen camino para sacudirse la dominación del militar y despertar de estas pesadillas de sucesivos despotismos militares templados por el asesinato, si bien, al abandonar, en palabras del señor Caivano, «la aventura militar por el trabajo honesto», tendrá necesariamente menos que ver con aquellas hazañas de sangre y valor de las que su historia ha estado tan llena.

Pero los que importan en América del Sur no están de luto. De verdad que no.36

La situación puede duplicarse exactamente en el otro lado del hemisferio. Cambie un par de nombres y obtendrá Arabia o Marruecos. Escuche esto de un artículo reciente del Times de Londres:37

El hecho es que desde hace muchos años Turquía casi invariablemente ha estado en guerra en una u otra parte de Arabia.... En el momento presente Turquía está realizando de hecho tres pequeñas campañas separadas dentro de Arabia o en sus fronteras, y una cuarta serie de operaciones menores en Mesopotamia. El movimiento mencionado en último lugar es contra las tribus kurdas del distrito de Mosul.... Otro avance, y más importante, es contra los belicosos árabes Muntefik del delta del Éufrates.... La cuarta campaña, y con mucho la mayor, es la guerra interminable en la provincia de Yemen, al norte de Adén, donde los turcos han estado combatiendo de forma intermitente durante más de una década. Los pueblos de Arabia también se entregan a conflictos por cuenta propia. La interminable enemistad entre los potentados rivales de Nedyd, Ibn Saud de Riad e Ibn Rashid de Hail, ha estallado de nuevo, y se supone que las tribus de la provincia costera de El Catar se han lanzado a la refriega. Los árabes Muntefik, no contentos con hostigar a los turcos, están asolando los territorios del jeque Mubarak de Koweit. En el extremo sur, el sultán de Sehr y Mokalla, un feudatario del Gobierno británico, lleva a cabo una diminuta guerra contra una tribu hostil en el misterioso Hadramaut. En el oeste, los beduinos amenazan de forma esporádica ciertos tramos del ferrocarril del Hiyaz, que les disgusta muchísimo.... Hace diez años, los Ibn Rashid eran nominalmente dueños de una gran parte de Arabia, y se volvieron tan agresivos que intentaron apoderarse de Koweit. El fiero y anciano jeque de Koweit marchó contra ellos, y alternativamente ganó y perdió. Tuvo su revancha. Envió a un audaz vástago de los Ibn Saud a la antigua capital wahabí de Riad, y mediante una estratagema notable el joven tomó la fortaleza con solo cincuenta hombres. Las facciones rivales han estado combatiendo a intervalos desde entonces.

Y así sucesivamente hasta ocupar toda una columna. De modo que lo que Venezuela y Nicaragua son para el continente americano, Arabia, Albania, Armenia, Montenegro y Marruecos lo son para el hemisferio oriental.

Encontramos exactamente la misma regla: que a medida que uno se aleja del belicismo se acerca al progreso y a la civilización; a medida que los hombres pierden la tendencia a luchar, ganan la tendencia a trabajar, y es trabajando unos con otros, y no luchando los unos contra los otros, como los hombres progresan.

Quitadle la progresión a la militancia, y nos dará una tabla más o menos así:

  • Arabia y Marruecos.
  • El territorio turco en su totalidad.
  • Los estados balcánicos más indisciplinados. Montenegro.
  • Rusia.
  • España. Italia. Austria.
  • Francia.
  • Alemania.
  • Escandinavia. Holanda. Bélgica.
  • Inglaterra.
  • Estados Unidos.
  • Canadá.

¿Sostienen seriamente el señor Roosevelt, el almirante Mahan, el barón von Stengel, el mariscal von Moltke, el señor Homer Lea y los clérigos ingleses que esta lista debería invertirse, y que Arabia y Turquía deberían tomarse como los tipos de naciones progresistas, y Inglaterra, Alemania y Escandinavia como las decadentes?

Podrá argüirse que mi lista no es absolutamente exacta, en el sentido de que Inglaterra, por haber librado más guerras pequeñas (aunque el conflicto con los bóeres, librado contra un pueblo pequeño y pastoril, demuestra cómo una guerra pequeña puede agotar a un gran país), está más militarizada que Alemania, que no ha estado luchando en absoluto.

Pero he intentado, de un modo muy aproximado, llegar al grado de militarismo en cada Estado, y la ausencia de combates reales en el caso de Alemania (al igual que en el de los Estados más pequeños) se equilibra con el hecho del entrenamiento militar de su pueblo.

Como ya he indicado, Francia es más militar que Alemania, tanto por la medida en que su pueblo pasa por la picadora del servicio militar universal, como en virtud del hecho de que ha librado muchas más guerras pequeñas que Alemania (Madagascar, Tonkín, África, etc.); mientras que, por supuesto, Turquía y los Estados balcánicos son todavía más militares en ambos sentidos: más combates reales, más entrenamiento militar.

Tal vez el militarista argumente que, si bien las guerras inútiles e injustas provocan la degeneración, las guerras justas constituyen una regeneración moral. ¿Pero acaso alguna nación, grupo, tribu, familia o individuo se ha embarcado jamás en una guerra que no creyera justa?

Los británicos, o la mayoría de ellos, creían que la guerra contra los bóeres era justa, pero la mayoría de las autoridades favorables a la guerra en general, fuera de la Gran Bretaña, la consideraban injusta. En ninguna parte se encuentra una creencia tan perdurable, absoluta eインquebrantable en la justicia de la guerra como en aquellos conflictos que toda la cristiandad sabe que son a la vez injustos e innecesarios. Me refiero a las guerras religiosas del fanatismo mahometano.

¿Se figura usted que cuando Nicaragua entra en guerra con San Salvador, o Costa Rica o Colombia con el Perú, o el Perú con Chile, o Chile con la Argentina, no creen todas y cada una de ellas que están luchando por principios inmutables eインmortales?

La civilización de la mayoría de ellas es, por supuesto, como dos gotas de agua, y no hay más razón, salvo su aversión al pensamiento racional y al trabajo duro, para que peleen entre sí que la que habría para que Illinois peleara con Indiana, a pesar de las bellas palabras de Homer Lea sobre el carácter primordial de las diferencias nacionales; para los demás son idénticas, y tanto da que San Salvador venza a Costa Rica como que Costa Rica venza a San Salvador, pues, en lo que a lo esencial se refiere, importa un bledo.

Pero su retórica del patriotismo —el sacrificio, la gloria inmortal y todo lo demás— suele ser tan sincera como la nuestra. Esa es la tragedia del asunto, y es lo que le confiere a la solución del problema en la América española su verdadera dificultad.

Pero aun si admitimos que la guerra à l'espagnole puede ser degradante, y que las guerras justas son ennoblecedoras y necesarias para nuestro bienestar moral, nos veríamos, sin embargo, condenados a la degeneración y la decadencia.

Una guerra justa implica que alguien debe actuar injustamente hacia nosotros, pero a medida que la condición general mejora —como está mejorando en Europa en comparación con América Central y del Sur, o Marruecos, o Arabia— obtendremos cada vez menos «purificación moral»; a medida que los hombres estén cada vez menos dispuestos a realizar ataques injustificables, se harán cada vez más degenerados. En semejante incoherencia nos sumerge la filosofía pesimista e imposible de que los hombres decaerán y morirán a menos que sigan matándose unos a otros.

¿Cuál es el error fundamental en la base de la teoría de que la guerra propicia la supervivencia del más apto —de que la guerra es alguna expresión necesaria de la ley de supervivencia—? Es la ilusión inducida por el hipnotismo de una terminología que está obsoleta. El mismo factor que nos conduce tan al desvío en el ámbito económico nos conduce al desvío también en este.

La conquista no acarrea la eliminación de los conquistados; los más débiles no van a la pared, aunque ese es el proceso que quienes adoptan la fórmula de la evolución en este asunto tienen en mente.

Gran Bretaña ha conquistado la India. ¿Significa eso que la raza inferior es reemplazada por la superior?

Ni lo más mínimo en el mundo; la raza inferior no solo sobrevive, sino que se le concede una prórroga vital en virtud de la conquista. Si alguna vez el asiático amenaza a la raza blanca, será gracias en no pequeña parte a la labor de conservación de la raza que las conquistas de Inglaterra en el Oriente han conllevado.

La guerra, por lo tanto, no favorece la eliminación de los no aptos y la supervivencia de los aptos. Sería más verídico decir que favorece la supervivencia de los no aptos.

¿Cuál es el verdadero proceso de la guerra? Seleccionas cuidadosamente de la población general de ambos bandos a los más sanos, a los más robustos, a los física y mentalmente más aptos, a aquellos que poseen precisamente las cualidades viriles y varoniles que deseas preservar, y, habiendo seleccionado así a la élite de las dos poblaciones, los exterminas mediante la batalla y la enfermedad, y dejas que lo peor de ambos bandos se amalgame en el proceso de la conquista o de la derrota —porque, en lo que concierne a la amalgama final, ambos procesos tienen el mismo resultado— y a partir de esta amalgama de lo peor de ambos bandos creas la nueva nación o la nueva sociedad que ha de perpetuar la raza.

Aun suponiendo que la nación mejor gane, el hecho de la conquista resulta únicamente en la absorción de las cualidades inferiores de la nación vencida —inferiores presumiblemente por haber sido vencida, e inferiores porque hemos eliminado a su flor y nata seleccionada y absorbido el resto, puesto que ya no exterminamos a las mujeres, a los niños, a los ancianos y a los demasiado débiles o enfermizos para ir al ejército.38

No se necesita más que continuar este proceso el tiempo suficiente y con la suficiente persistencia para erradicar por completo de ambos lados al tipo de hombre en quien únicamente podemos confiar para la conservación de la virilidad, el vigor físico y la fortaleza.

Que tal proceso desempeñó un papel nada despreciable en la degeneración de Roma y de las poblaciones sobre las cuales descansaba el núcleo del Imperio, es algo sobre lo cual difícilmente puede haber duda razonable.

Y el proceso de degeneración por parte del conquistador se ve secundado por este factor adicional:

Si el conquistador se beneficia en gran medida de su conquista, como los romanos lo hicieron en cierto sentido, es el conquistador quien se ve amenazado por el efecto debilitador de la vida blanda y lujosa; mientras que es el conquistado el que se ve obligado a trabajar para el conquistador y aprende en consecuencia aquellas cualidades de industria constante que son ciertamente un mejor entrenamiento moral que vivir de los frutos ajenos, del trabajo extorsionado a punta de espada.

Es el conquistador el que se vuelve decadente, y es el conquistado el que aprende la disciplina y las cualidades que propician un Estado bien ordenado.

Decir de la guerra, por tanto, como lo hace el barón von Stengel, que destruye los árboles frágiles y deja en pie los robles robustos, es simplemente afirmar con absoluta confianza exactamente lo contrario de la verdad; es aprovecharse de frases hechas superficiales que, por falta de atención, no solo distorsionan el pensamiento común en estos asuntos, sino que a menudo ponen la verdad patas arriba.

Nuestras ideas cotidianas están llenas de ejemplos de lo mismo. Durante cientos de años hablamos de la «sabiduría más madura de los antiguos», dando a entender que esta generación es la joven en experiencia y que las primeras edades poseían la experiencia acumulada; exactamente lo contrario de la verdad, por supuesto.

Sin embargo, «el saber de los antiguos» y «la sabiduría de nuestros antepasados» fue una frase hecha muy común, incluso en el Parlamento británico, hasta que un pastor rural inglés acabó con esta tontería a base de ridículo.39

No pretendo que el proceso algo simple, elemental y selectivo que he descrito explique por sí mismo la decadencia de las potencias militares.

Ese es solo una parte del proceso; el conjunto es algo más complicado, por cuanto el proceso de eliminación de los buenos en favor de los malos es tanto sociológico como biológico; es decir, si durante largos periodos una nación se entrega a la guerra, el comercio languidece, la población pierde el hábito del trabajo constante, el gobierno y la administración se corrompen, los abusos escapan al castigo y las fuentes reales de la fuerza y la expansión de un pueblo disminuyen.

¿Qué ha causado el relativo fracaso y declive de la expansión española, portuguesa y francesa en Asia y el Nuevo Mundo, y el relativo éxito de la expansión inglesa en ellos? ¿Fueron los meros azares de la guerra los que otorgaron a Gran Bretaña el dominio de la India y la mitad del Nuevo Mundo? Esa es sin duda una lectura superficial de la historia. Fue, más bien, que los métodos y procesos de España, Portugal y Francia fueron militares, mientras que los del mundo anglosajón fueron comerciales y pacíficos. ¿No es un lugar común que en la India, tanto como en el Nuevo Mundo, el comerciante y el colonizador desplazaron al soldado y al conquistador? La diferencia entre los dos métodos fue que uno fue un proceso de conquista, y el otro de colonización, o administración no militar con fines comerciales. El uno encarnaba la sordida idea cobdeniana, que tanto excita el desprecio de los militaristas, y el otro el elevado ideal militar. El uno era parasitismo; el otro, cooperación.40

Aquellos que confunden el poder de una nación con el tamaño de su ejército y su armada están confundiendo la chequera con el dinero. Un niño, al ver a su padre pagar cuentas con cheques, asume que solo se necesitan muchas chequeras para tener mucho dinero; no ve que para que la chequera tenga poder debe haber recursos invisibles de los cuales girar.

¿De qué sirve la dominación a menos que exista capacidad individual, formación social, recursos industriales para aprovecharse de ella? ¿Cómo podéis tener estas cosas si la energía se desperdicia en la aventura militar? ¿No se explica el fracaso de España por el hecho de que no logró comprender esta verdad? Durante tres siglos intentó vivir de la conquista, de la fuerza de sus armas, y año tras año se fue empobreciendo en el proceso, y su renacimiento social moderno data del momento en que perdió la última de sus colonias americanas.

Es desde la pérdida de Cuba y Filipinas que los valores nacionales españoles han duplicado su valor.

(Al estallar la guerra hispano-estadounidense, los títulos del cuatro por ciento español estaban a 45; desde entonces han rozado la paridad.)

Si España ha mostrado en la última década un renacimiento social, tal vez no visto en ciento cincuenta años, es porque una nación aún menos militar que Alemania, y todavía más puramente industrial, ha obligado a España a renunciar de una vez por todas a todo sueño de imperio y conquista.

Las circunstancias de la última rendición son elocuentes a este respecto, pues demuestran cómo, incluso en la propia guerra, el adiestramiento industrial y la tradición industrial —el ideal cobdeniano del desdén militarista— pueden más que el entrenamiento de una sociedad en la que predominan las actividades militares. Si es cierto que fue el maestro de escuela alemán el que venció en Sedán, fue el comerciante de Chicago el que venció en Manila.

Da la casualidad de que el escritor estuvo en contacto tanto con españoles como con estadounidenses en la época de la guerra, y recuerda bien el desprecio con el que los españoles se referían a la noción de que los pork-butchers (carniceros de cerdos) yanqui pudieran conquistar a una nación de su tradición militar, y a la idea de que unos comerciantes estuvieran jamás a la altura de la soldadesca y el orgullo de la vieja España. Y la opinión francesa no era muy distinta.41

Poco después de la guerra escribí en una revista estadounidense lo siguiente:

España representa el resultado de varios siglos dedicados principalmente a la actividad militar. Nadie puede decir que haya sido antimilitar o que carezca en absoluto de aquellas cualidades que asociamos con los soldados y la soldadesca. Sin embargo, si tales cualidades contribuyen de algún modo a la eficiencia nacional, a la conservación de la fuerza nacional, la historia de España es absolutamente inexplicable. En su reciente conflicto con América, los españoles no mostraron falta de las virtudes militares distintivas. La inferioridad de España —aparte de la escasez de hombres y dinero— radicó precisamente en aquellas cualidades que el industrialismo ha criado en el estadounidense, poco habituado a lo militar. Historias auténticas de equipamiento deplorable, suministros inadecuados y un liderazgo deficiente muestran a qué abismos de ineficiencia había caído el servicio español, tanto militar como naval. Tenemos motivos fundados para creer que una nación mucho más pequeña que España, pero que poseyera un entrenamiento más industrial y menos militar, lo habría hecho mucho mejor, tanto en lo que respecta a la resistencia contra América como a la defensa de sus propias colonias. La actual posición de Holanda en Asia parece demostrar esto. Los holandeses, cuyas tradiciones son industriales y en su mayor parte no militares, han mostrado mayor poder y eficiencia como nación que los españoles, que son más numerosos. Aquí, como siempre, se demuestra que, al considerar la eficiencia nacional, incluso expresada en poder militar, el problema económico no puede disociarse del militar, y que es un error fatal suponer que el poder de una nación depende únicamente del poder de sus organismos públicos, o que puede juzgarse simplemente a partir del tamaño de su ejército. Un gran ejército puede ser, de hecho, un signo de debilidad nacional, es decir, militar. La guerra en estos días es un negocio como cualquier otra actividad, y ningún valor, ningún heroísmo, ningún «pasado glorioso», ninguna «tradición inmortal», compensarán unas raciones deficientes y una administración fraudulenta. Las buenas cualidades civiles son las que al final ganarán las batallas de una nación. El español es el último en el mundo en ver esto. Habla y sueña con la bravura castellana y el honor español, y está por encima de los detalles de tendero... Un escritor sobre la España contemporánea señala que cualquier español inteligente de clase media admitirá cada cargo de incompetencia que pueda formularse contra la gestión de los asuntos públicos. «Sí, tenemos un gobierno pésimo. En cualquier otro país fusilarían a alguien». Este es el credo militar sin esperanza: matar a alguien es el único remedio.

