No había más que una salida posible: la que se abría al salón Luis Felipe, en el que se encontraban Erik y Christine Daaé. Pero, aunque esta salida parecía una puerta corriente por el lado de Christine, era absolutamente invisible para nosotros. Debíamos, por tanto, intentar abrirla sin saber siquiera dónde estaba.
Cuando estuve bien seguro de que no nos quedaba ninguna esperanza por parte de Christine Daaé, cuando hube oído al monstruo arrastrar a la pobre muchacha desde el salón Luis Felipe para que no interfiriera en nuestros tormentos, resolví ponerme manos a la obra sin demora.
Pero antes tuve que calmar a M. de Chagny, que ya andaba de un lado para otro como un loco, soltando gritos incoherentes. Los fragmentos de conversación que había alcanzado a oír entre Christine y el monstruo habían contribuido no poco a sacarle de quicio; si a eso se añadía la conmoción del bosque mágico y el calor abrasador que empezaba a hacer brotar el sudor a borbotones por sus sienes, a ustedes no les costará comprender su estado de ánimo.
Gritaba el nombre de Christine, blandía su pistola, se golpeaba la frente contra los cristales en su empeño por correr por los claros del bosque ilusorio. En resumen, la tortura empezaba a surtir efecto en un cerebro no preparado para ella.
Hice todo lo posible por hacer entrar en razón al pobre vizconde. Lo hice tocar los espejos, el árbol de hierro y las ramas, y le expliqué, mediante leyes ópticas, todas las imágenes luminosas de las que estábamos rodeados y de las cuales no debíamos permitirnos ser víctimas, como la gente común e ignorante.
“Estamos en una habitación, una pequeña habitación; eso es lo que debes seguir diciéndote a ti mismo. Y saldremos de la habitación tan pronto como hayamos encontrado la puerta”.