# APÉNDICE
# SOBRE LOS RECIENTES ACONTECIMIENTOS EN EUROPA
Al estallar la guerra de los Balcanes, «La gran ilusión» fue objeto de muchas críticas, bajo el argumento de que la guerra tendía a refutar sus tesis. Las siguientes citas, una del Sr. Churchill, Primer Lord del Almirantazgo, y la otra de la revista inglesa Review of Reviews, son típicas de muchas otras.
Mr. Churchill dijo, en un discurso en Sheffield:
Ya sea que culpemos a los beligerantes o critiquemos a las potencias, o que nos sentemos nosotros mismos sobre cilicio y ceniza, no tiene absolutamente ninguna importancia en el momento presente.... A veces nos han asegurado personas que afirman saber que el peligro de guerra se ha convertido en una ilusión.... Bien, aquí hay una guerra que ha estallado a pesar de todo lo que los gobernantes y los diplomáticos pudieron hacer para evitarla, una guerra en la que la prensa no ha tenido parte, una guerra hacia la cual toda la fuerza del poder del dinero se ha dirigido sutil y firmemente para evitarla, que nos ha sobrevenido, no a través de la ignorancia o la credulidad del pueblo, sino, por el contrario, a través de su conocimiento de su historia y de su destino, y a través de su intensa toma de conciencia de sus agravios y de sus deberes, tal como los concebían, una guerra que por todas estas causas ha estallado sobre nosotros con toda la fuerza de una explosión espontánea, y que en la lucha y la destrucción se ha llevado todo por delante. Frente a esta manifestación, ¿quién es el hombre lo suficientemente audaz como para decir que la fuerza nunca es un remedio? ¿Quién es el hombre lo suficientemente necio como para decir que las virtudes marciales no desempeñan un papel vital en la salud y el honor de todo pueblo? (Aplaude.) ¿Quién es el hombre lo suficientemente vanidoso como para suponer que los largos antagonismos de la historia y del tiempo pueden ajustarse en todas las circunstancias mediante las convenciones fluidas y superficiales de los políticos y los embajadores?
El Review of Reviews de Londres dijo en un artículo sobre "El fiasco de Norman Angell":
La teoría del Sr. Norman Angell era propicia para permitir que los ciudadanos de este país durmieran tranquilos, y para adormecer en una falsa seguridad a los ciudadanos de todas las grandes naciones. Esa es sin duda la razón por la cual cosechó tanto éxito.... > Era una teoría muy cómoda para aquellas naciones que se han enriquecido y cuyos ideales e iniciativa han sido socavados por una prosperidad excesiva. Pero la gran ilusión de Norman Angell, que condujo a la redacción de «La gran ilusión», ha sido disipada para siempre por la Liga Balcánica. A este respecto resulta de utilidad citar las palabras del Sr. Winston Churchill, que reflejan de manera muy adecuada la realidad frente a la teoría.
En respuesta a estas y similares críticas, escribí varios artículos en la prensa de Londres, de los cuales las pocas páginas siguientes han sido seleccionadas.
¿Qué tiene que decir el pacifismo, viejo o nuevo, ahora?
¿Es imposible la Guerra?
¿Es poco probable?
¿Es inútil?
¿No es acaso la fuerza un remedio, y a veces el único remedio?
¿Podría haberse ideado en conjunto un remedio tan concluyente y completo como el que emplearon los pueblos balcánicos?
¿No han redimido los pueblos balcánicos a la Guerra de los cargos que tan a la ligera se le imputan de ser meramente un instrumento de barbarie?
¿Acaso las cuestiones de pérdidas y ganancias, las consideraciones económicas, tienen algo que ver con esta guerra?
¿Habría preservado la paz la demostración de su inutilidad económica?
¿De la más mínima utilidad son las teorías y la lógica, ya que la fuerza sola puede decidir el resultado?
¿No es acaso la guerra inevitable y no debemos prepararnos diligentemente para ella?
Responderé a todas estas cuestiones con bastante sencillez y franqueza, sin casuística ni sutilezas lógicas, y con el sincero deseo de evitar la paradoja y la «ingeniosidad». Tampoco estas respuestas tan sencillas entrarán en contradicción con nada de lo que he escrito, ni invalidarán ninguno de los principios que he intentado explicar.
