Un día de calor abrasador cambió la estación de repente. Una luz plana y amenazante recorría la casa.
La sala de espera ensombrecida, cegada por el sol y perfumada a flores, albergaba en sus sillones hondos a pacientes horneados por las calles. Algunos estaban lánguidos. Pero ninguno sufría. Conservaban su frescura y su inmunidad al agotamiento al vivir alejados del esfuerzo y del calor mugriento; con ropas frescas, moviéndose velozmente a través del aire en movimiento en carruajes y cabs con cortinillas de holanda; tomando helados en costosas sombras; siendo atendidos en las profundidades frescas de las casas del West End; sus vidas perturbadas tan solo por alguna que otra visita al dentista.
Los pacientes delgados y oscuros eran como lagartijas, vivaces, huidizos y activos incluso en el calor sofocante.
La habitación sin sol de Miriam estuvo fresca todo el día. A través de su ventana gris podía ver la luz del sol derramándose sobre los ventanales salientes de la pequeña habitación del señor Leyton y reflejada en el brillo mugriento de los vidrios esmerilados de la salita. Su trabajo del día era irreal, tan fácil como un sueño. A su alrededor había días abiertos y soleados que su verano no podía traer, y que sin embargo eran suyos mientras se movía entre ellos; una hoja caída en el vestuario, la visión de un vestido de verano, la luz estival entrando por ventanas de par en par la transportaban hacia ellos. El verano nunca volvería a ser como antes, pero la liberaba del frío y la dejaba moverse sin trabas por los veranos del pasado. El verano era la felicidad. … Las cosas individuales eran pajas en la corriente de la felicidad estival.
A la hora del té en la salita se hizo una penumbra silenciosa. Era como un invitado que acaparaba la atención de todos, disolviendo las diferencias y liberando simpatías inesperadas. Todos hablaban de la tormenta que se avecinaba y lucían hermosos al hablar. El trabajo del día se comentaba como en presencia de un huésped invisible.
Salió de la casa de unos amigos al encuentro de la luz del día oscurecida... tal vez por el repiqueteo repentino de las gotas de tormenta sobre su fina blusa. La calle era de un gris lívido, brillante con luz solar oculta.
El presente puede juzgarse por la parte del pasado que evoca. Si el presente evoca la felicidad del pasado, el presente es feliz.
Purgatorio. Las aguas del Leteo y de Eunoe: «el olvido y la dulce memoria»; y luego el Cielo. Los católicos tienen razón en cuanto a la expiación. Si eres feliz en el presente, algo se está expiando. Si la vida contiene momentos de paraíso, debes de estar en el purgatorio mirando al otro lado del valle de Asfódelo. No puedes estar en el infierno. … Y sin embargo, el infierno no sería el infierno sin el conocimiento del cielo. Si una vez has estado en el cielo, nunca podrás escapar. Y aun así Dante creía en el castigo eterno.
Bañarse en las aguas del Leteo y del Eunoé indignamente es beberse la propia condenación. Pero la felicidad brota antes de que uno pueda evitarlo. Quizás la felicidad sea un largo pecado, acumulando una deuda. … Es mi compañera secreta. Esperando al final de cada pasadizo oscuro. Yo no me hice a mí mismo. No puedo evitarlo.
Brillante … brillante; y alguien lo estaba viendo.
No había tormenta, ni nubes ni bordes rosados sobre el brillante gris cobrizado. Ella siguió vagando por el camino cercado por un verde encendido. El sol invisible estaba en todas partes. No había aire, nada que mantuviera su cuerpo separado de la escena.
El brillo gris del cielo estaba sobre la acera y en el verde del parque, creando sombras malvas entre los árboles y una neblina malva entre el verde más lejano. Las fachadas de las altas casas se recortaban contra el gris, blanco oriental, con volantes abajo de un verde recién hecho, brotando inmóviles mientras uno miraba … casas de estuco blanco contra el azul del Mediterráneo, árboles grises de mimosa, lila de Wisteria de plumas verdes.
Entre las casas y el parque, el camino brillaba con un gris madera, oscuro, gris cocido, bordeado por el gris piedra sin sombras de la acera.
Verano. La eternidad asomándose …
Euston Road era un canal estrecho y caluroso de ruido y olores irrespirables, la polvorienta y agobiante crueldad del verano londinense, que conducía a los bosques de suelo verde plumoso de Endsleigh Gardens bordeados por fachadas grises, y terminaba en la fría piedra de la iglesia de St. Pancras.
En el comedor crepuscular, el cuerpo era como un sol caliente que latía en el aire fresco y oscuro, rodeado por paredes frescas que retenían la oscuridad en los rincones lejanos; la frescura se derramaba por las ventanas de par en par hacia las fachadas grises y frescas de lluvia de las casas de enfrente, fresca y fresca hasta que el latido cesaba.
Todas las figuras sentadas alrededor de la mesa eran hermosas; lejanas, secretas y separadas, cada una instalada en la llegada del verano, ajenas a todo.
Un sola alma.
El verano es el alma del hombre. Durante todos los meses pasados habían sido los invitados en espera del verano.
El dolor de intentar volver al instante de la primera visión de la primavera, el momento perfecto antes de que surgiera el pensamiento de que la primavera avanzaba en el campo sin ser vista, había terminado. El momento volvió por sí mismo… el fulgor verde en las plazas, las ondas de esmeralda bordeadas de geranios rosas a lo largo de los balcones de las casas blancas.
Después de cenar, Miriam salió del comedor, empujada alegremente hacia afuera, quedándose atrás, flotando y vagando felizmente, unida a todos en la estancia mientras sus pies la llevaban paso a paso sin rumbo, yendo a todas partes, arriba a través de la penumbra de la escalera. …
El salón estaba lleno de una luz azafrán, que se filtraba a través de las cortinas colgadas inmóviles ante los altos ventanales franceses.
En el aire de la habitación, justo dentro del tenue olor a tapicería polvorienta, se encontraba la paz del verano recién encontrado. El regalo de la señora Bailey.
El año pasado no había habido paz de verano en su buhardilla sofocante. Este año el verano estaba con ella, en la casa donde se encontraba.
Muy lejos, en la paz de la habitación, era la tarde de un caluroso día de verano en la Waldstrasse, las chicas sentuidas alrededor, hermosas formas sin rasgos juntas para siempre en el apacible crepúsculo del fresco saal y sentada en su pequeño cenador Ulrica, todas, con su oscuro y delicado perfil alzado hacia el jardín, su inconsciente belleza perlada agrupada contra la inalterable presencia de la fräulein Pfaff.
Miriam se volvió hacia la ventana cercana y escudriñó a través de la densa malla de la cortina de encaje amarillenta por el humo.
Detrás de ella, la puerta francesa estaba entreabierta. Apartando el espeso encaje con olor a polvo, salió y cerró la puerta tras de sí.
Había unas raídas sillas de salón colocadas en fila irregular sobre la sucia piedra gris, cercadas por una balaustrada de barrotes de hierro pintados de granate oscuro, casi incoloros por la mugre negra.
Pero el aire elástico del exterior estaba allí y, al fondo de la calle, un gran fulgor dorado y rosado se alzaba por encima y se dejaba ver a través de las plumosas ramas superiores de los árboles de Endsleigh Gardens.
Un buen número de personas debían de haber estado sentadas afuera antes de cenar. Eso formaba parte de su felicidad a la hora de cenar. Dentro de poco, algunas de ellas regresarían.
