Miriam se adelantó sin ver otra cosa que la luz de gas dorada derramándose sobre el mantel blanco. Se sentó cerca de la señora Bailey, dentro del borde de su fulgor. Lo más hondo de la luz aún conservaba intacta la acogida que había estado allí cuando entró y encontró a Émile poniendo la mesa. No había cambios ni decepción. Los espejos manchados y los muebles sin desbastar resplandecían a la luz del gas, dejando ver profundidades en el interior y relucientes pasajes de luz. En los espacios entre los cuadros, las paredes devolvían reflejos tornasolados del resplandor sobre la mesa. La gente que entraba uno a uno dando las buenas noches con distintas entonaciones y se sentaba irradiando ondas de curiosidad, la dejó imperturbada. Había cinco o seis figuras alrededor de la mesa además de Sissie, sentada en el extremo opuesto frente a su madre. Hicieron afirmaciones repentinas sobre el tiempo una tras otra. Estaban esperando a que su experiencia cotidiana de la comida se viera alterada por algo que ella pudiera hacer o decir. Émile iba pasando platos de sopa. Al poco rato estarían todos hablando y se habrían olvidado de ella. Entonces podría verlos a todos uno por uno e irse sin ser vista, habiendo cenado únicamente con la señora Bailey. La señora Bailey estaba de pie trinando la pieza de carne. Cuando los ruidos que hacía eran lo único que se escuchaba, ella respondió al último comentario sobre el tiempo o hizo alguna pregunta nueva al respecto como si nadie hubiera hablado en absoluto. Cuando no hablaba, cada movimiento de su batalla con la carne expresaba su sentido triunfante y afectuoso de la presencia de Miriam. No había hecho presentaciones. Estaba diciendo en secreto ahí estás, mujercita. Te lo dije. Ahora estás en tu sitio adecuado. Ya ves que es muy fácil. La pieza ya estaba parcialmente repartida. Émile pasaba tres fuentes hondas de verduras. Un plato generoso de carne bien dorada y salsa apareció ante Miriam con la mano firme, pequeña y desfigurada por el trabajo de la señora Bailey asiendo firmemente su borde. Ella lo tomó para pasarlo. Todo se precipitaba.
… Eso es tuyo, hija, dijo la señora Bailey. El murmullo bajo se oyó en torno a la mesa silenciosa. Afirmando su independencia con una formalidad huraña, Miriam le dio las gracias y buscó condimentos con la mirada sin levantar los ojos hacia el alcance de esos otros ojos, que ahora tomaban fotografías ya que se veía obligada a hacer movimientos. La señora Bailey colocó un Aliño cerca de su plato. Tuyo, cavilaba alejándose con enojo hacia sus pensamientos. La señora Bailey no podía saber que se podía decir que era más correcto que tullo. Era una afectación. Lo había cogido en alguna parte de boca de una de esas personas que dicen cuidadosamente a-menudo en vez de amenudo y le daba satisfacción usarlo, unido a modo de reprimenda al condescendiente patrocinio maternal del que se había jactado ante toda la mesa. El primero de los platos de Émile apareció sobre su hombro izquierdo y vio, al volverse desprevenida, cabezas erguidas vueltas hacia su extremo de la mesa. Sirvió sus verduras rápida y torpemente de las fuentes. En sus torpes movimientos y en su cara en alto y desprotegida sintió, y sintió que todos los observadores veían, las marcas de su desgracia. La veían pareciéndose a Eve sirviéndose verduras nerviosamente en el horrible, pedregoso, frío y oscuro restaurante del hostal. Veían que le sentaba mal la familiaridad pública de la señora Bailey y que no podía hacer nada. Intentó poner cara de aburrimiento y murmuró gracias cuando hubo cogido su tercera verdura. Sonó como una proclamación en medio del intenso silencio y se volvió enfadada hacia su plato intentando recordar si había oído a alguien más darle las gracias a Émile por las verduras.
… Después de todo, ella estaba pagando la comida y su educación con Émile era cosa suya. En el extranjero la gente hacía reverencias o se quitaba el sombrero al entrar y salir de las tiendas y decía monsieur a los policías. Sus esfuerzos por comer distraídamente y parecer sumida en pensamientos la hacían sentirse cada vez más como una pariente pobre. Los detalles de su encuentro con Eve seguían apareciendo intermitentemente en su intento por recuperar la sensación de la casa de la señora Bailey como una calidez y un brillo secretos añadidos a los muchos recursos de su vida. La señora Bailey sabía que su casa se había transformado con el encuentro con Eve y estaba intentando decirle que no era tan independiente como creía.
¿Qué era exactamente lo que le había contado a la señora Bailey?
Había hablado con entusiasmo, de forma inconexa y todo el tiempo la señora Bailey había estado recopilando información y sacando sus propias conclusiones sobre los Henderson. La señora Bailey vio la llegada de Eve a la estación y su cansado resentimiento por el hecho de que se lo hicieran todo a la manera londinense, su venganza en el carruaje, recostándose y emitiendo pequeños sonidos abstraídos y condescendientes como respuesta a todo lo que se le decía, sin mostrar ningún interés, para al fin decir cuánto parlotea una. Pudo ver algo del hostal. …
¿Dónde está el señor Mendizzable? —exigió Sissie.
… La Amiga de las Jóvenes; ese era el nombre de aquella otra cosa. Pero eso era para sirvientas. La Asociación Bíblica de Jóvenes era la peor desgracia que le podía ocurrir a una dama.
…
A Eve le había gustado. De pronto había empezado a andar por ahí con el rostro interesado y reavivado, haciendo con entusiasmo lo que le mandaban. Estaba allí ahora, era su único hogar, y tenía que hacer todas sus comidas allí por economía; no habría vida exterior para ella.
Su vida estaba prisionera de aquellas mujeres, sirvientas concienzudas a conciencia con cofias planas, que lo dominaban todo, deleitándose en el ambiente beato; las jóvenes de la salita de estar, todas con aspecto desusado, como si se lavasen muy temprano por la mañana con agua fría y se arreglasen el pelo ajado con manos frías; la superintendente, con la expresión oficial y vigilante en su gran rostro de colegiala madura, bien alimentada y satisfecha de sí misma, la forma en que se sentaba en un escabel con los brazos alrededor de las rodillas fingiendo estar relajada y alegre mientras recitaba que era un privilegio y una alegría que las hermanas estuvieran tan cerca unas de otras… como si nos retara a negarlo.