Aquí vemos un vestigio de ese legado intelectual que España ha dejado al Nuevo Mundo, y que se ha grabado de manera tan imborrable en la historia de la América española. En una ocasión posterior, a este respecto, escribí lo siguiente:

Para apreciar el resultado de tanta actividad militar, la condición en que un entrenamiento militar persistente puede dejar a una raza, hay que estudiar la América española. Aquí tenemos una colección de una veintena de Estados, todos muy similares en su estructura social y política. La mayoría de los Estados sudamericanos se asemejan tanto en idioma, leyes e instituciones, que para un observador externo parecería importarle un bledo bajo cuál república de seis meses de existencia le tocara vivir; ya sea bajo el gobierno del presidente de Colombia creado por *pronunciamiento*, o bajo el de Venezuela, la condición de uno parecería ser muy similar. Aparentemente, ningún país en particular tiene algo que lo diferencie de otro y, en consecuencia, algo que proteger contra el otro. En realidad, los gobiernos podrían intercambiarse todos de lugar y el pueblo ni se enteraría. Sin embargo, estos pequeños Estados están tan hipnotizados por la «necesidad de autoprotección», por el encanto de los armamentos, que no hay uno solo que no cuente con un aparato militar relativamente complejo y costoso para protegerse de los demás. Ninguna condición parece tan propicia para una confederación práctica como la de la América española; con pocas excepciones, la virtual unidad de idioma, leyes e ideales de raza en general parecería hacer que la protección de las fronteras sea superflua. Sin embargo, los ciudadanos entregan una riqueza incalculable, servicio, vida y sufrimiento para ser protegidos de un gobierno exactamente igual al suyo. Todo este desperdicio de vida y energía ha continuado sin que se le ocurriera jamás a uno de estos Estados que sería preferible ser anexionado mil veces —tan insignificante sería el cambio resultante en su condición— antes que continuar con el tributo eterno y fútil de sangre y tesoro. Por algún asunto absolutamente sin importancia —como el de los caminos patagónicos, que casi lleva a las manos a la Argentina y a Chile el otro día— se gastará tanta devoción patriótica como la que la Vieja Guardia prodigó jamás en proteger el honor de la Tricolor. Se librarán batallas que harán que todas las luchas en Sudáfrica parezcan insignificantes en comparación. Acciones en las que los muertos se cuentan por miles no suscitarán más comentarios en el mundo que los producidos por una escaramuza en Natal, en la que una veintena de voluntarios son capturados y puestos en libertad.

En la década transcurrida desde que se escribió lo anterior, las cosas han mejorado enormemente en América del Sur.

¿Por qué? Por la simple razón, tal como se señala en el capítulo V de la primera parte de este libro, de que la América española se está integrando cada vez más en el movimiento económico del mundo; y con el establecimiento de fábricas —en las que se ha invertido un gran capital—, bancos, negocios, etc., toda la actitud mental de quienes tienen intereses en estas empresas ha cambiado.

El jingo, el aventurero militar, el instigador de conflictos, son considerados por lo que realmente son: no como patriotas, sino como representantes de fuerzas sumamente nocivas y maléficas.

Esta verdad general tiene dos facetas: si una larga guerra aparta a un pueblo de la capacidad para la industria, a la larga la presión económica —es decir, las influencias que desvían las energías de las personas hacia la preocupación por el bienestar social— es fatal para la tradición militar.

Ninguna de las dos tendencias es constante; la guerra produce pobreza; la pobreza empuja al ahorro y al trabajo, los cuales resultan en riqueza; la riqueza crea ocio y orgullo, y empuja a la guerra.

Allí donde la Naturaleza no responde fácilmente al esfuerzo industrial, donde resulta, al menos en apariencia, más rentable saquear que trabajar, sobrevive la tradición militar.

  • El beduino ha sido un bandido desde los tiempos de Abraham, por la sencilla razón de que el desierto no sostiene la vida industrial ni responde al esfuerzo industrial.
  • La única carrera que ofrece un rendimiento aparente justo por el esfuerzo es el saqueo.
  • En Marruecos, en Arabia, en todos los países pastoriles muy pobres, se manifiesta el mismo fenómeno; en los países montañosos que son áridos y están alejados de los centros económicos, ídem.

Lo mismo puede haber ocurrido hasta cierto punto en Prusia antes de la era del carbón y del hierro; pero el hecho de que hoy el 99 por ciento de la población se dedique normalmente al comercio y a la industria, y sólo el 1 por ciento a la preparación militar, y alguna fracción demasiado pequeña para ser estimada adecuadamente a la guerra real, muestra cuán lejos ha quedado atrás semejante estado —muestra, incidentalmente, qué pocas posibilidades tiene el ideal y la tradición representados por el 1 por ciento o algún porcentaje fraccionario frente a los intereses y actividades representados por el 99 por ciento—.

La historia reciente de América del Sur y Central, por ser reciente y porque los factores son menos complicados, ilustra mejor la tendencia con la que estamos lidiando.

La América española heredó la tradición militar en todo su vigor. Como ya he señalado, la ocupación española del continente americano fue un proceso de conquista más que de colonización; y mientras la metrópoli se empobreció cada vez más mediante el proceso de conquista, los nuevos países también se empobrecieron al adherirse a la misma ilusión fatal.

El encanto de la conquista fue, por supuesto, la ruina de España. Mientras le fue posible vivir a base de lingotes extorsionados, el desarrollo social o industrial pareció imposible.

A pesar de la idea generalizada de lo contrario, Alemania ha sabido mantener a raya este fatal hipnotismo, y, lejos de permitir que sus actividades militares absorban a las industriales, son precisamente las actividades militares las que están en vías de ser absorbidas por las industriales y comerciales, y su comercio mundial tiene su fundamento, no en el tributo o lingotes exaccionados a punta de espada, de acuerdo con el principio de la fuerza, sino en un intercambio sano y honrado.

De modo que hoy el legítimo tributo comercial que Alemania —que nunca envió un soldado allí— arranca a la América española es inmensamente mayor que el que va a España, que derramó sangre y tesoro durante tres siglos en estos territorios. ¡De este modo, una vez más, los pueblos belicosos heredan la tierra!

Si Alemania no ha de duplicar jamás la decadencia de España, es precisamente porque (1) nunca ha tenido, históricamente, la tentación española de vivir de la conquista, y (2) porque, teniendo que vivir de la industria honesta, su dominio comercial, incluso sobre los territorios conquistados por España, se halla más firmemente asentado que el de la propia España.

¿Cómo podemos resumir todo el caso, teniendo en cuenta a todos los imperios que han existido —el asirio, el babilónico, el medo y el persa, el macedónico, el romano, el franco, el sajón, el español, el portugués, el borbón, el napoleónico?

En todos y cada uno de ellos podemos ver el mismo proceso, que es este:

Si sigue siendo militar, decae; si prospera y toma su parte en la labor del mundo, deja de ser militar.

No hay otra lectura de la historia.

Que la historia no proporcione ninguna justificación para el argumento de que la combatividad y el antagonismo entre las naciones están ligados de algún modo al proceso real de la supervivencia nacional, demuestra con suficiente claridad que las naciones criadas normalmente en tiempos de paz superan con creces a las naciones criadas normalmente en tiempos de guerra; que las comunidades de tradición e instintos no militares, como las comunidades anglosajonas del Nuevo Mundo, muestran elementos de supervivencia más fuertes que los poseídos por comunidades animadas por la tradición militar, como las naciones española y portuguesa del Nuevo Mundo; que la posición de las naciones industriales en Europa en comparación con las militares no ofrece justificación para el argumento de que las cualidades belicosas propician la supervivencia.

Es evidente que no existe ninguna justificación biológica, en los términos de la evolución política del hombre, para la perpetuación del antagonismo entre las naciones, ni ninguna justificación para el argumento de que la disminución de dicho antagonismo va en contra de las enseñanzas de la «ley natural». No existe tal ley natural; de acuerdo con las leyes naturales, los hombres son empujados irresistiblemente hacia la cooperación entre las comunidades y no hacia el conflicto.

Queda el argumento de que, aunque el conflicto en sí mismo pueda conducir a la degeneración, la preparación para ese conflicto conduce a la supervivencia, a la mejora de la naturaleza humana. Ya me he referido a la desesperanzadora confusión que surge del argumento de que, si bien la paz prolongada es mala, los preparativos militares encuentran justificación en que aseguran la paz.

Casi toda defensa del militarismo incluye una burla hacia el ideal de la paz porque implica el estado cobdeniano de comprar barato y vender caro. Pero, con igual regularidad, el defensor del sistema militar pasa a argumentar en favor de los grandes armamentos, no como un medio para promover la guerra, esa valiosa escuela, etc., sino como el mejor medio para asegurar la paz; en otras palabras, esa condición de «comprar barato y vender caro» que un momento antes ha condenado por defectuosa. Como para hacer que la contradicción sea completa, aboga por el valor para la paz del entrenamiento militar, bajo el argumento de que el comercio alemán se ha beneficiado de él —es decir, que ha promovido el «ideal cobdeniano»—. El análisis del razonamiento, como ha demostrado brillantemente el Sr. John M. Robertson,43 arroja un resultado más o menos así: (1) La guerra es una gran escuela de moral, por lo tanto debemos tener grandes armamentos para garantizar la paz; (2) asegurar la paz engendra el ideal cobdeniano, el cual es malo, por lo tanto debemos adoptar el servicio militar obligatorio, (a) porque es la mejor salvaguarda de la paz, (b) porque es un entrenamiento para el comercio: el ideal cobdeniano.

¿Es verdad que el entrenamiento en los cuarteles —esa clase de escuela que la competencia armamentística de la última generación ha impuesto a los pueblos de la Europa continental— favorece la salud moral?

¿Es probable que un «ensayo perpetuo de algo que probablemente nunca ocurra, y que cuando ocurre no se parece en nada al ensayo», constituya un entrenamiento para las realidades de la vida?

¿Es probable que un proceso semejante lleve el sello y el tacto de la cercanía a las cosas reales?

¿Es probable que la rutina mecánica de ocupaciones artificiales, crímenes artificiales, virtudes artificiales y castigos artificiales constituya algún tipo de entrenamiento para la batalla de la vida real?44

¿Qué hay del caso Dreyfus? ¿Qué hay de los abominables escándalos que han marcado la vida militar alemana en los últimos años? Si el entrenamiento militar en tiempos de paz es una escuela tan excelente, ¿cómo pudo escribir así el Times de Londres sobre Francia después de que esta se hubiera sometido a una generación de una forma muy severa del mismo?:

Un estremecimiento de horror y vergüenza recorrió todo el mundo civilizado fuera de Francia cuando se conoció el resultado del Consejo de Guerra de Rennes... Por su propia admisión, ya fuera lanzada desafiante contra los jueces, sus inferiores, o arrancada de ellos bajo contrainterrogatorio, los principales acusadores de Dreyfus fueron hallados culpables de ilegalidades grosseras y fraudulentas que, en cualquier lugar, habrían bastado, no solo para desacreditar su testimonio —si es que tenían algún testimonio serio que ofrecer—, sino para trasladarlos rápidamente del estrado de los testigos al banquillo de los acusados... Su jactancioso honor «en deshonor se halla arraigado». ... Cinco jueces de los siete han demostrado una vez más la verdad del asombroso axioma propuesto por primera vez durante el juicio de Zola, de que «la justicia militar no es como la otra justicia». ... No dudamos en afirmar que el Consejo de Guerra de Rennes constituye en sí mismo la más grosera y, vista a la luz de las circunstancias circundantes, la más espantosa prostitución de la justicia que el mundo ha presenciado en los tiempos modernos... Flagrante, deliberada y despiadadamente, pisotearon la justicia... El veredicto, que es una bofetada en el rostro de la opinión pública del mundo civilizado, a la conciencia de la humanidad... Francia está de aquí en adelante sometida a juicio ante la historia. Acusada ante el tribunal de una instancia muy superior a aquella ante la cual estuvo Dreyfus, depende de ella demostrar si enmendará esta gran injusticia y rehabilitará su buen nombre, o si quedará irrevocablemente condenada y deshonrada al permitir que sea consumada. Menos que nunca podemos darnos el lujo de menospreciar las fuerzas contrarias a la verdad y a la justicia... Hipnotizada por los relatos descabellados metidos incesantemente a golpe de martillo en todos los oídos crédulos sobre un «sindicato de traición» internacional, que conspira contra el honor del ejército y la seguridad de Francia, la conciencia de la nación francesa ha quedado adormecida y su inteligencia atrofiada... Entre aquellos estadistas en contacto con el mundo exterior en el Senado y en la Cámara debe haber algunos que le recuerden que las naciones, ni más ni menos que los individuos, no pueden soportar la carga del desprecio universal y sobrevivir... Francia no puede cerrar sus oídos a la voz del mundo civilizado, porque esa voz es la voz de la historia.45

Y lo que el Times dijo entonces lo decía toda Inglaterra, y no solo toda Inglaterra, sino toda América.

¿Y se ha librado Alemania de una condena similar?

Solemos suponer que el caso Dreyfus no podría repetirse en Alemania. Pero esta no es la opinión de muchos alemanes mismos. De hecho, justo antes de que el caso Dreyfus llegara a su crisis, el escándalo de Kotze —a su manera tan grave como el asunto Dreyfus, y revelador de una condición moral igual de seria— impulsó al Times de Londres a declarar que «ciertos rasgos de la civilización alemana son tales que dificultan que los ingleses comprendan cómo todo el Estado no colapsa debido a su pura podredumbre».

Si eso pudo decirse del asunto Kotze, ¿qué se dirá del estado de cosas que ha sido revelado por Maximilien Harden, entre otros?

¿Es necesario decir que el autor de estas líneas no desea presentar a los alemanes en su conjunto como más corruptos que sus vecinos?

Pero los observadores imparciales no opinan, y muchísimos alemanes no opinan, que haya habido ninguna ventaja económica, social o moral para el pueblo alemán a raíz de las victorias de 1870 y del estado de regimentación que el desenlace ha impuesto.

Esto se evidencia sin duda por el estado real de los asuntos en el Imperio alemán, la compleja dificultad con la que lucha ahora el pueblo alemán, el creciente descontento, la creciente influencia de aquellos elementos que se nutren del descontento, el crecimiento por un lado de la intransigencia radical y por el otro de la autocracia casi feudal, la incapacidad de llevar a cabo de manera normal y sencilla aquellos desarrollos democráticos que se han llevado a cabo en casi todos los demás Estados europeos, el peligro para el futuro que representa tal situación, la precariedad de las finanzas alemanas, el beneficio relativamente pequeño que su población en conjunto ha obtenido del comercio exterior enormemente incrementado; todo esto, y mucho más, confirma ese punto de vista.

Inglaterra pareció haberse contagiado últimamente de la superstición alemana.

Con esa extraña perversidad que caracteriza a los juicios «patrióticos», toda la tendencia de los ingleses ha sido establecer comparaciones con Alemania en detrimento de ellos mismos y de otros países europeos. Sin embargo, si se ha de dar crédito a los propios alemanes, gran parte de esa superioridad que los ingleses ven en Alemania es tan puramente inexistente como el globofantasma de guerra alemán al que la prensa británica dedicó columnas enteras, como el cuerpo de ejército fantasma en el bosque de Epping, como los relatos fantasma sobre armas en los sótanos de Londres y como el espía alemán que los patriotas ingleses ven en cada camarero italiano.46

A pesar del hipnotismo que el «progreso» alemán parece ejercer sobre las mentes de los chovinistas ingleses, el pueblo alemán en sí, a diferencia del pequeño grupo de junkers prusianos, no está en absoluto enamorado de él, como lo demuestra el crecimiento sin parangón del elemento socialdemócrata, que es la negación del imperialismo militar y que, como demuestran las cifras en Prusia, recibe el apoyo no solo de una clase de la población, sino también de las clases mercantil, industrial y profesional.

La agitación en favor de la reforma electoral en Prusia muestra cuán agudo se ha vuelto el conflicto; por un lado, el creciente elemento democrático muestra cada vez más una tendencia revolucionaria, y por el otro, la autocracia prusiana muestra cada vez menos disposición a ceder.

¿Cree realmente alguien que la situación va a quedarse ahí, que los partidos democráticos seguirán creciendo en número y se contentarán para siempre con ser pisoteados por el «prusiano con botas», y que la democracia alemana aceptará indefinidamente una situación en la que siempre será posible —en palabras del junker von Oldenburg, miembro del Reichstag— que el Emperador alemán le diga a un teniente: «Tome diez hombres y clausure el Reichstag»?

