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Declaración de John Munting [Continuación]

“Ay, no hables tanto”.

Me parecía que la perspectiva de volver a ver a Harrison lo había alterado bastante, y yo aguardaba un fin de semana exasperante.

“Te lo has querido, Georges Dandin”, pensé, y encendí un cigarrillo con resignación. El camino estrecho se levantaba y se hundía entre los oscuros setos, pero en conjunto ascendía, serpenteando con determinación hacia arriba y alrededor de la cresta.

Alguna luz tenue y un racimo de tejados negros anunciaron la civilización, y Lathom se animó a decir: “Manaton; de día hay una buena vista desde aquí”.

—Supongo que ya no tardaremos mucho, pues —dije yo.

Él no respondió, y de pronto me di cuenta de que podía oírlo respirar. Una vez que lo hube notado, me pareció imposible cerrar los oídos a aquel sonido.

Era como escuchar los propios latidos del corazón en la noche, cuando parecen volverse cada vez más fuertes hasta llenar el silencio y te impiden conciliar el sueño.

Las respiraciones parecían rasparme los oídos, de lo pesadas y cercanas que eran.

—¡Eh! —dijo Lathom, de repente—. ¿Qué ha dicho?

¿Qué había dicho? Debía de hacer una eternidad, pues Manaton quedaba ya muy atrás, y el coche avanzaba tanteando penosamente ladera abajo, con profundas rodadas de carro estrujándole las ajadas articulaciones. Recordé que había dicho que calculaba que ya no tardaríamos mucho.

“Oh, no —dijo Lathom—. Ya casi llegamos”.

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