—Alguien tiene que hacerlo. Es un asunto asqueroso, pero ¿no conocerás a ningún pariente al que podamos localizar?
«No. Muy bien. Yo me encargo. ¿Seguro que no quieres venir conmigo? ¿Te importa quedarte?».
—Cuanto antes te vayas, menos tiempo tendré que quedarme —le recordé.
—¡Muy bien! —hizo una pausa, pareció dispuesto a decir algo, repitió entonces «¡muy bien!» y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Tres millas cuesta arriba en la oscuridad; le llevaría cerca de una hora, sin duda. Luego tenía que despertar a alguien, buscar un teléfono, si es que lo había, comunicarse con la policía; digamos media hora para eso. Después, todo dependía de si había un coche disponible en el pueblo; de si volvía directamente o esperaba a las autoridades, que vendrían, presuntamente, de Bovey Tracey. No necesitaba, pensé, esperar que pasara nada en menos de una hora y tres cuartos más o menos. De repente recordé que tenía frío y me puse a buscar leña menuda. Encontré un poco, tras una breve búsqueda, en un cobertizo. El fuego accedió a encenderse sin mucha insistencia y, después de eso, y de haber encontrado y encendido dos velas adicionales, empecé a sentirme en mejores condiciones para hacer balance de la situación.
Una botella de Bovril en la chimenea se me ofreció con una sugerencia útil. Tomé la tetera para llenarla en el grifo. Un vistazo al fregadero estuvo a punto de hacerme cambiar de idea, pero vencí la repentina náusea y saqué el agua con cuidado. El impulso habría hecho desaparecer los repugnantes indicios de enfermedad, pero al venirme la frase a la mente, la palabra «indicios» se impuso.