Examinó la disposición de las sillas. La pequeña, cómoda y circular silla de terciopelo se encontraba en el centro de la hilera, orientada de manera conversacional hacia la silla de mimbre de respaldo alto. Las demás sillas eran las pequeñas y rígidas con asiento de terciopelo.
La del extremo norte del balcón podía girarse hacia el cielo resplandeciente dando la espalda al resto del balcón. Estiró el brazo, la giró y se sentó.
Las casas de enfrente, con sus balcones en los que ya se estaban formando grupos, quedaban de lado, perdidas más allá del límite de sus gafas. El balcón de la casa contigua estaba vacío; no había nada entre ella y la perspectiva de vegetación que se difuminaba en plumas hacia el intenso brillo rosa dorado. …
Podría venir aquí todas las noches... llenando su vida de verde paz; preparándose para el calor sofocante de las noches en su buhardilla.
Este año, con la cena en el comedor fresco y el balcón para la velada, el verano no sería tan insoportable.
Permanecía sentada, inmóvil, transportada a la frescura del jardín.... Benedicción....
La gente salía al balcón detrás de ella, comentando la belleza de la tarde, sus voces nuevas y pequeñas en el aire exterior. … Si no volvía a salir en todo el verano, este sería diferente. Había empezado de otra manera. Sabía lo que le aguardaba y podía prepararse para ello.
Ella hallaría frescor en el corazón del sofoco de Londres si lograba mantener la mente en calma. El frescor en el corazón del sofoco central era una vida maravillosa, de un momento a otro, vida pura. Avanzar ahora, desde este instante, viva, manteniéndose viva, a través del verano londinense. Incluso irse de vacaciones sería romper la maravilla, chasquear la pista secreta y perder la vida secreta. …
El oro rosado se profundizaba y se extendía.
Miriam se sintió descansada como si hubiera dormido. Le parecía como si hubiera estado sentada en aquella quietud durante un tiempo más largo que toda la jornada laboral.
Recuperarse así todos los días… tener al final de cada jornada una cabeza fría, despejada y firme, las extremidades descansadas y la sensación de que la tensión del trabajo quedaba tan lejos que jamás podría regresar.
La incansable sensación de mañana y de nuevo día que surgía al transitar de una parte a otra de sus tardes londinenses, y con más fuerza al final de una larga tarde, al pasar de una conferencia o del teatro a un ocio sin fin, a la lectura, a la alegre luz del gas sobre su libro bajo el techo inclinado, la dejaba siempre por la mañana sin ganas de levantarse, y convertía el comienzo del día en algo horrible por el desfallecimiento y en un desayuno apresurado, tomado al son de la escucha culpable de las campanadas de las nueve en la iglesia de St. Pancras, y con la irritada conciencia de que el señor Hancock ya estaba llegando, fresco y vestido de gris, a la puerta matutina de Wimpole Street.
Esta noche, marchando fuerte y constante hacia su habitación caldeada, el sueño sería de una frescura plateada. Se despertaría temprano y despejada, y los sorprendería a todos en Wimpole Street llegando temprano y serena tras un desayuno sin prisas.
La luz rosada brillaba sobre escenas lejanas con amigos distantes.
Venían a su mente con rapidez, uno por uno, y permanecían agrupados en un fulgor, más nítido y claro que en la experiencia.
Recordaba escenas que habían dejado un escozor, algo que aún debía responderse.
Vio dónde había fallado; sus amigos comprendieron lo que ella había querido decir, en alguna parte secreta e inconsciente de ellos mismos que estaba vuelta de espaldas al mundo; en sus pensamientos consigo mismos cuando estaban solos.
Sus propios juicios, suspendidos con agudeza en la memoria al final de algún pequeño incidente, se invertían, caían carentes de significado, regresaban reforzados, avanzaban hacia un entendimiento más claro.
Sus amigos se iban deslizando hacia adelante, acercándose demasiado, como en competencia por algún lugar central.
A cada reclamo, ella ofrecía su cielo vespertino como una respuesta plena.
Las múltiples formas permanecían, agrupadas, como un auditorio, frente a la tarde.
El oro se iba apagando, una suave neblina se extendía por el rosa cada vez más intenso, haciendo que el follaje fuera más oscuro y opaco.
Pronto el cielo sería de nácar sobre una suave masa oscura y luego gris atardecer puro perfilando las oscuras copas de los árboles plumosos de una plaza londinense que abajo se volvían verdes a la luz de las farolas, hundiéndose en el sueño, exhalando profundamente su frescor para encontrarse con el frescor que brotaba por las calles desde las plazas vecinas.
El frescor se invadiría sigilosamente los muros exteriores de las casas, ya frescas por dentro. Solo en las buhardillas el día bochornoso permanecería bajo los tejados que se enfriaban lentamente.
Todavía entraba una pálida luz en la penumbra de la buhardilla. Debían de ser apenas las nueve… el gas estalló en una brillantez invernal… Cuatro sermones sobre Dante.… La vida de Dante de Kuenen… Gemma Donati, Gemma, haciendo budines afanosamente en el mundo alumbrado por la luz de la Rosa Mística; arrastrada por el torrente de palabras… una corpulenta mujer italiana… Gemma; Bayatrichay… estaban destinados a desembocar en la música… una silenciosa mujer italiana en una cocina calurosa regañando, excluida de la rosa mística… Lourdes… Le Nabab… atroce comédie de bonheur conjugale sans relâche… el francés expresando lo que el inglés solo piensa… “la esposa”… ¡conocí a mi esposa!… nariz roja y pantalones de cuadros, hombre casado beato y autocomplaciente, todos los hombres casados autocomplacientes del público riendo a carcajadas… “Debes estar preparada para afrontar el hecho de que te den por sentada, debes ocultar tus penas, aprender a no decir nada de tu desapercibido y agotador esfuerzo, llevar una sonrisa sobre el corazón que crees que se está rompiendo; mantenerte firme ante el naufragio de todos tus sueños. Recuerda que, aunque él no lo sepa, a pesar de todo su aparente olvido y desatención, si tú fallas, su universo se derrumba”… los hombres viven sus vidas infantiles e ignorantes sobre un cimiento de dolor y agotamiento. Muy abajo, en la vida febril de dolor y agotamiento, hay una certeza profunda. No hay certeza profunda en las vidas de los hombres. Si la hubiera, no estarían siempre hablando con labios presumidos y culpables como si algo estuviera esperando, si se detenían, para abalanzarse sobre ellos por la espalda.… La evolución de la Idea de Dios.… He olvidado de qué trata eso… una pintura de una especie de Madonna… diosa del grano, con un niño y gavillas de trigo.… El mecanismo del pensamiento.… Treinta críticas sensatas.… Critique de la Pensée Moderne; traducido por H. Navray, Mercure de France.