Mis respuestas pueden resumirse así:
(1) Esta guerra ha justificado tanto el viejo como el nuevo pacifismo. Es un hecho admitido universalmente que los acontecimientos han demostrado que los pacifistas que se opusieron a la Guerra de Crimea tenían razón y sus oponentes estaban equivocados. Si la opinión pública hubiera prestado más atención a aquellos principios pacifistas, este país no habría «apoyado al caballo ganador equivocado» y esta guerra, dos guerras que la han precedido y muchas de las abominaciones de las que la península balcánica ha sido escenario durante los últimos 60 años podrían haberse evitado. En cualquier caso, Gran Bretaña no cargaría ahora sobre sus hombros con la responsabilidad de haber apoyado durante medio siglo al turco contra el cristiano y de haber intentado inútilmente impedir lo que ahora ha sucedido: la ruptura del dominio del turco en Europa. (2) La guerra no es imposible, y ningún pacifista responsable ha dicho jamás que lo fuera; lo que es una ilusión no es la probabilidad de la guerra, sino sus beneficios. (3) Es probable o improbable según que las partes en litigio se dejen guiar por la sabiduría o por la insensatez. (4) *Es* fútil y la fuerza no es ningún remedio. (5) Su inutilidad queda probada por la guerra librada a diario por los turcos como conquistadores durante los últimos 400 años. Y si los pueblos balcánicos eligen el mal menor entre dos tipos de guerra y utilizan su victoria para poner fin a un sistema basado en la fuerza y la conquista, quienes no creemos en la fuerza ni en la conquista nos regocijaremos de su acción y creeremos que logrará inmensos beneficios. Pero si, en lugar de utilizar su victoria para eliminar la fuerza, confían a su vez en ella, continúan utilizándola los unos contra los otros y explotan por medio de ella a las poblaciones que gobiernan; si no se convierten en los organizadores de la cooperación social entre los pueblos balcánicos, sino meramente, como los turcos, en sus conquistadores y «dueños», entonces compartirán a su vez la suerte de los turcos. (6) Las causas fundamentales de esta guerra son económicas, tanto en el sentido más estricto como en el más amplio del término; en el primero porque la conquista era el único oficio del turco: deseaba vivir de los impuestos arrancados a un pueblo conquistado, explotarlo como medio de subsistencia, y esta concepción estaba en la raíz de la mayor parte del mal gobierno turco. Y en el sentido más amplio su causa es económica porque en los Balcanes, geográficamente alejados de la corriente principal del desarrollo económico europeo, no ha crecido esa vida social interdependiente, esos innumerables contactos que en el resto de Europa han hecho tanto por atenuar los primitivos odios religiosos y raciales. (7) Una mejor comprensión por parte del turco de la verdadera naturaleza del gobierno civilizado, de la futilidad económica de la conquista, del hecho de que un medio de subsistencia (un sistema económico) basado en tener más fuerza que los demás y utilizarla implacablemente contra ellos es una forma imposible de relación humana destinada al fracaso, *habría* mantenido la paz. (8) Si la política estatal europea no hubiera estado animada por falsas concepciones, en gran parte de origen económico, basadas en la creencia en la rivalidad necesaria de los Estados, en las ventajas de la fuerza preponderante y de la conquista, las naciones occidentales podrían haber zanjado sus disputas y acabado con las abominaciones de la península balcánica hace mucho tiempo, incluso en opinión del *Times*. Y es nuestra propia política estatal —la de Gran Bretaña— la que tiene una gran parte de la responsabilidad en este fracaso de la civilización europea. Nos ha llevado a sostener al turco en Europa, a librar una guerra grande y popular con ese objetivo, y nos ha abocado a tratados que, de haberse cumplido, nos habrían obligado hoy a luchar del lado del turco contra los Estados balcánicos. (9) Si por «teorías» y «lógica» se entiende la discusión y el interés por los principios, las ideas que rigen las relaciones humanas, son las únicas cosas que pueden evitar futuras guerras, del mismo modo que fueron las únicas cosas que pusieron fin a las guerras religiosas —sin que un poder preponderante que «imponga» la paz desempeñe papel alguno en ello—. Del mismo modo que fueron falsas teorías religiosas las que provocaron las guerras religiosas, así son falsas teorías políticas las que provocan las guerras políticas. (10) La guerra solo es inevitable en el sentido en que otras formas de error y pasión —la persecución religiosa, por ejemplo— son inevitables; cesan con un mejor entendimiento, como ha cesado en Europa el intento de imponer la creencia religiosa por la fuerza. (11) No debemos prepararnos para la guerra; debemos prepararnos para evitar la guerra; y aunque esa preparación pueda incluir acorazados y servicio militar obligatorio, esos elementos harán obviamente que la tensión y el peligro sean mayores a menos que exista también una mejor opinión europea.
Estas respuestas resumidas necesitan un poco de expansión.
Si hubiéramos debatido a fondo la cuestión de la guerra y la paz como al fin habremos de hacerlo, apenas sería necesario explicar que la aparente paradoja de la Respuesta N.º 4 (que la guerra es inútil y que esta guerra tendrá beneficios inmensos) se debe a la insuficiencia de nuestro lenguaje, que nos obliga a usar la misma palabra para dos propósitos opuestos, y no a ninguna contradicción real de los hechos.
