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VII. Miriam

Miriam encontró su viejo libro de oraciones y garabateó su nombre en la portadilla.⁠ ⁠… Bella de Castro escribiendo de parte de su madre debajo de su nombre en su biblia⁠ ⁠… sintiendo algo, en privado, sin saber que nadie lo vería.⁠ ⁠… La luz del sol derramándose sobre la fina página de la biblia; las palabras escritas con gordura con uno de los lápices romos y descuidados de Bella. Su gruesa trenza negra y retorcida, sus brillantes y aceitosos ojos italianos en su cara larga, gorda y hermosa; mirando fijamente por la ventana esperando malhumorada a que terminaran los días de escuela; su hermoso y horrible hermano a caballo; exactamente igual; las marcas de agua por encima de sus muñecas cuando se lavaba las manos, y luego, de parte de su madre, recortado con cuidado, queriendo decir .

Las anotaciones a lápiz de Miriam daban un sentido falso al devocionario. No había goma de borrar, tendría que dejarlo tal como estaba. Era una carta dirigida al doctor von Heber, supuestamente escrita cuando ella era una muchacha.⁠ ⁠…

Llevó el libro abajo. Los Bailey seguían sentados junto al fuego, dando la espalda al doctor von Heber, que permanecía solo en la penumbra, en medio de la habitación. Ella se adelantó, entregándole el libro con rigurosidad, y volvió a sentarse afanosamente al piano, registrando con enojo sus tranquilas y formales gracias y su silenciosa y rápida partida.

Empezó a tocar donde lo había dejado; diciéndole al doctor von Heber, mientras bajaba las escaleras, que había subido a armar un escándalo y a interrumpirla; que su velada elegida consistía en sentarse con los Bailey a tocar el piano; que ella no era devota de ir a la iglesia.

Él había venido de repente; después de tanto tiempo; si ella no hubiera estado tan perdida en aquella tarde decepcionante, habría estado lista.

Si no hubiera estado de pronto tan preparada, precipitándose y buscando tras sus palabras como si estas hubieran tenido lugar mucho tiempo atrás y hubieran ido a la iglesia juntos y regresado ante todo el mundo, no habría habido en su voz la reprochable y ofendida anticipación de su estupidez.

Tal vez de verdad se le hubiera ocurrido de repente abajo que estaría bien ir a iglesia, sin saber que ese era uno de los efectos reales de enamorarse… pensando tan solo en el transcurso de sus estudios mundanos que existía la iglesia y que él era en el fondo un devoto y debía ir más menudo y subiendo a pedir prestado un devocionario a los Bailey.

No. De repente en la habitación, de pie en el desconocido salón por primera vez con su aplomado, urbano y seguro modo de ser, esperando, un tanto vuelto hacia el piano. Los Bailey no habían hablado ni se habían movido; le temían; pero la señora Bailey se habría obligado a decir, Bueno, doctor, ante aquella asombrosa aparición. Simplemente esperaban, apartados por su actitud de espera.

«Creo que esta es una buena tarde para ir a iglesia».

¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? ¿Dónde vas, saliendo tan a menudo? ¿Qué haces aquí sentada tocando? Deberíamos ir a iglesia; nosotros dos. Heme aquí profesando devoción e idióticamente confesando que he venido desde Canadá sin un devocionario y fingiendo pedir prestado tu devocionario porque tenemos que estar juntos en la iglesia. Las impresiones del doctor Hurd no habían tenido efecto alguno sobre él.… Pero ahora había regresado a su propia vida no solo pensando que ella no era dada a ir a la iglesia, sino sintiendo la seguridad de que su propia vida privada de idas y venidas no albergaba ningún pensamiento sobre él.

El Dr. Hurd sentado en el ómnibus con la diversión esculpiendo profundas líneas en su rostro rojizo como el ladrillo y brotando de sus ojos bajo el fulgor de la tarde calurosa; el bombín nuevo y pulcro con el pelo rojo asomando por debajo, la ropa de Montreal de buen corte sobre su figura recia y pulcra; inamovible, allí durante toda la tarde. Obligado a seguir y seguir aislado con la sonrisa rojiza y los ojos verdes chispeantes a través del calor de la tarde, en medio de una multitud deslumbrante de gente de ómnibus, camino a una banda de metales en el Albert Hall, creyendo que iban a un concierto. No sabía qué era lo que hacía un concierto. Sentado con los restos de su sonrisa, esperando las cosas que le habían enseñado a admirar, incapaz de encontrar nada sin su madre y sus hermanas; extrañando a las damas canadienses con opiniones sobre todo; esperando todo el tiempo a que lo manejaran al estilo de las mujeres canadienses.⁠ ⁠… Debió de habérselo contado a los demás después, con la cara arrugándose ante ellos y ellos escuchando y asintiendo.

Había empezado justo después de que él sugiriera lo del concierto.

  • Me compraré una chistera nueva antes de eso.

La terrible exigencia de una broma. Su forma de esperar como si uno fuera un ser extrañísimo que estuviera esperando ver decir o hacer algo que cualquiera pudiera entender era igual que la manera inglesa, solo que más abierta. Pero a los ingleses de ese tipo no les gustaba la música ni les leían libros.