… ¿Cómo empezó? ¿Dónde estaba cuando salió y empezó a decir que todo el mundo estaba equivocado? ¿Cómo llegó a saber todo eso? Ella bajó un volumen de mala gana… había algo que se estaba perdiendo, algo aguardando en el aire silencioso de la habitación que desaparecería si leía. No era demasiado tarde. ¿Por qué escribían libros los hombres? ¿Los hombres modernos? El libro estaba abierto. Sus ojos escrutaron a regañadientes. Tejido. ¿Cómo encontraba sus palabras? Nadie había dicho jamás tejido a propósito de nada. Hacía que la página cobrara vida… una alfombra tejida, a un lado un hermoso patrón resplandeciente, al otro una tosquedad apagada y fibrosa… hay una holgura peligrosa… su corazón empezó a latir con aprensión. La habitación estaba muerta a su alrededor. Se sentó tensa y leyó la frase de corrido. Hay una holgura peligrosa en el tejido de nuestras mentes. Imaginó las palabras pronunciadas; holgura era fea, afeaba la boca al hablar. Hay una holgura en el tejido de nuestras mentes. Eso es lo que habría dicho en una conversación, sin mirar a ninguna parte y esperando fulminar una objeción. Hay una, peligrosa, había escrito. Eso introducía otra idea. Se supone que uno no debía notar que eran dos afirmaciones, sino leer fluidamente, aceptando. Era deliberado. Introducido a propósito para asustarte y hacerte leer más. Peligrosa. El adjetivo de la frase, personal, una cuestión de opinión. La gente que lee los libros no piensa en los adjetivos. Les gustan. ¡La conversación está hecha de adjetivos!… toda la preocupación de la conversación se debe a que la gente usa adjetivos y se precipita.… Pero no se puede describir… pero peligroso no es un adjetivo descriptivo… hay una holgura retorcida, eso describe… eso es sajón… Abendmahl… peligroso, francés… el Príncipe de Gales usa el elegante idioma normundo… peligroso es una idea, el lenguaje de las ideas. No expresa más que una opinión sobre la vida… una amenaza que te desafía a disentir. ¿Peligroso para qué?… El hombre es una máquina mal hecha… un oculista podría mejorar el ojo humano… y la mente también está mal hecha de algún modo… la lógica es una aritmética barata. Imaginación. ¿Qué es la imaginación? ¿Es su imaginación la que ha descubierto que la mente es floja? ¿No es la imaginación la mente? Es su mente imaginativa. Un tipo especial de mente. Pero si la mente descubre que la mente no es confiable, su conclusión tampoco es confiable. Eso es lógica… Bárbara. Toda mente es no confiable. El hombre es mente, por lo tanto el hombre no es confiable.… Entonces es inútil intentar saber algo… los libros siguen y siguen… él ha inventado la imaginación. Imágenes. Tejido. Pero no inventó peligroso. Eso es insolencia. Por este pecado cayeron los ángeles. Tal vez sea un ángel caído. Tenía razón cuando le dije a Eva que le había vendido mi alma al diablo.… “Bastante buena postemporada” y luego girando vivamente para capturar y replantear algún hilo… y luego, más tarde, descubriendo que uno sigue mirando. “M’sí; un fino… fuliginoso… rosa… Dios ha tomado un helado de fresa para cenar”… objeciones interminables e inagotables… un mundo frío, sombrío y científico… Alma lo sabía. En aquella casa clara y brillante con el mobiliario satisfactorio… ahora hagamos todos Budas. A ver quién hace el mejor Buda. Apartada de ellos podías olvidarte; pero seguía ocurriendo todo el tiempo… de algún modo por delante de todo lo demás que estaba ocurriendo. Se levantó y volvió a colocar el libro. Estaba en su estante; un ejemplar firmado; extraordinario. Era un privilegio extraordinario. Nadie más podía escribir libros así; nadie más sabía tanto de todo. Con razón o sin ella, era imposible dejar de escuchar todo lo que él tenía que decir… y eran amables, atentos a la vida de uno de un modo en que los demás no lo eran.
Se encaminó hacia la ventana, hallando renovación en el familiar crujido de su suelo en la casa, aquí. … Volvió a cruzar sobre el feliz crujido, apagó el gas y regresó a la ventana. El cielo estaba lo suficientemente oscuro como para mostrar una estrella brillante; aquí y allá, en la oscuridad de las fachadas de enfrente, había un rectángulo de luz dorada. La tenue luz azul que ascendía desde la calle iluminaba los bordes exteriores de los alféizares de piedra gris. El aire bajo el techo de madera del hueco de la ventana era casi tan viciado como el que se respiraba bajo la inmensa altura de la frescura superior. … Allá al fondo de la calle se veían los árboles verdes iluminados por las farolas; sombras de plátanos sobre la acera estrecha. Se puso el sombrero en la oscuridad.
Al cruzar la calzada para alcanzar la estrecha franja de acera que discurría bajo los árboles, vio solitarias figuras oscuras apostadas a intervalos contra el brillante verdor iluminado por las farolas, y se apartó de nuevo hacia la acera ancha. Había olvidado que estarían allí. Permanecían de pie como centinelas. … Detrás de ellos, el verdor iluminado por las farolas resplandecía febrilmente. … A la sombra de la iglesia de San Pancracio había otros, pequeños y negros en un desierto … que se perdían rápidamente en la gran sombra por la que los transeúntes avanzaban raudos de luz en luz.
Allá fuera, en Euston Road, por las aceras ensombrecidas por los árboles y dejadas en la oscuridad por las altas y delgadas velas con pantalla de las lámparas a lo largo del centro de la calzada, venían caminando, con un andar extranjero, pausado, constante, ondulante y expresivo, aquí y allá entre las formas amorfas e inexpresivas de los transeúntes londinenses.
La alta entrada de piedra de la estación de Euston brillaba blanca al otro lado. Cualquiera puede entrar en una estación. En el interior de la entrada, la oscuridad gravosa se abría a ambos lados.
Silencio a todo alrededor y al frente, donde los edificios silenciosos tenían aquí y allá una ventana iluminada. ¿Dónde estaba la estación? La inmensa oscuridad y quietud londinenses, solas y desiertas como un paraje campestre de noche, justo más allá de los ruidos de Euston Road. Un asesinato podría ocurrir aquí.
El grito de un motor resonó, apagado y lejano. Justo adelante, en el centro de la amplia masa de edificación que se aproximaba, había un ancho arco de piedra tenuemente iluminado.
El traqueteo de un hansom resonó desde un espacio abierto más allá. Su luz apareció oscilando velozmente hacia adelante e iluminó el arco. El hansom cruzó a toda velocidad con un silencio sorprendente, sin más que el tintineo y el sordo traqueteo de cuero del arnés, y pasó; el golpeteo de los cascos del caballo y el rápido deslizar de las ruedas volvieron a sonar en el espacio abierto.
El arco tenía pequeños senderos laterales para peatones techados por pequeñas extensiones abovedadas del arco central… caucho vulcanizado… pavimento para amortiguar… el edificio era un hotel; el Edwards daylight Family Hotel… gente adinerada hospedándose justo encima del arco, de viaje, llegando a Londres, marchándose de Londres, sin pensar en el oscuro y secreto vecindario.
Un patio se abría más allá del arco. Ni siquiera era aún la estación.
Había un camino justo enfrente que iba a la derecha y a la izquierda, con faroles; justo delante, a la izquierda, cruzando la calle, un edificio iluminado con una ventana inferior esmerilada y un reloj… una oficina de correos.
Miriam cruzó la puerta de vaivén hacia la cálida luz amarilla del gas. En el largo mostrador la gente estaba de pie, ocupada en sus asuntos o esperando su turno, dándole la espalda al polvoriento espacio del suelo, sin reparar en el gris espacio de suelo polvoriento ni en el curioso y cálido brillo de la luz que caía sobre él desde detrás de la reja de hierro a lo largo del mostrador.
Los dependientes eran frescos, serenos y sin prisas, transmitiendo una sensación constante, tranquila y laboriosa; a altas horas de la noche. Eso hacía girar el día, uniendo la mañana y la tarde en el recinto iluminado por gas.
Se detuvo en el mostrador compartiendo la sensación de los asuntos cotidianos. Podía ser una clienta en busca de un sello de un penique.