Llamábamos a la situación de la península balcánica «Paz» hasta que se perpetró el ataque contra Turquía, meramente porque los respectivos embajadores aún residían por casualidad en las capitales ante las cuales estaban acreditados.
Veamos qué significaba realmente la "Paz" bajo el dominio turco y quién es el verdadero invasor en esta guerra. He aquí un testigo muy amistoso e imparcial —sir Charles Elliot— que nos pinta el carácter del turco como "administrador":
El turco en Europa tiene un sentimiento desmedido de su propia superioridad y sigue siendo una nación aparte, mezclándose poco con las poblaciones conquistadas, cuyas costumbres e ideas tolera, pero hace poco esfuerzo por comprender. La expresión, en efecto, "Turquía en Europa" no significa de hecho más que "Inglaterra en Asia", si se usa como designación para la India... Los turcos han hecho poco para asimilar a los pueblos que han conquistado, y aún menos han sido asimilados por ellos. En la mayor parte de los dominios turcos, los turcos mismos son minoría... Los turcos ciertamente se resentido por el desmembramiento de su Imperio, pero no en el sentido en que los franceses resienten la conquista de Alsacia-Lorena por Alemania. Jamás usarían la palabra "Turquía" ni siquiera su equivalente oriental, "El País Alto", en una conversación ordinaria. Jamás dirían que Siria y Grecia son partes de Turquía que se han desprendido, sino meramente que son tributarios que se han vuelto independientes, provincias antaño ocupadas por turcos donde ya no hay turcos. Tan pronto como una provincia pasa a otro Gobierno, los turcos encuentran lo más natural del mundo abandonarla e irse a otra parte. Con el mismo espíritu, el turco habla muy plácidamente de abandonar Constantinopla algún día; cruzará a Asia y fundará otra capital. Difícilmente se puede imaginar a los ingleses hablando así de Londres, pero es concebible que hablen así de Calcuta... El turco es un conquistador y nada más. La historia del turco es un catálogo de batallas. Sus contribuciones al arte, la literatura, la ciencia y la religión son prácticamente nulas. Su deseo no ha sido instruir, mejorar, apenas ni siquiera gobernar, sino simplemente conquistar... El turco no produce absolutamente nada; toma todo lo que puede conseguir, como botín o pillaje. Vive en las casas que encuentra, o que ordena que le construyan. En circunstancias desfavorables es un merodeador. En las favorables, un *Grand Seigneur* que cree que es su derecho disfrutar con gracia y dignidad de todo cuanto el mundo puede contener, pero que no se rebajará dedicándose al arte, la literatura, el comercio o la manufactura. ¿Por qué habría de hacerlo, habiendo otra gente que haga esas cosas por él? En verdad, puede decirse que toma de los demás incluso su religión, sus ropas, su lengua, sus costumbres; apenas hay algo que sea turco y no tomado prestado. La religión es árabe; la lengua, mitad árabe y mitad persa; la literatura, casi enteramente imitativa; el arte, persa o bizantino; los trajes, en las clases altas y en el ejército, mayormente europeos. No hay nada característico en la manufactura o el comercio, excepto una aversión a tales ocupaciones. De hecho, todas las ocupaciones, excepto la agricultura y el servicio militar, le resultan desagradables al verdadero *osmanlí*. No es muy dado a ser mercader. Puede mantener un puesto en un bazar, pero sus operaciones rara vez se emprenden a una escala que merezca el nombre de comercio o finanzas. Es extraño observar cómo, cuando el comercio cobra vida en cualquier puerto de mar o en las líneas ferroviarias, el *osmanlí* se retira y desaparece, mientras los griegos, armenios y levantinos prosperan en su lugar. Tampoco le atraen mucho el derecho, la medicina o las profesiones letradas. Tales vocaciones son ejercidas por musulmanes, pero suelen ser de raza no turca. Pero aunque no hace nada de todo esto... el turco es un soldado. En el momento en que se le pone una espada o un rifle en las manos, sabe instintivamente cómo usarlo con eficacia y se siente como en casa en las filas o a caballo. El ejército turco no es tanto una profesión o una institución exigida por los temores y propósitos del Gobierno, como el estado perfectamente normal de la nación turca... Todo turco es un soldado nato y adopta otras ocupaciones principalmente porque los tiempos son malos. Cuando se plantea la cuestión de luchar, aunque solo sea en un motín, el campesino estoico se despierta y muestra una sorprendente capacidad para hallar organización y recursos, ¡y ay!, una ferocidad sorprendente. El turco corriente es un alma honesta y bondadosa, amable con los niños y los animales, y muy paciente; pero cuando le asalta el espíritu de lucha, se vuelve como los terribles guerreros de los hunos o de Gengis Kan, y mata, incendia y devasta sin piedad ni distinción.