No veré mucho a Eve. No querrá que lo haga. Entablará amistad con una de esas jóvenes…
Miriam se descubrió mirando mesa arriba hacia el centro de un conflicto. Todos estaban unidos en el conflicto por algún tema en común. Nadie quedaba fuera; toda la mesa era un alboroto de voces y risas. …
No era otra cosa que la señorita Scott diciendo cosas sobre el señor Mendizabal y todo el mundo mirando y metiendo baza. …
Miss Scott relinchaba al otro lado de la mesa ante algo que se había dicho y se disponía a hablar de nuevo sin dejar de reír. Todas las rostros se volvieron hacia ella.
«¿Qué es eso que dice el señor Yo-anzen?», rió la señora Bailey dirigiéndose al último orador.
El hombre invisible frente a Miss Scott ni siquiera era el señor Helsing; solo el noruego más joven y desvaído, y a su lado una persona extraordinaria… un flequillo grueso y bruscamente abultado, una mejilla de textura tosca que sobresalía por debajo de un ojo hundido casi invisible, y un busto que caía en picado de repente bajo un corpiño de sarga basta.
—El señor Yo-hanson dice señor Mendy-zahble como en-gaiety.
Miriam miró de reojo al otro lado de la mesa. Eso era todo.
Aquel hombrecito de voz gangosa y risa estrecha y burlona que le sacaba un rubor y manchas rojas por toda la cara, con el pelo brillante y lacio de escuela dominical, mojado y aplastado a cepillo, completaba el grupo. A su lado solo estaba Polly. Luego venía la señorita Scott a la izquierda de Sissie; después Sissie y, a la vuelta de la esquina, el noruego.
Todo el mundo tenía un aspecto espantoso bajo la luz intensa, secreto y secretamente hostil hacia los demás, con poca disposición a estar allí; y aun aquí, aunque no había nada ni nadie, persistía ese perpetuo jaleo y competencia de conversación.
—Muy bien dicho —bramó la mujer abultada con una voz aguda, pura y de niña—, no lo culpo.
Miriam se volvió hacia lo imprevisto de su voz y se quedó sentada, observando sin remedio.
Las mangas de sarga eran demasiado corta para cubrir sus gruesas muñecas rojas; sus manos regordetas sostenían el cuchillo y el tenedor de lado, como cubiertos de ensalada.
Llevaba el cabello peinado hacia arriba y aplastado sobre su gran cráneo, retorcido en un pequeño caracol en la coronilla, justo detrás de la abultada franja de su flequillo.
¿Podría ser acaso una huésped?
Parecía de mucha menos importancia incluso que los Bailey. Toda su persona desprendía un malestar inconsciente que avergonzaba a cualquiera.
—La señora m-Barrow es otra de ésas —dijo el hombrecito con las cejas levantadas mientras soltaba una risita ahogada al pronunciar las palabras.
“Soy el señor Gunna, no creo en andar con cara de funeral”.
La risa del señor Gunner echó su cabeza hacia atrás, lo sentó erguido y lo hizo volver a inclinarse sobre su plato, temblando silenciosamente con la cabeza hundida de lado entre los hombros encogidos como si estuviera esquivando un golpe.
Los ojos que dirigió con malicia hacia la señora Barrow eran de un azul pálido, duro y opaco. Sus labios securvaban hacia fuera mientras comía y su cuchillo y tenedor se inclinaban hacia arriba al reposar. Algunos de sus granos se alineaban en el borde de sus labios, alterando su forma y haciéndolos parecer irritados y doloridos.
La parte de su cara destinada a comer era hosca e irritada, inmune a la risa que le fruncía las cejas y arrugaba la frente inclinada, y que solo sonaba como un pequeño chasquido en su garganta con cada respiración.
“Hay de sobra gente tristona por aquí abate”, regañó la señora Barrow.
Miriam era consciente de que se estaba apartando visiblemente, e intentó fijar su atención en la comida. La señora Bailey estaba cortando grandes segundos platos y las fuentes de verduras de Emile habían sido reuestas.
Ninguna de estas personas consideraba extraordinario que hubiera toda esta buena comida y un camarero, todos los días... sería vergonzoso volver otra vez por el simple hecho de comer, sintiéndose hostil. Además, pronto se haría insoportable; notarían las críticas y se resentirían.
La única manera de poder ir sería fingir que uno se ríe de los comentarios sobre la gente y unirse a las discusiones sobre opiniones acerca de la alegría y la seriedad y el invierno y el verano.
No sabrían que uno no era sincero. Ellos eran perfectamente sinceros en su risa y su charla. Todos tenían una especie de entendimiento común, incluso cuando no estaban de acuerdo.
Era el mismo problema de siempre, la forma en que la gente daba todo por sentado. Se alegrarían, se darían la vuelta y a uno le tomarían afecto si pudiera decir de corazón no es un hombrecito gracioso, caramba, palabra, o bueno, yo no le veo nada particularmente gracioso, o ah, dame el verano.
Pero si uno hiciera eso, al poco tiempo estaría consumido y tenso por la mentira, se quedaría con una emoción vacía, mientras ellos seguirían serenos por su camino, y la realidad que estaba allí cuando uno se sentó por primera vez con ellos se habría desvanecido.
Siempre y siempre al final no quedaba más que estar solo. Y, sin embargo, se necesitaba gente en el mundo para crear la realidad cuando uno estaba solo. Tal vez solo esta gente que no interfería, cuando uno había olvidado sus peculiaridades personales y solo tenía la conciencia de ellos en la distancia. … Uno tal vez entonces se preguntaría a veces con añoranza qué estarían diciendo sobre el tiempo. Pero verse obligado a encontrarse con ellos a diario. …
Se reprendió a sí misma por la mirada mordaz que les dirigió a los invitados inconscientes.
Gunner volvía a sonreír de lado mesa abajo, dispuesto a soltar su carcajada en cuanto lograra cruzar una mirada con alguien y hacer blanco con su sonrisa.
Miriam casi suplicó que nada volviera a provocarlo para que hablara. Durante un breve silencio, se aclaró la garganta ostensiblemente para disimular el ruido de su masticación.
