“¿Sobre el origen de la vida, supongo? Estás chiflado con lo del origen de la vida. Es el origen de la muerte lo que estamos investigando. Ya tenemos lo que veníamos a buscar.
Es bastante evidente que cualquiera podría haber entrado y servirse una dosis de esa porquería. Mira esos sitios a los que fuimos. Nadie para detenernos, y además estamos en plenos exámenes. En las vacaciones, el lugar está absolutamente desierto.
Si Lathom estuvo por aquí en las vacaciones —y lo estuvo. ¿No te acuerdas de aquellas cartas de Margaret Harrison? Estuvo aquí en julio”.
—Sí —convino Munting, pensativo—. Sí, lo entiendo perfectamente. Pero la dificultad está en demostrarlo. Precisamente por ser tan fácil entrar, hay un millón a uno en contra de que alguien te haya visto. Y no puedes esperar que un jurado acepte una posibilidad tan vaga.
Si hubiera alguna diferencia analizable entre la muscarina natural y la sintética, entonces, por supuesto, tendrías algo sólido en qué basarte. Porque sería casi imposible ingerir muscarina sintética por accidente, excepto en un laboratorio. Pero al parecer no hay ninguna diferencia.
Esto me hizo volver a la realidad. Había estado sintiendo que íbamos por buen camino para resolver el problema. Pero ahora veía con toda claridad que estábamos tan lejos como siempre. Ningún jurado en el mundo aceptaría esta teoría enrevesada y sin fundamentos. Es verdad que la gente está bastante dispuesta a creer que es muy probable que un adúltero sea también un asesino. Pero si se trata de una cuestión de probabilidad, ¿qué preferirán creer? * ¿Que un hombre robó minuciosamente un producto de laboratorio raro e incomprensible del que ninguno de ellos