Tal es el veredicto de un instruido, viajero y observador autor y diplomático inglés, que vivió entre este pueblo durante muchos años y que llegó a tomarles cariño, que los estudió a ellos y a su historia. No difiere, por supuesto, de manera apreciable, de lo que prácticamente cualquier estudioso del turco ha descubierto: el turco es el conquistador típico.
Su nación ha vivido por la espada y hoy está muriendo por la espada, porque la espada, el mero ejercicio de la fuerza por un hombre o un grupo de hombres sobre otro, la conquista en otras palabras, es una forma imposible de relación humana.
Para mantener esta malvada forma de relación —cuya maldad y futilidad constituyen toda la base de los principios que he intentado ilustrar— ni siquiera ha observado la ruda caballería del bandolero.
El bandolero, aunque golpee a los hombres en la cabeza, se abstendrá de hacer que su fuerza adopte la forma de masacrar mujeres y destripar niños. No así el turco.
Su intento de Gobierno adoptará la forma de la tortura obscena de los niños, de una ferocidad bestial que no es cuestión de debate o exageración, sino algo de lo que decenas, cientos, e incluso miles de testigos europeos fidedignos han dado testimonio.
«El caballero más distinguido, señor, que jamás haya masacrado a una mujer o quemado un pueblo», es la frase que Punch pone con toda justicia en boca del defensor de nuestra tradicional política turcófila.
Esta condición es la «Paz» y el acto que le pondría fin es la «Guerra». Es la inexactitud e inadecuación de nuestro lenguaje lo que crea gran parte de la confusión de pensamiento en este asunto; tenemos el mismo término para una acción destinada a lograr un fin determinado y para la contraacción destinada a impedirlo.
Sin embargo, en otros ámbitos que no son el internacional, en asuntos civiles, logramos dejar las cosas bastante claras.
En una ocasión, una ciudad estadounidense fue prendida fuego por pirómanos y se vio amenazada por la destrucción. Con el fin de salvar al menos una parte de ella, las autoridades quemaron deliberadamente una manzana de edificios en la trayectoria del fuego.
¿Tendrían derecho aquellos pirómanos a decir que las autoridades de la ciudad también eran pirómanas y «creían en prender fuego a las ciudades»?
Sin embargo, este es precisamente el punto de vista de aquellos que acusan a los pacifistas de aprobar la guerra porque aprueban la medida destinada a ponerle fin.
Dicho de otro modo. No crees que la fuerza deba determinar la transferencia de propiedad o la conformidad con un credo, y yo te digo: «Dame tu cartera y adhiérete a mi credo o te mato».
Tú dices: «Como no creo que la fuerza deba resolver estos asuntos, intentaré evitar que los resuelvan; por lo tanto, si meatas, resistiré; si no lo hiciera, estaría permitiendo que la fuerza los resuelva».
Yo ataco; tú me atacas, me desarmas y dices: «Habiendo neutralizado mi fuerza a la tuya y establecido ya el equilibrio, escucharé cualquier razón que puedas aducir para que yo te pague dinero o cualquier argumento a favor de tu credo. La razón, el entendimiento y el acuerdo lo resolverán».
Serías un pacifista. O, si consideras que esa palabra connota la no resistencia —aunque para la inmensa mayoría de los pacifistas no sea así—, serías un antibelicista, por usar una palabra horrible acuñada por M. Émile Faguet en el debate de este asunto.
Si, sin embargo, dijeras: «Habiendo te desarmado y establecido el equilibrio, ahora lo alteraré a mi favor quitándote el arma y usándola contra ti a menos que me des tu cartera y te suscribas a mi credo. Hago esto porque solo la fuerza puede determinar los resultados y porque es una ley de la vida que el fuerte devore al débil», entonces serías un belicista.
Del mismo modo, cuando impedimos que el bandido ejerza su oficio —tomando la riqueza por la fuerza— no es porque creamos en la fuerza como medio de vida, sino precisamente porque no creemos en ella. Y si, al impedir que el bandido nos vuele los sesos, nos vemos obligados a volarle los sesos, ¿es acaso porque creemos en volar los sesos a la gente? ¿O insistiríamos en que hacer tal cosa es el modo de ejercer un oficio, de gobernar una nación o que podría constituir la base de las relaciones humanas?
En todo país civilizado, la base de la relación sobre la que descansa la comunidad es esta: a ningún individuo se le permite resolver sus diferencias con otro por la fuerza.
Pero ¿significa esto que, si alguien amenaza con quitarme el monedero, no se me permite usar la fuerza para evitarlo? ¿Que si amenaza con matarme, no debo defenderme, porque "a los ciudadanos individuales no se les permite resolver sus diferencias por la fuerza"?
Es por eso, porque el acto de legítima defensa es un intento de impedir la resolución de una diferencia por la fuerza, que la ley lo justifica.2
Pero la ley no me justificaría si, habiendo desarmado a mi oponente, habiendo neutralizado su fuerza con la mía y restablecido el equilibrio social, procediera inmediatamente a alterarlo pidiéndole la cartera bajo amenaza de muerte. Estaría entonces zanjando el asunto por la fuerza; habría dejado de ser entonces un pacifista para convertirme en un belicista.
Porque ésa es la diferencia entre las dos concepciones; el belicista dice:
"La fuerza sola puede resolver estos asuntos; es el recurso definitivo, por lo tanto, peleen hasta el final; que gane el mejor. Cuando tengan una fuerza preponderante, impongan su punto de vista; fuercen al otro a someterse a su voluntad; no porque sea lo correcto, sino porque son capaces de hacerlo".
Es la "excelente política" que Lord Roberts atribuye a Alemania y aprueba.
Nosotros, los antibelicistas, sostenemos un punto de vista exactamente contrario. Decimos:
"Batirse en duelo no resuelve nada, puesto que no se trata de quién es más fuerte, sino de cuál es la mejor postura y, como eso no siempre es fácil de determinar, a la larga es de suma importancia, en interés de todas las partes, mantener la fuerza al margen".
La primera es la política de los turcos. Han estado obsesizados con la idea de que, con solo disponer de suficiente fuerza física ejercida sin piedad, podrían resolver todo el problema del gobierno, y de la existencia misma, sin preocuparse por el ajuste social, la comprensión, la equidad, la ley, el comercio; que «sangre y hierro» era todo lo que se necesitaba. El éxito de esa política puede juzgarse ahora.
El bien o el mal se desprenderán de la presente guerra según los Estados balcánicos se dejen guiar en su conjunto por el principio belicista o por el opuesto. Si, habiendo eliminado momentáneamente la fuerza entre ellos, vuelven a introducirla; si el más fuerte, presumiblemente Bulgaria,3 adopta la "excelente política" de Lord Roberts de golpear porque posee la fuerza preponderante, emprende una carrera de conquista de otros miembros de la Liga Balcánica y de las poblaciones de los territorios conquistados, y los utiliza para la explotación mediante la fuerza militar, pues entonces no habrá arreglo y esta guerra no habrá logrado más que un desecho y una matanza inútiles. Porque habrán tomado, bajo una nueva bandera, el camino del turco hacia el salvajismo, la degeneración y la muerte.
Si por el contrario se dejan guiar más por el principio pacifista, si creen que la cooperación entre los Estados es mejor que el conflicto, si creen que el interés común de todos en un buen Gobierno es mayor que el interés especial de cualquiera en la conquista, que el entendimiento de las relaciones humanas, la capacidad para la organización de la sociedad son los medios por los cuales los hombres progresan y no la imposición de la fuerza por un hombre o grupo sobre otro, pues entonces habrán tomado el camino hacia una civilización mejor. Pero entonces habrán desoído el consejo de Lord Roberts.
Esta distinción entre ambos sistemas, lejos de ser una cuestión de teoría abstracta, de metafísica o de disquisiciones bizantinas, es precisamente la diferencia que distingue al anglosajón del turco, la que distingue a América de Turquía.
El turco tiene tanta vigor físico como el estadounidense, es igual de viril, varonil y militar. El turco cuenta con las mismas materias primas de la naturaleza, suelo y agua. No hay diferencia en la capacidad para el ejercicio de la fuerza física —o si la hay, la diferencia es a favor del turco—.
La verdadera diferencia es una diferencia de ideas, de mente, de perspectiva por parte de los individuos que componen las respectivas sociedades; el turco tiene una concepción general de la sociedad humana y del código y principios sobre los cuales se funda, principalmente militarista; el estadounidense tiene otra, principalmente pacifista.
Y si la sociedad europea en su conjunto ha de derivar hacia el ideal turco o hacia el ideal anglosajón dependerá de si está animada principalmente por la doctrina pacifista o principalmente por la belicista; si es lo primero, tambaleará a ciegas como el turco por el camino hacia la barbarie; si es lo segundo, tomará un camino mejor.
Al tratar la respuesta núm. 4 he demostrado cómo la ambigüedad de los términos4 empleados nos desvía tanto en nuestras nociones sobre el verdadero papel de la fuerza en las relaciones humanas.
Pero existe un curioso fenómeno de pensamiento que explica tal vez aún más cómo surgen las ideas equivocadas sobre este tema, y es el hábito de pensar en una guerra —que, por supuesto, debe incluir a dos partes— en función de una sola parte a la vez. Así, un crítico5 está muy seguro de que, dado que los pueblos balcánicos "no hacían caso del desastre financiero", las consideraciones económicas no han tenido nada que ver con su guerra; una conclusión a la que parece llegarse mediante el proceso de juicio recién indicado: para encontrar la causa de las condiciones producidas por dos partes, se ignora rigurosamente a una.
