Esto resulta aún más asombroso si reflexionamos sobre el hecho de que el antisemitismo siguió aumentando de manera constante. Ya de adulto, Herzl podía recordar que uno de sus profesores, al definir la palabra «pagano», había dicho: «tales como idólatras, mahometanos y judíos».
Ya hubiera sido este incidente —como la memoria del hombre adulto siempre insistió— el que lo enfureció hasta el límite de la paciencia, o los boletines escolares cada vez peores, o ambas circunstancias a la vez, el hecho es que el 4 de febrero de 1875 Herzl abandonó la Escuela Técnica.
A los dieciséis o dieciocho años, en el instituto, se esforzó por definir los principios básicos de varias formas de arte literario para ver con más claridad lo que él mismo quería decir. Participó activa y ávidamente en la labor de la "Sociedad Alemana de Autoeducación", creada por los alumnos de su escuela. El mundo judío, cuya posición inferior siempre hería su orgullo y cuyo obstinado separatismo le parecía carecer por completo de sentido, se fue alejando cada vez más de su mente.
A los dieciocho años, tras la repentina muerte de su única hermana, la familia se mudó a Viena, donde Herzl ingresó en la Universidad como estudiante de derecho.
Herzl, que se consideraba a sí mismo un liberal y un patriota austriaco, se sumergió con entusiasmo en las actividades de una gran Asociación Cultural de estudiantes, asistió a sus debates y dirigió sus veladas literarias. Tuvo ocasión, allí, de burlarse de ciertos compañeros judíos que, a su juicio, mostraban un celo excesivo en su lealtad a diversos movimientos.
A tal grado se ocupaba por entonces de la cuestión judía—al menos exteriormente. Poco o nada le importaba el mundo judío oficial que buscaba sumergirse en el mundo circundante. Raras veces visitaba la sinagoga.