Varias voces estallaron al mismo tiempo, pero la señora Bailey de pronto le decía algo en privado. Alzó la cabeza hacia la brillante promesa y advirtió que el señor Gunner estaba pensativo y sereno. Había una inteligencia agradable por alguna parte de su frente. Si tan solo pudiera pensar que su cabeza estaba clara y fresca y no tener que oír otra vez la resonancia cálida, sorda y hueca de su voz, con qué alegría estaría escuchando a la señora Bailey. Tengo un mensaje muy especial para ti, jovencita, había dicho y ahora continuaba con los ojos puestos en el conflicto del extremo de la mesa al que el señor Gunner lanzaba comentarios y exclamaciones desde lejos. La habitación brillaba suavemente con su luz dorada. Desde el corazón de la luz dorada la señora Bailey se apresuraba hacia ella con buenas noticias.
“Ja.” …
Mrs. Bailey miró a su alrededor ocultando su vexación con una sonrisa estirada mientras el señor Mendizabal entraba radiante y con paso firme. Se sentó en medio del clamor general y Emile se apresuró a prepararle un sitio. Él gritaba respuestas a todo el mundo, sentado con los codos en la mesa. Poniendo los codos en la mesa, Mrs. Bailey aplaudió con pequeñas carcajadas. Había abandonado la idea de dar su recado. Miriam terminó su pudín apresuradamente. El estrépito iba en aumento. Nadie se fijaba en ella. Levantándose con cautela, le pidió permiso a Mrs. Bailey para retirarse. ¿Se va, señorita? —gritó de pronto el señor Mendizabal mirando hacia ella. Tenía un aspecto extraordinario, no parecía él mismo.
La tienda de Eve era una llamarada de flores en el West End. El escaparate estaba obstruido con flores en tarros, atadas en grandes manojos. Al frente había cestas doradas de flores de invernadero. Apoyados en el centro había un ancla de flores grande y una herradura de flores, ambas adornadas con grandes lazos de cinta de raso blanco —mujeres con vestidos de noche de raso blanco con cola, haciendo reverencias desde estrados—; a cada lado había apretados ramilletes de baile prendidos en monturas de terciopelo en forma de corazón.
Era extraño poder entrar. … Entrar a ver a una empleada no era la forma correcta de entrar en una tienda del West End. … Ahí estaba Eve; de pie, de mala manera, con un vestido negro caído sobre un suelo de madera desnuda y mojada. Flores cortadas en tarros de mermelada de piedra, montones de vegetación sobre una mesa mojada. Hola, ¿no tienes los pies mojados?, preguntó Miriam con irritación. Eve dio un sobresaltos y se giró, mirando. Estaba agotada y emocionada, forcejeando soñadoramente con instrucciones bruscas mientras un olor a invernadero competía con ellas; intentando formar parte de un arreglo inteligente para recolectar el olor a invernadero y venderlo. Dio un paso grácil hacia adelante; con todos sus viejos modales de Eve, pero decidida a protegerse de las distracciones; emitiendo sonidos sin hablar, y el débil perfil de una sonrisa cansada. Estaba consumida por la fatiga de intentar convertirse en otra cosa, pero le gustaba y estaba decidida a que no le recordaran otras cosas. Hasta su cabello parecía haber cambiado. Llena de imágenes de Eve, elegantemente vestida y con el cabello castaño recogido, los ojos de Miriam pasaron con furia por encima de la endeble, desaliñada y falsa dependienta, iniciando un fracaso a la defensiva, imaginando detrás de él que estaba apoderándose de Londres. …
¿No te vas a resfriar? Te acostumbras —masculló Eve nerviosa, apartando la cabeza y esperando, jugueteando con unas ramas dispersas de esmiláx. A Eve siempre le había gustado la esmiláx. ¿Le parecía la misma ahora?
Imagina —dijo Miriam—, con toda esta humedad. Ambas estaban desdichadas y Eve no iba a arreglarlo. Toda su fuerza e interés eran para esta nueva cosa.
¿Te gusta? —dijo Miriam empezando de nuevo.
Sí, horriblemente —se sonrojó Eve, con cara de ir a ponerse a llorar. Era demasiado tarde. Supongo que es sumamente interesante —preguntó Miriam formalmente, abriendo una conversación con una desconocida.
Mjm —dijo Eve con entusiasmo—, me encanta sencillamente. Al principio te cansa muchísimo, pero descubro que puedo hacer cosas que jamás soñé que podría. Ahora ya no me importa nada estar de pie bajo la lluvia. Tienes que estarlo si te ves obligada.
A Eve le gustaba la dureza impuesta por otras personas. Le gustaban los precios de su nueva vida. Aceptarlos sin resentimiento. La gente la despreciaría y la querría por eso. Tal vez lograría quedarse si sus fuerzas no cedían. Sus vestidos elegantes y su pausado cabello castaño alejándose cada vez más. …
¿Sirves? Ssh.
Estoy aprendiendo a hacerlo. Eve no quería mirar, y deseaba que se fuera.
Estoy libre para almorzar —dijo Miriam con brusquedad, aferrándose a la gloria desvaneciente de su reciente presentación en sociedad en Londres en pleno día de semana—. Eve habría debido adivinarlo y dejar de ser otra cosa que Eve siendo invitada a almorzar.
Podríamos ir a un A.B.C.
Oh, no puedo salir —murmuró Eve, ignorándola.
Miriam pidió otra taza de café y siguió leyendo. Había tiempo de sobra. Eve no aparecería por Tansley Street hasta las y media.
Al mirar el reloj se había percatado de la gente detallada agrupada en las mesas. Se sumergió de nuevo en Noruega, leyendo sin parar.
Cada línea era maravillosa; pero todo en la oscuridad. De pronto, en alguna página pasada, algo brillaría y cobraría sentido. Seguía y seguía. Parecía ir hacia algo.
Pero no había nada que nadie pudiera imaginar, nada en la vida ni en el mundo que pudiera aclararlo desde el principio, o llevarlo a un fin. Si el hombre moría, el autor tal vez pararía. Finis. Pero eso no cambiaría nada en absoluto.
