Colocó a los personajes de su drama sobre el escenario. El plan implicaba la deuda turca, el interés alemán en el Oriente. Implicaba estimular a los rusos y visitar al Papa.
Al principio, sus actividades políticas se desarrollaron como autor de un panfleto sorprendente, luego como el líder de su pueblo. Tomó conciencia de su liderazgo y desempeñó su papel con una dignidad soberbia. Poseía soltura de modales y corrección en las formas. Daba la impresión de ser una personalidad regia; su noble aspecto ocultaba sus vacilaciones y temores.
Con el Sultán jugó la partida de diplomacia más notable. Creía que, una vez que pudiera llegarse a un interés mutuo, sería capaz de asegurar los fondos, aunque en el momento de hablar no tenía fondos en absoluto.
Acomodándose al astuto turco, tuvo que cambiar y disminuir sus exigencias y finalmente, cuando estuvo peligrosamente cerca de una revelación, se vio salvado por el hecho de que el sultán transfirió su interés a los franceses y obtuvo de ellos sus fondos.
Con el káiser Guillermo, pronto comprendió el hecho de que tenía que vérselas con una gran personalidad teatral que hablaba de planes y propósitos con gran fervor, pero que carecía de valor y cuyas convicciones se desvanecían ante los obstáculos.
El mundo con el que trató Herzl ha desaparecido. El Imperio turco ocupa ahora una pequeña parte de Próximo Oriente. Sus antiguas provincias se han convertido en estados "soberanos" que luchan por establecer la armonía entre sí y se alimentan de su animadversión hacia el pueblo judío que regresa a casa.
Los métodos de la diplomacia han cambiado. La estridencia en el discurso ya no está fuera de lugar. Cabe esperar franqueza y brutalidad en cualquier reunión internacional.