Pero no puede existir un amor así. No existe motivo para él. El amor cristiano resulta únicamente de la concepción cristiana de la vida, según la cual el sentido de la vida consiste en el amor a Dios y en servirle.
Por una progresión natural, desde el amor a uno mismo hasta el amor a la familia, a la raza, a la nación, a la patria, la concepción social de la vida ha llevado a los hombres a la conciencia de la necesidad del amor a la humanidad, el cual no tiene límites y se funde con todo lo existente; a algo que no evoca sensaciones en el hombre; los ha llevado a una contradicción que no puede resolverse mediante la concepción social de la vida.
Solo la enseñanza cristiana, en toda su significación, al darle un nuevo sentido a la vida, la resuelve. El cristianismo reconoce el amor a sí mismo, a la familia, a la nación y a la humanidad—no solo a la humanidad, sino a todo lo viviente, a todo lo existente—; reconoce la necesidad de una ampliación sin fin de la esfera del amor; pero el objeto de ese amor no lo halla fuera de sí mismo, ni en el agregado de personalidades—en la familia, la raza, el Estado, la humanidad, en todo el mundo exterior—, sino en uno mismo, en la propia personalidad—la cual, sin embargo, es una personalidad divina, cuya esencia es ese mismo amor, a cuya necesidad de ampliación fue conducida la personalidad animal al salvarse de la conciencia de su perdición.
La diferencia entre la enseñanza cristiana y lo que la precedió es esta: que la enseñanza social precedente decía: «Vive en contra de tu naturaleza (refiriéndose solo a la naturaleza animal), sométela a la ley externa de la familia, de la sociedad, del Estado»; pero el cristianismo dice: «Vive de acuerdo con tu naturaleza (refiriéndose a la naturaleza divina), sin someterla a nada —ni a la tuya propia, ni a la naturaleza animal de ningún otro—, y alcanzarás aquello que buscas al someter tu naturaleza externa a las leyes externas».