¿Cuál habrá de ser la apreciación del alemán sobre el valor de la victoria militar y la militarización cuando, principalmente debido a ellas, se ve envuelto en una lucha que otras naciones menos militarizadas resolvieron hace una generación? Y el defensor inglés del régimen militarista, que presenta el sistema alemán como modelo a imitar, ¿qué tiene que decir de él como escuela de disciplina nacional, cuando el propio Canciller Imperial defiende la negativa al sufragio democrático semejante al vigente en Inglaterra bajo el argumento de que el pueblo prusiano aún no ha adquirido aquellas cualidades de disciplina pública que lo hacen viable en Inglaterra?47

A pesar de todo, aquello para lo que Prusia, en opinión del Canciller, aún no está preparada, las naciones escandinavas, Suiza, Holanda y Bélgica se han preparado por sí mismas sin la ayuda de la victoria militar y la subsiguiente regimentación.

¿No dijo alguien alguna vez que la guerra había hecho a Alemania grande y a los alemanes pequeños?

Cuando atribuimos una medida tan vasta del progreso social de Alemania (que nadie, que yo sepa, pretende negar) a las victorias y a la regimentación, ¿por qué pasamos por alto convenientemente el progreso social de los pequeños Estados que acabo de mencionar, donde dicho progreso en el aspecto material ha sido ciertamente tan grande como en Alemania, y en el moral, mayor?

¿Por qué pasamos por alto el hecho de que, si a Alemania le ha ido bien en ciertas organizaciones sociales, a Escandinavia y a Suiza les ha ido mejor?

¿Y por qué pasamos por alto el hecho de que, si la regimentación tiene tanto valor social, ha sido tan completamente inoperante en Estados que están incluso más altamente militarizados que Alemania: en España, Italia, Austria, Turquía y Rusia?

Pero aun suponiendo —una suposición muy atrevida— que la regimentación ha desempeñado en el progreso alemán el papel que los germanómanos ingleses quieren hacernos creer, ¿hay alguna justificación para suponer que un proceso semejante sería de algún modo adaptable a las condiciones sociales, morales, materiales e históricas de Inglaterra?

La postura de Alemania desde la guerra de 1870 —lo que ha representado en la generación posterior a la victoria, y lo que representó en las generaciones que siguieron a la derrota— ofrece una lección muy necesaria sobre el resultado de la filosofía de la fuerza. Prácticamente todos los observadores imparciales de Alemania coinciden con el Sr. Harbutt Dawson cuando escribe lo siguiente:

Es cuestionable si la Alemania unificada cuenta hoy tanto como agente intelectual y moral en el mundo como cuando era poco más que una expresión geográfica.... Alemania tiene a su disposición una reserva aparentemente inagotable de fuerza física y material, pero la influencia y el poder reales que ejerce son desproporcionadamente pequeños. La historia de la civilización está llena de pruebas de que ambas cosas no son sinónimos. La mera fuerza de una nación es, en su análisis último, su suma de fuerza bruta. Esta fuerza puede, en verdad, ir acompañada de un poder intrínseco, pero tal poder jamás puede depender permanentemente de la fuerza, y la prueba es fácil de aplicar.... Nadie que admire genuinamente lo mejor del carácter alemán y que le desee el bien al pueblo alemán intentará minimizar la magnitud de la pérdida que Aparentemente ha sufrido en los viejos ideales nacionales; de ahí el descontento de las clases ilustradas con las leyes políticas bajo las cuales viven —un descontento a menudo vago e indefinido, el descontento de hombres que no saben claramente qué anda mal o qué quieren, pero sienten que se les niega un libre juego que pertenece a la dignidad, al valor y a la esencia de la personalidad humana.

"—¿Existe hoy una cultura alemana?", pregunta Fuchs.48

«Nosotros, los alemanes, somos capaces de perfeccionar todas las obras de poder civilizador tan bien como, y de hecho mejor que, las mejores de otras naciones. Sin embargo, nada de lo que ejecutan los héroes del trabajo trasciende nuestras propias fronteras».

¡Y lo más extraordinario es que aquellos que no niegan en absoluto esta condición en la que ha caído Alemania —que, de hecho, la exageran y nos piden con triunfalismo que contemplemos la brutalidad del método alemán y de la concepción alemana— nos piden que vayamos y sigamos el ejemplo de Alemania!

La mayor parte de la agitación armamentista británica se basa en el argumento de que Alemania está dominada por una filosofía de la fuerza. Señalan libros como los del general Bernhardi, que idealizan el empleo de la fuerza, y luego instan a una política de responder con la fuerza —y solo con la fuerza—, lo cual, por supuesto, justificaría en Alemania a la escuela de Bernhardi y, por la reacción de fuerzas opuestas, esteriotiparía la filosofía en Europa y la convertiría en parte de la tradición europea general.

Inglaterra corre el peligro de prusianizarse en virtud del hecho de combatir el prusianismo, o más bien en virtud del hecho de que, en lugar de combatirlo con las herramientas intelectuales que conquistaron la libertad religiosa en Europa, insiste en limitar sus esfuerzos a las herramientas de la fuerza física.

Algunos de los más agudos estudiosos extranjeros del progreso inglés —hombres como Edmond Demolins— lo atribuyen precisamente al abanico de cualidades que el sistema alemán está destinado a aplastar: su aptitud para la iniciativa, su confianza en sus propios esfuerzos, su férrea resistencia a la intervención del Estado (que ya se está debilitando), su impaciencia ante la burocracia y el papeleo (que también se debilita), todo lo cual va envuelto en una rebeldía general contra la regimentación.

Aunque la base inglesa de la defensa de los armamentos se apoya en el argumento de que, dejando de lado los intereses económicos, desean vivir su propia vida a su manera, desarrollarse a su propio modo, ¿no corren acaso el peligro de que, con esta manía por la imitación del método alemán, terminen germanizando a Inglaterra, aunque jamás llegue a pisar su suelo ni un solo soldado alemán?

Por supuesto, siempre se da por sentado que, aunque los ingleses adopten el sistema de conscripción francés y alemán, jamás podrían ser víctimas de los defectos de dichos sistemas, y que los escándalos que estallan de vez en cuando en Francia y Alemania no podrían repetirse jamás bajo su propio sistema de cuarteles, y que el ambiente militar de sus propios cuarteles, el entrenamiento en su propio ejército, siempre serían saludables. Pero ¿qué dicen incluso sus defensores?

El propio Sr. Blatchford dice:49

La vida de cuartel es mala. La vida de cuartel siempre será mala. Nunca es bueno que muchos hombres vivan juntos alejados de las influencias del hogar y de lo femenino. Tampoco es bueno que las mujeres vivan o trabajen en comunidades de mujeres. Los sexos reaccionan el uno sobre el otro; cada uno proporciona al otro una restricción natural, un incentivo saludable... Los cuarteles y las ciudades de guarnición no son buenos para los jóvenes. El joven soldado, cercado y acorralado por una disciplina innecesariamente severa, y a menudo estúpida, tiene al mismo tiempo una cantidad de libertinaje que es peligrosa para todos, excepto para aquellos dotados de un fuerte buen sentido y una fuerte voluntad. He visto a muchachos limpios, buenos y agradables entrar en el ejército e irse al diablo en menos de un año. No soy ningún puritano. Soy un hombre de mundo; pero cualquier hombre sensato y honesto que haya estado en el ejército sabrá de inmediato que lo que estoy diciendo es completamente verdad, y es la verdad expresada con mucha reserva y moderación. Unas horas en una habitación de cuartel le enseñarían a un civil más que todas las historias de soldados jamás escritas. Cuando me alisté en el ejército, era inusualmente ingenuo para un muchacho de veinte años. Había sido criado por una madre. Había asistido a la escuela dominical y a la capilla. Había vivido una vida tranquila y protegida, y tenía una cantidad asombrosa de cosas que aprender. El lenguaje de la habitación de cuartel me impactó, me horrorizó. No podía entender la mitad de lo que oía; no podía creer gran parte de lo que veía. Cuando comencé a darme cuenta de la verdad, armé de valor y caminé por el mundo en el que había entrado con los ojos bien abiertos. Así aprendí los hechos, pero no debo contarlos.50

CAPÍTULO V

# EL FACTOR DECRECIENTE DE LA FUERZA FÍSICA: RESULTADOS PSICOLÓGICOS

Factor decreciente de la fuerza física—Aunque decreciente, la fuerza física siempre ha desempeñado un papel importante en los asuntos humanos—¿Cuál es el principio subyacente que determina el uso ventajoso y desventajoso de la fuerza física?—Fuerza que ayuda a la cooperación de acuerdo con la ley del progreso humano: fuerza que se ejerce para el parasitismo en conflicto con dicha ley y es desventajosa para ambas partes—Proceso histórico del abandono de la fuerza física—El Jan y el comerciante londinense—La antigua Roma y la Britania moderna—La defensa sentimental de la guerra como purificadora de la vida humana—Los hechos—La reorientación de la combatividad humana.

A pesar de la tendencia general indicada por los hechos tratados en el capítulo precedente, se insistirá (con toda justicia) en que, aunque los métodos del mundo anglosajón, en comparación con los de los imperios español, portugués y francés, hayan sido principalmente comerciales e industriales antes que militares, la guerra fue una parte necesaria de la expansión; en que, de no haber mediado ciertos combates, los anglosajones habrían sido desplazados de América del Norte o de Asia, o jamás habrían ganado un punto de apoyo allí.

¿Impide esto, sin embargo, que establezcamos, sobre la base de los hechos expuestos en el capítulo precedente, un principio general suficientemente definido como para servir de guía práctica en la política, y para indicar de manera fiable una tendencia general en los asuntos humanos? Ciertamente no.

El principio que explica la inutilidad de gran parte de la fuerza ejercida por el imperio de tipo militar, y que justifica en gran medida la empleada por Gran Bretaña, no es ni oscuro ni incierto, aunque el empirismo, la regla empírica (que es la maldición del pensamiento político en nuestros días y lo que más se interpone en el camino del verdadero progreso), sortea la dificultad declarando que ningún principio en los asuntos humanos puede llevarse hasta su conclusión lógica o teórica; que lo que puede ser "correcto en la teoría" es erróneo en la práctica.

Así, el señor Roosevelt, que expresa con tanta fuerza y vigor admirables los pensamientos comunes de sus oyentes o lectores, adopta por lo general esta postura: Debemos ser pacíficos, pero no demasiado pacíficos; guerreros, pero no demasiado guerreros; morales, pero no demasiado morales.51

Mediante semejante mistificación verbal se nos anima a eludir los lugares escabrosos y pedregosos del arduo camino del pensamiento. Si no podemos llevar un principio hasta su conclusión lógica, ¿en qué punto debemos detenernos? Uno fijará un límite y otro fijará otro con igual justicia. ¿Qué significa ser «moderadamente» pacífico, o «moderadamente» belicoso? El temperamento y la predilección pueden estirar tales limitaciones indefinidamente.

Este tipo de cosas no hace más que oscurecer el consejo.

Si una teoría es correcta, puede llevarse hasta su conclusión lógica; de hecho, la única prueba real de su valor es que puede llevarse hasta su conclusión lógica. Si es errónea en la práctica, es errónea en la teoría, pues la teoría correcta tendrá en cuenta todos los hechos, y no solo un conjunto de ellos.

En el Capítulo II de esta parte (págs. 186-192), he indicado a grandes rasgos el proceso por el cual el empleo de la fuerza física en los asuntos del mundo ha constituido un factor en constante disminución desde el día en que el hombre primitivo mató a su prójimo para comérselo.

Sin embargo, a lo largo de todo el proceso, el empleo de la fuerza ha sido una parte integrante del progreso, hasta que incluso hoy, en las naciones más avanzadas, la fuerza —la policía— es una parte integrante de su civilización.

¿Cuál es, por tanto, el principio que determina el empleo ventajoso y el desventajoso de la fuerza?

Precediendo al esbozo preliminar al que acabo de referirme hay otro esbozo que indica la verdadera ley biológica de la supervivencia y el progreso del hombre; la clave de esa ley se encuentra en la cooperación entre los hombres y la lucha contra la naturaleza. La humanidad en su conjunto es el organismo que necesita coordinar sus partes para asegurar una mayor vitalidad mediante una mejor adaptación a su entorno.

He aquí, pues, la clave: la fuerza empleada para asegurar una cooperación más completa entre las partes, para facilitar el intercambio, propicia el progreso; la fuerza que va en contra de dicha cooperación, que intenta sustituir el beneficio mutuo del intercambio por la coacción, que es de algún modo una forma de parasitismo, propicia la regresión.

¿Por qué está justificado el empleo de la fuerza por parte de la policía?

Porque el bandido se niega a cooperar. No ofrece un intercambio; quiere vivir como un parásito, tomar por la fuerza y no dar nada a cambio. Si su número aumentara, la cooperación entre las distintas partes del organismo sería imposible; propicia la desintegración. Debe ser reprimido, y mientras la policía use su fuerza para tal represión, simplemente está garantizando la cooperación.

La policía no intenta arreglar las cosas por la fuerza; está impidiendo que las cosas se resuelvan de ese modo.

Ahora, supongamos que esta fuerza policial se convierte en el ejército de un Poder político, y los diplomáticos de ese Poder le dicen a uno más pequeño:

«Los superamos en número; vamos a anexionarnos su territorio y ustedes van a pagarnos tributo».

Y el Poder más pequeño dice:

«¿Qué nos van a dar a cambio de ese tributo?».

Y el más grande responde:

«Nada. Ustedes son débiles; nosotros somos fuertes; nos los tragamos. Es la ley de la vida; siempre ha sido así y siempre lo será hasta el final».

Ahora que la policía, convertida en un ejército, ya no obra en pro de la cooperación; ha ocupado simple y llanamente el lugar de los bandidos; y aproximar dicho ejército a una fuerza policial, y decir que dado que ambas operaciones implican el empleo de la fuerza ambas se encuentran igualmente justificadas, es ignorar la mitad de los hechos, y ser culpable de esas generalizaciones perezosas que asociamos con la barbarie.52

Pero la diferencia es algo más que moral. Si el lector vuelve a examinar el pequeño boceto aludido más arriba, probablemente coincidirá en que los diplomáticos de la mayor potencia están actuando de manera extraordinariamente estúpida.

No digo nada de su falsa filosofía (que, sin embargo, resulta ser la de la política de Estado europea actual), mediante la cual se hace aparecer esta agresión como acorde con la ley de la lucha por la vida del hombre, cuando, en realidad, es la negación misma de dicha ley; pero ahora sabemos que están tomando un rumbo que ofrece el mínimo resultado, incluso desde su propio punto de vista, por el esfuerzo realizado.

Aquí encontramos también la clave de la diferencia entre las respectivas historias de los imperios militares, como España, Francia y Portugal, y el tipo más industrial, como Inglaterra, que se ha mencionado en el capítulo anterior.

No el mero azar de la guerra, no una cuestión de mera eficiencia en el empleo de la fuerza, ha dado a Gran Bretaña influencia en medio mundo y se la ha quitado a España, sino una diferencia radical y fundamental en los principios subyacentes, por imperfectamente realizados que hayan estado.

  • El ejercicio de la fuerza por parte de Inglaterra se ha aproximado en conjunto al papel de policía;
  • El de España, al de los diplomáticos de la supuesta Potencia a la que acabamos de referirnos.

El de Inglaterra ha propiciado la cooperación; el de España, el entorpecimiento de la cooperación. El de Inglaterra ha estado en consonancia con la verdadera ley de la lucha del hombre; el de España, con la falsa ley que los empiristas de «sangre y hierro» nos restriegan constantemente por la cara.

Pues ¿qué ha sido de todos los intentos de vivir a base de tributos extorsionados? Todos han fracasado —han fracasado estrepitosamente y por completo53—, hasta tal punto que hoy la exacción de tributos se ha vuelto una imposibilidad económica.

Si, sin embargo, nuestros diplomáticos hipotéticos, en vez de pedir tributo, hubieran dicho: «Su país está desordenado; su fuerza policial es insuficiente; nuestros comerciantes son robados y asesinados; les prestaremos policía y les ayudaremos a mantener el orden; ustedes le pagarán a la policía su justo salario, y eso es todo»; y hubieran cumplido honestamente con esta función, su ejercicio de la fuerza habría ayudado a la cooperación humana, no la habría frenado.

Nuevamente, habría sido una lucha, no contra el hombre, sino contra el uso de la fuerza; la «Potencia predominante» habría estado viviendo, no a costa de otros hombres, sino mediante una organización más eficiente de la lucha del hombre contra la naturaleza.

Por eso, en la primera sección de este libro, he subrayado la verdad de que la justificación de las guerras pasadas no guarda relación con el problema que tenemos ante nosotros: el grado preciso de combate que era necesario hace ciento cincuenta años es un problema algo académico.

