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nydus/Frenzied Finance, Vol. 1: The Crime of AmalgamatedPublic
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Capítulo XX: Un inoportuno ataque de apendicitis

# UN INOPORTUNO ATAQUE DE APENDICITIS

En ningún ámbito de la vida se enciende de manera tan directa ante los ojos de los viajeros entusiastas, para su desconcierto o aturdimiento, aquel axioma luminoso de «El hombre propone y Dios dispone» como en las finanzas.

En este mismo momento de éxito me encontraba, sin saberlo, al borde de la ruina, debido a causas y condiciones que escapaban al poder humano de cálculo o previsión.

Esto es lo que sucedió:

Habiéndose acordado por fin verbalmente todos los detalles de nuestro trato, era conveniente que las partes principales se reunieran y firmaran formalmente los documentos que dejarían sellado el negocio.

Quedamos en vernos un sábado determinado en la hermosa granja de ganado de Parker C. Chandler, Esq., asesor jurídico general del estado de la Bahía, y como el secreto era importante, un tren especial llevaría al grupo a veinticinco millas de Boston.

Por un accidente inevitable perdí el tren y, al hacer el viaje por carretera bajo una desapacible tormenta de lluvia, cogí un fuerte resfriado. Llegué con unas tres horas de retraso, pero cuando hube llegado nos pusimos a trabajar con entusiasmo y a las siete, poco antes de cenar, nuestros contratos ya habían sido dictados a los estenógrafos y estarían mecanografiados, listos para firmar, para cuando llegáramos al café.

Aquella cena fue digna de ser recordada. Nadie en Nueva Inglaterra entiende de manera más admirable el arte de comer que Parker Chandler, y nos ofreció un banquete digno de celebrar la brillante y nueva combinación que iba a terminar con todos nuestros problemas y sacarnos de las tinieblas a la luz.

Mientras se servía el queso, me sobrevino de repente un dolor terrible, seguido de convulsiones. Me llevaron a un dormitorio; abogados y capitalistas salieron corriendo en busca de médicos, y en la confusión los documentos, que estaban listos a la espera de ser firmados, se hicieron a un lado. Era obvio que en ese momento yo no podía darles el visto bueno.

Por fin llegaron especialistas de Boston y se diagnosticó que padecía un ataque agudo de apendicitis. A las dos de la mañana, tras una prolongada consulta, el dictamen general fue que mi próximo campo de operaciones estaría en otro mundo.

Debe de haber sido un poco más tarde cuando yo, al despertar en un breve intervalo de conciencia, fui testigo de un cuadro cuya memoria acude indefectiblemente a los ojos de mi mente cada vez que intento mitigar o sofocar mis sentimientos de odio y repugnancia hacia Addicks.

  • La habitación estaba penumbrosamente iluminada; los dos médicos se hallaban a los pies de la cama; Addicks, de pie junto a ellos, me miraba fijamente.
  • Capté su mirada; obnubilado como estaba por los opiáceos, vi la expresión fría y calculadora de su rostro, la cual me indicó con tanta claridad como las palabras que sentía que todo había acabado para mí, que mi utilidad para él había llegado a su fin y que, sin un pensamiento para mis intereses ni un ápice de remordimiento, estaba calculando cómo sacar partido de mi muerte.

Una divertida convicción de la desalmada crueldad del hombre se adueñó de mí, y entonces me desvanecí hacia la tierra de los sueños.

Desde aquella noche hasta una luminosa mañana diez días después, estuve visitando otros mundos que no eran los de las finanzas y el gas; pero al décimo día me dijeron que había burlado al sombrío barquero y que, salvo imprevistos, podría volver al mundo de afuera en cinco semanas.

Una sospecha que debía su origen a aquel fugaz vistazo de Addicks la primera noche de mi enfermedad despertó en mi mente, y al día siguiente mandé llamar a mi abogado principal y le exigí un informe exacto de lo que había sucedido en el intervalo de mi enfermedad. Él había seguido de cerca todo lo que había ocurrido, y los hechos que me reveló, por muy endurecido que estuviera ante la idea de la bajeza de Addicks, me horrorizaron por su villanía de sangre fría.

Mis socios habían avanzado con furia, sin esperar un minuto para ver si yo vivía o moría. Mi oferta a la Legislatura había sido retirada; Addicks había sustituido su nombre por el mío en todos los documentos y luego había negociado con Rogers.

Se había dispuesto entre ellos que Whitney siguiera adelante y consiguiera la carta constitutiva, la cual permitiría a la compañía vender gas a cualquier precio, puesto que no estaría bajo la supervisión de los comisionados del gas, quienes se habían comprometido ante el público a que el precio del gas en Boston nunca fuera superior a un dólar por cada mil pies cúbicos.

Una vez obtenido esto, se organizaría una nueva corporación, en la cual Rogers fusionaría sus compañías y Addicks nuestras propiedades en Boston, de tal manera que los accionistas y tenedores de bonos de Bay State quedarían en la estacada, mientras Addicks, Whitney y Rogers obtendrían enormes ganancias.