Pasaba las páginas hacia atrás, rereleyendo pasajes aquí y allá. No recordaba haberlos leído. Al mirar hacia adelante, hacia fragmentos del diálogo hacia el final del libro, los encontró familiares; como si los hubiera leído antes… los leyó con intensidad.
Tenían más significado leídos así, sin saber a qué debían referirse. Eran iguales, leídos solos en pedazos, que las primeras partes. De algún modo todo era un solo libro, no por los pensamientos o la historia, sino por algo en el autor.
La gente que hablaba del libro probablemente comprendía los extraños pensamientos y la enigmática historia sugerente que empezaba y llegaba a un fin y dejaba todo tal como estaba antes. El autor no parecía sugerir que uno debiera entristecerse. Parecía saber que al final todo seguía igual, con las montañas rodeándolo todo…
Las luces eléctricas destellaron en todo el A.B.C. a la vez…
Miriam continuó inclinada sobre su libro. Era como si uno hubiera estado en Noruega, en una cabaña allá arriba entre las montañas y al aire libre. Leyó una escena al azar y otra y empezó de nuevo y leyó la primera escena de cabo a rabo y luego la última. Todo era igual. Tanto daba empezar por el final…
En Noruega, allá arriba entre las montañas neblinosas, en granjas y cabañas que contemplan fiordos con paisajes gloriosos a su alrededor todo el tiempo, hay gente que se sienta en invierno junto al fuego y se preocupa por el bien y el mal. Se hacen preguntas, pero con mayor gravedad y claridad que nosotros. Los torrentes braman en sus oídos y pueden ver las montañas todo el tiempo, incluso cuando están dentro de casa.
«El Brand de Ibsen» trata sobre todas esas cosas inquietantes, en un escenario magnífico. Uno está en Noruega mientras lee. Por eso la gente lee libros de genios y pone la mirada en la lejanía cuando habla de ellos. Saben que han estado en un lugar al que no se puede ir sin leer el libro. […]
Brand . You are in the strangeness of Norway—and then there are people saying things that might be said anywhere. But with something going in and out of the words all the time. Ibsen’s genius. You can’t understand it or see where it is. Each sentence looks so ordinary, making you wonder what it is all about. But taking you somewhere, to stay, forgetting everything, until it is finished. An hour ago Ibsen was just a name people said in a particular way, a difficult wonderful mystery, and improper . Why do people say he is improper? He is exactly like everyone else, thinking and worrying about the same things. But putting them down in a background that is more real than people or thoughts. The life in the background is in the people. He does not know this. Why did he write it? A book by a genius is alive. That is why “Ibsen” is superior to novels; because it is not quite about the people or the thoughts. There is something else; a sort of lively freshness all over even the saddest parts, preventing your feeling sorry for the people. Everyone ought to know. It ought to be on the omnibuses and in the menu. All these people fussing about not knowing of Ibsen’s Brand. A volume, bound in a cover. Alive. Precious. What is Genius? Something that can take you into Norway in an A.B.C.
Se adentró en Oxford Street. Había un cielo inmenso, fresco y bañado en luz dorada en algún lugar detrás de la penumbra. ¿Por qué se sentaba Ibsen en Noruega a escribir obras de teatro? ¿Por qué la gente decía Ibsen como si fuera la respuesta a algo? Caminar por Oxford Street con un volumen leído de Ibsen apretado contra el pecho es caminar con algo precioso entre dos cubiertas que te hace saber que eres rica y libre.
… Siguió vagando, una y otra vez, en una expansión de todo lo que pasaba por su mente, hacia afuera y más afuera, hacia un centro en Noruega. Se preguntó si Ibsen seguiría vivo. Una Noruega inmensa y hermosa y un hombre escribiendo sus pensamientos en una obra inventada. Genio. La gente va por ahí diciendo el Brand de Ibsen como si fuera la respuesta a algo y Ibsen no sabe más que cualquier otro.
… Llegó a Tansley Street como desde una gran distancia, preguntándose de repente por su relación con el sonido de los carros y las pisadas cercanas. La señora Bailey estaba de pie en el umbral despidiendo a alguien. Eve. Olvidada. No pude llegar antes; lo siento mucho. La señora Bailey había desaparecido. Eve dio un paso atrás hacia el vestíbulo y se quedó de pie, brillando serenamente en la penumbra. ¿Te vas? Debo hacerlo, en un minuto. Eve tenía un aspecto dulce; esbelta, hermosa y con su rubor de rosa carmesí; tímida, condescendiente y admiradora sin envidia, como había estado en su casa; y la señora Bailey lo había acaparado todo. ¿No puedes subir? Esta vez no; vendré otro día. Bueno; tienes que contarme, ¿qué has estado haciendo? ¿Hablando con la señora Bailey? Sí. Eve había estado coqueteando con la señora Bailey; tal vez hablando de religión. ¿No es divertida? Me cae bien; es totalmente genuina, dice lo que piensa y de verdad le agrada la gente. Sí; ya lo sé. ¿No es divertido? No creo que sea divertido; es muy hermoso y raro. ¿Te gustaría estar aquí siempre? Sí; podría estar siempre con la señora Bailey. ¿Todos los días de tu vida por los siglos de los siglos? Por supuesto. Sí; ya lo sé. Y sabes que hay toda clase de gente interesante. Ojalá vivieras aquí, Eve. Eve miró hacia abajo con una sonrisa sabia y se movió esbelta hacia la puerta. ¿Qué tal el domingo? ¿No podrías venir un buen rato? No —susurró Eve con reticencia—, voy a lo de Sallie. Todos los planes de Eve eran personas. Se movía, dolorosamente, a través de las cosas, de persona en persona.
El Dr. Hurd mantuvo la puerta abierta de par en par para que Miriam saliera y de nuevo su rostro fresco, firmemente unido y desgastado, de color rojo ladrillo, se curvaba profundamente con la sonrisa hilarante y de risa irónica con la que había afrontado los incidentes de la «horrible lengua alemana».
La de la patria, la feliz patria, casi me disloca la mandíbula, podía imaginárselo cantando con ganas y desafinado junto a un grupo de estudiantes canadienses.
