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Declaración de John Munting [Continuación]

“Tenemos que cruzar un campo”, explicó, sosteniéndome una puerta abierta.

Anduvimos tambaleándonos un poco más. Entonces se detuvo y choqué contra él.

—Por allí —dijo.

Miré, y vi una mancha de oscuridad más densa, entre la oscuridad de unos troncos de árboles.

—No hay luz —dije—. ¿Te está esperando? Espero que no le moleste que haya venido.

—Bah, no va a molestarse —dijo Lathom, cortante—. Se habrá ido a la cama, supongo. El madrugador. Al pie del cañón desde el alba y a dormir con las gallinas y todo eso. No importa. Ya nos apañaremos nosotros mismos.

Unos minutos más, y estábamos ante la puerta de la choza. Ya sabéis cómo es —de hecho, toda Inglaterra lo sabe a estas alturas—, una casita baja de dos habitaciones, fea, construida de piedra, con tejado de pizarra. De una sola planta —lo que en Escocia llaman un but and ben—. Las ventanas no tenían contraventanas, pero ni una chispa de luz se filtraba a través de ellas; ni una vela, ni tan siquiera las ascuas de un fuego.

Lathom exclamó.

—Debe haberse quedado dormido —murmuró—.

Yo estaba buscando a tientas el tirador de la puerta, pero él me hizo a un lado y oí el chasquido del pestillo al abrirse.

Se detuvo, contemplando el interior oscuro.

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