El grado de combate que es necesario hoy en día es el problema que tenemos ante nosotros, y se le han introducido una gran cantidad de factores desde que Inglaterra conquistó la India y perdió parte de Norteamérica.

La faz del mundo ha cambiado, y los factores de conflicto han cambiado radicalmente: ignorar eso es ignorar los hechos y dejarse guiar por la peor forma de teorización y sentimentalismo: la teorización que no quiere reconocer los hechos.

Inglaterra no necesita mantener el orden en Alemania, ni Alemania en Francia; y la lucha entre esas naciones no forma parte de la lucha del hombre con la naturaleza —no tiene justificación en la ley real de la lucha humana—; es un anacronismo; encuentra su justificación en una filosofía falsa que no resiste la prueba de los hechos y, al no responder a ninguna necesidad real ni lograr ningún propósito real, está destinada, con una iluminación creciente, a llegar a su fin.

Desearía que no fuera eternamente necesario reiterar el hecho de que el mundo ha cambiado. Y, sin embargo, para los fines de esta discusión es necesario.

Si hoy un buque de guerra italiano bombardeara repentinamente Liverpool sin previo aviso, la Bolsa de Roma presentaría un estado, y el tipo de interés bancario en Roma experimentaría una caída que arruinaría a decenas de miles de italianos —causando un daño mucho mayor, probablemente, a Italia que a Inglaterra—.

Sin embargo, si hace quinientos años unos piratas italianos hubieran desembarcado desde el Támesis y saqueado la propia Londres, ni un solo italiano en Italia habría empeorado su situación ni en un centavo.

¿Se sostiene seriamente que, en lo que respecta al ejercicio de la fuerza física, por lo tanto, no hay diferencia entre estas dos condiciones; y se sostiene seriamente que los fenómenos psicológicos que acompañan al ejercicio de la fuerza física han de permanecer inalterados?

El capítulo precedente es, en verdad, la justificación histórica de las verdades económicas establecidas en la primera sección de este libro en los términos de los hechos del mundo actual, los cuales muestran que el factor predominante en la supervivencia se está desplazando del plano físico al intelectual.

Este proceso evolutivo ha llegado ahora a un punto en los asuntos internacionales que implica la total inutilidad económica de la fuerza militar.

En el penúltimo capítulo traté sobre la consecuencia psicológica de este profundo cambio en la naturaleza de las actividades normales del hombre, mostrando que su naturaleza se va adaptando cada vez más a aquello a lo que se dedica habitualmente y durante la mayor parte de su vida —en la mayoría de los casos toda su vida—, y va perdiendo los impulsos relacionados con una ocupación anormal e inusual.

¿Por qué he presentado los hechos en este orden, y abordado el resultado psicológico implicado en este cambio antes que el cambio en sí? He adoptado este orden de tratamiento porque el defensor de la guerra justifica su dogmatismo en su mayor parte apelando a lo que alega que es el único hecho dominante de la situación, es decir, que la naturaleza humana es inmutable.

Pues bien, como se verá en el capítulo sobre ese tema, ese supuesto hecho no resiste el análisis.

La naturaleza humana está cambiando de manera irreconocible. No solo el hombre lucha menos, sino que utiliza menos todas las formas de coacción física y, como resultado muy natural, está perdiendo aquellos atributos psicológicos que van de la mano del empleo de la fuerza física. Y está llegando a emplear menos la fuerza física porque la evidencia acumulada lo empuja cada vez más a la conclusión de que puede lograr más fácilmente aquello por lo que lucha mediante otros medios.

Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué punto la presión económica —y uso este término en su justos sentido, entendiendo por ella no solo la lucha por el dinero, sino todo lo que ello implica, el bienestar, la consideración social y lo demás— ha reemplazado a la fuerza física en los asuntos humanos.

La mente primitiva no podía concebir un mundo en el que todo no estuviera regulado por la fuerza; ni siquiera las grandes mentes de la antigüedad podían creer que el mundo llegaría a ser laborioso a menos que a la gran masa se la hiciera laboriosa mediante el uso de la fuerza física, es decir, mediante la esclavitud.

Tres cuartas partes de quienes poblaban lo que hoy es Italia en los días de mayor esplendor de Roma eran esclavos, encadenados en los campos durante el trabajo, encadenados por la noche en sus dormitorios, con aquellos que hacían de porteros encadenados a los umbrales de las puertas.

Era una sociedad de esclavitud: esclavos de combate, esclavos de labor, esclavos cultivadores, esclavos oficiales, y Gibbon añade que el propio emperador era un esclavo, "el primer esclavo de las ceremonias que imponía".

Por grandes y penetrantes que fueran muchas de las mentes de la antigüedad, ninguna de ellas muestra gran noción de una condición de sociedad en la cual el impulso económico pudiera reemplazar a la compulsión física.

Si se les hubiera dicho que llegaría el tiempo en que el mundo trabajaría mucho más duro bajo el impulso de una cosa abstracta conocida como interés económico, habrían considerado semejante afirmación como la de un mero teórico sentimental.

De hecho, no es necesario ir tan lejos: si a un esclavista estadounidense de hace sesenta años se le hubiera dicho que llegaría el momento en que el Sur produciría más algodón bajo la libre presión de las fuerzas económicas que bajo la esclavitud, habría dado una respuesta similar.

Probablemente habría declarado que «un buen látigo de cuero de vaca supera a toda presión económica», más o menos el tipo de cosas que se pueden escuchar hoy de boca del militarista promedio. Muy «práctico» y viril, por supuesto, pero tiene la desventaja de no ser verdad.

La presunta necesidad de la compulsión física no se detenía en la esclavitud. Como ya hemos visto, se aceptaba como un axioma en el arte de gobernar que las creencias religiosas de los hombres debían ser reprimidas por la fuerza, y no solo sus creencias religiosas, sino sus propias vestimentas; y tenemos cientos de años de complejas leyes suntuarias, cientos de años también de control forzoso o, más bien, de intento de control forzoso de los precios y el comercio, el elaborado sistema de monopolios, la prohibición absoluta de la entrada al país de ciertos productos extranjeros, cuya violación se trataba como un delito penal.

Tuvimos incluso el uso de dinero forzoso, cuya negativa a aceptar se trataba como un delito penal. En muchos países, durante años, fue un crimen enviar oro al extranjero, todo lo cual indica el dominio de la mente del hombre por la misma extraña obsesión de que la vida del hombre debe ser regida por la fuerza física, y es solo muy lenta y muy penosamente como hemos llegado a la verdad de que los hombres trabajarán mejor cuando se les deja a fuerzas ocultas e invisibles.

Un mundo en el que la fuerza física se hubiera retirado de la regulación del trabajo, la fe, las vestimentas, el comercio, el idioma y los viajes de los hombres habría sido absolutamente inconcebible incluso para las mejores mentes durante los tres o cuatro mil años de historia que principalmente nos conciernen.

¿Cuál es la explicación central del profundo cambio que aquí se implica —el desplazamiento del eje en todos los asuntos humanos, en la medida en que atañen tanto al individuo como a la comunidad, de las fuerzas físicas ponderables a las fuerzas económicas imponderables?

Es, sin duda, que, por extrañas que parezcan, estas últimas fuerzas logran el resultado deseado de manera más eficiente y más rápida que las primeras, las cuales, aun cuando no resulten completamente fútiles, son en comparación derrochadoras y embrutecedoras. Es la ley de la economía del esfuerzo.

En realidad, el uso de la fuerza física suele implicar en quienes la emplean la misma limitación de la libertad (aunque sea en menor grado) que aquella que se desea imponer. Herbert Spencer ilustra el proceso en el siguiente pasaje sugerente:

El ejercicio del dominio conlleva inevitablemente para el propio amo cierta esclavitud más o menos pronunciada. Las masas incultas, e incluso la mayor parte de las cultas, considerarán absurda esta afirmación, y aunque muchos de los que han leído la historia atendiendo a lo esencial más que a las trivialidades saben que se trata de una paradoja en el buen sentido —es decir, cierta en los hechos aunque no lo parezca—, ni siquiera ellos son plenamente conscientes de la masa de pruebas que la establecen, y les vendrá muy bien que les recuerden algunas ilustraciones. Permítanme empezar por la más antigua y sencilla, que sirve para simbolizar el conjunto. He aquí a un prisionero, con las manos atadas y una cuerda al cuello (como sugieren las figuras en los bajorrelieves asirios), que es conducido a su hogar por su salvaje vencedor, el cual pretende convertirlo en esclavo. Uno de ellos, dirán ustedes, es cautivo y el otro libre. ¿Están del todo seguros de que el otro es libre? Sostiene un extremo de la cuerda y, a menos que pretenda que su cautivo escape, debe seguir atado manteniendo la cuerda de tal modo que no pueda desprenderse fácilmente. Él mismo debe estar atado al cautivo mientras el cautivo está atado a él. De otras maneras sus actividades se ven impedidas y se le imponen ciertas cargas. Un animal salvaje cruza el camino y no puede perseguirlo. Si desea beber del arroyo cercano, debe atar a su cautivo, no sea que este se aproveche de su posición indefensa. Además, tiene que proveer alimento para ambos. De diversas maneras ya no goza, por tanto, de completa libertad; y estas preocupaciones prefiguran de un modo sencillo la verdad universal de que los instrumentos mediante los cuales se efectúa la subordinación de los otros subordinan a su vez al vencedor, al amo o al gobernante.55

De ahí resulta que todas las naciones que intentan vivir de la conquista terminan siendo ellas mismas víctimas de una tiranía militar precisamente similar a aquella que esperan infligir; o, en otros términos, que el intento de imponer por la fuerza de las armas una situación comercial desventajosa en beneficio del conquistador termina haciendo que el conquistador sea víctima de las mismas desventajas de las que esperaba sacar provecho mediante un proceso de expoliación.

Pero la verdad de que la fuerza económica siempre, a la larga, supera a la fuerza física o militar se ilustra con el simple hecho del uso universal del dinero: el hecho de que el uso del dinero no es algo que elijamos o de lo que podamos deshacernos, sino algo impuesto por la operación de fuerzas más fuertes que nuestra voluntad, más fuertes que la tiranía del tirano más cruel que jamás haya reinado a sangre y fuego.

Creo que es una de las cosas más asombrosas, para el hombre que se acerca al estudio de la historia con una mente bastante despejada, el hecho de que los déspotas más absolutos —hombres que pueden disponer de la vida de sus súbditos con una plenitud y una despreocupación de las que el mundo occidental moderno no ofrece parangón— no puedan dominar el dinero.

Uno se pregunta, en verdad, por qué un gobernante tan absoluto, capaz como es, por la pura fuerza de su posición y por el puro vigor de su poder, de tomar todo lo que existe en su reino, y capaz como es de exigir todo tipo y carácter de servicio, necesita dinero, que es el medio para obtener bienes o servicios mediante un intercambio libremente consentido. Sin embargo, como sabemos, es precisamente, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos, el déspota más absoluto el que a menudo se encuentra más apurado financieramente.56

¿No es esta una demostración de que, en realidad, la fuerza física opera solo dentro de límites muy estrechos?

No es mera retórica, sino la fría verdad, decir que bajo el absolutismo es cosa sencilla arrebatar la vida a los hombres, pero a menudo imposible conseguir dinero. Y cuanto más, al parecer, se ejercía la fuerza física, más difícil se hacía el control del dinero.

Y por una razón muy sencilla: una razón que revela en forma rudimentaria ese principio de la futilidad económica del poder militar con el que estamos lidiando.

El fenómeno se ilustra mejor con un caso concreto. Si uno va hoy a uno de los despotismos independientes de Asia Central, encontrará por lo general un cuadro de la más abyecta pobreza.

¿Por qué? Porque el gobernante tiene poder absoluto para tomar la riqueza siempre que la ve, para tomarla por cualquier medio que sea —tortura, muerte— hasta el límite más completo de la fuerza física desenfrenada.

¿Cuál es el resultado? La riqueza no es creada, y la tortura en sí misma no puede producir algo que no existe.

Crucemos la frontera hacia un Estado bajo protección británica o rusa, donde el Kan tiene algún tipo de límites impuestos a sus poderes. La diferencia es inmediatamente perceptible: indicios de riqueza y bienestar en relativa profusión y, en igualdad de condiciones, el gobernante cuya fuerza física sobre sus súbditos es limitada es mucho más rico que el gobernante cuya fuerza física sobre sus súbditos es ilimitada.

En otras palabras, cuanto más se aleja uno de la fuerza física en la adquisición de riqueza, mayor es el resultado por el esfuerzo desplegado. En un extremo de la escala se obtiene al déspota enharrapado, que ejerce su dominio sobre un territorio probablemente rico en potencia, reducido a tener que matar a un hombre mediante la tortura para obtener una suma que en el otro extremo de la escala un comerciante londinense gastará en una cena en un restaurante con el fin de sentarse a la mesa con un duque —o la milésima parte de la suma que el mismo comerciante gastará en filantropía o de otro modo, con el fin de adquirir un título vano de un monarca que ha perdido todo poder de ejercer cualquier fuerza física en absoluto—.

¿Qué proceso, juzgado por todas las cosas que los hombres desean, da el mejor resultado, la fuerza física de sangre y hierro que vemos, o la fuerza intelectual o síquica que no podemos ver?

El principio que opera en la forma limitada que he indicado, opera con no menor fuerza en el dominio más amplio de la política internacional moderna.

La riqueza del mundo no está representada por una cantidad fija de oro o dinero en posesión ahora de una Potencia, y luego en posesión de otra, sino que depende de todas las múltiples actividades sin trabas de una comunidad por el momento. Coartese esa actividad, ya sea imponiendo tributos, o condiciones comerciales desventajosas, o una administración indeseada que provoca una estéril agitación política, y se obtiene menos riqueza; menos riqueza para el vencedor, así como menos para el vencido.

La formulación más amplia del caso es que toda experiencia —especialmente la experiencia indicada en el último capítulo— demuestra que en el comercio por libre consentimiento, que conlleva un beneficio mutuo, obtenemos mayores resultados por el esfuerzo desplegado que en el ejercicio de la fuerza física, la cual intenta arrancar ventajas para una parte a expensas de la otra.

No estoy volviendo a discutir la tesis de la primera parte de este libro; pero, como veremos en seguida, el principio general del factor decreciente de la fuerza física en los asuntos del mundo conlleva un cambio psicológico en la naturaleza humana que modifica radicalmente nuestros impulsos hacia el mero conflicto físico.

Lo que es importante tener en cuenta en este momento es la incalculable intensificación de esta disminución de la fuerza física por nuestro desarrollo mecánico.

El principio era obviamente menos verdad para Roma que para la Gran Bretaña o América: Roma, por muy imperfectamente que fuera, vivía en gran medida del tributo. El mero desarrollo mecánico del mundo moderno ha hecho que el tributo en el sentido romano sea imposible.

Roma no tenía que crear mercados ni encontrar un campo para la colocación de su capital. Nosotros sí. ¿Qué resultado conlleva esto?

  • Roma podía permitirse ser relativamente indiferente a la prosperidad de su territorio súbdito.
  • Nosotros no.

Si el territorio no es próspero no tenemos mercado, y no tenemos un campo para nuestras inversiones, y esa es la razón por la que se nos frena en cada punto para hacer lo que Roma pudo hacer. Se puede en cierta medida exigir tributo por la fuerza; no se puede obligar a un hombre a comprar tus productos por la fuerza si no los quiere y no tiene el dinero para pagarlos.

Ahora bien, la diferencia que vemos aquí ha sido provocada por la interacción de toda una serie de cambios mecánicos: la imprenta, la pólvora, el vapor, la electricidad, los medios de comunicación mejorados.

Es este último el que ha creado principalmente el hecho del crédito. Ahora bien, el crédito no es más que una extensión del uso del dinero, y no podemos sacudirnos la dominación del uno más que la del otro.

Hemos visto que el déspota más sanguinario es él mismo esclavo del dinero, en el sentido de que se ve obligado a emplearlo. Del mismo modo, ninguna fuerza física puede, en el mundo moderno, anular la fuerza del crédito.57

No es más posible que un gran pueblo del mundo moderno viva sin crédito que sin dinero, del cual forma parte. ¿No obtenemos aquí una ilustración del hecho de que las fuerzas económicas intangibles están anulando la fuerza de las armas?

Una de las curiosidades de este desarrollo mecánico, con sus profundos resultados psicológicos, es la incapacidad general para comprender el verdadero alcance de cada paso dado en él.

La imprenta fue considerada, en un principio, meramente como un proceso novedoso que dejaba sin empleo a un gran número de amanuenses y monjes copistas.

¿Quién se dio cuenta de que en el simple invento de la imprenta residía la liberación de una fuerza mayor que el poder de los reyes?

Solo aquí y allá encontramos a algún pensador aislado que vislumbra el alcance político de tales inventos, la concepción de la gran verdad de que cuanto más triunfa el hombre en su lucha contra la naturaleza, menor debe ser el papel de la fuerza física entre los hombres, debido a que la sociedad humana se ha convertido, con cada éxito en la lucha contra la naturaleza, en un organismo más complejo.

