sobre que estaba adquiriendo el gusto por el caldo de erizo y los champiñones estofados—algún comentario tonto que él se tomó como un insulto mortal.
En Newton Abbot transbordamos al tren local y serpenteamos perezosamente por Teigngrace, Heathfield y Brimley Halt, tardando más de media hora en el trayecto, hasta que nos bajaron, con veinte minutos de retraso, en el andén de Bovey Tracey.
Eran las diez y cuarto y estaba oscuro, pero el olor de la tierra subía agradablemente, con una bienvenida sugerencia de lluvia en el aire.
Me quedé en el andén, aferrando un portafolio en una mano y la bolsa con la carne y las salchichas en la otra, mientras Lathom resolvía algún asunto arcano con un hombre afuera.
Luego volvió, diciendo brevemente: «Ya conseguí a alguien que nos lleve», y tropezamos hasta donde un taxi achacoso ronroneaba con pesadumbre en la penumbra. Lathom se metió de golpe, y acomodé mis maletas a sus pies.
—¿Qué diablos es eso? —dijo con irritación.
—La comida, cenutrio —dije, y entré detrás de él.
—Ah, sí, claro, lo había olvidado —dijo—. ¡Venga, vámonos, por el amor de Dios!
Acostumbrado a Lathom, pasé por alto su irritabilidad. Salimos a los tropezones.
El taxi olía a camposanto, y así se lo hice saber.
Lathom bajó la ventanilla de un golpe con un bufido de impaciencia. Comenté, tontamente, que no parecía muy entusiasmado con el viaje. Él dijo: