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nydus/The Phantom of the OperaPublic
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XII. La lira de Apolo

—Cuando conozcas el secreto, Raoul, tus oídos, al igual que los míos, se llenarán de lamentaciones.

Ella tomó las manos protectoras de Raoul entre las suyas y, con un largo escalofrío, continuó:

—Sí, si viviera hasta los cien años, siempre oiría el grito sobrehumano de dolor y rabia que lanzó cuando la terrible visión apareció ante mis ojos. …

Raoul, has visto calaveras de la muerte, cuando han sido secadas y marchitadas por los siglos, y, tal vez, si no fuiste víctima de una pesadilla, viste su calavera de la muerte en Perros. Y luego viste a la Muerte Roja merodeando en el último baile de máscaras. Pero todas esas calaveras eran inmóviles y su mudo horror no estaba vivo. Pero imagina, si puedes, la máscara de la Muerte Roja cobrando vida de repente para expresar, con los cuatro agujeros negros de sus ojos, su nariz y su boca, la ira extrema, la poderosa furia de un demonio; y ni un rayo de luz en las órbitas, pues, como supe más tarde, no se le pueden ver los ojos llameantes sino en la oscuridad.

“Me dejé caer contra la pared y él se acercó a mí, rechinando los dientes y, mientras caía de rodillas, me siseaba palabras locas e incoherentes y maldiciones. Inclinándose sobre mí, gritó: «¡Mira! ¡Quieres ver! ¡Mira! ¡Regalale los ojos, sacia tu alma con mi maldita fealdad! ¡Mira el rostro de Erik! ¡Ahora conoces el rostro de la voz! ¿No te bastaba con oírme, eh? ¡Querías saber qué aspecto tenía! ¡Oh, las mujeres son tan curiosas! Bueno, ¿estás satisfecha? Soy un muchacho muy apuesto, eh? … Cuando una mujer me ha visto, como tú, me pertenece. Me ama para siempre. ¡Soy una especie de Don Juan, ya sabes!». Y, enderezándose hasta toda su altura, con la mano en la cadera, bamboleando la cosa espantosa que era su cabeza sobre sus hombros, rugió: «¡Mírame! ¡Soy Don Juan triunfante!». Y, cuando aparté la cabeza y suplicué clemencia, me la atrajo hacia sí, brutalmente, enroscando sus dedos de muerto en mi cabello”.

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