Es decir, que se ha incrementado la interdependencia de las partes y que ha disminuido la posibilidad de que una parte dañe a otra sin dañarse a sí misma. Cada parte depende más de las demás, y los impulsos de causar daño, por lo tanto, deben disminuir por la naturaleza misma de las cosas.

Y ese hecho debe redirigir, y de hecho redirige a diario, la combatividad humana. Y es digno de mención que quizá el mejor servicio que desempeña el perfeccionamiento de los instrumentos de la lucha del hombre con la naturaleza sea la mejora de las relaciones humanas.

La maquinaria y la máquina de vapor han hecho algo más que crear fortunas para los fabricantes: han abolición de la esclavitud humana —o abolido la esclavitud humana—, tal como Aristóteles predijo que harían. Era imposible que las masas humanas fuesen otra cosa que supersticiosas e irracionales hasta que tuvieron el libro impreso.58

"Los caminos creados para la circulación de la riqueza se convierten en canales para la circulación de ideas, y hacen posible esa acción simultánea de la cual depende toda libertad."

La actividad bancaria realizada por telegrafía atañe mucho más que al corredor de bolsa: demuestra con claridad y dramatismo la verdadera interdependencia de las naciones, y está destinada a transformar la mente del estadista.

Nuestra lucha es con nuestro entorno, no los unos con los otros; y aquellos que hablan como si la lucha entre las partes del mismo organismo debiera continuar necesariamente, y como si los impulsos que se reorientan cada día nunca pudieran recibir la reorientación particular implícita en abandonar la lucha entre Estados, adoptan ignorantemente la fórmula de la ciencia, pero dejan la mitad de los hechos fuera de consideración.

Y así como se cambiará la dirección de los impulsos, también cambiará el carácter de la lucha; la fuerza que usaremos para nuestras necesidades será la fuerza de la inteligencia, del trabajo duro, del carácter, de la paciencia, del autocontrol y de un cerebro desarrollado, y la combatividad y belicosidad que, en lugar de agotarse y desperdiciarse en conflictos mundiales de destructividad fútil, serán, y están siendo, desviadas hacia el flujo constante del esfuerzo dirigido racionalmente. Los impulsos viriles se convierten, no en el tirano y amo, sino en la herramienta y el sirviente del cerebro controlador.

La concepción de fuerzas abstractas e inescrutables por parte de la mente humana es un proceso muy lento. Toda la historia del hombre lo revela. El teólogo siempre ha sentido esta dificultad. Durante miles de años, los hombres solo pudieron concebir el mal como un animal con cuernos y rabo, que iba por el mundo devorando a la gente; las concepciones abstractas tuvieron que hacerse comprensibles mediante un burdo antropomorfismo.

Quizá sea mejor que la humanidad tenga algún indicio de los grandes hechos del universo, aunque sean interpretados por leyendas de demonios, duendes, hadas y demás; pero no podemos pasar por alto la verdad de que los hechos se distorsionan en el proceso, y nuestro avance en la concepción de la moral se caracteriza en gran medida por la medida en que podemos formarnos una concepción abstracta del hecho del mal —que no deja de ser un hecho por no estar encarnado— sin tener que traducirlo en una persona o animal inexistente con cola bífida.

Así como nuestro progreso en la comprensión de la moralidad está marcado por el abandono de estas concepciones físicas rudimentarias, ¿no es probable que nuestro progreso en la comprensión de aquellos problemas sociales, que tan de cerca afectan nuestro bienestar general, se marque de la misma manera?

¿No resulta un tanto infantil y elemental concebir la fuerza únicamente como el disparo de cañones y la botadura de Dreadnoughts, la lucha como el combate físico entre hombres, en lugar de como la aplicación de las energías del hombre en su contienda con el planeta?

¿No se acerca el momento en que la verdadera lucha nos inspire el mismo respeto y hasta la misma emoción que la inspirada hoy por una carga en el campo de batalla; sobre todo ahora que las cargas en el combate se están quedando muy anticuadas y pronto desaparecerán de nuestra guerra?

La mente que solo concibe la lucha como bombardeo y carga es, por supuesto, la mente derviche. No es que Fuzzy-Wuzzy no sea un buen tipo. Es varonil, robusto, resistente, con un valor y unas cualidades guerreras en general que ningún europeo puede igualar.

Pero el frágil funcionario inglés de gafas es su amo, y unas pocas decenas de ellos se harán dueños de miles y miles de sudaneses; el inglés, relativamente poco guerrero, está haciendo lo mismo en toda Asia, y lo hace simplemente en virtud de un cerebro y un carácter superiores, más reflexión, más racionalismo, más trabajo duro, constante y controlado.

El estadounidense está haciendo lo mismo en Filipinas.

Podría decirse que es el armamento superior el que lo logra. ¿Pero qué es el armamento superior sino el resultado de un pensamiento y un trabajo superiores? E incluso sin el armamento superior, la inteligencia más vasta seguiría lográndolo; pues lo que el inglés y el estadounidense hacen, lo hizo el romano en la antigüedad, con las mismas armas que los habitantes de sus mundos vasallos. La fuerza es en verdad la dueña, pero es la fuerza de la inteligencia, el carácter y el racionalismo.

Puedo imaginar el desprecio con el que el hombre de fuerza física saluda lo anterior. ¡Luchar con palabras, luchar con palabrería! No, no palabras, sino ideas.

Y algo más que ideas. Su traducción al esfuerzo práctico, a la organización, a la dirección y administración de la organización, a la estrategia y las tácticas de la vida humana.

¿Qué es, en realidad, la guerra moderna en sus fases más elevadas sino esto? ¿No resulta del todo anticuado e ignorante concebir la vida militar como cabalgar a caballo, hacer vivacs en los bosques, dormir en tiendas de campaña y lanzarse con gallardía a la cabeza de regimientos relucientes con penachos y coseletes, arremetiendo en filas apretadas contra las filas igualmente apretadas del cruel enemigo, asaltando brechas —en suma, la "guerra" de los libros para muchachos del señor Henty?

¿Hasta qué punto se corresponde tal concepción con la realidad, con la concepción alemana? Aun si todo el cuadro no estuviera anticuado, ¿qué proporción de la nación más militarista estaría destinada jamás a presenciarlo o a tomar parte en él? Ni uno de cada diez mil.

¿Cuál es el carácter incluso del conflicto militar sino, en su mayor parte, años de trabajo duro y constante, algo mecánico, un tanto alejado de la vida real, pero ni un ápice más emocionante? Eso es verdad para todos los rangos; y en los rangos superiores de la mente directiva, la guerra se ha convertido en un proceso casi puramente intelectual.

¿No fue el difunto W. H. Steevens quien retrató a lord Kitchener como el tipo de hombre que habría sido un administrador admirable de los almacenes Harrod's; que libraba todas sus batallas en su gabinete y consideraba los combates reales como el mero incidente culminante de todo el proceso, la parte sucia y ruidosa del mismo, de la que con gusto se habría apartado?

Los verdaderos soldados de nuestro tiempo —los que representan el cerebro de los ejércitos— llevan una vida no muy diferente de la de los hombres de cualquier vocación intelectual; con mucha menos lucha física de la que exigen muchas ocupaciones civiles; menor que la que le toca en suerte a ingenieros, hacendados, marinos, mineros y demás. Incluso en los ejércitos, la combatividad debe traducirse en esfuerzo intelectual y no físico.

El hecho mismo de que la guerra fuera durante mucho tiempo una actividad que constituía, en cierto sentido, un cambio y un desahogo frente a la lucha más intelectual de la vida pacífica —en la cual el trabajo era reemplazado por el peligro, el pensamiento por la aventura—, explicaba en gran parte su atractivo para los hombres.

Pero, como hemos visto, la guerra se está volviendo tan irremediablemente intelectual y científica como cualquier otra forma de trabajo: los oficiales son científicos, los hombres son obreros, el ejército es una máquina, las batallas son «operaciones tácticas», la carga va quedando obsoleta; dentro de poco, la guerra se convertirá en la menos romántica de todas las profesiones.

En este terreno, como en todos los demás, la fuerza intelectual está sustituyendo a la pura fuerza física, y las necesidades de esta misma lucha nos empujan a ser más racionales en nuestra actitud hacia la guerra, a racionalizar nuestro estudio de ella; y a medida que nuestra actitud en general se vuelva más científica, el elemento puramente impulsivo perderá su imperio sobre nosotros.

Ese es un factor; pero, por supuesto, existe el más importante. Nuestro respeto y admiración se dirigen a la larga, a pesar de los reveses momentáneos, hacia aquellas cualidades que logran los resultados que todos, en común, buscamos. Si esos resultados son principalmente intelectuales, serán las cualidades intelectuales las que recibirán el tributo de nuestra admiración.

No hacemos a un hombre presidente porque ostente el campeonato de peso ligero de boxeo, y a nadie le importa ni sabe si el señor Wilson o el señor Taft serían mejores jugando al golf.

Pero en un estado de la sociedad en el que la fuerza física seguía siendo el factor determinante, importaría muchísimo, y aun cuando otros factores habían adquirido un peso considerable, como durante la Edad Media, el combate físico contaba para mucho:

el caballero con su brillante armadura establecía su prestigio por su proeza en las armas, y el vestigio de esto aún perdura en aquellos países que conservan el duelo.

En cierta pequeña medida —una medida muy pequeña—, la destreza de un hombre con la espada y la pistola afectará su prestigio político en París, Roma, Budapest o Berlín. Pero estos son solo vestigios interesantes, que en el caso de las sociedades anglosajonas han desaparecido por completo.

Mi amigo comercial que declara que trabaja quince horas al día principalmente con el fin de superar a su rival comercial de enfrente, debe vencer a ese rival en el comercio, no en las armas; no satisfaría el orgullo de ninguno de los dos "arreglar cuentas" en el jardín trasero en mangas de camisa. Tampoco hay el menor peligro de que uno le clave un cuchillo al otro.

¿Deben todos estos factores dejar intacta la relación nacional? ¿La han dejado intacta?

¿Acaso la destreza militar de Rusia o de Turquía inspira alguna satisfacción particular en la mente del ruso individual o del turco individual?

¿Inspira a Europa algún respeto especial?

¿No preferiría la mayoría de nosotros ser un estadounidense no militar tanto como un turco militar? ¿No demuestran, en suma, todos los factores que la fuerza física pura está perdiendo su prestigio tanto en la relación nacional como en la personal?

No paso por alto el caso de Alemania. ¿Acaso la historia de Alemania, durante el último medio siglo, muestra la belicosidad instintiva y ciega que se supone es un elemento tan abrumador en las relaciones internacionales como para superar toda cuestión de interés material?

¿Acaso la historia comúnmente aceptada de las artimañas y negociaciones que precedieron al conflicto de 1870, el frío cálculo de quienes moldearon la política de Alemania durante esos años, muestra esa subordinación a la ciega codicia de combate que el militarista pretende hacernos creer que siempre ha de ser un elemento en nuestro conflicto internacional?

¿No muestra, por el contrario, que los destinos alemanes estuvieron regidos por motivos de interés muy fríos y calculados, aunque interpretados en términos de doctrinas políticas y económicas que el desarrollo de los últimos treinta años más o menos ha demostrado estar obsoleto?

Tampoco paso por alto la «tradición prusiana», el hecho de un estatus aristocrático firmemente arraigado, el legado intelectual de la caballería pagana y sabe Dios qué más. Pero incluso un Junker prusiano se vuelve menos energúmeno a medida que se hace más científico,60 y aunque la ciencia alemana ha gastado últimamente sus energías en una especialización algo árida, la influencia de concepciones más ilustradas en la sociología y el arte de gobernar tarde o temprano ha de surgir de cualquier estudio exhaustivo de los problemas políticos y económicos.

Por supuesto, existen pervivencias del viejo carácter, pero ¿puede sostenerse seriamente que, cuando se demuestre plenamente la futilidad de la fuerza física para lograr aquellos fines hacia los cuales todos nos esforzamos, seguiremos manteniendo la guerra como una especie de entretenimiento teatral?

¿Ha ocurrido alguna vez algo semejante en el pasado, cuando nuestros impulsos y nuestros instintos «deportivos» entraron en conflicto con nuestros intereses sociales y económicos más amplios?

Todo esto, en otras palabras, entraña mucho más que el mero cambio en el carácter de la guerra. Entraña un cambio fundamental en nuestra actitud psicológica hacia ella. No solo muestra que por todas partes, incluso en el ámbito militar, el conflicto debe volverse menos impulsivo e instintivo, más racional y sostenido, menos la lucha ciega de hombres que se mutuo odio profesan, y cada vez más el esfuerzo calculado hacia un fin determinado; sino que afectará las fuentes mismas de gran parte de la defensa actual de la guerra.

¿Por qué las autoridades que he citado en el primer capítulo de esta sección —el Sr. Roosevelt, Von Moltke, Renan y los clérigos ingleses— ensalzan la guerra como una escuela de moral tan valiosa?61

¿Acaso estos defensores de la guerra sostienen que la guerra en sí misma es deseable? ¿Aconsejarían ir a la guerra innecesariamente o injustamente solo porque nos hace bien? Rotundamente no. Su argumento, en última instancia, se reduce a esto: que la guerra, aunque mala, tiene cualidades redentoras, ya que enseña firmeza, valor y otros atributos. Bueno, lo mismo ocurre con cortarnos las piernas o con una operación de apendicitis. ¿Quién ha compuesto epopejas sobre la fiebre tifoidea o el cáncer?62

Dichos defensores podrían objetar la vigilancia policial eficiente de una ciudad porque, si estuviera llena de asesinos, a los habitantes se les enseñaría el valor. Casi se puede imaginar a este tipo de maestro despreciando a esos debiluchos que quieren recurrir a la policía en busca de protección, y diciendo: «La policía es para los sentimentalistas, los cobardes y los hombres dados al ocio perezoso. ¿Qué será de la vida enérgica si introducen la policía?».

Todo se viene abajo; y si no componemos poemas sobre la fiebre tifoidea es porque la tifoidea no nos atrae y la guerra sí. Esa es la raíz de todo el asunto, y simplifica mucho las cosas admitir honestamente que, aunque a nadie le entusiasme el espectáculo de la enfermedad, a la mayoría de nosotros nos entusiasma el espectáculo de la guerra; que, si bien a ninguno nos fascina el espectáculo de un hombre luchando contra una enfermedad, la mayoría de nosotros sí nos sentimos fascinados por el espectáculo de hombres luchando entre sí en la guerra.

Hay algo en la guerra, en su historia y en su parafernalia, que conmueve profundamente las emociones y hace que la sangre nos hormiguee por las venas a los más pacíficos de entre nosotros, y apela a no sé qué instintos remotos, por no hablar de nuestra admiración natural por el valor, de nuestro amor por la aventura, por el movimiento y la acción intensos.

Pero esta fascinación romántica reside en gran medida en esa misma cualidad espectacular de la que las condiciones modernas están privando a la guerra.

A medida que nos volvemos un poco más instruidos, nos damos cuenta de que la psicología humana es algo complejo y no simple; de que por el hecho de entregarnos a la emoción del espectáculo de la batalla no estamos obligados a concluir que los procesos que hay detrás de él, y la naturaleza que lo sustenta, sean necesariamente todos admirables; de que la disposición a morir no es la única prueba de virilidad o de una naturaleza noble o distinguida.

En el libro al que acabo de referirme («With Kitchener to Khartoum», del Sr. Steevens) puede leerse lo siguiente:

¿Y los derviches? El honor del combate aún debe corresponder a los hombres que murieron. Los nuestros fueron perfectos, pero los derviches fueron soberbios, más allá de la perfección. Fue su mayor, mejor y más valiente ejército de cuantos lucharon contra nosotros por el mahdismo, y murió dignamente por el enorme imperio que el mahdismo conquistó y conservó durante tanto tiempo. Sus fusileros, destrozados por toda clase de muerte y tormento que el hombre puede idear, se aferraban a la bandera negra y a la verde, vaciando sus pobres y defectuosos cartuchos caseros con intrepidez. Sus lanceros cargaban contra la muerte a cada minuto sin esperanza. Sus jinetes encabezaban cada ataque, cabalgando hacia las balas hasta que no quedó nada... Ni una carga, ni dos, ni diez, sino carga tras carga, compañía tras compañía, sin detenerse nunca, aunque todo cuanto veían, que no era un enemigo inconmovible, eran los cuerpos de los hombres que habían cargado antes que ellos. Una línea oscura se levantaba y avanzaba asaltando: se doblaba, se rompía, se desmoronaba y desaparecía. Antes de que el humo se disipara, otra línea se estaba doblando y avanzando en asalto por el mismo rastro... Del ejército verde ya solo salían desesperados enamorados de la muerte, que avanzaban paseándose uno a uno hacia los fusiles, deteniéndose para tomar una lanza, desviándose para reconocer un cadáver, y luego, atrapados por un repentino estallido de furia, dando un salto adelante, frenándose, cayendo lánguidos al suelo. Ahora, bajo la bandera negra, en un círculo de cuerpos, solo quedaban tres hombres, frente a los tres mil de la Tercera Brigada. Se cruzaron de brazos en torno al asta y miraron fijamente al frente. Dos cayeron. El último derviche se puso en pie e hinchó el pecho; gritó el nombre de su Dios y arrojó su lanza. Entonces se quedó muy quieto, esperando. Le alcanzó de lleno; estremeció, cedió de rodillas y se desplomó con la cabeza sobre los brazos y el rostro hacia las legiones de sus conquistadores.