Afuera la esperaba el camino de vuelta a través de la diversa oscuridad, el sendero de caucho… conociendo el camino.
Entró en el recibidor con aire de volver de un recado apresurado e inevitable. Más allá de las misteriosas cortinas Bailey que ocultaban parcialmente el paso hacia la puerta principal, vio al doctor Hurd de pie junto a la puerta del comedor; «buenas noches», rió hacia el interior de la habitación y dio media vuelta, topándose con ella al salir a la luz.
Él se detuvo sonriendo. «Aquí está la señorita Henderson», dijo hacia la estancia. Miriam pasaba por delante de la puerta. «¿No va a entrar?», insistió sonriendo.
—Vaya, acabo de ir a correos —dijo Miriam entrando en la habitación—. Vaya, ¿no es una tarde perfecta? —anunció, reparando en el doctor Wayneflete, alto y con el rostro pálido, pequeño y inclinado al fondo de la mesa, y en los otros dos que se levantaban de sus sitios junto al fuego.
El doctor Hurd cerró la puerta y vino a dejarse caer en el sillón frente al piano. «Sé que usted no se sentará aquí, señorita Henderson».
—No, a la señorita Henderson no le importan los cojines —murmuró el doctor von Heber a su lado—. Tome esta silla —prosiguió, y se sentó cerca mientras ella se acomodaba en una sillita rígida frente a la chimenea, con el doctor Winchester recostándose un poco a sus espaldas por el otro lado.
—Es una noche purfecta —murmuró el doctor Wayneflete.
Miriam se volvió y escudriñó su rostro blanco y encorvado. Nunca lo había visto hablar en una habitación.
El pensamiento detrás de la frente blanca y ligeramente abombada era suyo propio, el de Wayneflete, brillante, que lo mantenía al margen; el pequeño pico afilado de rostro blanco y lívido, las sombras verdosas alrededor de los labios pequeños, pálidos y articululados, el hecho de su enfermedad cardíaca y su ascendencia irlandesa eran cosas que se atrevían a acercarse a él y adherírsele; cosas que la gente sabía.
—Una tarde purfecta —repitió, tirando suavemente de los hilos del mantel.
Nunca iniciaba una charla ni hacía preguntas, salvo a sus pacientes o a un ingeniero apostado junto a alguna maquinaria compleja. Lo sabía todo con solo estar ahí.
Superaba con creces a los otros tres.
Frágil, de noble cuna y cuerpo angosto y quebradizo; de espíritu firme; inaccesible a la palabra; cualquier cosa que dijera lo alejaría de ella; tal vez ya estuviera planeando su huida.
Un día caería muerto de repente; joven y desconocido para el mundo entero, llevándose consigo su misterio.
“Las once”.
Ella había hecho añicos el silencio que él había construido.
—A eso no lo llamas tarde —dijo el doctor von Heber, liberado y apresurándose a rescatarla. Él se sentaba bonachón, cuadrado y sencillo bajo la futura larga procesión de años y días; pero su sonrisa canadiense, rápida y de firmes hoyuelos, brillante con el destello del arco perfecto e impecable de sus dientes fuertes y parejos, traía el pasado y el futuro al momento, otorgándoselos al encanto repentino de este encuentro, haciendo referencia a aquella primera velada junto a la mesa.
“Oh, no; es espantosamente temprano”.
—Es una hipérbole sumamente deliciosa.
“Te demandaré por llamarme triángulo isósceles”.
El Dr. Wayneflete también rió… un pequeño sonido ahogado por el golpe del Dr. Hurd en el brazo de su sillón mientras echaba la cabeza hacia atrás para reír.
“Ha sido maravilloso hoy, ¿no crees? ¿Viste la luz extraordinaria de esta tarde?”
—Pues no; todos estábamos encerrados, pero esta tarde salimos; nos pareció la mejor muestra del clima londinense con la que nos habíamos topado hasta ahora.
—No le pasa absolutamente nada al tiempo de Londres. Es perfecto; el más perfecto del mundo.
El doctor Hurd reanudó sus sacudidas de risa, contenidas para escuchar. El doctor Winchester estaba sentado inclinado hacia adelante, sonriendo como ensoñador.
“Sé que no te gustará que llame a eso hipérbole, pero tampoco esperarás que diga que estoy de acuerdo sin reservas”.
“No es una cuestión de acuerdo o desacuerdo. Es un simple hecho”. El doctor Hurd volvió a golpear su silla y se inclinó hacia adelante buscando un pañuelo en un bolsillo lateral, con el rostro convertido en una sonrisa llorosa dirigida al doctor von Heber.
“Eres un campeón leal”.
«El tiempo inglés no necesita un defensor. Es tan maravilloso. Quizás esté pensando en los cielos italianos y cosas por el estilo; en los países donde el tiempo no cambia, o no de repente; solo en estaciones fijas. Eso está muy bien en cierto modo. Uno puede hacer planes. Pero sé que yo echaría de menos los días grises y los cambios en el cielo. Un día gris no es melancólico; es emocionante. Se puede ver todo. El sol lo descolora todo y te ciega».
“En eso creo que se equivoca. Nada embellece como la luz del sol, y si tiene el sol a sus espaldas, obtiene la vista de adelante sin quedar deslumbrado”.
“Sé a lo que te refieres; pero los quiero ambos; por contraste tal vez; no, eso es una tontería; los días grises por sí mismos, la atmósfera brumosa.
Niebla. Creo que una verdadera niebla londinense es la perfección; todo y las formas y los contornos de las cosas emergiendo solo al pasar junto a ellas. Maravilloso”.
“Pues ahí nos deja usted atrás. Yo no le encuentro nada de hermoso ni lo más mínimo de maravilloso a la niebla de su ciudad”.
—Muy cierto. El gusto por la niebla urbana es un gusto artificial. La niebla urbana no es un fenómeno natural. Es simplemente... suciedad de la ciudad.
“No me importa cómo empiece. Es perfecto. Hace que todo el día sea una aventura, incluso si estás dentro de casa. Es perfecto tener la luz encendida y que no se vea nada fuera excepto un fulgor cobrizo. Afuera hay una aventura gloriosa en un mundo nuevo y desconocido. … En cierto modo, todos nuestros tipos de clima son así. En cierto modo, el clima basta por sí mismo, sin necesidad de nada más”.
“Me parece un punto de vista notable, de lo más extraordinario. No puedes, bajo ninguna circunstancia, convertirlo en una defensa general de tu clima. Es una idea puramente personal”.
—No es así. Incluso la gente que dice que no le gustan las nieblas es diferente; se interesa por el efecto mientras dura.
“Inquietos, sin duda, como animales en una trampa.”
“Me refiero a la extraor-dinaria valoración del tiempo atmosférico que hace la señorita Henderson, considerándolo suficiente en sí mismo. Considero que ese es uno de los puntos de vista más extraor-dinarios que jamás haya oído exponer”.
“Nadie puede negar la cal-idá de interés ante los caprichos de su clima de Europa occidental; desde nuestro punto de vista es todo interés y nada de clí-ma; no se sabe de un día para otro en qué estación estará uno y todas parecen... tormentosas”.
“Las estaciones surgen durante todo el año, a veces tres en un solo día. Eso es precisamente lo fascinante”.
—Muy cierto, eso nos resulta de lo más perturbador.
“Nuestros cambios bruscos de temperatura nos conservan fuertes”.
“Es verdad; son un pueblo robusto. Su clima les va bien, de eso no hay duda”.
“En Irlanda, el clima cambia cada pocos minutos.”
“Ja, Wayneflete”.