Pues existen abundantes indicios internos para creer que el autor del artículo en cuestión admitiría muy fácilmente que los esfuerzos del turco por arrancar impuestos a los pueblos conquistados —no a cambio de una administración civilizada, sino simplemente como medio de subsistencia, de convertir la conquista en un negocio— tuvieron muchísimo que ver con la explicación de la presencia del turco allí y del deseo de los cristianos de deshacerse de él; mientras que el mismo artículo afirma específicamente que las celosías mutuas de las grandes potencias, basadas en el deseo de "apoderarse" (un motivo económico), tuvieron muchísimo que ver con impedir un arreglo pacífico de las dificultades. ¡Y, sin embargo, la "economía" no tiene nada que ver con ello!
He intentado demostrar en otra parte estos dos puntos: que es, por un lado, la falsa economía de los turcos y, por el otro, la falsa economía de las potencias europeas, las cuales tiñen la política y la acción de gobierno de ambos, las que han desempeñado un papel enorme y, según toda probabilidad humana, determinante en la causa inmediata de la guerra; y, por supuesto, una causa ulterior y más remota de toda la dificultad radica en el hecho de que los pueblos balcánicos, al no haber estado nunca sometidos a la disciplina de esa compleja vida social que surge del comercio y los negocios, no han superado —o al menos no por completo— aquellas hostilidades raciales y religiosas primitivas que en otro tiempo, en el conjunto de Europa, provocaron conflictos como el que ahora azota a los Balcanes.
El siguiente artículo, publicado6 al estallar la guerra, puede resumir algunos de los puntos de los que hemos estado tratando:—
Las personas educadas y de buen carácter consideran de mala educación decir «Balcanes» si hay un pacifista presente. Sin embargo, nunca he entendido por qué, y ahora lo entiendo menos que nunca. El término conlleva la implicación de que, dado que ha estallado una guerra, ese hecho elimina toda objeción a ella. Los ejércitos están enzarzados en combate, por lo tanto, la paz es un error. La pasión reina en los Balcanes, por lo tanto, la pasión es preferible a la razón. Supongo que el canibalismo y el infanticidio, la poligamia, la tortura judicial, la persecución religiosa y la brujería, durante todos los años en que cometimos estos actos «inevitables», fueron defendidos de la misma manera, y quienes se indignaban ante cualquier crítica hacia ellos señalaban triunfantes el banquete caníbal, el niño muerto, el testigo mutilado, el hereje ajusticiado o la bruja quemada. Pero el hecho no demostraba la sabiduría de esas costumbres, y mucho menos su inevitabilidad; pues ya no las tenemos. Todos estamos de acuerdo en cuanto a la causa fundamental del problema balcánico: el odio nacido de las diferencias religiosas, raciales, nacionales y lingüísticas; el intento de un conquistador extranjero de vivir parasitariamente a costa de los conquistados, y el deseo tanto del conquistador como del conquistado de satisfacer en la masacre y el derramamiento de sangre el rencor del fanatismo y el odio. Pues bien, en estas islas, no hace mucho tiempo, esas cosas eran causas de derramamiento de sangre; de hecho, eran un rasgo común de la vida europea. Pero si son inevitables en las relaciones humanas, ¿cómo es que Adana ya no se duplica con San Bartolomé; las bandas búlgaras con la vendetta del montañés y el habitante de las tierras bajas; la lucha entre eslavos y turcos, serbios y búlgaros, por la de escoceses e ingleses, e ingleses y galeses? El fanatismo del musulmán actual no es más intenso que el de católicos y herejes en Roma, Madrid, París y Ginebra en una época que solo está separada de nosotros por las vidas de tres o cuatro hombres ancianos. El hereje o infiel era entonces en Europa también un ser impuro y espantoso, que excitaba en la mente del ortodoxo un odio sincero y honesto y un deseo (en gran medida satisfecho) de matar. El católico del siglo XVI solía decir que no podía sentarse a la mesa con un hereje porque este último despedía un olor distintivo y abrumadoramente repulsivo. Si queréis medir la distancia que ha recorrido Europa, pensad en lo que esto significa: todas las naciones de la cristiandad unidas en una guerra que duró 200 años para la captura del Santo Sepulcro; y sin embargo, cuando en nuestros días sus representantes, sentados alrededor de una mesa, pudieron haberlo conseguido con solo pedirlo, no lo consideraron digno de ser pedido, tan poca pasión antigua quedaba. La naturaleza misma del hombre parecía haberse transformado. Porque, por maravilloso que sea que el ortodoxo haya dejado de matar al hereje, infinitamente más maravilloso aún es que haya dejado de desear matarlo. Así como la mayoría de nosotros está segura de que las causas subyacentes de este conflicto son «inevitables» y «inherentes a la inmutable naturaleza humana», también estamos seguros de que algo tan *antihumano* como la economía no puede tener relación alguna con él. Pues