Ella le devolvió la sonrisa sin decir nada, reuniendo rápidamente las piezas del mundo que provocaba sus sonrisas profundas y abarcadoras; él mismo, el maravilloso y pequeño viejo país en el que se encontraba como un incidente del negocio de obligarse a ser médico, su suerte al conseguir a una joven inglesa consumada que lo preparara para la lucha contra el gran mundo médico de Alemania; su triunfante y risueña satisfacción por adelantarse a los demás muchachos al conseguir una cita para salir con ella. …
La grandeza de esta mejor recámara de la señora Bailey no significaba nada para él. La habitación era solo una tienda de campaña en sus deambulares. … Por el momento iba a llevar a una joven a un concierto. Así es como lo veía. Era una simple, juvenil, pelirroja y abierta prolongación del doctor von Heber.
Cuando se vio afuera, en la vasta mugre y penumbra del descansillo crepuscular, se dio cuenta de que él la había llevado mucho más allá del doctor von Heber, hasta Canadá; probablemente era más canadiense.
La antigua penumbra de la casa no significaba nada para él; allí no obtendría nada de la calidad de Inglaterra en su vida personal, solo vistazos fugaces a través de afirmaciones en libros y en la conversación de otra gente. Él no la veía como parte de todo aquello de la manera en que el doctor von Heber lo había hecho al hablar en la mesa esa noche y querer hablar con ella porque ella era parte de ello.
La veía como a una joven distinguida, pero una joven como una joven canadiense, y un tipo era un tonto si no se apuraba a invitarla a salir antes que los otros tipos. Pero no había nada en ello salvo ese simple triunfo.
«Me compraré un sombrero de copa antes del domingo»; se prepararía para que ella fuera hasta el Royal Albert Hall como una señorita a la que llevan a un concierto; el Albert Hall los domingos son bandas de metales; él creía que eran un concierto.
Su mundo era tenue y abierto; pero la rápida y lúcida decisión y la libertad de su inocente acogida en su dormitorio elevaron la mugrienta casa marrón de sus largos recuerdos a un nuevo trasfondo.
Iba a ser agasajada, con una identidad asumida y le gustara o no. Los cuatro hombres extraños en la pequeña salita trasera eran sus amigos competidores, los amigos de todas las jóvenes agradables. Él era quien había soltado la risa que ella había oído en el vestíbulo, por supuesto.
Jamás aparecían, pero de algún modo se habían enterado de su existencia y tenían sus extrañas e infundadas maneras prefijadas de pensar y hablar de ella. Al ser médicos y aún estudiantes, debían de ser la clase de hombres más odiosa y espantosa en relación con las mujeres, pensando y creyendo en todos los horrores de la ciencia médica; las cien reglas de oro de la ginecología; si hubiesen sido ingleses habrían ido por ahí haciendo que una deseara matarlos; pero no lo hacían; el doctor Hurd estaba estudiando la ginec’l’gía, pero no aplicaba sus feas mentiras a la vida; para los canadienses las mujeres eran personas… pero para el doctor Hurd todas eran la misma persona.
Esa noche, tanto el doctor Heber como el doctor Hurd aparecieron en la cena. La señora Bailey los acomodó bulliciosamente el uno enfrente del otro, a su derecha y a su izquierda. Miriam no podía creer que se fueran a quedar hasta que tomaron asiento. Se retiró al extremo opuesto de la mesa y ocupó su lugar a la derecha de Sissie, separada del doctor von Heber por el delgado noruego y el volumen saliente de la señora Barrow. El señor Mendizabal, con un lápiz y papel al lado del plato, estaba justo enfrente de ella. Sus ocurrencias méfiant, al compás de las risitas de Sissie y de las rápidas y sarcásticas observaciones de la señorita Strong, armaban un alboroto que encubría su silencio. No oyó nada de las diversas conversaciones que brotaban con naturalidad por toda la mesa. Los doctores eran fortalezas de serenidad lejanas, ajenos a su serenidad, ajenos a ella y a su extraordinaria aceptación de los Bailey y del señor Gunner como algo natural. …
El Dr. von Heber era un silencio interrumpido por breves comentarios corteses y sinuosos. El Dr. Hurd soltaba su risa saltarina y encantada dentro y fuera de un intercambio espontáneo con el Sr. Gunner y la Sra. Bailey. Si ella hubiera estado en el extremo de la mesa de ellos, no habrían percibido sus pensamientos, pero habrían sentido su aguda receptividad y al final se habrían levantado con animadversión hacia ella. Cambiaban la atmósfera, pero no lograban hacerle olvidar los elementos subyacentes e inmutables ni librarla de su resentimiento ante la inconsciencia que ellos tenían de estos. Hubo un largo intervalo antes de que aparecieran los budines. La Sra. Bailey intentaba responder preguntas sobre libros. Al Dr. Hurd no le importaba la lectura, pero le gustaba que sus hermanas le leyeran por las tardes, y se había marchado justo en la parte más emocionante de un libro... una autora maravillosa, ¿cómo se llama ahora?, Rosie... Newchet... Él estaba deseando saber cómo terminaba. ¿Era dulce y maravilloso, o demasiado espantoso como para siquiera contemplarlo? Un estudiante, un médico plenamente cualificado al que sus hermanas le leían a Rosa Nouchette Carey. El Dr. von Heber no participaba. ¿Leía novelas y le gustaban? Nadie tenía nada que decir; nadie allí conocía siquiera a Rosa Nouchette Carey... y ese tal Hunter... es formidable... es el favorito de papá; ¿cómo es esto?, Mr. Barnes of New York... —¡Archibald Clavering Gunter! —dijo Miriam de repente, con el anhelo de estar en el otro extremo de la mesa. —¿Perdón? —dijo Sissie, apartando la vista por un momento de la atareada mano del Sr. Mendizabal y su lápiz. —Ahí lo tiene —gritó el Sr. Mendizabal arrojando su trozo de papel—: úlcera gástrica, ahí lo tiene. Había un dibujo de una especie de cangrejo con pinzas enormes—. Mi hermosa úlcera gástrica. —¿Ha estado hoy en el ’ospital, Sr. Mendizzable? —preguntó la Sra. Bailey entre las risas generales. —He estado, madame, y me he venido. Dicen que me acogerán de nuevo dentro pronto. Je m’en fiche. Los rostros de ambos médicos se volvieron expectantes. La mirada de simpatía socarrona del Dr. Hurd se dirigió hacia Miriam y se convirtió en una máscara de risa histérica reprimida. Tal vez él y el Dr. Heber gritarían y chillarían juntos más tarde y harían una gran historia sobre un hombre en una pensión de Londres. El Dr. Hurd lo calificaría de caso único: «Válgame, ¿no es ese tipo un caso único? Valiente hombrecito. Al que todo le da igual. ¿Cómo es posible que tenga una úlcera gástrica y luzca tan duro, feliz y fuerte?». ¿Qué estaría pensando en silencio el Dr. von Heber?