“Concedido. Sin duda eso ayudó a mis padres a decidir marcharse; no me extraña en absoluto”.
“Tienen un clima templado. Tienen el mar a tiro de piedra por todas partes. No sufren extremos notables. Pero ahí radica nuestro problema. Sus extremos, cuando llegan, no están previstos. No hay calor como el calor inglés, y vaya que a sus casas inglesas en invierno les costaría encontrar rival”.
“Te refieres a las pensiones”.
“No del mismo modo. Aunque admito que sus hoames ingleses son únicos en cuanto a comodidad. No hay nada en el mundo como un auténtico y buen hoame inglés. Y no solo en cuestión de comodidad”.
“Sí, pero mire usted, von Heber. Conozco sus buenos salones ingleses con sus buenas y grandes chimeneas alrededor de las cuales sentarse, lo que por aquí llaman cosy, pero, ¡por vida mía!, ¿por qué no calientan sus pasillos y dormitorios?”
“No ponemos porque no es saludable. Una habitación fría te hace resistente y duermes mejor”.
—Y no solo calentarlos, sino iluminarlos. Válgame Dios cuando te sacan de sus cálidos salones a fríos pasillos y te abandonan en una nevera con un cachito de vela parpadeante.
“No tienes la tentación de leer en la cama y te vas a dormir en un aire sano y vigorizante; eso te mantiene resistente”.
—¿Nunca lee usted después de retirarse?
“Sí, y tengo gas y una lámpara para abrigarme. Me gustan las habitaciones cálidas y creo que en muchos aspectos debe ser encantador poder llevar vestidos de muselina dentro de casa con tiempo nevado y ponerse un abrigo de piel para salir; pero me sabría mal ver introducida en Inglaterra la idea estadounidense de las casas cálidas”.
—Entonces estás dispuesto a ser incoherente.
“La consistencia es el algo de las mentes algo.”
“Supongo que nuestras residencias con calefacción central les resultarían atractivas”.
“Sé que lo harían. Pero me congelaría en invierno; porque no podría usar un abrigo de piel”.
“¿Cómo es eso?”
“Soy antiviviseccionista”.
—Entonces harás bien en quedarte donde no hacen falta. Tus inviernos no las exigen. Es lo más divertido de la vida la forma en que vuestras mujeres van por ahí envueltas en pieles.
“Las pieles sientan de maravilla; como los encajes y las violetas”.
—Entonces los exoneras aunque estás en contra de la matanza evidentemente, así como del uso de bestias para experimentación.
“Ellos no piensan.”
“Mi palabra que es verdad; pero por mucho que uno piense en la creación, eso no abrigará a un esquimal sin pieles.”
“No hay necesidad de que nadie viva ahí arriba. Los comisarios de la Bahía de Hudson son comerciantes”.
—Es un gran planteamiento.
¿Y bien?
“¿Abogarías por que todos los que viven en climas templados se apiadaran de las bestias?”
“No hay ninguna razón, aparte del comercio, para que alguien viva en la nieve”.
“Hay una salvedad muy grande”.
¿Y bien?
—¿Y qué pasa con los tísicos que necesitan climas fríos y secos?
“Lana y astracán.”
“Bueno, supongo que las pieles todavía se usarán por un tiempo”.
“Eso no afecta a la pregunta.”
—Supongo que consideras que las bestias no deberían ayudar a hacer avanzar la ciencia.
“No es verdad. Los médicos están tan enfermos como los demás”.
—Cierto. ¿Considera que eso invalida la ciencia médica?
“Por supuesto que están sobrecargados de trabajo y muchos de ellos son magníficos. Pero la enfermedad no disminuye. Si una enfermedad baja, otra sube”.
“Gran César, ¿dónde has encontrado eso?”
“Aun así; pero ¿y si todos subieran?”
“Además, hablas de que los animales hacen avanzar la ciencia. Incluso si no hubiera existido ese gran fisiólogo o químico francés o lo que fuera que miró el resultado de los experimentos en animales y dijo hélàs, nous avons les mains vides. Declaró que no hay nada que aprender sobre los cuerpos humanos a partir de los animales y, aun si lo hubiera, el quid de la cuestión es que los animales no tienen opción. No tenemos ningún derecho a obligarlos a sufrir”.
“Un animal está constituido de manera diferente a un hombre. No se les puede comparar en lo que respecta a la sensibilidad al dolor”.
“Sabía que dirías eso. Si la gente de verdad quiere hacer avanzar la ciencia mediante experimentos con cuerpos, deberían ofrecer sus propios cuerpos”.
“Alguien te ha lavado el cerebro si crees que los animales sufren más que los hombres”.
“Prefiero ver sufrir a una mujer que a un hombre, y a un hombre antes que a un niño, y a un niño antes que a un animal. Los animales están desconcertados y no entienden. No tienen nada que los ayude. No entienden sus sufrimientos”.
“Consideras que los hombres en el poder soportan el dolor peor que las mujeres”.
“Ellos practican más”.
“Tienes toda la razón”.
“Son menos sensibles”.
“Eso es debatible, Wayneflete”.
“Las mujeres parecen ser indiferentes ante el sufrimiento de otras mujeres y armar un escándalo por los hombres. Es porque los hombres enfermos están más indefensos y son más dignos de compasión. Las mujeres lo parecen. Pero el sol parece girar alrededor de la tierra”.
“Dudo que llegue a haber un momento en el que tengamos humanidad viviente en nuestros laboratorios experimentales”.
“La ciencia tiene que seguir adelante de todos modos”.
“Pero si se lleva a cabo por la fuerza; criaturas sensibles; con … sistemas nerviosos sensibles, para soportar el miedo y el dolor … perderemos más moralmente de lo que ganaremos científicamente, incluso si ganamos científicamente, y no ganamos porque casi todo el mundo está enfermo”.
“Consideras que el conozimiento puede adquirirse a un precio demasiado alto.”
“Pues mire a las lumbreras continentales; donde no hay restricciones; ni siquiera se interesan por sus pacientes, solo les interesan las enfermedades, y en general, no solo en la ciencia, en realidad no saben nada, los alemanes y los franceses, no hay más que verlos. Son brutales”.
“Es una afirmación muy rotunda. Si me disculpa, diría que hay una cierta dosis de prejuicio insular en eso”.
—No tengo ni pizca de prejuicio isleño. Me caen bien los extranjeros. Son más inteligentes que los ingleses. Pero hay algo que no saben y que hace que todos se parezcan. Una vez le oí decir a un viejo judío acaudalado que iría a Alemania para que le diagnosticaran y a Inglaterra para recibir tratamiento, y se había operado y enfermado por todo el mundo. Eso lo resume a la perfección.
“Deduces que los ingleses tienen más humanidad”.
«No consideran al paciente un caso de la forma en que lo hacen los continentales».
“Bueno, supongo que cuando estamos enfermos a todos nos gusta irnos a casa”.
—Quieres decir que el judío no tenía hogar. Pero eligió a los ingleses para volver a casa cuando estaba enfermo.
“Eso es verdad en más de un sentido. Este país ha sido un hogar para los judíos desde tiempos inmemoriales”.
“Es un gran país. De eso no hay duda”.
“La ciencia tiene que avanzar muchísimo. Si van a actuar como humanitarios por este lado, deben dejar fuera de su plan a la ciencia continental. Mientras sigan aplicando los resultados de esta, no pueden criticar honestamente sus métodos”.
“Debes condenar sus métodos si no los apruebas”.
“No se puede retroceder. No se puede evitar la asociación entre las distintas tierras; especialmente en asuntos de ciencia”.