bien, me atrevo a sugerir que la transformación del europeo que odia y mata herejes se debe principalmente a fuerzas económicas; que es debido a que el curso de esas fuerzas se ha apartado en gran medida de los Balcanes —donde hasta ayer la gente llevaba una vida poco diferente a la que vivía en tiempos de Abraham, inafectada— por lo que ahora ruge la guerra; que los factores económicos de un tipo más inmediato forman una gran parte de la causa provocadora de esa guerra; y que es esencial una mejor comprensión por parte de las grandes naciones de Europa de ciertos hechos económicos de sus relaciones internacionales antes de que se pueda avanzar mucho hacia una solución. Pero entonces, por «economía», por supuesto, no me refiero al beneficio de un mercader o al interés de un prestamista, sino al método por el cual los hombres ganan su pan, lo que también debe significar el tipo de vida quellevan. Por lo general, consideramos la vida primitiva del hombre —la del pastor o el habitante de tiendas— como algo idílico. La imagen está lo más lejos posible de la verdad. Aquellos en cuyas vidas la economía no entra, o entra muy poco —es decir, aquellos que, como el caníbal del Congo, o el indio americano, o el beduino, no cultivan, ni dividen su trabajo, ni comercian, ni ahorran, ni miran hacia el futuro—, se han despojado muy poco de las pasiones primitivas de otros animales de presa, los tigres y los lobos, que no tienen economía en absoluto y no tienen necesidad de reprimir un impulso o un odio. Pero la industria, incluso del tipo más primitivo, significa que los hombres deben dividir su trabajo, lo que significa que deben depositar cierto grado de confianza unos en otros; la criatura de presa se convierte en socia, y la actitud hacia ella cambia. Y a medida que esta vida se vuelve más compleja, a medida que las necesidades y los deseos diarios empujan a los hombres al comercio y al trueque, eso significa la construcción de una organización social, reglas y códigos y tribunales para hacerlos cumplir; a medida que la interdependencia se amplía y profundiza, significa necesariamente el cese de ciertas hostilidades. Si la tribu vecina quiere comerciar contigo, no debe matarte; si quieres los servicios del hereje, no debes matarlo, debes cumplir con tu obligación hacia él, y la buena fe mutua es la muerte de los odios prolongados. No se puede separar el desarrollo moral del desarrollo social y económico de un pueblo. El gran servicio de una organización social e industrial compleja, construida por el deseo de los hombres de lograr mejores condiciones materiales, no es que «dé beneficios», sino que crea una sociedad humana más interdependiente y conduce a los hombres a reconocer cuál es la mejor relación entre ellos. El hecho de reconocer que un acto de agresión está haciendo caer las bolsas no es importante porque pueda salvar el dinero de Oppenheim o de Solomon, sino porque es una demostración de que dependemos de alguna comunidad al otro lado del mundo, de que su daño es nuestro daño y de que tenemos interés en prevenirlo. Nos enseña, como solo unos medios tan sencillos y mecánicos pueden enseñar, la lección de la confraternidad humana. Es mediante medios como este que Europa occidental ha aprendido, en cierta medida, dentro de sus respectivas fronteras políticas, esa lección. Cada nación ha aprendido, al menos dentro de sus propios confines, que la riqueza se hace mediante el trabajo, no mediante el robo; que, de hecho, el robo general es fatal para la prosperidad; que el gobierno no consiste meramente en tener el poder de la espada, sino en organizar la sociedad —en «saber cómo», lo que significa el desarrollo de ideas—; en mantener tribunales; en hacer posible el funcionamiento de ferrocarriles, oficinas de correos y todos los artificios de una sociedad compleja. Ahora bien, los gobernantes no crearon estas cosas; fueron las actividades diarias del pueblo, nacidas de sus deseos y hechas posibles por las circunstancias en las que vivían, por el comercio, la minería y la navegación que realizaban, las que las hicieron. Pero los Balcanes han estado geográficamente fuera de la influencia de la vida industrial y comercial europea. El turco apenas la ha sentido en absoluto. No ha aprendido ninguna de las lecciones sociales y morales que la interdependencia y las comunicaciones mejoradas han enseñado al europeo occidental, y es porque no ha aprendido estas lecciones, porque es un soldado y un conquistador hasta un punto y con una plenitud que las otras naciones de Europa perdieron hace una o dos generaciones, por lo que los balcánicos están luchando y la guerra está haciendo estragos. No solo en este sentido más amplio, sino en el sentido más inmediato y estrecho, las causas fundamentales de esta guerra son económicas. Esta guerra surge, al igual que las pasadas guerras contra el conquistador turco, del deseo de los pueblos cristianos sobre los que vive de sacudirse esta carga. «Vivir a costa de sus súbditos es el único medio de vida de los turcos», dice una autoridad. El turco es un parásito económico y el organismo económico sano debe terminar por rechazarlo. La gestión de la sociedad, simple y primitiva incluso como la de las montañas de los Balcanes, requiere cierto esfuerzo, trabajo y capacidad de administración; de lo contrario, ni siquiera la vida económica rudimentaria puede llevarse a cabo. El sistema turco, fundado en la espada y en nada más («el mejor soldado de Europa»), no puede dar ese pequeño módico de energía o capacidad administrativa. Lo único que conoce es la fuerza bruta; pero un ingeniero no hace funcionar una máquina por la fuerza de sus músculos, sino por saber cómo. El turco no puede construir una carretera, ni hacer un puente, ni administrar una oficina de correos, ni fundar un tribunal de justicia. Y estas cosas son necesarias. No permitirá que las haga el cristiano, quien, por no pertenecer a la clase conquistadora, ha tenido que trabajar y, en consecuencia, ha llegado a poseer cualquier capacidad de trabajo y administración que el país pueda mostrar, porque hacerlo sería amenazar el único oficio del turco. Si el turco concediera a los cristianos los mismos derechos políticos, estos «dirigirían el país» inevitablemente. Y, sin embargo, el turco no puede hacerlo por sí mismo; y no permite que otros lo hagan, porque hacerlo sería amenazar su supremacía. Cuanto más fracasa el uso de la fuerza, más recurre a ella, por supuesto, y es por eso que muchos de nosotros que no creemos en la fuerza y deseamos verla desaparecer de las relaciones no solo de los grupos religiosos sino también de los políticos, podríamos concebiblemente dar la bienvenida a esta guerra de los cristianos de los Balcanes, en la medida en que es un intento de resistir el uso de la fuerza en esas relaciones. Por supuesto, no intento estimar el «balance de la criminalidad». La justicia no está toda de un solo lado —nunca lo está—. Pero el problema general es claro y evidente. Y solo aquellos a quienes les importa más el nombre que la cosa, la coherencia nominal y verbal más que las realidades, verán algo paradójico o contradictorio en la aprobación pacifista de la resistencia cristiana al uso de la fuerza turca. Un hecho destaca indiscutiblemente de todo este fatigoso embrollo. Está bastante claro que la incapacidad de actuar de común acuerdo surge del hecho de que, en la esfera internacional, el europeo sigue estando dominado por ilusiones que ha abandonado cuando trata la política nacional. La fe política del turco, que nunca se le ocurriría aplicar en su país entre los individuos de su nación, la aplica pura y sin mezcla cuando se trata de tratar con extranjeros como naciones. La concepción económica —utilizando el término en ese sentido más amplio que he indicado anteriormente en este artículo— que guía su conducta individual es la antítesis de la que guía su conducta nacional. Mientras que el cristiano no cree en el robo dentro de la frontera, lo hace fuera de ella; mientras que dentro del Estado comprende que es mejor para cada uno observar el código general, para que pueda existir una sociedad civilizada, que para cada uno ignorarlo, haciendo que la sociedad se derrumbe; mientras que dentro del Estado comprende que el gobierno es una cuestión de administración, no de confiscación de propiedades; que una ciudad no aumenta su riqueza «capturando» otra, que de hecho una comunidad no puede «poseer» a otra —mientras, repito, cree todas estas cosas en su vida diaria en su país, las ignora todas cuando llega al campo de las relaciones internacionales, *la haute politique*. Anexionarse alguna provincia mediante una violación cínica de las obligaciones de los tratados (Austria en Bosnia, Italia en Trípoli) se considera mejor política que actuar lealmente con la comunidad de naciones para hacer cumplir su interés común en el orden y el buen gobierno. De hecho, no creemos que pueda haber una comunidad de naciones, porque, de hecho, no creemos que sus intereses sean comunes, sino rivales; al igual que el turco, creemos que si tú no ejerces la fuerza sobre tu «rival», él la ejercerá sobre ti; que las naciones viven a costa unas de otras, no cooperando unas con otras —y es por esta razón presumiblemente por la que debes «poseer» tanto de tus vecinos como sea posible—. Es la concepción turca de principio a fin. Es porque estas falsas creencias impiden que las naciones de la cristiandad actúen lealmente las unas con las otras, porque cada una juega su propia partida, por lo que el turco, con la insinuación de algún soborno sórdido, ha sido capaz de enfrentar a unas contra otras. Este es el quid de la cuestión. Cuando Europa pueda actuar honestamente en común en nombre de los intereses comunes, se podrá encontrar alguna solución. Y la capacidad de Europa para actuar en armonía no se encontrará mientras las doctrinas aceptadas de la política de Estado europea permanezcan inalteradas, mientras estén dominadas por las ilusiones existentes.