Seamos sinceros. ¿Hay algo en la historia europea —Cambronne, la Brigada Ligera, lo que sea— más magnífico que esto? Si somos sinceros, diremos que no.

Pero nótese lo que sigue en la narración del señor Steevens.

¿Qué clase de naturaleza deberíamos esperar que mostraran esos héroes salvajes? Cruel, tal vez; pero al menos leal. Permanecerán junto a su jefe. Los hombres que pueden morir así no lo traicionarán por dinero. No están corrompidos por el mercantilismo. Bien, unos capítulos después de la escena que se acaba de describir, se puede leer esto:

Como gobernante, el Jalifa terminó en el momento en que salió de Omdurmán al galope. Sus propios jinetes bagara, mimados por él, mataron a sus pastores y saquearon el ganado que debía alimentarlos. Alguien traicionó la posición de los camellos de reserva... Sus seguidores empezaron a matarse entre ellos... Toda la población de la capital del Jalifa corría ahora a robar el grano del Jalifa... > ¡Maravillosos mecanismos de la mente salvaje! Seis horas antes morían por regimientos por su amo; ahora saqueaban su maíz. Seis horas antes acuchillaban a nuestros heridos hasta dejarlos trozos; ahora nos pedían calderilla.

Esta dificultad con la psicología del soldado no es propia de los derviches ni de los salvajes. Un hábil y culto oficial británico escribe:

Los soldados como clase son hombres que han descartado por completo la norma civil de la moralidad. Simplemente la ignoran. Sin duda es por eso que los civiles los evitan. En el juego de la vida no siguen las mismas reglas, y la consecuencia es una gran cantidad de malentendidos, hasta que finalmente el civil dice que no volverá a jugar con Tommy. A los ojos de los soldados, la mentira, el robo, la borrachera, el mal lenguaje, etc., no son males en absoluto. Roban como grajos. En cuanto al lenguaje, solía pensar que el lenguaje del castillo de proa de un mercante era bastante malo, pero el lenguaje de los *Tommies*, en cuanto a blasfemia y obscenidad, lo supera con creces. Este departamento es una de sus especialidades. A la mentira la trata con la misma amplia indulgencia. Mentir como un cosaco es una metáfora de lo más acertada. Inventa todo tipo de mentiras elaboradas por el mero placer de inventarlas. El pillaje, de nuevo, es uno de sus placeres preferidos, no solo el pillaje por lucro, sino el pillaje por el puro gusto de la destrucción.63

(Por favor, por favor, querido lector, no diga que estoy difamando al soldado británico. Estoy citando a un oficial británico, y a un oficial británico que, además, simpatiza vivamente con la persona que acaba de describir).

Él añade:

¿Son el robo, la mentira, el pillaje y las conversaciones bestiales cosas muy malas? Si lo son, Tommy es un mal hombre. Pero por una u otra razón, desde que llegué a conocerlo, he pensado bastante menos en la iniquidad de estas cosas que antes.

No sé cuál de los dos pasajes que he citado constituye un comentario más llamativo sobre la influencia moral del entrenamiento militar: que dicho entrenamiento produzca el efecto que el capitán March Phillips describe, o (como dice el señor J.A. Hobson en su "Psicología del chovinismo" [Psychology of Jingoism]) que el segundo juicio sea emitido por un hombre de inmaculado carácter y cultura; a saber, el juicio de que robar, mentir, saquear y hablar como una bestia no importan.

¿Qué hecho constituye la condena más severa de la atmósfera ética del militarismo y del entrenamiento militar? ¿Cuál es el testimonio más convincente de las influencias corruptoras de la guerra?64

Haciendo justicia a los soldados, muy pocas veces esgrimen este argumento de que la guerra es una escuela de formación moral.

«La guerra en sí misma —dijo en cierta ocasión un oficial— es un asunto infernalmente sucio. Pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio del mundo, y me alegra pensar que el oficio del soldado consiste en prevenir la guerra más que en hacerla».

No es que me preocupe negar que le debemos mucho al soldado. Ni siquiera sé por qué habríamos de negar que le debemos mucho al vikingo.

Ni el uno ni el otro eran en todos los aspectos despreciables. Ambos han legado una herencia de valor, fortaleza, resistencia y un espíritu de aventura ordenada; la capacidad de encajar golpes duros y de darlos; camaradería y disciplina severa... todo esto y mucho más.

No es cierto decir de ninguna emoción que sea total y absolutamente buena, o total y absolutamente mala. La misma fuerza psicológica que hizo de los vikingos saqueadores destructivos y crueles hizo de sus descendientes pioneros y colonos firmes y resueltos; y la misma fuerza emocional que convierte gran parte de África en un matadero sórdido y sangriento, con una dirección y distribución diferentes, la convertiría en un jardín.

¿Es en vano que la espléndida raza escandinava, que ha convertido su península agreste y llena de rocas en un grupo de Estados prósperos y estables que son un ejemplo para Europa, y ha infundido en la gran estirpe anglosajona algo de su sano pero noble idealismo, lleve la sangre de los vikingos en sus venas?

¿No hay acaso un lugar para el libre ejercicio de las mejores cualidades del vikingo y del soldado en un mundo que todavía necesita con tristeza hombres con el valor suficiente, por ejemplo, para afrontar la verdad, por difícil que pueda parecer, por muy cruel que sea con nuestros prejuicios más queridos?

No hay la menor necesidad de que el defensor de la paz ignore los hechos en este asunto. La raza humana ama al soldado tal como los niños aman al pirata, y muchos de nosotros, tal vez con gran provecho nuestro, seguimos siendo en parte niños durante toda la vida. Pero así como, al dejar atrás la infancia, descubrimos con tristeza el hecho de que no podemos ser piratas, de que ni siquiera podemos cazar indios, ni ser exploradores, ni siquiera tramperos, con la misma certeza ha llegado el momento de darnos cuenta de que hemos dejado atrás la vida militar.

El atractivo romántico de las empresas de los viejos vikingos, y más tarde incluso de la piratería,65 era tan grande como el de la guerra. Sin embargo, desplazamos al vikingo y colgamos al pirata, aunque no dudo de que lo amábamos mientras lo colgábamos; y no tengo noticia de que aquellos que exigieron la supresión de la piratería fuesen vilipendiados, excepto por los piratas, como sentimentales sensibleros que ignoraban la naturaleza humana, o, según la frase de Homer Lea, como «visionarios medio educados y de cerebro enfermizo, que niegan la inexorabilidad de la ley primordial de la lucha».

La piratería interfería gravemente en el comercio y la industria de quienes deseaban ganarse la vida lo mejor posible y obtener de este mundo imperfecto todo lo que tenía que ofrecer.

La piratería era magnífica, sin duda, pero no era un buen negocio.

Estamos dispuestos a cantar acerca del vikingo, pero no a tolerarlo en alta mar; y algunos de nosotros, que estamos muy dispuestos a darle al soldado su debido lugar en la poesía, la leyenda y el romance, muy dispuestos a admitir, junto con el señor Roosevelt y Von Moltke y los demás, aquellas cualidades que quizás le debamos y sin las cuales seríamos en verdad gente pobre, nos preguntamos, no obstante, si no ha llegado el momento de colocarlo (o a una buena parte de él) suavemente en el estante poético junto al vikingo; o al menos de encontrar otros campos para aquellas actividades que, por mucho que nos atraigan, tienen en su forma actual poco lugar en un mundo en el que, aunque, como ha dicho Bacon, a los hombres les guste más el peligro que la fatiga, la fatiga está destinada, ¡ay! —a pesar nuestro— a ser nuestro sino.

# CAPÍTULO VI

# EL ESTADO COMO PERSONA: UNA FALSA ANALOGÍA Y SUS CONSECUENCIAS

Por qué la agresión contra un Estado no equivale a la agresión contra un individuo—Nuestra cambiante concepción de la responsabilidad colectiva—Progreso psicológico en este sentido—Crecimiento reciente de factores que destruyen la personalidad homogénea de los Estados.

A pesar de la idea generalizada en contra, amamos profundamente una abstracción —sobre todo, al parecer, una abstracción basada en la mitad de los hechos.

Cualquier cosa que los capítulos anteriores hayan demostrado, al menos han demostrado esto: que el carácter del Estado moderno, en virtud de una multitud de nuevos factores que son propios de nuestra época, es esencial y fundamentalmente diferente del de la antigüedad.

Sin embargo, incluso aquellos que tienen una gran y justificada autoridad en esta materia seguirán apelando a la concepción aristotélica del Estado como definitiva, con la implicación de que todo lo que ha sucedido desde los tiempos de Aristóteles debe ser tranquilamente ignorado.

Cuáles sean algunas de esas cosas lo han indicado los capítulos precedentes: Primero, está el hecho del cambio en la naturaleza humana misma, ligado a la tendencia general a alejarse del uso de la fuerza física —una tendencia explicada por el hecho poco romántico de que la fuerza física no rinde tanta respuesta al esfuerzo invertido como lo hacen otras formas de energía—. Hay una interconexión entre el desarrollo psicológico y el puramente mecánico en todo esto que no es necesario desenredar aquí. Los resultados son bastante evidentes. Muy rara vez, y en un grado infinitesimal, empleamos hoy la fuerza para el logro de nuestros fines. Todavía queda un factor, sin embargo, que debe considerarse y que quizás tenga una relación más directa con la cuestión del conflicto continuo entre las naciones que cualquiera de los otros factores.

Los conflictos entre naciones y la combatilidad internacional implican por lo general la concepción de un Estado como un todo homogéneo, que posee el mismo tipo de responsabilidad que le atribuimos a una persona que, al golpearnos, nos incita a devolver el golpe.

Ahora bien, solo en una medida muy pequeña y rápidamente decreciente se puede considerar a un Estado como a una persona semejante. Pudo haber habido un tiempo —el tiempo de Aristóteles— en el que esto fuera posible; pero hoy en día es imposible.

Sin embargo, las teorías rebuscadas en las que se basan la necesidad del uso de la fuerza entre las naciones, la proposición de que la relación entre las naciones solo puede ser determinada por la fuerza, y la idea de que la combatilidad internacional siempre se expresará mediante una lucha física entre naciones, surgen de esta analogía fatal, que en verdad se corresponde con muy pocos hechos.

Así, el profesor Spenser Wilkinson, cuyas contribuciones a este tema tienen un peso tan merecido, da a entender que lo que hará permanentemente imposible el abandono de la fuerza entre las naciones es el principio de que «el empleo de la fuerza para el mantenimiento del derecho es el fundamento de toda la vida humana civilizada, pues es la función fundamental del Estado, y aparte del Estado no hay civilización, ni vida digna de ser vivida... La marca del Estado es la soberanía, o la identificación de la fuerza y el derecho, y la medida de la perfección del Estado la proporciona la plenitud de esta identificación».

Esto, sea verdad o no, es irrelevante para el asunto que nos ocupa. El profesor Spenser Wilkinson intenta ilustrar su tesis citando un caso que parecería sugerir que aquellos que se oponen a la necesidad de los armamentos lo hacen basándose en que el empleo de la fuerza es perverso.

Puede que haya quienes obren así, pero no es necesario introducir la cuestión de la justicia. Si otros medios distintos de la fuerza dan el mismo resultado con mayor facilidad, con menor esfuerzo para nosotros, ¿para qué discutir sobre la justicia abstracta?

Cuando el profesor Spenser Wilkinson refuerza la apelación a este principio abstracto e irrelevante con un caso que, aunque Aparentemente pertinente, en realidad no lo es, logra confundir por completo toda la cuestión. Tras citar tres versículos del capítulo quinto de Mateo, dice:66

Hay quienes creen, o se imaginan que creen, que las palabras que he citado entrañan el principio de que el uso de la fuerza o la violencia entre hombre y hombre, o entre nación y nación, es perverso. Al hombre que considera correcto someterse a cualquier violencia o dejarse matar antes que usar la violencia en su defensa, no tengo nada que responderle; el mundo no puede conquistarlo y el miedo no tiene presa sobre él. Pero incluso él solo puede llevar su doctrina hasta el extremo de permitir que se le maltrate, como ahora voy a demostrarle. Hace muchos años, los habitantes de Lancashire se horrorizaron con los hechos ventilados en un juicio por asesinato. En un pueblo de las afueras de Bolton vivía una joven, muy querida y respetada como maestra en una de las escuelas públicas. De camino a casa desde la escuela, solía seguir un sendero a través de un bosque solitario, y allí, una tarde, fue encontrado su cuerpo. Había sido estrangulada por un villano que había pensado en aquel lugar solitario cumplir su perversa voluntad con ella. Ella se había defendido con éxito y él la había matado en el forcejeo. Afortunadamente, el asesino fue capturado y los hechos deducidos de las pruebas circunstanciales quedaron confirmados por su confesión. Ahora bien, la pregunta que debo hacerle al hombre que se atiene al pasaje citado del Evangelio es esta: «¿Cuál habría sido su deber si usted hubiera estado caminando por ese bosque y se hubiera topado con la muchacha forcejeando con el hombre que la mató?». Este es el factor crucial que, a mi juicio, destruye por completo la doctrina de que el uso de la violencia es en sí mismo incorrecto. Lo correcto o incorrecto no reside en el empleo de la fuerza, sino simplemente en el propósito con el que se utiliza. Lo que el caso demuestra, pienso, es que usar la violencia para resistirse a una injusticia violenta no solo es correcto, sino necesario.

Lo anterior presenta, con gran ingenio, la analogía completamente falsa con la que estamos lidiando. La agudeza del profesor Spenser Wilkinson es, en verdad, un tanto maquiavélica, porque equipara a los pacifistas de un tipo muy extremo con aquellos que defienden el acuerdo entre las naciones en materia de armamentos; una falsa equiparación, pues la proporción de quienes abogan por la reducción de armamentos basándose en tales motivos es tan pequeña que puede pasarse por alto en esta discusión. Un movimiento que se identifica con algunas de las mentes más agudas en los asuntos europeos no puede despacharse asociándolo con semejante teoría.

Pero la base de la falacia está en la aproximación de un Estado a una persona. Ahora bien, un Estado no es una persona, y cada día lo es menos, y la dificultad que señala el profesor Spenser Wilkinson es una dificultad doctrinaria, no real.

El profesor Wilkinson pretende hacernos deducir que un Estado puede ser lesionado o destruido de la misma manera simple en que es posible destruir o lesionar a una persona, y que, debido a que debe haber fuerza física para contener la agresión contra las personas, debe haber fuerza física para contener la agresión contra los Estados; y debido a que debe haber fuerza física para ejecutar la sentencia de un tribunal de justicia en el caso de los individuos, debe haber fuerza física para ejecutar la sentencia dictada por una decisión sobre diferencias entre Estados.

Todo lo cual es falso, y se alcanza al asemejar una persona a un Estado y pasar por alto los innumerables hechos que hacen que una persona sea diferente de un Estado.

¿Cómo sabemos que estas dificultades son de carácter doctrinario? Es el Imperio Británico el que aporta la respuesta. El Imperio Británico está compuesto en gran parte por Estados prácticamente independientes, y Gran Bretaña no solo no ejerce ningún control sobre sus actos, sino que ha renunciado de antemano a cualquier intención de emplear la fuerza respecto a ellos.67

Los Estados británicos tienen desacuerdos entre sí.

Puede que sometan o no sus diferencias al Gobierno británico, pero si lo hacen, ¿va a enviar Gran Bretaña un ejército a Canadá, por ejemplo, para hacer cumplir su sentencia? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Incluso cuando un Estado comete lo que en realidad es una grave violación de la cortesía internacional contra otro, Gran Bretaña no solo se abstiene de usar la fuerza por sí misma, sino que, en la medida en que interviene, lo hace para impedir el empleo de la fuerza física.

Durante años, los indios británicos han sido sometidos al trato más cruel e injusto en el Estado de Natal.68

El Gobierno británico no oculta el hecho de que considera este trato como injusto y cruel; si Natal fuera un Estado extranjero, es concebible que emplearía la fuerza, pero, siguiendo el principio establecido por Sir C.P. Lucas, "ya tengan razón o no la tengan, más quizá cuando no la tienen que cuando la tienen, no se les puede someter por la fuerza", a ambos Estados se les deja resolver la dificultad como mejor puedan, sin recurrir a la fuerza.

En última instancia, el Imperio británico descansa sobre la expectativa de que sus colonias se comportarán como comunidades civilizadas y, a la larga, la expectativa es, por supuesto, bien fundada, porque, si no se comportan de ese modo, el castigo llegará con más seguridad mediante el funcionamiento ordinario de las fuerzas sociales y económicas de lo que podría hacerlo por cualquier fuerza de las armas.