“Lo que digo. Tienes que aceptar la mercancía, aun suponiendo que tu particular constitución mental te incline a creerla mal habida”.
“Es un caso de cómo del mal sale el bien”.
“Eso es jesuítico, el fin justifica los medios. Yo no creo en eso. ¿Por qué debe avanzar la ciencia tan deprisa? ¿Adónde hay tanta prisa como dicen en Canadá?”
«Bueno, no tienes más que mirar a tu alrededor para ver eso».
“No lo veo. ¿Te refieres a que la gente que hace experimentos científicos lo hace porque quiere mejorar el mundo. No es así. Es por su curiosidad”.
«Curiosidad divina, he oído que la llaman».
“La divina curiosidad de Eva… esa es la respuesta a la fábula mosaica sobre la mujer. Le interesaba la serpiente, fue cortés con ella y charló con ella. La ciencia es propagar escándalos; chismes sobre el universo. Los hombres hablan de las mujeres que chismosean. Vaya palabra”.
“Estrellas. Me gustaría que algunos de nuestros muchachos te oyeran decir eso”.
“Lo es. Darwin cotilleaba sobre los monos y en su vejez se parecía exactamente a uno y se arrepentía de haber descuidado la música”.
“No se puede estar en misa y repicando. Cada hombre debe seguir un camino u otro”.
“Pobrecitos sí.”
“Estás inclinado a compadecernos a todos.”
“Eso debe de ser el humanitarismo inglés”.
“No soy un humanitario. No soporto a la humanidad, en masa. Creo que es una idea espantosa”.
“Una idea bastante sólida.”
“Prefiero… el ecuador, y la luna, y el plano de la eclíptica; creo que el plano de la eclíptica es algo absolutamente encantador”.
“Es un descubrimiento científico”.
“Sí, pero no en el cuerpo de un animal”.
“El cuerpo del tipo que empezó todo aquello sufrió bastantes y duros tormentos.”
—¿Conoces la definición de la línea del ecuador que da el escolar?
“No, pero supongo que es bueno”.
“Un león de casa de fieras dando la vuelta al mundo una vez cada veinticuatro horas. Me parece una idea absolutamente perfecta”.
“Supongo que con eso basta para parar”.
“¿Vas para Winchester?”
Al disolverse el grupo, el Dr. von Heber se acercó con una sonrisa. El Dr. Hurd se estiraba ruidosamente, entre risas y tosidos. Nadie escuchaba. Estaban muy solos entre sus amigos, los amigos de él, Canadá.
Esto ha sido un final encantador para un día muy hermoso —dijo en voz baja.
Miriam radiaba de felicidad y guardó silencio. ¿Vio el arrebol, preguntó humildemente? La sonrisa de él reapareció. Comprendió lo que ella decía, pero sonrió porque estaban hablando. Ella intentó contener sus palabras, pero las tenía en los labios y ya se estaba alejando cuando habló.
“Un hermoso… fuliginoso… rosa, ¿verdad?”
—¿Qué daño hay, hija, en que te sientes al piano, aunque sea detrás de una cortina; en una gran habitación en Gower Street, no me imagino por qué dices Gower Street; tocando, con el pedal sordo pisado o sin pisar, el tipo de música que tocas tan maravillosamente? ¿Ves su dificultad, Jan?
“Ni con el microscopio más potente.”
Recostados en el alféizar de sus vidas para contemplar un espectáculo fugaz. … La bienaventurada doncella se asomó. Apoyándose, pesada sobre el balcón de oro. Sabía por qué no. Pesado peso en flor, agobiada por su cabello pesado, el cielo floreciendo en él, de frente, apenas capaz de afrontar sin hundirse, el mundo de oro rosa, floreciendo ante sus ojos.
Delgados y duros dedos de mujeres que parlotean y pellizcan. … Ascienden de lado, brujas en escobas, y parlotean con furia en la distancia. No pueden detener el sonido de las silenciosas rosas rojas que florecen.
“No apruebo las sesiones espiritistas”.
“¿Has estado alguna vez en uno?”
“No; pero sé que no. Fue algo relacionado con la mujer cuando me preguntó”.
“Eso es un prejuicio personal”.
“No es un prejuicio; ¿cómo va a ser prejuicio después de haberla visto?”
—Las sesiones son incorrectas; porque a usted le ha tomado aversión a Madame Devine.
“No puede estar bien ganar media guinea a la hora con tanta facilidad. Y dijo que una guinea por actuaciones públicas ocasionales”.
Eso es todo; ya lo saben. Me había decidido. Quería que me vieran caer en la tentación y negarme por motivos de conciencia.
“Buen Dios; serías millonario en un abrir y cerrar de ojos; ¿por qué no aceptarlo hasta que seas millonario y luego, si no te gusta, dejarlo?”
—Me gustaría bastante, mi papel.
“Bueno, seguramente eso es todo lo que te concierne. No tienes absolutamente nada que ver con lo que pasa al otro lado de la cortina. Creo que si te apetece el trabajo eres un tonto si lo dudas, ¿verdad, Jan?”.
“Había un tonto que rezaba su oración, sí, creo que es una necedad rechazar una oferta tan admirable”.
“Un trapo, un hueso y un mechón de cabello; eso describe exactamente a Madame Devine.”
Eso no es verdad; una suave delgadez regordeta con ropas oscuras, vaporosas y duraderas; cenar juntos después; pero sería verdad en una revista; un médium extraño; la esposa del tendero con clarividencia era gorda y corriente; una mujer sencilla.
Peter, el pescador rudo.
“Ahora estás siendo poco cristiano”.
“No soy así. Me gustan las de tipo andrajo, hueso y mechón de pelo. Cetrinas. Como la señora Pat. … La ingenua. Sentada en un rincón vestida de blanco, leyendo un libro. Una cara gorda y rosada. Uno se la puede imaginar a los cuarenta”.
—Ahora estás siendo a la vez morboso e impropio.
“No soy morbosa. ¿Verdad, Jan?”
—No, no te llamo morbosa. Llamo morbosa a Gracie Harter-Jones.
“¿Quién es ella?”
“La conocimos en casa de la señora Mackinley. Dice que es completamente desgraciada a menos que esté en un estado mórbido. Ha escrito un libro titulado «El chal púrpura de la ceremonia»”.
“Ella debe de ser sumamente inteligente”.
“Está loca. Le encanta estar loca. Como ‘tembló el sol. La Tierra desde sus más oscuros sótanos se estremeció y vibró’”.
“Oh ve —dije— y mira los cisnes tocando el arpa sobre los tejados en el maíz.
Dónde está el sombrero gris de fieltro que vi alejarse, arrugado y viejo para encontrar la hoja de lirio, dónde dónde mi hijo el pequeño bastón que aplastó la manzana silvestre efervescente del abismo dónde dónde la pera.
Gruñendo exclamó no toleraré que bendigas los trópicos sentado en una fila hosca ni que arrojes tus banderas sobre la ola majestuosa; escuché menestresías estridentes… todo eso es terriblemente malo; pero puedes seguir eternamente”.
“No podría. No sé cómo lo haces. Me parece horriblemente ingenioso. Jan y yo nos morimos de risa con tu carta de Madeleine Francis Barry”.
“Puedes seguir durante días.”
“Barryparodiando.”
