“Veo a ese niño que reposaba sobre su pecho y que llevó mi nombre, convertido en un hombre que se abre camino en esa senda de la vida que un día fue la mía.
Veo cómo se abre camino con tanta brillantez, que mi nombre se ennoblece allí con la luz del suyo.
Veo las manchas que arrojé sobre él, desvanecidas.
Veo a este, el primero de los jueces rectos y de los hombres honrados, trayendo a un muchacho que lleva mi nombre, con una frente que conozco y cabellos dorados, a este lugar —entonces hermoso de contemplar, sin rastro de la desfiguración de hoy—, y le oigo contar al niño mi historia, con voz tierna y temblorosa.
—Es una cosa mucho, muchísimo mejor que hago que ninguna de las que haya hecho jamás; es un descanso mucho, muchísimo mejor al que voy que cuantos haya conocido.