El caso del Imperio británico no es aislado. El hecho es que la mayoría de los Estados del mundo mantienen sus relaciones unos con otros sin ninguna posibilidad de recurrir a la fuerza; la mitad de los Estados del mundo no tienen medios para hacer valer mediante las armas los agravios que puedan sufrir a manos de otros Estados. Miles de ingleses, por ejemplo, establecen sus hogares en Suiza, y ha sucedido que súbditos británicos han sufrido agravios a manos del Gobierno suizo.

Sin embargo, ¿serían las relaciones entre ambos Estados, o el nivel práctico de protección de los súbditos británicos en Suiza, de algún modo mejores si Suiza estuviera amenazada todo el tiempo por el poder de la Gran Bretaña? Suiza sabe que está prácticamente libre de la posibilidad de que se ejerza esa fuerza, pero esto no le ha impedido comportarse como una comunidad civilizada hacia los súbditos británicos.

¿Cuál es la verdadera garantía del buen comportamiento de un Estado hacia otro? Es la intrincada interdependencia que, no solo en el sentido económico, sino en todos los sentidos, hace que una agresión injustificada de un Estado contra otro repercuta en los intereses del agresor.

Suiza tiene todo el interés en ofrecer un asilo absolutamente seguro a los súbditos británicos; ese hecho, y no el poder del Imperio británico, es lo que brinda protección a los súbditos británicos en Suiza.

Donde, en verdad, el súbdito británico tiene que depender de la fuerza de su Gobierno para su protección, se trata de una protección muy frágil en realidad, porque en la práctica el uso de esa fuerza es tan engorroso, tan difícil, tan costoso, que cualquier otro medio es preferible a ella.

Cuando el viajero en Grecia tenía que depender de las armas británicas, por grande que fuera relativamente la fuerza de esas armas, resultó ser una protección muy frágil.

Del mismo modo, cuando se utilizó la fuerza física para imponer a los Estados sudamericanos y centroamericanos la observancia de sus obligaciones financieras, tales esfuerzos fracasaron rotunda y miserablemente; tan miserablemente que la Gran Bretaña acabó por renunciar a cualquier intento de tal imposición.

¿Qué otros medios han tenido éxito? El de someter a esos países a la influencia de las grandes corrientes económicas de nuestro tiempo, de modo que hoy la propiedad es infinitamente más segura en Argentina de lo que era cuando las cañoneras británicas bombardeaban sus puertos. Cada vez más, en las relaciones internacionales, se emplea el motivo puramente económico —y el motivo económico es solo uno de varios posibles— para reemplazar el uso de la fuerza física.

Austria, el otro día, se encontraba libre de cualquier amenaza del empleo del ejército turco cuando se consumó la anexión de Bosnia y Herzegovina, pero cuando la población turca impuso un boicot comercial muy exitoso a los productos austriacos y a los barcos austriacos, los comerciantes austriacos y la opinión pública le dejaron claro rápidamente al Gobierno austriaco que una presión de esta naturaleza no podía ser ignorada.

Anticipo el argumento de que, si bien la compleja interconexión de las relaciones económicas hace innecesario el uso de la fuerza entre las naciones en lo que respecta a sus intereses materiales, dichas fuerzas no pueden abarcar un caso de agresión contra lo que puede denominarse la propiedad moral de las naciones.

Un crítico de la primera edición de este libro69 escribe:

El Estado es la única forma completa en la que existe la sociedad humana, y hay una multitud de fenómenos que solo se encontrarán como manifestaciones de la vida humana en la forma de una sociedad unida por el vínculo político en un Estado. Los productos de dicha sociedad son el derecho, la literatura, el arte y la ciencia, y aún queda por demostrar que, al margen de esa forma de sociedad conocida como el Estado, sean posibles la familia, la educación o el desarrollo del carácter. El Estado, en suma, es un organismo o ser vivo que puede ser herido y puede ser matado, y como cualquier otro ser vivo requiere protección contra las heridas y la destrucción... La conciencia y la moral son productos de la vida social y no de la individual, y decir que el único propósito del Estado es hacer posible un sustento decente es como si un hombre dijera que el único objeto de la vida humana es satisfacer los intereses de la existencia. Un hombre no puede vivir ningún tipo de vida sin alimento, vestido y techo, pero esa condición no anula ni disminuye el valor de la vida industrial, la vida intelectual o la vida artística. El Estado es la condición de todas estas vidas, y su propósito es sustentarlas. Por eso el Estado debe defenderse a sí mismo. En el plano ideal, el Estado representa y encarna la concepción de todo el pueblo de lo que es verdadero, de lo que es bello y de lo que es justo, y es la cualidad sublime de la naturaleza humana que toda gran nación haya producido ciudadanos dispuestos a sacrificarse antes que someterse a una fuerza externa que intente dictarles una concepción distinta de la suya sobre lo que es justo.

Uno se sorprende, por supuesto, de ver lo anterior en el Morning Post de Londres; la frase final justificaría la actual agitación en la India, en Egipto o en Irlanda contra el dominio británico. ¿Qué es dicha agitación sino un intento por parte de los pueblos de esas provincias de resistirse a «una fuerza externa que intenta dictarles una concepción distinta a la suya de lo que es correcto»?

Afortunadamente, sin embargo, para el imperialismo británico, la concepción que un pueblo tiene de «lo que es verdadero, de lo que es bello y de lo que es justo», y el mantenimiento de dicha concepción, no necesitan necesariamente tener nada en absoluto que ver con las condiciones administrativas particulares bajo las cuales pueda vivir —lo único que predice la concepción de un «Estado»—.

La falacia que recorre todo el pasaje recién citado, y que lo convierte, de hecho, en un sin sentido, es la misma falacia que domina la cita que he hecho del libro del profesor Spenser Wilkinson, «Britain at Bay» —a saber, la aproximación de un Estado a una persona, la suposición de que la delimitación política coincide con la delimitación económica y moral, que, en suma, un Estado es la encarnación de «la concepción de todo el pueblo de lo que es verdadero, etc.»—.

Un Estado no es nada de eso. Tomemos el Imperio británico.

Este Estado no encarna una concepción homogénea, sino una serie de concepciones a menudo absolutamente contradictorias de «lo que es verdad, etcétera»; encarna las concepciones mahometana, budista, copta, católica, protestante y pagana del derecho y de la verdad.

El hecho que vicia toda esta concepción de un Estado es que las fronteras que definen el Estado no coinciden con la concepción de ninguna de las cosas que el crítico del Morning Post de Londres ha enumerado; no existe tal cosa como una moralidad británica opuesta a la moralidad francesa o alemana, o al arte o a la industria.

Se puede, en efecto, hablar de una concepción inglesa de la vida, porque esa es una concepción de la vida propia de Inglaterra, pero se opondría a la concepción de la vida en otras partes del mismo Estado: en Irlanda, en Escocia, en la India, en Egipto, en Jamaica.

Y lo que es verdad para Inglaterra lo es para todos los grandes Estados modernos. Cada uno de ellos incluye concepciones absolutamente opuestas a otras concepciones en el mismo Estado, pero muchas de ellas coinciden plenamente con concepciones de Estados extranjeros.

El Estado británico incluye, en Irlanda, una concepción católica en cordial acuerdo con la concepción católica en Italia, pero en cordial desacuerdo con la concepción protestante en Escocia, o la concepción mahometana en Bengala.

Las divisiones reales de todos esos ideales que el crítico enumera cruzan de lado a lado las divisiones del Estado, ignorándolas por completo. Y, sin embargo, son únicamente las divisiones del Estado las que el conflicto militar tiene en cuenta.

¿Cuál fue una de las razones que llevaron al cese de las guerras religiosas entre los Estados?

Fue que las concepciones religiosas atravesaban las fronteras de los Estados, de modo que el Estado dejó de coincidir con las divisiones religiosas de Europa, y se llegó a una situación en la que una Suecia protestante se alió con una Francia católica.

Esto convirtió el conflicto en algo absurdo, y las guerras religiosas se volvieron un anacronismo.

¿No está ocurriendo precisamente lo mismo con respecto a las concepciones conflictivas de la vida que ahora separan a los hombres en la Cristiandad? ¿No tenemos en América la misma lucha doctrinal que se está librando en Francia, Alemania y Gran Bretaña?

Para citar un ejemplo: el conflicto social. En cada caso, por un lado se encuentran todos los intereses vinculados al orden, la autoridad y la libertad individual, sin tener en cuenta el bienestar de los débiles, y por el otro, la reconstrucción de la sociedad humana según líneas nunca antes probadas.

Estos problemas son para la mayoría de los hombres probablemente —y sin duda van a serlo, si no lo son ya— mucho más profundos y fundamentales que cualquier concepción que coincida con las divisiones del Estado o pueda identificarse con ellas.

En efecto, ¿cuáles son las concepciones cuyas divisiones coinciden con las fronteras políticas del Imperio británico, dado que dicho Imperio abarca casi todas las razas y casi todas las religiones bajo el sol?

Se podrá decir, por supuesto, que en el caso de Alemania y de Rusia nos encontramos ante una concepción autocrática de la organización social en comparación con una concepción basada en la libertad individual en Inglaterra y en América. Tanto el Sr. Hyndman como el Sr. Blatchford parecen inclinarse por este punto de vista.

"Para mí", dice el primero, "es bastante evidente que si nosotros, los socialistas, alcanzáramos el éxito, estaríamos expuestos de inmediato a un ataque exterior por parte de las potencias militares",

una opinión que pasa por alto tranquilamente el hecho de que el socialismo y el antimilitarismo han avanzado mucho más y están mucho mejor organizados en los Estados "militares" de lo que lo están en Inglaterra, y que los gobiernos militares ya tienen bastante trabajo con intentar mantener a raya esas tendencias dentro de sus propias fronteras, como para asumir quijotescamente el mismo cometido en otros Estados.

Esta concepción del Estado como la encarnación política de una doctrina homogénea se debe en gran parte no solo a la distorsión producida por la falsa analogía, sino a la pervivencia de una terminología que ha quedado obsoleta; de hecho, todo este tema se encuentra viciado por esos dos factores.

El Estado en la antigüedad era mucho más una personalidad de lo que es hoy en día, y son principalmente las tendencias bastante modernas las que han roto su homogeneidad doctrinal; dicha ruptura tiene consecuencias de la máxima importancia en relación con la combatividad internacional. El asunto merece un examen detenido.

El profesor William McDougal, en su fascinante obra "An Introduction to Social Psychology", dice en el capítulo sobre el instinto de combatividad:

El reemplazo de la combatividad individual por la colectiva se ilustra con mayor claridad en los pueblos bárbaros que viven en comunidades pequeñas y fuertemente organizadas. Dentro de tales comunidades, el combate individual y hasta las expresiones de ira personal pueden suprimirse casi por completo, mientras que el instinto belicoso se halla en guerra perpetua entre comunidades cuyas relaciones siguen sin estar sujetas a ninguna ley. Por regla general, no se obtiene ningún beneficio material, y a menudo no se busca ninguno, en estas guerras tribales... Todos se ven mantenidos en un miedo constante al ataque, pueblos enteros son a menudo exterminados y, de este modo, la población se mantiene muy por debajo del límite en el que podría surgir cualquier presión sobre los medios de subsistencia. Esta guerra perpetua, al igual que las riñas de una habitación llena de niños camorristas, parece deberse casi total y directamente al funcionamiento sin complicaciones del instinto de combatividad. No se buscan beneficios materiales; unas pocas cabezas y a veces un esclavo o dos son los únicos trofeos obtenidos, y si se le pregunta a un jefe inteligente por qué mantiene esta práctica absurda, la mejor razón que puede dar es que, a menos que lo haga, sus vecinos no lo respetarán a él ni a su gente, y caerán sobre ellos y los exterminarán.

Ahora bien, ¿en qué se diferencia una hostilidad como la que se indica en este pasaje de la hostilidad que marca las diferencias internacionales en nuestros días? En ciertos aspectos muy evidentes. No basta con que el extranjero sea meramente un extranjero para que queramos matarlo: tiene que haber algún conflicto de intereses.

Los ingleses son completamente indiferentes ante el escandinavo, el belga, el holandés, el español, el austríaco y el italiano, y se supone que por el momento están muy enamorados de los franceses. El alemán es el enemigo. Pero hace diez años era el francés quien era el enemigo, y el señor Chamberlain hablaba de una alianza con los alemanes —los aliados naturales de Inglaterra, los llamaba—, mientras que era para Francia para quien reservaba sus ataques.70

No puede ser, por lo tanto, que exista ninguna hostilidad racial inherente en el carácter nacional inglés, porque los alemanes no han cambiado su naturaleza en diez años, ni los franceses la suya.

Si hoy los franceses son cuasialiados de Inglaterra y los alemanes sus enemigos, es simplemente porque sus respectivos intereses —o intereses aparentes— se han modificado en los últimos diez años, y sus preferencias políticas se han modificado con ellos.

En otras palabras, las hostilidades nacionales siguen las exigencias de intereses políticos reales o imaginarios. Ciertamente no es necesario insistir en este punto, dado que Inglaterra ha recorrido la rosa de los vientos de toda Europa en sus simpatías y antipatías, y ha vertido su odio sobre los españoles, los holandeses, los estadounidenses, los daneses, los rusos, los alemanes, los franceses, y nuevamente los alemanes, todos a su turno.

El fenómeno es un lugar común de las relaciones individuales:

«Nunca noté que sus cuellos estaban sucios hasta que se cruzó en mi camino», dijo alguien de un rival.

El segundo punto de diferencia con el salvaje del profesor McDougal es que, cuando entramos en combate, nuestro conflicto no abarca a toda la tribu; no exterminamos, al estilo bíblico, a hombres, mujeres, niños y ganado. Queda suficiente del viejo Adán como para detestar a las mujeres y a los niños, de modo que un poeta inglés pudo escribir sobre los «cachorros y las madres de enemigos asesinos»; pero ya no los masacramos.71

Pero hay un tercer hecho que debemos señalar: que la nación del profesor McDougal estaba compuesta por una sola tribu totalmente homogénea. Incluso el hecho de vivir al otro lado de un río era suficiente para convertir a otra tribu en extranjera y despertar el deseo de matarla.

El desarrollo desde aquella etapa hasta la presente ha implicado, además de los dos factores recién enumerados, lo siguiente: ahora incluimos como compatriotas a muchos que, bajo la antigua concepción, habrían sido necesariamente extranjeros, y el proceso de nuestro desarrollo, económico y de otro tipo, ha convertido a los extranjeros —entre quienes, según la filosofía de Homer Lea, debería existir esta "hostilidad primordial que conduce inevitablemente a la guerra"— en un solo Estado del cual ha desaparecido por completo todo conflicto de intereses.

El Estado moderno de Francia abarca lo que fueron, incluso en tiempos históricos, ochenta Estados separados y beligerantes, ya que cada una de las antiguas ciudades galias representaba un Estado diferente. En Inglaterra, la gente ha llegado a considerar compatriotas —entre los cuales no puede existir ningún tipo de conflicto de intereses— a decenas de tribus que se pasaban el tiempo degollándose mutuamente en una época no muy lejana, geográficamente hablando de la historia.

Cualquiera, en especial los estadounidenses, puede reconocer, en efecto, que profundas diferencias nacionales como las que existen entre el galés y el inglés, o el escocés y el irlandés, no solo no tienen por qué implicar ningún conflicto de intereses, sino ni siquiera una existencia política separada.

Se ha oído hablar en los últimos tiempos del gradual renacimiento del Nacionalismo, y se suele argumentar que el principio de Nacionalidad debe interponerse en el camino de la cooperación entre Estados. Pero los hechos no justifican esa conclusión ni por un momento.

La formación de Estados ha pasado por alto las divisiones nacionales por completo. Si los conflictos han de coincidir con las divisiones nacionales, Gales debería cooperar con Bretaña e Irlanda contra Normandía e Inglaterra; Provenza y Saboya con Cerdeña contra—no sé qué provincia francesa, porque en la reorganización final de las fronteras europeas las razas y las provincias se han mezclado de manera tan inextricable, y han prestado tan poca atención a las divisiones «naturales» e «inherentes», que ya no es posible desenredarlas.

Al principio el Estado es una tribu o familia homogénea, y en el proceso de desarrollo económico y social estas divisiones se desintegran hasta el punto de que un Estado puede incluir, como lo hace el Estado británico, no solo a media docena de razas diferentes en la metrópoli, sino a mil razas diferentes esparcidas por varias partes de la tierra: blancas, negras, amarillas, marrones, cobrizas.

Esta es, sin duda, una de las grandes y arrolladoras tendencias de la historia; una tendencia que opera de inmediato tan pronto como se establece una vida económica compleja. ¿Qué justificación tenemos, por tanto, para afirmar dogmáticamente que una tendencia a la cooperación —que ha arrollado profundas diferencias étnicas, divisiones sociales y políticas, que ha sido constante desde los albores de los intentos del hombre por vivir y trabajar en unión— ha de detenerse ante el muro de las divisiones de los Estados modernos, que no representan ninguna de las profundas divisiones de la raza humana, sino principalmente una mera conveniencia administrativa, y encarnan una concepción que se ve profundamente modificada cada día?