Estos amables planes se estaban perfilando a toda velocidad y, a menos que me pusiera a trabajar de inmediato, mis amigos y yo seríamos sin duda triturados. El cuartel general se había instalado en el Algonquin Club, y allí Addicks, Whitney, Towle y los abogados y cabilderos celebraban sesiones día y noche.

No me quedaba más que una cosa por hacer, y no perdí un momento. Hice llamar a mis médicos y les dije:

«Dedicaré el día de hoy, el de mañana y el pasado a ponerme bien; pero el cuarto día me trasladarán en un vagón especial a Boston y de allí al Club Algonquin».

Les expliqué la situación y les hice ver que, a pesar de todas las consecuencias, esto tenía que hacerse.

Jamás olvidaré la expresión en los rostros de estos leales colaboradores míos —Addicks, Whitney y los demás— cuando irrumpí en sus deliberaciones el sábado por la mañana, cuatro días después.

Mi médico, una enfermera y mi abogado me acompañaban, y yo iba envuelto en franelas y chales. Llegué hasta una silla, despedí a mis acompañantes y fui directo al grano. Lo poco que tenía que decir sería breve, les dije, pero «picante».

Fue todo eso y más. Insistí en que debíamos volver de inmediato a nuestro antiguo trato, exactamente en el punto en el que lo habíamos dejado la noche en que enfermé. Si no accedían, solicitaría un síndico judicial para las empresas de Bay State y revelaría a los vespertinos los detalles internos del asunto de principio a fin.

Nadie dudaba ni de mi capacidad ni de mi determinación para cumplir mi amenaza. Mandamos a buscar los documentos que se habían preparado en la oficina de Parker Chandler, y en menos de tres horas estos fueron sustituidos y los diversos acuerdos contraídos con Rogers, formalmente anulados.

Me retiré a la cama esa noche con una risita de autocomplacencia y un convencimiento absoluto de la verdad del axioma al que me he referido.

La baja traición y la duplicidad que caracterizan esta transacción, la absoluta indiferencia ante las obligaciones sagradas que exhibe en hombres de presunta alta posición y honor personal, pueden sorprender a mis lectores. Les aseguro que en las próximas páginas de esta historia se relatarán varios episodios de este tipo.

En efecto, entre cierta escuela de financieros eminentes, la lealtad no es más que la devoción a la oportunidad de obtener el mayor beneficio. Si las circunstancias trasladan esto del bando en el que se alistaron al de un adversario, sus brazos y sus corazones van hacia donde los guían sus bolsillos.

Hay que recordar que el mercenario que en el «centro» está sumido en la perfidia, la trampa y el fraude, puede ante el mundo de la «zona alta» presentarse como un ciudadano cristiano y un ejemplo de virtud doméstica. Hoy en día no escasea el tipo de caballero apuesto y correcto, dispuesto a derribar a cualquiera que ose mancillar su veracidad después de las cinco de cualquier tarde y durante todo el domingo, pero que se considera libre de incurrir en cualquier chanchullo sucio o tergiversación de 9:00 a. m. a 4:45 p. m. En horario de oficina no corre ningún riesgo si lo llama mentiroso, pues entonces se reirá de la broma y le dirá que los negocios son los negocios.

Sin embargo, el episodio anterior fue una experiencia que dejó una impresión indeleble en mi mente, y el odio y la repugnancia que engendró precipitaron los acontecimientos de los cuales, con el correr de los años, surgieron las ofensas y los agravios que son responsables de la historia de «Frenzied Finance».

Los resultados inmediatos de mi reaparición no fueron sorprendentes. Rogers despotricó contra Addicks y especialmente contra Whitney, pero era un conocedor demasiado viejo de los hombres, y de los monos que la Dama Fortuna hace de ellos, como para amargarse por los hechos que no podía remediar. Pronto retomó su antigua actitud de esperar a que surgiera algo, la cual, en efecto, había mantenido desde mi infructuoso intento de llegar a un acuerdo con él.

El destino, sin embargo, aún no se había cansado de jugar al volante con nuestras esperanzas.

El mundo se enteró una mañana de un nuevo gas llamado acetileno, transparente, brillante, económico y de fabricación sencilla a partir de carburo de calcio. Sin duda revolucionaría la producción de gas en todo el mundo, y la empresa que lograra hacerse con sus derechos tendría a las demás a su merced.

Addicks se movió como un rayo para asegurarse la ventaja, y el anuncio de que el nuevo gas había demostrado ser un éxito se unió en la prensa a la noticia de que la Bay State Gas se había adueñado del invento para Nueva Inglaterra y pagaría millones por él. Esto sí dio un impulso a nuestros valores, y por un momento pareció como si hubiésemos remachado nuestro éxito con otro clavo.

Lo que Addicks había hecho fue lo siguiente: había comprado los derechos, sujetos a la prueba de una gran demostración pública. Para dicha demostración se organizó un gran despliegue. Eminentes alcaldes, consejeros y magnates del gas asistirían en masa y, si el invento cumplía con lo prometido, habría tal despliegue de publicidad y felicitaciones que dábamos por sentado que nuestras nuevas acciones se venderían como rosquillas.