Los doctores desaparecieron tan pronto como terminó la cena, el doctor von Heber cruzando solemnemente la puerta con unas tranquilas y formales frases de cortesía, y el grupo en torno a la mesa se disolvió.
Es un poco pomposo —estaba diciendo poco después el señor Gunner a alguien desde la alfombra de la chimenea.
¿Se atrevía a hablar del doctor von Heber? Al poco rato solo quedaron las mujeres en la habitación. Miriam se sintió incapaz de marcharse y merodeó hasta que la mesa quedó despejada y se sentó bajo la luz de gas protegida por su cuaderno.
La estancia estaba muy silenciosa. Sissie y la señora Bailey remendaban junto a una lámpara en el extremo más alejado de la mesa. Los pensamientos de Miriam la abandonaron de repente. La marea de la vida se había retirado dejando una quietud imperturbable, un espacio barrido y limpio. Estaba vacía y era nada. En todo el estrépito que había pasado no tenía parte. En todo el ruido que aguardaba por delante, ninguna parte. La gente fuerte iba y venía y no cesaba jamás, viniendo y yendo y actuando sin descanso, viniendo y yendo, y aquí, en su centro, no había nada, una vacuidad sin vida y sin pensamientos.
Los cuatro hombres estudiaban separados en la pequeña habitación, alejados de la vacía e inerte nada... la puerta se abrió silenciosamente.
Mrs. Bailey y Sissie levantaron expectantes la vista y guardaron silencio. Algo había entrado en la habitación. Algo real, que disipaba el tumulto e imponía un apacible silencio.
Ella ejerció toda su fuerza para permanecer inmóvil y aparentemente absorta, mientras el Dr. von Heber colocaba un cuaderno abierto y un gran volumen sobre la mesa, exactamente enfrente de donde ella estaba sentada, y tomó asiento. No advirtió el asombro de ella ante su llegada, ni su asombro aún más profundo al descubrir su propia certeza inconsciente de que él vendría.
Una persistente y familiar sensación de irrealidad se apoderó de ella. Una vez más formaba parte de una novela; era correcto, verídico como en un libro, que el Dr. Heber entrara desafiando a todos, trayendo sus estudios a la sala común para sentarse tranquilamente frente a esta rubia joven inglesa. Él la veía aparentemente muy estudiosa y sentía que podía «continuar sus propios estudios» mucho mejor con la presencia de ella.
Ella comenzó a escribir al azar, adoptando en la medida de lo posible las características que él le atribuía a su apariencia. Ojalá fuera verdad; pero en todo el mundo no existía aquello que él creía ver. Tal vez, si él permanecía firmemente así en su vida, ella pudiera convertirse en una semejanza de su constante y reverente observación. Él no se perdía ningún movimiento ni cambio de expresión.
Quizá sea necesario que a una la traten como objeto de veneración romántica antes de poder llegar a serlo. Tal vez en Canadá había mujeres anticuadas que eran objetos de veneración romántica toda su vida, viviendo todo el tiempo como si fueran Maud o alguna otra mujer de Tennyson. Era glorioso recibir un homenaje real y sencillo de un hombre que no era ningún simplón, un homenaje sencillo, fuerte y bondadoso llegado desde Canadá para colocarla a una en un altar...
Siempre me han gustado esas historias anticuadas porque siempre he sabido que eran verdad. Han perdurado en Canadá. Los hombres canadienses han conservado algo que los ingleses están perdiendo.
Pasó las páginas de su cuaderno y dio con el fragmento tachado por Mr. Mendizabal. Leyó las palabras obligándolas a aceptar un significado superficial. La agitación en torno a las ideas destruiría la perfecta serenidad que se le exigía.
Sé buena, dulce doncella, y que sea inteligente quien quiera.
Bastante fácil si una se mantuviera perpetuamente sostenida por una mano firme y adoradora. Quizá sea en realidad más difícil ser buena que inteligente. Tal vez había cosas en este hombre fuerte que no eran perfectamente buenas y serenas. Él se imponía su propia serenidad a base de pura fuerza; por eso adoraba y buscaba una serenidad natural...
Presently she stirred from her engrossment and looked across at him as if only just aware of his presence. He did not meet her look but a light came on his face and he raised his head and turned towards the light to aid her observation. The things that are beginning to be called silly futile romances are true. Here is the strong silent man who does not want to talk and grin. … He would love laughter. Freed from worries and sustained by him one could laugh all one’s laughter out and dance and sing through life to a happy sunsetting. … Was he religious ? She found she had risen to her feet with decision and began collecting her papers in confusion as if she had suddenly made a great clamour. Dr. Heber rose at once and with some quiet murmuring remark went away from the room. Miriam felt she must get into the open and go far on and on and on. Going upstairs through the house and into her room for her outdoor things she found her own secret belongings more her own. In the life she shyly glanced at, out away somewhere in the bright blaze of Canadian sunshine her own secret belongings would be more her own. That was one of the secrets of the sheltered life … one of the things behind the smiles of the sheltered women; their own secret certainties intensified because they were surrounded; perhaps in Canada men respected the secret certainties of women which they could never share. With your feet on that firm ground what would it matter how life went on and on? There was someone in the hall. Mr. Mendizabal in a funny little short overcoat.
—¿Sale usted, señorita? —dijo él alegremente.
“Voy a dar un paseo”, dijo con entusiasmo, con los ojos puestos en los tonos grises y negros claros del sombrero que él estaba sacando del perchero del recibidor.
“Yo también voy a dar un paseo”, murmuró, encasquetándose el sombrero blando sobre el pelo rebelde y abrió la puerta para ella.