Ya se ha dado alguna indicación de los procesos involucrados en este desarrollo en el esbozo general del Capítulo II de esta sección, al cual puede remitirse el lector. He intentado aclarar allí que, pari passu con la deriva de la fuerza física hacia el incentivo económico, se produce una disminución correspondiente de la combatividad, hasta que el factor psicológico, que es exactamente lo opuesto a la combatividad, llega a tener más fuerza incluso que el económico.

Aparte de cualquier cuestión económica, ya no le es posible a ningún gobierno ordenar el exterminio de toda una población, de las mujeres y los niños, al viejo estilo bíblico.

Del mismo modo, la mayor interdependencia económica que han provocado los medios de comunicación mejorados debe conllevar una mayor interdependencia moral, y una tendencia que ha derribado profundas divisiones nacionales, como las que separaban al celta y al sajón, sin duda derribará en el aspecto psicológico divisiones que son evidentemente más artificiales.

Entre los múltiples factores que han influido en la gran tendencia general que acaba de mencionarse, hay uno o dos que destacan como los más propensos a producir un efecto inmediato en la quiebra de una hostilidad puramente psicológica encarnada por meras divisiones estatales.

Uno de ellos es la disminución del sentimiento recíproco de responsabilidad colectiva que entraña la compleja heterogeneidad del Estado moderno.

¿Qué quiero decir con este sentido de responsabilidad colectiva?

Para el bóxer chino, todos los europeos son «demonios extranjeros»; entre alemanes, ingleses y rusos hay poca distinción, del mismo modo que para el negro en África hay poca diferenciación entre las distintas razas blancas. Incluso el palurdo en Inglaterra habla de «los extranjeros».

Si un bóxer chino es herido por un francés, mata a un alemán y se siente vengado: todos son «demonios extranjeros».

Cuando una tribu africana sufre los estragos de un comerciante belga, el siguiente hombre blanco que entra en su territorio, ya sea inglés o francés, pierde la vida; los miembros de la tribu también se sienten vengados.

Pero si el bóxer chino tuviera nuestra clara concepción de las diferentes naciones europeas, no sentiría ninguna satisfacción psicológica al matar a un alemán porque un francés lo hubiera agraviado.

Debe haber en la mente del bóxer cierta responsabilidad colectiva entre los dos europeos, o en la mente del negro entre los dos hombres blancos, para obtener esta satisfacción psicológica.

Si esa responsabilidad colectiva no existe, la hostilidad hacia el segundo hombre blanco, en cada caso, ni siquiera se plantea.

Ahora bien, nuestras hostilidades internacionales se basan en gran medida en la noción de una responsabilidad colectiva en cada uno de los diversos Estados contra los cuales se dirige nuestra hostilidad, la cual, de hecho, no existe. En el momento actual existe una gran animadversión en Inglaterra contra «el alemán».

Ahora bien, «el alemán» es una abstracción inexistente. Los ingleses están enojados con el alemán porque está construyendo buques de guerra, posiblemente dirigidos contra ellos; pero una gran cantidad de alemanes se oponen tanto a ese aumento de armamento como los ingleses, y el deseo del paleto de «atacar a esos alemanes» depende absolutamente de una confusión tan grande como —de hecho, mayor que— la que existe en la mente del bóxer, que no puede diferenciar entre los diversos pueblos europeos.

El señor Blatchford comenzó esa serie de artículos que tanto ha hecho para acentuar esta animadversión con esta frase:

Alemania se está preparando deliberadamente para destruir el Imperio británico;

y más adelante en los artículos añadió:

Gran Bretaña está desunida; Alemania es homogénea. Discutimos sobre el veto de los Lores, la autonomía de Irlanda (*Home Rule*) y una docena de cuestiones más de política nacional. Tenemos un Partido pro-Pequeña Armada, un Partido Antimilitarista; Alemania es unánime en la cuestión de la expansión naval.

Sería difícil condensar una mentira más peligrosa en tan pocas líneas. ¿Cuáles son los hechos?

Si "Alemania" significa la mayor parte del pueblo alemán, el Sr. Blatchford es perfectamente consciente de que no está diciendo la verdad. No es verdad decir de la mayor parte del pueblo alemán que se está preparando deliberadamente para destruir el Imperio Británico.

La mayor parte del pueblo alemán, si está representada por algún partido, está representada por los socialdemócratas, que desde el principio se han opuesto firmemente a cualquier intención de este tipo. Ahora bien, los hechos tienen que ser tergiversados de este modo para producir ese estado de ánimo que propicia la guerra. Si los hechos se exponen correctamente, no surge tal estado de ánimo.

¿Qué tiene que decir un alemán especialmente competente ante la generalización del Sr. Blatchford? El Sr. Fried, editor de Die Friedenswarte, escribe:

No hay un solo pueblo alemán, ni una sola Alemania... Hay contrastes más abruptos entre alemanes y alemanes que entre alemanes e indios. Es más, las contradicciones dentro de Alemania son mayores que las que existen entre los alemanes y los componentes de cualquier otra nación extranjera. Podría ser posible realizar esfuerzos para promover el buen entendimiento entre alemanes e ingleses, entre alemanes y franceses, organizar visitas entre nación y nación; pero será eternamente imposible poner en marcha tales esfuerzos de entendimiento entre los socialdemócratas alemanes y los *junkers* prusianos, entre los antisemitas alemanes y los judíos alemanes.72

La desaparición de la mayor parte de la hostilidad internacional no depende de nada más intrincado que de la constatación de hechos que son poco más complejos que el conocimiento geográfico que nos permite ver que la ira del paleto es absurda cuando golpea a un francés porque un italiano lo ha estafado.

Puede argumentarse que jamás ha existido en el pasado esa identificación entre un pueblo y los actos de su Gobierno que hacía lógico el odio de un país hacia otro, y sin embargo ese odio ha surgido. Eso es verdad; pero recientemente han intervenido ciertos factores nuevos para modificar este problema.

  • Uno es que nunca en la historia del mundo las naciones han sido tan complejas como lo son hoy;
  • y el segundo es que nunca antes los intereses dominantes de la humanidad habían atravesado tan completamente las divisiones de los Estados como lo hacen hoy.
  • El tercer factor es que nunca antes ha sido posible, como lo es hoy mediante nuestros medios de comunicación, contraponer una solidaridad de clases e ideas a una supuesta solidaridad estatal.

Jamás en ninguna etapa del desarrollo del mundo ha existido, como existe hoy, la maquinaria para encarnar estos intereses, ideas de clase e ideales que atraviesan las fronteras.

No se comprende generalmente cuántas de nuestras actividades se han vuelto internacionales. Dos grandes fuerzas se han internacionalizado:

  • El capital por un lado,
  • El trabajo y el socialismo por el otro.

Los movimientos obrero y socialista siempre han sido internacionales, y lo son cada año más.

Pocas huelgas de importancia se producen en un país sin que las organizaciones obreras de otros países presten ayuda, y se han aportado sumas muy cuantiosas por parte de las organizaciones obreras de diversos países de este modo.

Con referencia al capital, casi puede decirse que está tan naturalmente organizado a nivel internacional que la organización formal no es necesaria.

Cuando el Banco de Inglaterra se encuentra en peligro, es el Banco de Francia el que acude automáticamente en su ayuda, incluso en una época de agudo antagonismo político.

He tenido la buena fortuna en los últimos diez años de discutir estos asuntos con financieros, por un lado, y con líderes obreros, por el otro, y siempre me ha llamado particularmente la atención el hecho de haber encontrado en estas dos clases exactamente la misma actitud de internacionalización.

En ningún departamento de la actividad humana la internacionalización es tan completa como en las finanzas. El capitalista no tiene patria, y sabe, si es del tipo moderno, que las armas, las conquistas y los juegos malabares con las fronteras no sirven a ninguno de sus fines, y muy bien pueden frustrarlos.

Pero los empleadores, aparte de los capitalistas, también están desarrollando una fuerte organización internacional cohesiva. Entre los despachos de Berlín en el Times de Londres del 18 de abril de 1910, encuentro lo siguiente acerca de una gran huelga en la industria de la construcción, en la que cerca de un cuarto de millón de hombres se fueron a la huelga. Citando a un escritor de la Gaceta del Norte de Alemania, el corresponsal dice:

El escritor subraya la eficacia de los preparativos de los patronos. Afirma, en particular, que probablemente será posible extender el cierre patronal a las industrias asociadas con la de la construcción, especialmente la industria del cemento, y que los patronos están completando una red de acuerdos de cártel que impedirá que los obreros alemanes encuentren empleo en los países vecinos y asegurará a los patronos alemanes todo el apoyo posible desde el extranjero. Se dice que Suiza y Austria debían concluir ayer tratados en las mismas condiciones que Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda y Francia, y que Bélgica e Italia se sumarán, de modo que habrá una cooperación completa por parte de todos los vecinos de Alemania, excepto Rusia. Dadas las circunstancias, los órganos de prensa de los obreros exageran un poco cuando presentan pruebas elaboradas de premeditación. El *Vorwärts* demuestra que los patronos se han estado preparando desde hace tiempo para «una prueba de fuerza», pero eso ya se admite. El órgano oficial de los patronos afirma, con toda franqueza, que cualquier intervención es inútil hasta que «las fuerzas hayan sido medidas en una batalla abierta».

¿No han comenzado ya estas fuerzas a afectar el dominio psicológico del que ahora nos ocupamos de manera especial?

¿Acaso situamos la vanidad nacional, por ejemplo, en el mismo plano que la vanidad individual? ¿No nos hemos dado cuenta ya del absurdo que entraña?

He citado al almirante Mahan de la siguiente manera:

Esa extensión de la autoridad nacional sobre comunidades extranjeras, que es la nota dominante en la política mundial de hoy, dignifica y engrandece a cada Estado y a cada ciudadano que entra en su redil.... El sentimiento, la imaginación, la aspiración, la satisfacción de las facultades racionales y morales en algún objeto mejor que el pan solo, todo debe encontrar cabida en un motivo digno. Al igual que los individuos, las naciones y los imperios tienen almas además de cuerpos. La gran y benéfica realización sirve a una satisfacción más digna que el llenarse los bolsillos.

Cualquiera que sea nuestra opinión sobre los individuos que trabajan desinteresadamente en beneficio de pueblos atrasados y ajenos, y por mucho que sus vidas resulten «dignificadas y engrandecidas» por sus actividades, resulta sin duda absurdo suponer que a otros individuos, que no toman parte en su obra y que permanecen a miles de millas de la escena de los acontecimientos, se les pueda atribuir de algún modo un «gran y benéfico logro».

Un hombre que presume de sus posesiones no es un tipo muy agradable ni admirable, pero al menos sus posesiones son para su propio uso y le aportan una satisfacción tangible, tanto material como sentimentalmente.

Él es objeto de cierta deferencia social debido a su riqueza —una deferencia que no tiene un motivo muy noble, si se quiere, pero cuyos signos externos y visibles son placenteros para un hombre vanidoso.

Pero ¿es esto mismo verdad en algún sentido, a pesar del almirante Mahan, tratándose del individuo de un gran Estado en comparación con el de uno pequeño? ¿A alguien se le ocurre rendir deferencia al mujik ruso por el mero hecho de pertenecer a uno de los imperios más vastos territorialmente? ¿A alguien se le ocurre menospreciar a un Ibsen o a un Björnsen, o a cualquier escandinavo, belga u holandés culto, por el hecho de pertenecer a las naciones más pequeñas de Europa?

El asunto es absurdo, y tal idea se debe simplemente a la falta de atención.

Así como solemos pasar por alto el hecho de que al ciudadano de a pie no le afecta materialmente en absoluto la extensión del territorio de su nación, de que la posición material de un ciudadano holandés individual como súbdito de un pequeño Estado no mejorará por el mero hecho de que su Estado sea absorbido por el Imperio alemán —caso en el cual pasaría a ser ciudadano de una gran nación—, del mismo modo su posición moral permanece inalterada; y la idea de que un ruso de a pie se ve «dignificado y engrandecido» cada vez que Rusia conquista algún nuevo puesto avanzado en Asia, o rusifica un Estado como Finlandia, o de que el noruego se vería «dignificado» si su Estado fuera conquistado por Rusia y él pasara a ser ruso, es, por supuesto, pura verborrea sentimental de una índole muy dañina.

Esto se enfatiza aún más cuando recordamos que los mejores hombres de Rusia aguardan con anhelo, no la ampliación, sino la disolución del gigante desgarbado —«estúpido con la estupidez de los gigantes, feroz con su ferocidad»— y el surgimiento en su lugar de una multiplicidad de comunidades autónomas y conscientes de sí mismas, «cuyos miembros estarán unidos entre sí por simpatías orgánicas y vitales, y no por su sumisión común a un policía común».

Cuán pequeño y frágil pretexto resulta todo el discurso sobre el prestigio nacional cuando se pone a prueba en su relación con el individuo, lo demuestran los lugares comunes de nuestro trato social cotidiano.

En la consideración social, todo lo demás tiene precedencia sobre la nacionalidad, incluso en aquellos círculos donde el chovinismo es un culto.

  • La realeza británica está tan impresionada por la dignidad que conlleva pertenecer al Imperio Británico que sus príncipes se casarán con las casas reales de los Estados más pequeños y mezquinos de Europa, mientras que considerarían un matrimonio con un plebeyo británico como una mésalliance sin precedentes.

Este criterio de juicio social caracteriza de tal modo a todas las realezas europeas que, en la actualidad, ni un solo gobernante en Europa pertenece, propiamente hablando, a la raza que gobierna.

En todas las asociaciones sociales se sigue una regla análoga. En nuestros círculos "más selectos", un noble italiano, rumano, portugués o incluso turco es recibido allí donde un comerciante estadounidense sería vetado.

Esta tendencia ha llamado la atención de casi todas las autoridades que han investigado científicamente las relaciones internacionales modernas. Así, el Sr. T. Baty, la conocida autoridad en derecho internacional, escribe lo siguiente:

Por todo el mundo la sociedad se organiza por estratos. El comerciante inglés va por negocios a Varsovia, Hamburgo o Livorno; halla en los comerciantes de Italia, Alemania y Rusia las ideas, el nivel de vida, las simpatías y las aversiones que le son familiares en su patria. La imprenta y la locomotora han reducido enormemente la importancia de la localidad. Es la atmósfera mental de sus semejantes, y no la de su vecindario, la que el hijo de la generación más joven empieza a respirar. Ya sea que lea la *Revue des Deux Mondes* o *Tit-Bits*, el ciudadano moderno se está volviendo a la vez cosmopolita y centrado en su clase. Dejemos que el proceso actúe unos años más; veremos cómo los intereses comunes de las clases cosmopolitas se revelan como factores mucho más potentes que los difusos intereses comunes de los súbditos de los Estados. Tanto el comerciante argentino como el capitalista británico consideran al Sindicato Obrero como un enemigo potencial —si es británico o argentino les importa menos que nada—. El estibador de Hamburgo y su hermano de Londres no anteponen los intereses nacionales a las exigencias primordiales de casta. El sentimiento de clase internacional es una realidad, y ni siquiera una realidad nebulosa; la nebulosa ha desarrollado centros de condensación. Hace apenas unos días, sir W. Runciman, que ciertamente no es un conservador, presidió una reunión en la que se sentaron las bases de una Unión Internacional Naviera, destinada a unir a los armadores de cualquier país en una organización común. Una vez que se reconozca que los intereses reales de la gente moderna no son nacionales, sino sociales, los resultados podrán ser sorprendentes.73

Como señala el señor Baty, esta tendencia, que él denomina «estratificación», se extiende a todas las clases:

Es imposible ignorar la importancia de los Congresos Internacionales, no sólo del socialismo, sino del pacifismo, del esperantismo, del feminismo, de toda clase de arte y de ciencia, que imprimen de manera tan visible su sello en la temporada vacacional. La nacionalidad como fuerza limitadora se está desmoronando ante el cosmopolitismo. Al canalizar sus fuerzas hacia una vía internacional, el socialismo no tendrá dificultad alguna74.... Nos enfrentamos, por lo tanto, a una situación futura en la que la fuerza de la nacionalidad será claramente inferior a la fuerza de la cohesión de clase, y en la que las clases estarán organizadas internacionalmente para ejercer su fuerza con eficacia. Esta perspectiva suscita algunas reflexiones curiosas.

Tenemos aquí, por el momento en forma meramente embrionaria, un grupo de motivos por lo demás opuestos, pero que coinciden y concuerdan en un punto: la organización de la sociedad sobre bases distintas de las divisiones territoriales y nacionales.

Cuando motivos de tal amplitud dan fuerza a una tendencia, puede decirse que los astros mismos en sus órbitas trabajan hacia el mismo fin.

PARTE III

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