Quizá sus padres pertenecían a la otra clase de ingleses y él llevaba el sello de ello, prometiendo seriedad y amor por las cosas bellas, y la vida lo había obligado a adoptar el modo burlón de la gente mundana que parecía no tener ningún rincón sagrado en absoluto.

Palabras rápidas, bañadas en risas acumuladas hasta poner en duda qué era lo que pasaba.

  • Hombres, que exigen bromas y diversión;
  • mujeres que solo triunfan bromeando satíricamente sobre todo.

Von Heber es un hombre que se abrirá paso a cuchillada limpia. […] Vaya. Es grandioso. Abrirse paso a cuchillada limpia; una de esas frases que te satisfacen y te inquietan; breve, y que omite casi todo; el doctor von Heber avanzando por la vida con un cincel, empeñado en esculpir; todo el mundo envidiándolu; el von Heber no visto ni comprendido; su camino está esculpido, él es su camino […] avanzando cada vez más y más lejos mientras uno escuchaba. Su pobreza y su labor denodada atrás, en Winnipeg, entre el hielo. Izándose fuera de aquello, convirtiéndose en médico; un graduado de «McGill» […] destacando entre los graduados con incluso el mismísimo ademán del éxito más marcado en él que en ellos con su dinero y su desahogo; navegando hacia Inglaterra con paso firme en el terrible riesgo del dinero prestado […] está mal, es un insulto para él pensar en ello mientras aún está en medio del esfuerzo […] una especie de traición conocer los detalles en absoluto […] la imposibilidad de no recrearse en ellos. Pero el pensamiento disipa su efecto general. En su fuerza y en su sol hay poder. Las cosas que ha hecho son el poder en él; no hay necesidad de conocer los detalles de chismorreo; por eso los hechos sonaban tan familiares; reproches, tal como los sacó a relucir el doctor Hurd. […]

Yo lo sabía todo sobre él cuando conocí su luz de sol. Debería haber salido huyendo ceñido de espino, con alguna mujer, y haberme esperado hasta que él regresara.

El doctor Hurd parece una vieja; un viejo chismoso. Los viejos son peores chismosos que las viejas. No pueden quedarse con las manos quietas. Acuñan frases. El doctor Hurd es una vieja muerta, muerta. Manipulando las cosas como un viejo.

Era tan natural escuchar. Las cosas «naturales» te hacen perderte y extraviarte... el juego de la sortija «solo un poco de tontería inofensiva... no hay daño en un poco de alegre tontería, pollito».

No existe tal cosa como la tontería inofensiva: el despiporre te hace olvidarlo todo. Lugares secretos y sagrados. George y John, fieles y constantes, no pueden crear esas cosas. Sonríen en persona y la habitación o el paisaje se vuelven inmediatamente estúpidos y sosos...

“I never met a chap who could make so much of what he knows⁠ ⁠… pick up⁠ ⁠… and bring them out better than the chap could himself.”

The four figures sitting in the little room round the lamp.

Dr. Hurd talking his gynæcology simply; a relief, a clear clean place in the world of women’s doctors.⁠ ⁠…

Dr. Winchester talking for Dr. von Heber, his brown beard and his frock-coat just for the time he was talking before Dr. von Heber had grasped it all, looking like a part of the professional world.

Dr. Wayneflete’s white criminal face his little white mouth controlledly mouthing⁠ ⁠… Wayneflete’s brilliant; but he’s not got von Heber’s strength nor his manner.

He’s quiet though that chap⁠ ⁠… he’d do well over here⁠ ⁠… that spreads your thoughts about, painfully and wholesomely.

Dr. Hurd spreads his thoughts about quite simply.⁠ ⁠…

El momento fue tan sorprendente que lo olvidé. Siempre olvido las cosas que me sorprenden. Ella me odiaba y odiaba todo. Debo haberle dicho que me iba. Cuando dije puedes recuperar a Bunnikin, de repente se volvió más vieja que yo. «Ay, Bunnikin». Su querido Bunnikin, tan elegantemente vestido como la señora Corrie, al elegante estilo de casa de campo y sabiendo cómo entusiasmarse y portarse bien.⁠ ⁠… «Bunnikin es demasiado simple». Sybil con su delantal de algodón azul bajo la luz ámbar en el salón Luis Quince, uno conmigo, deseándome porque yo no era simple.⁠ ⁠… Pensé que me odiaba todo el tiempo porque yo no era mundana. No habría sabido que no era simple si ella no me lo hubiera dicho; esa niña.

… Estimado Sr. Bowdoin⁠ ⁠… y creo que puedo prometerle un público.⁠ ⁠… Lamento no poder ir el jueves y siento sinceramente que haya pensado que yo deseaba un público⁠ ⁠… la extraordinaria y pomposa susceptibilidad de los hombres⁠ ⁠… por qué no vio que ni se me pasó por la cabeza sugerir que viniera otra vez solo para verme. He olvidado al Sr. Bowdoin⁠ ⁠… y al Museo⁠ ⁠… todo.⁠ ⁠… Me siento aquí⁠ ⁠… tocando para esconderme de los Bailey y él anda por ahí haciendo feliz a la gente. «No les importa⁠ ⁠… me ven, gritan ¡Ah! ¡Don Clemente! Les divierto, río, creen que soy feliz. Voilà tout, mademoiselle. ⁠ ⁠… Il n’y a qu’une chose qui m’amuse. »

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