Este era uno de esos días templados de febrero; es un error imaginar que el invierno se ha ido; pero se ha ido en tu mente; puedes ver por delante dos veranos y un solo invierno. I go with you estaba dicho a modo de pregunta. … Tenía en la punta de la lengua volverse y decir you should have said shall I go with you; se vio reprendida por una rápida visión del señor Mendizabal caminando con paso firme y despreocupado por el lado de la calzada de la estrecha acera, balanceando el bastón, el fuerte modelado de su rostro blanco ajeno a todo bajo su fuerte cabello negro y la airosa curva de su sombrero gris con banda negra. «Airoso y garboso»; pero sin un ápice de debilidad. Qué tarde tan encantadora y templada; extraordinaria para la época del año; a él le pondría furioso que lo interrumpieran por eso, considerándola una institutriz rígida y formal y gritando algo irónico que les echaría el mundo encima. Quel beau temps; eso era.
—Qué buen tiempo.
Habían llegado al bordillo de Gower Street y se detuvieron a esperar para lanzarse a través del tráfico que pasaba.
– Une soirée superbe mademoiselle – gritó el señor Mendizabal con un chirrido suave y plano mientras cruzaban lado a lado; – ¡hah- eh! – chirrió apartándola de un empujón para esquivar un carruaje de alquiler y salir hacia la acera de enfrente.
Miriam se apartó justo a tiempo, recibiendo el grito enfadado del cochero de lleno en su rostro levantado. El señor Mendizabal esperaba despreocupadamente frente a la farmacia, cantando con palabras en francés. Ella despachó apresuradamente el incidente, ansiosa por seguir caminando a través de la oscuridad hacia la mezcla de oscuridad y oro de las próximas calles.
Avanzaron pasando junto a las grises alturas del Hospital del University College, criaturas separadas de razas misteriosamente distintas; ella esperaba que, al llegar a la luz, se encontraría sola—y giraron de común acuerdo hacia el brillo de Tottenham Court Road; la marea de luz y sonido los elevaba a una compañía que no necesitaba moldearse en formas de conversación.
Era algo para él y era algo para ella, y se abrieron paso juntos, encontrándose, separándose y volviéndose a unir, unánimes y distantes.
Ambas somos batteurs de pavé, pensó; ambas personas que deben ser libres para no ser nada; diciéndole a todo je m’en fiche... la silenciosa felicidad que había comenzado en el comedor media hora antes volvió a apoderarse de ella de repente, impulsándola hacia adelante casi de puntillas. Estaba allí, inquebrantable; la perspectiva que abría crecía en belleza a medida que caminaba. Había alguna fuente de luz dentro de ella, algo dispuesto a extenderse a su alrededor y por delante y a inundar el pasado. Confirmaba escenas sobre las que había leído, que había admirado y atesorado, buscando en vano en el mundo a mujeres como las descritas en ellas. Comprende lo que las mujeres en los libros querían decir con el sagrado: «Todo es demasiado sagrado para las palabras». No había opción en todo aquello; solo una belleza secreta y sagrada; la unidad con todas las mujeres que se habían sentido de la misma manera; la libertad de seguir certezas.
Afuera era este otro ser intacto y siempre nuevo, su viejo compañero libre que no le hacía caso a nadie. Le arrojaba al señor Mendizabal jirones de alemán o francés cada vez que la creciente multitud de transeúntes les permitía caminar un momento codo con codo.
Su aparente indiferencia ante su incoherencia dio total libertad a su deleite por su colección de modismos y refranes. Cada uno lanzado con su énfasis apropiado y la entonación extranjera correcta le otorgaba un cambio momentáneo de personalidad.
Él atrapaba los jirones y se los devolvía tejiendo frases que aumentaban su reserva de extranjería convincente, cómodamente, desde la inocencia de su experiencia políglota, sin exigirle ninguna contribución instructiva, asumiendo de manera tranquilizadora que ella poseía el mismo conocimiento, siendo su respuesta consciente únicamente hacia su alegría, con los ojos muy abiertos hacia el frente, los rasgos moldeados para la jovialidad.
El peso de su mezquindad personal y su falta de recursos en un mundo fuerte y lleno de recursos era ocultado por él porque no era consciente de la mezquindad ni de la falta de recursos en ninguna parte. Mezquina y desprovista de recursos, ella deambularía manteniendo, tanto como duraran sus fragmentos de personificación convincente, su compañerismo en pie de igualdad con su variada experiencia; llevando dentro de sí, en secreto y con insondable abundancia, el regalo de una feminidad ideal, adorable, graciosa, de rosas y blancos a la antigua usanza inglesa, que le había dado el doctor Heber.
Al doblar hacia Oxford Street se perdieron de vista. Miriam deambuló en solitario en medio de cuerpos que se empujaban. El aire exhausto resonaba con voces estridentes y sin vida, en gritos y en un habla densa, espesa, aplanada e indiferente; incluso desde arriba parecía oprimir un peso. Más adelante se extendía un espacio más despejado; pero era el espacio despejado de Oxford Street y la oprimía sin un rayo ni una rendija. En otro tiempo le había parecido parte del dorado West End; pero Oxford Street no era el West End. Era más desprovista de vida y de esperanza que incluso el norte de Londres; más soportable porque la vida estaba cerca. Oxford Street era como una prisión… la vergüenza de su empresa la asaltó de repente; la alegre partida había llegado a su fin; tal vez podría escapar y volver a casa sola por una calle lateral.
Entre los gritos de las mujeres y el murmullo oscuro y entretejido de las conversaciones oyó la risa sornosa y bufante del señor Mendizábal, no muy lejos detrás de ella.
Mirando hacia atrás desde el espacio despejado de oscuridad al que había llegado, lo vio salir a empujones de un grupo de mujeres, bajo, cuadrado, erguido y brillando intensamente con los restos de su risa. Una furiosa cólera centelleó en ella.
Avanzó con la mirada fija al frente, sin ver, más cerca, cerca, a salvo a su lado, su pequeño y extranjero señor Mendizábal, apacible y familiar.
He aquí a la mademoiselle de Ruscino, all ons, ¡iremos a Ruscino, all ons! Ruscino, en luces eléctricas alrededor de lo alto del pequeño pórtico cuadrado, como el título de una obra alrededor del pórtico de un teatro, la figura de centinela del acomodador, la fugaz visión de palmeras helecho en la penumbra justo dentro del pórtico, la oscuridad más allá, de repente se convirtió en un lugar, separado y distinto de la confusa vaguedad que tenía en su mente con el Oxford Music Hall; ofreciéndose, abierto ante ella, reclamando un lugar en su experiencia; abierto, con ella dentro y los misterios del pórtico a su espalda... el Londres continental ante ella, fluyendo hacia su encuentro en olores mezclados de comida y vino continentales, ricos y embriagadores olores en un aire denso y reseco con el aroma de los cigarros, vibrando con el balanceo sólido, vaporoso y estremecedor de la música.
