contraventanas recién pintadas, sus bronces bien lustrados y su limpieza general y nota de alegría, captaba y complacía al instante la mirada del transeúnte.
A dos puertas de una esquina, a mano izquierda yendo hacia el este, la línea se rompía con la entrada de un callejón; y justo en ese punto, cierto bloque de edificios siniestro proyectaba su gablete hacia la calle. Tenía dos plantas de altura; no mostraba ninguna ventana, nada más que una puerta en la planta baja y una frente ciega de muro descolorido en la superior; y llevaba en cada detalle las marcas de un prolongado y sórdido descuidos. La puerta, que no contaba ni con timbre ni con llamador, estaba abombada y manchada. * Los vagabundos se recostaban perezosamente en el recoveco y encendían cerillas en los paneles; * los niños jugaban a la tiendita en los escalones; * el escolar había probado su navaja en las molduras; y durante cerca de una generación, nadie se había presentado para ahuyentar a estos visitantes ocasionales