inquietud. Pensé que, o bien se estaba hartando de las exigencias de la dama, o bien el trío había llegado a un modus vivendi. No era asunto mío.
Terminó diciendo que subiría a la ciudad en un día o dos y que vendría a verme. Por entonces yo vivía en Bloomsbury —de hecho, en mi casa actual— y mi mujer estaba fuera con los suyos. Había quedado en ir con ella, pero a última hora surgió un asunto urgente: la introducción para una antología que había que sacar a la carrera y con gran premura antes de que otro editor se adueñara de la idea, y tuve que quedarme atrás para dejar la cosa más o menos encarrilada, ya que suponía un buen trabajo en el Museo Británico.
Cuando Lathom se presentó sobre la una en punto del día 19, le expliqué esto y le pedí disculpas por no tener nada de almuerzo que ofrecerle.
Como a la mayoría de los hombres, y también de las mujeres, cuando se quedan solos, las comidas en solitario me parecían poco estimulantes. Al parecer, lo mismo le ocurría a «la muchacha», quien, hasta que mi mujer me dejó, me había parecido una buena cocinera.
No es que hubiera esperado nunca que Elizabeth dejara de escribir para ocuparse de mis comidas, así que solo puedo suponer que su influencia moral era suficiente para marcar la diferencia entre el cordero asado y el crudo.
Lathom se compadeció de mí, y fuimos a zampar algo al Bon Bourgeois. Parecía estar de muy buen humor cuando caía en la cuenta, pero le daba por sufrir ataques de abstracción que sugerían nervios o algún tipo de preocupación. Preguntó por la antología y por mi obra en general con aparente interés, y luego, para mi sorpresa, interrumpió de repente la descripción del argumento de mi nueva novela diciendo:
“Mira, si la mujer no está, ¿por qué no te vienes conmigo al Racho este fin de semana? Te vendrá bien, te despejará y todo eso”.