“No debes esperar, ni pensar en las palabras. Si tienes la disposición de ánimo, llegan más rápido de lo que podrías hablar o siquiera pensar; las sigues y todo el efecto te divierte. Hay algo en ello. Nunca sabes lo que viene y te tambaleas, mientras mantengas el ritmo, por todo el mundo. Te refresca. A veces hay cosas bellísimas. Y ves todas las cosas con tanta viveza”.
“No es macabra; está loca”.
«No soy ni morbosa ni estoy loca. Es una forma espléndida de divertirse; mejor que imaginarse que las sillas que tienes delante en un concierto se desploman silenciosamente».
Apenas le estaban prestando atención. Los dos dependían el uno del otro para escuchar y responder.
—¿Todavía vas a lo de Ruscino todas las noches, Miriam?
“¿Con el español? ¿Cómo está el español?”
“Está comido por la dizizz.”
“¿Con qué?”
“Eso es lo que dice la señorita Scott”.
“¿Cómo lo sabe ella?”
“Todos los médicos le están recetando”.
“¿Se lo contaron?”
“No lo sé. Lo dijo de repente. Como dice las cosas. Los médicos le tienen muchísimo cariño”.
“¿Por qué le tienen tanto cariño?”
“Él es extraordinario. Ha dejado sus trabajos de cartelería y hace siluetas rápidas, contornos de cabezas, a cinco chelines cada una en unos jardines por ahí. A veces gana cinco libras en una sola tarde con eso”.
“¿De modo que no vas a Ruscino todas las noches?”
“Pasó unas semanas siendo terriblemente pobre. Un día solo tenía ocho peniques en el mundo. Por supuesto, hacía todas sus comidas en Tansley Street.
Pero esa noche se enteró de que yo no tenía absolutamente nada. Yo le había estado hablando de mis arreglos para comer. Siempre le pago a la señora Bailey al momento por mis cenas de un chelín y cuando no me las puedo permitir consigo una comida de cuatro peniques en una Y.W.C.A.
Me obligó a aceptar sus ocho peniques. Al día siguiente caminó, según supe después, todo el trecho hasta South Kensington bajo un calor abrasador para ver a un hombre por lo de las siluetas”.
—Qué pedazo de pan.
—Él es así con todo el mundo. Y siempre ha sido así...
“¿Y qué?”
“Oh, no puedo expresarlo. Pero es judío, ya sabe, un judío español. ¿No es extraordinario?”
—Pues la verdad, Miriam, no veo qué tiene de extraordinario que un hombre sea un judío español si le da la gana.
“Me sorprendió muchísimo. Me lo contó la señora Bailey.
Hay cierta chica judía con la que se ha estado viendo en Kensington; le dibujó un retrato, uno especial, para su padre, por cinco guineas, y se ha comprometido con ella porque creía que tenía dinero y ahora descubre que no, que se joda, le dijo que se joda a la señora Bailey, y que se ha estado aburriendo por nada.
Va a ingresar en el hospital por su úlcera gástrica cuando termine la temporada y luego va a desaparecer. Me dijo que nunca le habló a una mujer más de dos veces; pero que está dispuesto a casarse con cualquier mujer que tenga suficiente dinero”.
“Sabio.”
“Él te ha hablado más de dos veces.”
“Sí, pero sé a lo que se refiere. Además, nosotros no hablamos, a la manera de la sociedad.”
“¿Cómo hablas?”
—Oh, no lo sé. A veces expongo mis teorías. Él siempre está en desacuerdo. Una vez me dijo de repente que me sentaba muy mal ir a todas partes con él.
“Pero vete tú.”
—Claro que sí. Las escenas no contadas se interponían en el camino. No había forma de explicarlas. … La vida en la calle Tansley les parecía cada vez más irreal a medida que se profundizaba. Les resultaba irreal porque se ocultaban cosas. Todavía les interesaban las historias de la calle Wimpole, pero incluso allí ahora solo echaban un vistazo de pasada, con el pensamiento ocupado en la vida compartida sobre la que bromeaban perpetuamente. Escuchaban con reservas; no siempre creyendo; sentados en batas de levantarse creyendo o no según les plazca; porque uno sabía que había perdido el contacto e intentaba hacer que las cosas fueran interesantes para recuperar el viejo fervor. …
—¿Cómo fue la cena?
«Hermosamente».
¿Hablabas alemán?
“No hacía falta; el hombre hablaba mejor inglés que cualquiera”.
“¿Por qué salió a la perfección? Cuéntanos sobre las cosas hermosas”.
La extraña y silenciosa penumbra, la reconfortante timidez de todos los invitados; ningún intento de hablar de nada en particular; rostro frío y duro y cuerpo erguido y fríamente enjoyado; la sensación de éxito con cada comentario sencillo. La noche de música. Gente marcada por la vida; sus marcas visibles sin dolor, cubiertas, medio sanadas por las horas de bondad.
“Es algo en los Orly”.
¿Qué crees que es?
“Es algo espantosamente hermoso.”
“They are very nice people.”
“Eso no significa absolutamente nada.”
“El secreto de la belleza es el color y la textura. El ungüento preservará el color y la textura de su piel, en cualquier clima. Léele el fragmento sobre el movimiento de las manos sobre una bandeja de té. … Al servir el té, no permitas nunca que las manos caigan lánguidas ni por debajo del nivel de la bandeja. Manténlas bien a la vista, moviéndose con destreza entre los objetos de la bandeja; recostada hacia atrás en el asiento de la silla, el cuerpo erguido y un poco inclinado hacia adelante desde las caderas —véase el Cap. III: «Cómo sentarse»—, de modo que los movimientos de la muñeca y las manos estén en fácil armonía con todo el cuerpo. Contén las manos. No dejes que los dedos se abran. No los contraigas ni dejes que se note ningún esfuerzo en el movimiento de ninguna parte de la mano”.
—Santo cielo. ¿No ves a esas mujeres? Pero eso debe ser de algún estadounidense.
«¿Por qué un estadounidense?»
—Oh. No lo sé. Se nota. ¿Vas a probar todas estas cosas?
“Más bien. Nos estamos dedicando a fondo a la cultura de la belleza”.
“Vamos a saltar, y a tomar baños turcos, y a darnos vapor en la cara”.
—Supongo que uno debería.
“Creo que sí. No veo por qué uno deba parecer viejo antes de tiempo. La vida de uno es un envejecer y un devastar. Después de un baño turco uno se siente como un recién nacido”.
“Pero le llevaría a uno todo el tiempo y el dinero”.
“Aun así. Te devuelve la autoestima sentirte perfectamente arreglado y, por lo tanto, dueño de ti mismo. Hace que la oficina te respete”.
“Lo sé. Odio la mezquindad de la vida de francotirador... a veces”.
“¿Solo a veces?”
“Bueno, me olvido de eso. Si no lo hiciera, me volvería loco de arena y polvo.”
“Estamos hechos de arena y polvo. Por eso creemos que es hora de hacer algo”.
«Mjm».
—De verdad te gustan los Orly, ¿eh?
“No se puede querer a todo el mundo al mismo tiempo. Hay que elegir. Ese es el problema. Si te encariñas mucho con un grupo de gente, pierdes el contacto con los demás.”
“Tienes muchísimos grupos de personas”.
“No. Apenas conozco a nadie”.
“Tienes multitud de amigos”.
“No lo he hecho. En el sentido que usted quiere decir. Supongo que le doy impresiones equivocadas”.
«Pues creo que tienes aptitudes... ¿No crees que tiene aptitudes, von Bohlen?»
“Tiene unas amigas muy agradables y otras extraordinarias”.
“Como el Flat.”
¿Cómo está el piso?
“¿Sigue viviendo a base de huevo duro y una botella de cerveza negra?”