Era un café! El señor Mendizábal era evidentemente un cliente habitual. Ella podía serlo, por derecho de su felicidad en el extranjero. Estaba allí como extranjera, y todos sus amigos ingleses la llamaban a regresar de un espectáculo que no podía presenciar sin contaminarse. Solo Gerald conocía el espectáculo de Ruscino’s. «Dios, el Ruscino’s; Dios»...
En un vasto espacio abierto de luz, enmarcado por un círculo de penumbra con balcones, innumerables mesitas acogían a grupos de personas envueltos en el brillo de pantallas luminosas, velados por la bruma, nítidos en espacios de luz cortante, nublados por espirales de humo a la deriva.
Se sentaron en ángulo recto el uno respecto al otro en una mesita bajo la altura central. Los confines del sala eran invisibles. A su alrededor había gente mundana, malvada y feliz.
Podía comprender una vida que pasara todo su ocio en un café; cada día terminando en una cálida brillantez, el olvido entre extraños cercanos e íntimos, compartiendo la libertad y el olvido del eterno e inmutable café, todos juntos en una vida común. Era como una especie de danza, todos yendo y viniendo con equilibrio y ligereza, separados y libres, unidos en la libertad. Era un cielo, el cielo de un hombre, la mayoría de las mujeres estaban allí con hombres, de algún modo vigilantes y dependientes, pero incluso a ellas se las obligaba a librarse de preocupaciones y barullos mientras estuvieran allí… los malvados cesan de turbar y los cansados reposan… ella estaba allí como un hombre, un hombre libre del mundo, un continental, un cosmopolita, un conocedor de mujeres.
Aquel viejo sentado a solas, de rostro gris y mirada apagada, era el final de todo, pero aun así el café lo sostenía; vendría hasta que la muerte se acercara demasiado como para permitirle moverse. Era horrible, pero menos horrible de lo que sería a solas en una habitación; tenía que cumplir las normas y apañárselas para saber comportarse; mientras pudiera venir, seguía en la vida. … Alas de muselina blanca sobre un sombrero de paja negra, un traje de cuadros de buen corte y un porte, el busto hacia adelante, un porte elegante que imponía secretos y modales. … Miriam se volvió para verla marchar con un grupo impreciso de gente a través de la luz central hacia la penumbra exterior. Voilà une petite qui est jolie, comentó con aire judicial.— Une jeune fille avec ses parents —le reprochó el señor Mendizabal. Incluso él, un extranjero depravado, rápido y de poca monta, ignoraba lo totalmente carentes de significado que eran sus palabras. Él estaba allí, en el Ruscino, con toda naturalidad. Se sentaba en su casa, en la cúspide de su feliz expansividad extranjera. Carecía de toda noción de perversidad desesperada. No contribuía en nada a la noción de perversidad desesperada; irradiando como un nimbo inaceptable desde su cabeza brillante y vigorosa había una fatigosa sensiblería hogareña.
Se lanzó a la música, las brillantes frondas de lejanos helechos de palma; sorbió su licor con los ojos bajados y pensó en una tarde a lo largo del dique en Ostende, el aire balsámico, los interiores brillantes y telescópicos de las villas, el salvaje paseo de máscaras con los brazos entrelazados, Elsie realmente había parecido una bruselense sin principios... los extranjeros eran todos inocentes en su depravación... Para saborear la alegría de la depravación hay que ser inglés... ¡Ajá; Strelinsky! Ça va bien, hein? Una figura había surgido de la tierra junto al codo del señor Mendizabal y se quedó mirándolo desde arriba; otro extranjero. Ella miró con aire de dueña; un hombre esbelto con un abrigo gris fino y descolorido, un perfil afilado de color gris amarillento y una cabeza pequeña y delgada bajo un sombrero de fieltro gris deslucido. Strelinsky. El señor Mendizabal se puso en pie con firmeza haciendo una reverencia con la mano cuadrada y extendida, envuelto en el haz radiante de su sonrisa. Le presento al señor Strelinsky. Un músico. Un compositor de música. Su actitud social había vuelto a apoderarse de él; paternalismo, bondad fuerte, responsable y trabajadora.
El rostro bajo el sombrero gris se volvió lentamente hacia ella. Ella hizo una reverencia y miró a unos ojos hundidos en la delgada máscara del rostro. Sus ojos trasladaron una pregunta de los ojos inexpresivos al rostro inmóvil e inexpresivo.
¿Cómo podía ser compositor, teniendo un aspecto tan… evanescente? Strelinsky… Morceau pour piano… tenía que ser él quien estaba ahí de pie; ¿escribió usted esto?, dijo ella abruptamente y tarareó el principio. Sonó informe y desprovisto de tono, pero había una pequeña melodía justo a continuación. Se detuvo antes de alcanzarla, sin estar segura de que él estuviera prestando atención; el mundo estalló en risas; su rostro se volvió lentamente y dejó de mirar hacia abajo por encima de ella, con los ojos fijos en una repetición mortecina de la risa en la que ella se estaba ahogando.
Él estaba de pie en el espacio con un abrigo y un sombrero descoloridos, una figura incolora revestida por la debilidad de ella de una dignidad y una sabiduría vivaces… agrupadas inaccesiblemente más allá del vasto espacio había mesas macizas repletas de jueces; figuras oscuras juzgaban a la luz ámbar bajo la galería donde se alzaban las palmeras; ella se estaba ahogando sola, rodeada por un círculo distante de palmeras.
Eleven. We must go miss stated Mr. Mendizabal cordially.
Miriam rose. The tide of café life flowed all round her. She wandered blissfully out through the misty smoke-wreathed golden light, threading her way amongst the tables towards the black and gold of the streets.
Far away behind her, staying in the evening, Strelinsky blocked the view, moving, fixed avertedly, with eyes in his shoulders along an endless narrowing distance of café.