La demostración demostró de la forma más sensacional que el acetileno era un fracaso: se produjo una tremenda explosión; tres hombres murieron, muchos otros resultaron heridos y al día siguiente nuestras acciones volvieron a caer a sus antiguas cifras.

Todo este tiempo había buscado con la mayor diligencia la solución real a nuestros problemas: un método para adquirir las empresas de Rogers.

Tenía que haber una garantía sustancial, no solo para el cumplimiento de nuestros compromisos financieros, sino para asegurar a Rogers la integridad de sus propiedades mientras estuvieran bajo el dominio de Addicks.

La dificultad consistía en que, debido al estado debilitado de la compañía, era muy difícil armar una garantía satisfactoria. Otros miembros de nuestro grupo habían lidiado con el problema con tanto ahínco como yo.

De repente, unos días antes de mayo de 1896, la luz se hizo en mí. Durante todo ese tiempo la solución había estado en nuestras manos y, acosados como estábamos, a ninguno de nosotros se le había ocurrido.

Controlábamos absolutamente las antiguas compañías de gas de Boston. Eran intrínsecamente de las corporaciones más ricas de Massachusetts y, aunque sus acciones estaban en prenda por los 12.000.000 de dólares en bonos en poder del público, no debían un solo dólar.

Aunque los términos del acuerdo entre la Bay State Company y el Mercantile Trust, que poseía sus acciones, les impedían contraer cualquier tipo de deuda, estaban facultadas, a través de nosotros, sus directivos, para comprar o vender gas, y toda su gran riqueza respaldaba tales contratos.

Si entonces acordábamos en su nombre comprar gas a la compañía Brookline por un período de años a un precio tal y en cantidades suficientes como para proporcionarle a esta última un beneficio equivalente a dividendos del diez por ciento sobre sus acciones, sin duda habíamos cumplido con la más estricta letra de la exigencia de Rogers.

Probando la idea de una y otra manera, la encontré sólida como una campana.

El problema que se planteó después fue ponernos en forma para la considerable emisión de nuevas acciones que debíamos realizar para pagar nuestra compra. Los bancos y las compañías fiduciarias estaban repletos de nuestros valores dados en garantía de préstamos, y antes de que pudiera haber alguna convicción sobre nuestra prosperidad, nos incumbía sacar todas nuestras cosas de valor de la casa de empeño.

Fui a ver al señor Rogers y le dije con franqueza que había resuelto nuestro problema y el suyo mediante un invento financiero de mi propia cosecha. Entré en los detalles de nuestro plan, explicándole que ni siquiera nos sería necesario comprarle gas, ya que cederíamos un número suficiente de nuestros propios clientes a la Compañía Brookline para asegurarle la ganancia requerida. Él vislumbró al instante el plan con todas sus amplias posibilidades y dio su consentimiento.

Luego expuse el resto de mi plan: le pagaríamos cuatro millones y medio en seis meses. Para lograrlo, debíamos vender acciones y bonos.

Antes de poder hacer eso, era necesario que él nos ayudara aún más: debía comprarnos todos los bonos que estaban en prenda y las acciones de la Dorchester Gas Company, otro activo de la Bay State entregado como garantía, todo por la suma de un millón y medio de dólares. Por esa cantidad, dichos títulos serían liberados de inmediato y entregados a él.

Luego debía revenderlos junto con la Brookline Gas Company por seis millones de dólares. Habría una transferencia formal de la gestión de sus propiedades para que el público se convenciera de que realmente habíamos sido los vencedores en la pugna.

El señor Rogers comprendió mi postura, repasó rápidamente los detalles a su manera abarcadora y cerró el trato sin más regateos. Aquella vez, gracias al cielo, no estuvo en el poder de Addicks frustrar mis planes.

El 1.º de mayo realizamos nuestro acuerdo en cumplimiento de los términos que yo había dispuesto. Los seis millones de dólares debían pagarse el 1.º de noviembre. Como las opciones y ventas necesarias no podían extenderse legalmente a nuestra compañía, se hicieron a favor de Henry M. Whitney, quien nos las transfirió simultáneamente, y lo elegimos director de nuestras diferentes corporaciones.

Rogers renunció públicamente y nos entregó el control de la compañía Brookline, y elegimos nuestra propia administración. A todos los efectos prácticos, habíamos ganado.

El acuerdo fue la sensación del día en los círculos financieros, y yo fui objeto de muchas generosas felicitaciones.

No tuve tiempo ni inclinación para ocuparme de ramos de flores en ese momento, sin embargo. Demasiado aguda era mi conciencia de la dificultad de reunir seis millones de dólares en el limitado plazo de que disponíamos.

Los tiempos han cambiado desde 1896. Entonces seis millones era una suma bastante grande, mayor que sesenta millones de ahora. Eso fue antes del período halcyon de las «Finanzas Frenéticas».

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