“¿Y enviar notas?”
«Ven enseguida mi estado de ánimo es espantoso»
“Se ha mudado. Olvidé decírtelo. Vino a decírmelo. Se quedó en el descansillo y dijo que se había metido a periodista. A escribir artículos para The Taper. ¿No es maravilloso?”
—¿Qué no es maravilloso?
“De repente es capaz de escribir artículos. Ha conocido a unas personas llamadas ocultistas y dice que nunca ha sido tan feliz en su vida”. … ¿Vas a decir algo … por qué no te parece maravilloso? …
Miriam avanzaba a zancadas por Tansley Street contando su noticia. Su enfrentamiento con el polvo y el calor de junio en Euston Road se la había hecho olvidar.
De vuelta en su propio mundo, la noticia le saltaba al paso desde cada losa iluminada por el sol, impulsándola casi a la carrera. Había suficiente energía en ella para llevar sus pasos saltarines hasta el fondo de Londres, hasta el borde de algún barrio desconocido y de vuelta, pero su habitación la llamaba; entraría, subiría hasta ella y volvería a salir.
… imposible desesperada … un buen y fiable Budge-Whitlock a quince. No conseguirás un Primus por menos de veinticinco. Esas otras marcas no están hechas para durar; fallando por dentro en alguna parte donde no podías ver, de repente; en medio del tráfico; la bicicleta nueva del hombre, partiéndose en dos, en Cheapside … sonriendo, tengo un recado para ti de parte de Winthrop; bueno, eso no es estrictamente verdad. El caso es que quiere adelantar el dinero sin que tú lo sepas; me ha encargado ver qué puedo hacer. No tienes por qué dudar; le sobra el dinero. Yo compraré la máquina y tú me deberás el precio a mí. Amable, amable Winthrop, hablando en el taller. Es una l-lástima que ella no t-tenga una m-máquina si quiere una sin esperar a a-ahorrar. … Oiga, señorita Henderson, aquí tiene una oportunidad para usted; máquina nueva a mitad de precio. Sin engaños. Es de Lady Slater. Se marcha a la India. Se la pondré a punto. Pague como quiera, a través de su administrador. Mi consejo es que acepte. No conseguirá una oportunidad mejor … cosechando el beneficio de la charla eterna del señor Leyton sobre el ciclismo … ningún problema; revisada y fiable; surgiendo de la nada.
… Alzada de la tierra, sentada en reposo en el aire en movimiento, el aire de Londres transformándose en aire fresco en movimiento que fluye por tu cabeza, los cuadrados verdes y las altas casas moviéndose, deslizándose con suavidad, navegando hacia ti cambiadas, erguidas y vivas, pasando de largo, hablando, contrayéndose a lo lejos inolvidables, aún visibles, permaneciendo en tus ojos que miran al frente, acumulándose en un movimiento ininterrumpido, un todo, moviéndose en silencio al son de firmes neumáticos blancos girando sobre madera lisa, resonando a través de un futuro sin fin ante el repique del platillo de la campanilla, triturado con facilidad por firmes y nuevos engranajes.
… Caminos rurales fluyendo bajo el sol y la sombra; el repique de la campanilla haciendo brillar los setos en los cruces desiertos
… todo ahí en tu mente con rocío y frescor mientras serpenteabas una y otra vez y entrabas y salías del laberinto de plazas a la luz del atardecer; consumiendo el tiempo del atardecer pero dejándote despreocupada y fuerte; aun con la mala y floja máquina de alquiler.
Ella se dejó entrar y entró rauda en el comedor abarcando con la mirada mientras decía con entusiasmo, cruzando la estancia: He comprado una máquina. Una Wolverhampton Humber. Con cubiertas Beeston. Accesorios B.S.A. Cojinetes de bolas… los médicos agrupados en torno a la chimenea. La rodearon. Ella iba hacia atrás; a través de una escena que reconocía; en un sueño. La sonrisa de bienvenida del doctor von Heber aguardaba al final. No podían estar allí ociosos a esas horas del día, se aseguraba a sí misma mientras hablaba. Sabía que estaban allí antes de entrar, sin siquiera pensar en ellos. Se sentó en medio de ellos diciendo con confianza las frases de la escena a medida que se acercaban, desplegándose hacia atrás. Los médicos retrocedieron con ella, hermanos, sosteniéndola y siguiéndola. Su bicicleta abrió el camino. Su brillante mundo la había fabricado para ella.
Habían visto el campo inglés con ella. Estaba más vivo para ellos. Lo recordarían.
El doctor von Heber lo estaba absorbiendo, con su mejor sonrisa rumiante, como una posesión personal; viéndolo con ojos ingleses. El paseo a caballo que ella había dado el año pasado por los condados se compartía ahora. Se iría a Canadá.
“Viene desde muy lejos, desde Bakewell”.
“¿Dónde será ese lugar?”
“Oh no lo sé; en alguna parte; en el norte creo. Yorkshire. No, el Peak. El distrito de Peak. Peak Freane. Hornean espléndidamente. Cuanto más al norte vas, mejor hornean”.
La escena se tambaleaba hacia adelante, renovándose. El Dr. Winchester de repente comenzó a hablar sobre el interés histórico de los alrededores. Todos habían bajado a ver la Antigua Tienda de Curiosidades... había algo en ella... y había una historia local mejor de su estilo. Contó la historia del Sr. Leyton sobre el pasaje en Little Gower Place, los ladrones de cadáveres que transportaban por él de noche cuerpos recién enterrados desde el cementerio de St. Pancras hasta el hospital.
“No me diga. Pensar que hemos ido por ahí todo este tiempo sin saberlo”.
“Esa tienda de Lincoln’s Inn no es la tienda a la que se refería Dickens. La han derribado. Solo queda el solar. Algunas personas piensan que Dickens es un sentimental”.
“Los que piensan así son hipercríticos. Además, el sentimentalismo no le impide ser uno de sus más grandes hombres”.
“Usted debería valorarlo muchísimo. Si alguna vez hubo un hombre que sacó a la luz los abusos... Debería leer el Elsie Venner de nuestro Holmes; en casa lo llamamos su novela medicalizada”, sonrió el doctor von Heber. Hablaba en voz baja, manteniendo una conversación aparte. Los demás charlaban entre ellos.
“Sí —murmuró Miriam—; tengo que hacerlo”.
Ambos sonrieron con una amplia complicidad.
“Lo tengo en casa —murmuró el doctor von Heber, con una sonrisa que se acentuaba aún más—.
Lo leerás cuando vengas. Lo leeremos —dijo, sonriendo para sus adentros”.
Ella intentó permanecer allí donde él estaba, no dejarse distraer por sus pensamientos. Debía de ser el peor libro de Holmes. Un libro escrito a propósito, para demostrar algo.
—Didáctico —dijo con una brusquedad desvalida—, pero me gustan los libros de desayunos de Holmes.
—¿Has leído esos?
—Sí —dijo Miriam con cansancio. Él había captado algo de los pensamientos de ella. Lo vio volviéndose más pequeño, confinado al fugaz presente inglés, un momento pasajero en su resuelta vida canadiense. Sus firmes opiniones irreflexivas lo sostenían a través de todo ello y lo recibirían y engullirían para siempre cuando regresara. Tal vez no había advertido los pensamientos de ella.
Bueno, debo darle una bienvenida adiós —dijo levantándose para irse.
—Ahora bien —sonrió él, levantándose y envolviéndola con su sonrisa—, ¿dónde descubriste a Artemus Ward?